En la madrugada del 8 de septiembre de 1990, comenzaba en San Fernando del Valle de Catamarca una de las historias criminales, judiciales y políticas que más profundamente sacudieron a la Argentina contemporánea. María Soledad Morales tenía apenas 17 años y cursaba el último año en el Colegio del Carmen y San José. Había participado de una fiesta organizada para reunir fondos para el viaje de egresados y, después de ser vista por última vez aquella noche, desapareció. El 10 de septiembre, trabajadores de Vialidad encontraron su cuerpo cerca de Parque Daza, a pocos kilómetros de la capital catamarqueña. Los estudios determinaron que había sufrido violencia sexual y golpes y detectaron una elevada presencia de cocaína; durante la extensa causa existirían además controversias médicas acerca del mecanismo preciso que provocó su muerte. Aquel crimen no tardaría en trascender la investigación de un homicidio para dejar al descubierto gravísimas sospechas de encubrimiento, interferencias policiales y vínculos entre algunos protagonistas del expediente y sectores influyentes de la política provincial. Entre las irregularidades denunciadas desde los primeros días estuvo la acusación contra el entonces jefe policial Miguel Ángel Ferreyra de haber ordenado lavar el cadáver, una maniobra que habría destruido evidencias fundamentales. Por la investigación pasaron numerosos magistrados, centenares de testigos y años de acusaciones cruzadas, mientras algunos nombres relacionados con familias poderosas aparecían en testimonios y líneas investigativas sin que todos ellos llegaran a ser condenados. Pero frente al miedo surgió algo que terminaría convirtiéndose en un símbolo argentino: las Marchas del Silencio. Ada Rizzardo y Elías Morales, padres de María Soledad, junto con la hermana Martha Pelloni —entonces directora del colegio al que asistía la adolescente— y miles de estudiantes y vecinos comenzaron a caminar por las calles de Catamarca reclamando una sola cosa: justicia. Algunas de aquellas movilizaciones llegaron a congregar a más de 30.000 personas, una cifra extraordinaria para la población de la ciudad, y transformaron el asesinato de una adolescente en un gigantesco cuestionamiento social a la impunidad y al funcionamiento de las instituciones provinciales. La presión social terminó teniendo consecuencias políticas históricas. El 4 de abril de 1991 el gobierno nacional intervino el Poder Judicial de Catamarca y, el 17 de abril, el presidente Carlos Menem extendió mediante el Decreto 712/91 la intervención a los poderes Ejecutivo y Legislativo, poniendo fin al gobierno de Ramón Saadi. Luis Prol asumió luego como interventor federal. También participó brevemente de la investigación el entonces policía bonaerense Luis Patti, enviado en enero de 1991, quien abandonó la pesquisa en marzo sin lograr resultados concluyentes. Uno de los episodios más estremecedores llegó desde el propio Congreso. Ángel Luque, diputado nacional y padre de Guillermo Luque, pronunció una frase que quedó grabada en la memoria colectiva al afirmar, en esencia, que si su hijo hubiese sido responsable “el cadáver no habría aparecido”. La Cámara de Diputados terminó expulsándolo en abril de 1991 por considerar inadmisibles sus expresiones; documentos parlamentarios posteriores recuerdan aquel caso como uno de los antecedentes excepcionales de exclusión de un legislador por razones de conducta e inhabilidad moral. La Justicia todavía tardaría años. El primer juicio oral comenzó en 1996 y fue televisado en vivo, convirtiéndose en un fenómeno nacional. Las cámaras llegaron a registrar gestos entre dos integrantes del tribunal que fueron interpretados por la querella como indicios de parcialidad; las recusaciones, la polémica por la televisación y finalmente la renuncia del juez Alejandro Ortiz Iramaín hicieron imposible continuar aquel debate, que quedó suspendido el 1 de abril de 1996. No fue, por lo tanto, el juicio de 1997 el que se anuló como suele