El 10 de mayo de 1996 comenzó una de las jornadas más oscuras en la historia del alpinismo mundial: la llamada Tragedia del Everest. Aquella fecha quedó marcada como el momento en que el techo del mundo dejó al descubierto el precio brutal de la ambición, la falta de coordinación, el clima extremo y la creciente comercialización de la montaña. Durante los años 80 y 90, el Everest empezó a transformarse en un destino cada vez más codiciado por expediciones comerciales. Ya no subían solo los grandes himalayistas de élite: también aparecían clientes que pagaban enormes sumas para intentar alcanzar la cima con guías profesionales, oxígeno suplementario, cuerdas fijas y logística organizada. Pero a casi 8.800 metros, en la llamada “zona de la muerte”, ningún servicio podía garantizar la supervivencia. En mayo de 1996 coincidieron varias expediciones importantes. Entre ellas estaban Adventure Consultants, liderada por el neozelandés Rob Hall, y Mountain Madness, encabezada por el estadounidense Scott Fischer. También había grupos de Taiwán, Sudáfrica y una expedición india de la Policía Fronteriza Indo-Tibetana que avanzaba por la ruta norte. La montaña estaba saturada. Demasiadas personas querían subir el mismo día, por pasos estrechos donde solo se podía avanzar de a uno. En la madrugada del 10 de mayo, los grupos salieron desde el Campamento IV, en el Collado Sur, rumbo a la cumbre. Al principio el clima parecía favorable. Pero pronto aparecieron los problemas: demoras, cuerdas fijas que no estaban colocadas en sectores clave, esperas interminables en puntos críticos como el Balcón y el Escalón Hillary, agotamiento, consumo acelerado de oxígeno y una peligrosa pérdida del horario límite para regresar. En el Everest, llegar tarde a la cima puede ser una sentencia. La regla no escrita era clara: si no se alcanzaba la cumbre cerca de las dos de la tarde, había que dar la vuelta. Sin embargo, varios siguieron subiendo. La llamada “fiebre de cumbre” —ese impulso desesperado por no abandonar cuando la cima parece estar al alcance de la mano— terminó empujando a muchos hacia una trampa mortal. Cuando la tormenta cayó sobre la montaña, decenas de escaladores quedaron dispersos en medio del viento, la nieve, la oscuridad y la falta de oxígeno. Algunos no encontraban el camino de regreso al campamento. Otros estaban demasiado débiles para moverse. En pocas horas, el sueño de tocar el cielo se convirtió en una lucha desesperada por seguir con vida. El saldo fue devastador: ocho alpinistas murieron entre el 10 y el 11 de mayo de 1996. Entre ellos estaban tres figuras experimentadas: Rob Hall, Scott Fischer y Andy Harris. También perdieron la vida Doug Hansen, Yasuko Namba y tres integrantes de la expedición india: Tsewang Smanla, Dorje Morup y Tsewang Paljor. Sobrevivientes como Beck Weathers quedaron con secuelas físicas gravísimas por congelación. Rob Hall permaneció atrapado cerca de la cumbre junto a Doug Hansen. Ya sin fuerzas, con frío extremo y sin poder descender, logró comunicarse por radio con su esposa, Jan Arnold, embarazada de su hija. Fue una de las despedidas más conmovedoras y trágicas de la historia del montañismo. Después, el silencio. La tragedia de 1996 inspiró libros, documentales y películas, pero sobre todo abrió una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar el deseo humano de conquistar una montaña? El Everest no perdona la soberbia. Allí, la fama, el dinero y la voluntad pueden quedar reducidos a nada frente a una tormenta, una mala decisión o unos minutos perdidos en la altura. Aquel 10 de mayo no murió solo un grupo de alpinistas. También se quebró una ilusión: la idea de que el Everest podía convertirse en una aventura controlada, vendida por catálogo y domesticada por la industria. La montaña recordó, con una dureza feroz, que sigue siendo un territorio extremo, hermoso y despiadado. Everest 1996 fue la advertencia escrita en hielo: la cima puede esperar; la vida, no. #Everest #TragediaDelEverest #Everest1996 #MonteEverest #Alpinismo #Himalaya #ZonaDeLaMuerte #RobHall #ScottFischer #AndyHarris #BeckWeathers #JonKrakauer #HistoriaDelAlpinismo #Montañismo #Un10DeMayo #MendozAntigua #MountEverest #EverestDisaster #Everest1996Disaster #ClimbingHistory #Mountaineering #Himalayas #DeathZone #IntoThinAir #AdventureHistory #SurvivalStory
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domingo, 10 de mayo de 2020
