Cuando Mendoza era todavía una pequeña ciudad colonial rodeada de chacras, viñas y acequias, el agua ya era un asunto de gobierno, producción y supervivencia. El 14 de septiembre de 1658, el Cabildo de Mendoza designó al capitán Miguel de Lara como Alcalde de Aguas, un cargo con autoridad para vigilar la circulación del recurso hídrico y actuar frente a quienes interrumpieran su curso. La actuación quedó registrada en las Actas Capitulares de Mendoza, tomo III, página 202, volumen que reúne documentación correspondiente a los años 1652-1675 y que fue publicado por la Academia Nacional de la Historia. Pero hay un detalle extraordinario que convierte aquella resolución en una auténtica ventana hacia la vida cotidiana de la Mendoza del siglo XVII: su salario no estaba fijado únicamente en dinero. El Cabildo dispuso que los regantes contribuyeran al sostenimiento del funcionario y estableció que quien poseyera chacra debía entregarle una fanega de trigo, mientras que quien tuviera viña debía aportar una arroba de vino. Un estudio académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo reproduce incluso parte del texto colonial fechado aquel día: “una fanega de trigo I de cada biña una arroba de vino”. Detrás de esa curiosa forma de remuneración había algo mucho más profundo. En una región árida como Mendoza, controlar el agua significaba controlar una pieza esencial de la economía. Sin acequias funcionando correctamente no había trigo, huertas, frutales ni viñedos. Estudios sobre las propias Actas Capitulares muestran que el Alcalde de Aguas ejercía funciones semejantes a un poder de policía hidráulica: debía localizar interrupciones en las acequias, garantizar la provisión y procurar que el recurso siguiera circulando. Ya existen referencias a autoridades encargadas del agua desde los primeros años del siglo XVII, lo que demuestra que su administración estaba institucionalizada mucho antes de la creación de los modernos organismos de irrigación. El documento también conserva una cara más dura de aquella sociedad colonial: la resolución facultaba a Miguel de Lara para apercibir y aplicar penas a indígenas señalados por cortar u obstruir el paso del agua. Es un detalle que permite entender que la organización hidráulica mendocina no puede separarse de las relaciones de poder, jerarquías y desigualdades propias del orden colonial. Y hay algo especialmente simbólico: trigo y vino, dos productos profundamente vinculados con la agricultura mendocina de aquella época, servían también como forma de pago al funcionario encargado de proteger aquello que hacía posible producirlos: el agua. Una especie de círculo perfecto de la economía colonial. El agua alimentaba las chacras y las viñas; las chacras y las viñas remuneraban al hombre encargado de custodiar el agua. Así, aquel 14 de septiembre de 1658 no quedó registrada simplemente una designación administrativa. Quedó fotografiado con palabras un pequeño fragmento de la Mendoza de hace casi cuatro siglos: acequias corriendo entre propiedades, agricultores dependiendo de cada turno de riego, viñas produciendo vino, campos entregando trigo y un funcionario municipal recorriendo ese frágil sistema con autoridad para hacerlo respetar. El agua, como todavía ocurre hoy, estaba en el centro de la vida mendocina. La fecha, Miguel de Lara, el cargo y la remuneración están sólidamente corroborados por la edición de las Actas Capitulares y por investigación académica de UNCuyo. El volumen III abarca 1652-1675 y la referencia utilizada es página 202. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #14DeSeptiembre #MendozaColonial #Acequias #HistoriaDelAgua #AlcaldeDeAguas #MiguelDeLara #VinoMendocino #HistoriaDelVino #Viticultura #ArchivoHistorico #ActasCapitulares #CabildoDeMendoza #HistoriaArgentina #PatrimonioMendocino #CulturaDelAgua #Irrigacion #MendozaHistory #ColonialMendoza #WaterHistory #WineHistory #ArgentineHistory #HistoricalDocuments #ColonialHistory #MendozaWine

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