repetirse: el nuevo proceso comenzó en agosto de 1997 y concluyó el 28 de febrero de 1998. En ese segundo juicio, Guillermo Luque fue condenado a 21 años de prisión por violación seguida de muerte agravada por el uso de estupefacientes, mientras Luis Tula recibió nueve años como partícipe en la violación. En noviembre de 2002 la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó firmes ambas condenas. Tula obtuvo la libertad condicional en 2003 y Luque la consiguió el 12 de abril de 2010, después de haber cumplido aproximadamente 14 años efectivos de prisión: por eso, la fecha de 2012 que suele circular es incorrecta. El caso María Soledad trascendió para siempre los límites de Catamarca. Antes de que palabras como “femicidio” ocuparan el lugar que tienen hoy en el debate público argentino, una adolescente de 17 años se convirtió en símbolo de una sociedad que decidió enfrentarse al miedo. Su nombre quedó asociado no solamente al horror de un crimen, sino también a la fuerza extraordinaria de miles de personas que descubrieron que incluso el silencio podía convertirse en un estruendo. Treinta y seis años después, aquellas multitudes caminando sin gritar continúan recordando una verdad incómoda pero fundamental: cuando las instituciones fallan, la memoria colectiva puede transformarse en una poderosa exigencia de justicia. #MariaSoledadMorales #JusticiaPorMariaSoledad #Catamarca #Argentina #Efemerides #HistoriaArgentina #Memoria #Justicia #MarchasDelSilencio #MarthaPelloni #NuncaMasImpunidad #ViolenciaDeGenero #Femicidio #DerechosHumanos #MendozAntigua #ArgentineHistory #JusticeForMariaSoledad #NeverForget #Justice #HumanRights #WomensRights #TrueCrimeHistory #CollectiveMemory #CatamarcaArgentina
Bienvenidos al sitio con mayor cantidad de Fotos antiguas de la provincia de Mendoza, Argentina. (mendozantigua@gmail.com) Para las nuevas generaciones, no se olviden que para que Uds. vivan como viven y tengan lo que tienen, primero fue necesario que pase y exista lo que existió... que importante sería que lo comprendan
martes, 8 de septiembre de 2020
🔥⚖️🕯️ 8 DE SEPTIEMBRE DE 1990: MARÍA SOLEDAD… EL CRIMEN QUE ROMPIÓ EL SILENCIO Y HIZO TEMBLAR AL PODER EN CATAMARCA 🇦🇷
En la madrugada del 8 de septiembre de 1990, comenzaba en San Fernando del Valle de Catamarca una de las historias criminales, judiciales y políticas que más profundamente sacudieron a la Argentina contemporánea. María Soledad Morales tenía apenas 17 años y cursaba el último año en el Colegio del Carmen y San José. Había participado de una fiesta organizada para reunir fondos para el viaje de egresados y, después de ser vista por última vez aquella noche, desapareció. El 10 de septiembre, trabajadores de Vialidad encontraron su cuerpo cerca de Parque Daza, a pocos kilómetros de la capital catamarqueña. Los estudios determinaron que había sufrido violencia sexual y golpes y detectaron una elevada presencia de cocaína; durante la extensa causa existirían además controversias médicas acerca del mecanismo preciso que provocó su muerte. Aquel crimen no tardaría en trascender la investigación de un homicidio para dejar al descubierto gravísimas sospechas de encubrimiento, interferencias policiales y vínculos entre algunos protagonistas del expediente y sectores influyentes de la política provincial. Entre las irregularidades denunciadas desde los primeros días estuvo la acusación contra el entonces jefe policial Miguel Ángel Ferreyra de haber ordenado lavar el cadáver, una maniobra que habría destruido evidencias fundamentales. Por la investigación pasaron numerosos magistrados, centenares de testigos y años de acusaciones cruzadas, mientras algunos nombres relacionados con familias poderosas aparecían en testimonios y líneas investigativas sin que todos ellos llegaran a ser condenados. Pero frente al miedo surgió algo que terminaría convirtiéndose en un símbolo argentino: las Marchas del Silencio. Ada Rizzardo y Elías Morales, padres de María Soledad, junto