Trabajadores que recorrían pueblos y parajes con mulas cargadas de toneles, abasteciendo de agua a hogares, comercios y estancias en zonas sin red hídrica. Este oficio, esencial en la vida cotidiana de los argentinos hasta bien entrado el siglo XX, combinaba esfuerzo físico, conocimiento del terreno y vínculos comunitarios. En regiones montañosas como Cuyo, el Noroeste o la Patagonia, donde el acceso al agua dependía de vertientes, acequias o aljibes, los aguateros eran figuras familiares. La “mulita de montaña”, resistente y dócil, era ideal para transitar caminos empinados y senderos estrechos, cargando barriles de madera que se llenaban en arroyos o pozos. Según registros históricos, en ciudades como Buenos Aires, el oficio de aguatero existía desde la época colonial, con carros tirados por bueyes o caballos que extraían agua del Río de la Plata. En el interior del país, sin embargo, la provisión era más artesanal y adaptada al paisaje. En muchos casos, los aguateros eran criollos, indígenas o inmigrantes, y el servicio se pagaba por volumen o frecuencia. La escena del aguatero con su mula no solo representa un modo de transporte, sino también una forma de vida: el ritmo del agua, la espera paciente, el contacto con la naturaleza y la memoria de un oficio que desapareció con la llegada de las redes de agua corriente. Crédito Fotográfico: Archivo General de la Nación
Bienvenidos al sitio con mayor cantidad de Fotos antiguas de la provincia de Mendoza, Argentina. (mendozantigua@gmail.com) Para las nuevas generaciones, no se olviden que para que Uds. vivan como viven y tengan lo que tienen, primero fue necesario que pase y exista lo que existió... que importante sería que lo comprendan
sábado, 29 de julio de 2017
🛢️ El oficio del agua: mulas, toneles y memoria rural. La imagen evoca una escena cotidiana de los antiguos aguateros
Trabajadores que recorrían pueblos y parajes con mulas cargadas de toneles, abasteciendo de agua a hogares, comercios y estancias en zonas sin red hídrica. Este oficio, esencial en la vida cotidiana de los argentinos hasta bien entrado el siglo XX, combinaba esfuerzo físico, conocimiento del terreno y vínculos comunitarios. En regiones montañosas como Cuyo, el Noroeste o la Patagonia, donde el acceso al agua dependía de vertientes, acequias o aljibes, los aguateros eran figuras familiares. La “mulita de montaña”, resistente y dócil, era ideal para transitar caminos empinados y senderos estrechos, cargando barriles de madera que se llenaban en arroyos o pozos. Según registros históricos, en ciudades como Buenos Aires, el oficio de aguatero existía desde la época colonial, con carros tirados por bueyes o caballos que extraían agua del Río de la Plata. En el interior del país, sin embargo, la provisión era más artesanal y adaptada al paisaje. En muchos casos, los aguateros eran criollos, indígenas o inmigrantes, y el servicio se pagaba por volumen o frecuencia. La escena del aguatero con su mula no solo representa un modo de transporte, sino también una forma de vida: el ritmo del agua, la espera paciente, el contacto con la naturaleza y la memoria de un oficio que desapareció con la llegada de las redes de agua corriente. Crédito Fotográfico: Archivo General de la Nación
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