sábado, 29 de junio de 2013

Brindis fatales: entre copas, sexo y venenos. Una historia de amores locos, venganzas despiadadas y grandes negocios.

Sensualidad, misterio, cuerpo y perfume son los atributos del vino. De ahí, que nadie mejor que las mujeres hayan sabido servirse astutamente de esta bebida para amar, seducir y crear pócimas fatales.

Madame Pompadour afirmaba que el champán era la única cosa capaz de embellecer a una mujer.(Foto MDZ / Archivo)


El vino y la mujer parecen complementarse como la copa y los labios. Desde antiguo las damas han estado presentes en la historia del vino, ya sea porque han contribuido a mejorar su calidad o incrementar su consumo, o porque se han valido de él para conseguir sus secretos propósitos.


Dicen las malas lenguas que Roxana, la esposa de Alejandro Magno, harta de las infidelidades del conquistador con sus valientes soldados le hizo beber tanto vino durante un banquete que el gran estratega enfermó gravemente y murió, intoxicado, tres días después.

Las mujeres romanas fueron expertas en el arte de la ponzoña; las amantes despechadas se vengaban de sus parejas envenenando el vino. Muchas de ellas, en lugar de divorciarse suministraban a sus maridos un vaso de leche con una fatal cucharadita de arsénico. 

Las más aventureras los mataban sirviéndose de un retorcido juego erótico: con la excusa de potenciar el placer sexual untaban el pene de su pareja con un lubricante hecho a base de aceite y estramonio. El curioso amante padecía aturdimiento y alucinaciones y finalmente moría. Y no de placer.

Livia, la esposa del emperador Augusto, le enseñó a su descendencia que los asesinatos dentro de la misma familia son útiles para llegar al poder.  Y si eran discretos, veneno en el vino, mejor. Así envió al más allá a una veintena de parientes. Una de sus bisnietas, Agripina, madre de Nerón, se deshizo de sus maridos sin culpa  y el veneno fue su arma más eficaz.

La esquiva Cleopatra conquistó a César con besos y copones de Syrah; luego Antonio cayó en sus redes y en su lecho merced a un encantamiento: le daba de beber vino con una perla disuelta.

Lucrecia Borgia, señuelo sexual de su familia, pasó a la historia, entre otras cosas, porque deslizaba una pócima llamada cantarella en las copas de sus ex amantes y enemigos. Como hija de un Papa, Alejandro VI, se servía de una de las prácticas más frecuentes de la Iglesia en la Edad Media, el uso del veneno como herramienta para llegar o sostener el poder.

Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvillier-La-Motte, le suministró a su padre durante ocho meses la llamada "receta de Glaser", que consistía básicamente en arsénico y sulfato de potasa disueltos en vino. El odiado papá murió, como las decenas de pobres, enfermos y criados con los que practicó. Ya ducha en estas lides, asesinó lentamente a su hermano, a su hija, a su amiga y a otros allegados de la misma forma. Y nunca se arrepintió.

La célebre Veuve Clicquot sería viuda pero sabía muy bien cómo manipular un objeto cilíndrico para lograr un buen resultado e inventó el método champenoise que cambió para siempre el sabor del champagne; más tarde llegarían las muy francesas y  astutas madame Pommery y madame Bollinger para llevar adelante la industria del vino en la Europa del siglo XIX.

Catalina II Rusia necesitaba un heredero; para procrearlo eligió como semental al guapo oficial Sattikoff, lo sedujo y lo alimentó sólo con sexo, champán y caviar; al cabo de un año nacía el nuevo zar. La favorita de Luis XV, madame Pompadour, afirmaba que el champán era la única cosa capaz de embellecer a una mujer y parece que sabía lo que decía.

Sensualidad, misterio, cuerpo y perfume son los atributos del vino. De ahí, que nadie mejor que las mujeres  para usar con inteligencia, maldad y astucia el viejo y sabio poder de la Luna que descansa en cada grano de uva.

Patricia Rodón

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