con la hermana Martha Pelloni —entonces directora del colegio al que asistía la adolescente— y miles de estudiantes y vecinos comenzaron a caminar por las calles de Catamarca reclamando una sola cosa: justicia. Algunas de aquellas movilizaciones llegaron a congregar a más de 30.000 personas, una cifra extraordinaria para la población de la ciudad, y transformaron el asesinato de una adolescente en un gigantesco cuestionamiento social a la impunidad y al funcionamiento de las instituciones provinciales. La presión social terminó teniendo consecuencias políticas históricas. El 4 de abril de 1991 el gobierno nacional intervino el Poder Judicial de Catamarca y, el 17 de abril, el presidente Carlos Menem extendió mediante el Decreto 712/91 la intervención a los poderes Ejecutivo y Legislativo, poniendo fin al gobierno de Ramón Saadi. Luis Prol asumió luego como interventor federal. También participó brevemente de la investigación el entonces policía bonaerense Luis Patti, enviado en enero de 1991, quien abandonó la pesquisa en marzo sin lograr resultados concluyentes. Uno de los episodios más estremecedores llegó desde el propio Congreso. Ángel Luque, diputado nacional y padre de Guillermo Luque, pronunció una frase que quedó grabada en la memoria colectiva al afirmar, en esencia, que si su hijo hubiese sido responsable “el cadáver no habría aparecido”. La Cámara de Diputados terminó expulsándolo en abril de 1991 por considerar inadmisibles sus expresiones; documentos parlamentarios posteriores recuerdan aquel caso como uno de los antecedentes excepcionales de exclusión de un legislador por razones de conducta e inhabilidad moral. La Justicia todavía tardaría años. El primer juicio oral comenzó en 1996 y fue televisado en vivo, convirtiéndose en un fenómeno nacional. Las cámaras llegaron a registrar gestos entre dos integrantes del tribunal que fueron interpretados por la querella como indicios de parcialidad; las recusaciones, la polémica por la televisación y finalmente la renuncia del juez Alejandro Ortiz Iramaín hicieron imposible continuar aquel debate, que quedó suspendido el 1 de abril de 1996. No fue, por lo tanto, el juicio de 1997 el que se anuló como suele repetirse: el nuevo proceso comenzó en agosto de 1997 y concluyó el 28 de febrero de 1998. En ese segundo juicio, Guillermo Luque fue condenado a 21 años de prisión por violación seguida de muerte agravada por el uso de estupefacientes, mientras Luis Tula recibió nueve años como partícipe en la violación. En noviembre de 2002 la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó firmes ambas condenas. Tula obtuvo la libertad condicional en 2003 y Luque la consiguió el 12 de abril de 2010, después de haber cumplido aproximadamente 14 años efectivos de prisión: por eso, la fecha de 2012 que suele circular es incorrecta. El caso María Soledad trascendió para siempre los límites de Catamarca. Antes de que palabras como “femicidio” ocuparan el lugar que tienen hoy en el debate público argentino, una adolescente de 17 años se convirtió en símbolo de una sociedad que decidió enfrentarse al miedo. Su nombre quedó asociado no solamente al horror de un crimen, sino también a la fuerza extraordinaria de miles de personas que descubrieron que incluso el silencio podía convertirse en un estruendo. Treinta y seis años después, aquellas multitudes caminando sin gritar continúan recordando una verdad incómoda pero fundamental: cuando las instituciones fallan, la memoria colectiva puede transformarse en una poderosa exigencia de justicia. #MariaSoledadMorales #JusticiaPorMariaSoledad #Catamarca #Argentina #Efemerides #HistoriaArgentina #Memoria #Justicia #MarchasDelSilencio #MarthaPelloni #NuncaMasImpunidad #ViolenciaDeGenero #Femicidio #DerechosHumanos #MendozAntigua #ArgentineHistory #JusticeForMariaSoledad #NeverForget #Justice #HumanRights #WomensRights #TrueCrimeHistory #CollectiveMemory #CatamarcaArgentina

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