Everest 10 de Mayo de 1996: la noche en que la montaña devoró a sus conquistadores
El 10 de mayo de 1996 comenzó una de las jornadas más oscuras en la historia del alpinismo mundial: la llamada Tragedia del Everest. Aquella fecha quedó marcada como el momento en que el techo del mundo dejó al descubierto el precio brutal de la ambición, la falta de coordinación, el clima extremo y la creciente comercialización de la montaña. Durante los años 80 y 90, el Everest empezó a transformarse en un destino cada vez más codiciado por expediciones comerciales. Ya no subían solo los grandes himalayistas de élite: también aparecían clientes que pagaban enormes sumas para intentar alcanzar la cima con guías profesionales, oxígeno suplementario, cuerdas fijas y logística organizada. Pero a casi 8.800 metros, en la llamada “zona de la muerte”, ningún servicio podía garantizar la supervivencia. En mayo de 1996 coincidieron varias expediciones importantes. Entre ellas estaban Adventure Consultants, liderada por el neozelandés Rob Hall, y Mountain Madness, encabezada por el estadounidense Scott Fischer. También había grupos de Taiwán, Sudáfrica y una expedición india de la Policía Fronteriza Indo-Tibetana que avanzaba por la ruta norte. La montaña estaba saturada. Demasiadas personas querían subir el mismo día, por pasos estrechos donde solo se podía avanzar de a uno. En la madrugada del 10 de mayo, los grupos salieron desde el Campamento IV, en el Collado Sur, rumbo a la cumbre. Al principio el clima parecía favorable. Pero pronto aparecieron los problemas: demoras, cuerdas fijas que no estaban colocadas en sectores clave, esperas interminables en puntos críticos como el Balcón y el Escalón Hillary, agotamiento, consumo acelerado de oxígeno y una peligrosa pérdida del horario límite para regresar. En el Everest, llegar tarde a la cima puede ser una sentencia. La regla no escrita era clara: si no se alcanzaba la cumbre cerca de las dos de la tarde, había que dar la vuelta. Sin embargo, varios siguieron subiendo. La llamada “fiebre de cumbre” —ese impulso desesperado por no abandonar cuando la cima parece estar al alcance de la mano— terminó empujando a muchos hacia una trampa mortal. Cuando la tormenta cayó sobre la montaña, decenas de escaladores quedaron dispersos en medio del viento, la nieve, la oscuridad y la falta de oxígeno. Algunos no encontraban el camino de regreso al campamento. Otros estaban demasiado débiles para moverse. En pocas horas, el sueño de tocar el cielo se convirtió en una lucha desesperada por seguir con vida. El saldo fue devastador: ocho alpinistas murieron entre el 10 y el 11 de mayo de 1996. Entre ellos estaban tres figuras experimentadas: Rob Hall, Scott Fischer y Andy Harris. También perdieron la vida Doug Hansen, Yasuko Namba y tres integrantes de la expedición india: Tsewang Smanla, Dorje Morup y Tsewang Paljor. Sobrevivientes como Beck Weathers quedaron con secuelas físicas gravísimas por congelación. Rob Hall permaneció atrapado cerca de la cumbre junto a Doug Hansen. Ya sin fuerzas, con frío extremo y sin poder descender, logró comunicarse por radio con su esposa, Jan Arnold, embarazada de su hija. Fue una de las despedidas más conmovedoras y trágicas de la historia del montañismo. Después, el silencio. La tragedia de 1996 inspiró libros, documentales y películas, pero sobre todo abrió una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar el deseo humano de conquistar una montaña? El Everest no perdona la soberbia. Allí, la fama, el dinero y la voluntad pueden quedar reducidos a nada frente a una tormenta, una mala decisión o unos minutos perdidos en la altura. Aquel 10 de mayo no murió solo un grupo de alpinistas. También se quebró una ilusión: la idea de que el Everest podía convertirse en una aventura controlada, vendida por catálogo y domesticada por la industria. La montaña recordó, con una dureza feroz, que sigue siendo un territorio extremo, hermoso y despiadado. Everest 1996 fue la advertencia escrita en hielo: la cima puede esperar; la vida, no. #Everest #TragediaDelEverest #Everest1996 #MonteEverest #Alpinismo #Himalaya #ZonaDeLaMuerte #RobHall #ScottFischer #AndyHarris #BeckWeathers #JonKrakauer #HistoriaDelAlpinismo #Montañismo #Un10DeMayo #MendozAntigua #MountEverest #EverestDisaster #Everest1996Disaster #ClimbingHistory #Mountaineering #Himalayas #DeathZone #IntoThinAir #AdventureHistory #SurvivalStory
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