26 de septiembre de 1725 — Mendoza. Hace más de tres siglos, cuando la ciudad todavía dependía del agua de sus acequias para regar, producir alimentos y mover algunos de sus primeros ingenios, Luisa Lemos Barroco dejó asentado en su testamento un extraordinario retrato de la vida económica mendocina. El documento, conservado en el Archivo General de la Provincia de Mendoza, describe entre sus bienes «un molino corriente y moliente con todos sus aperos», acompañado por una huerta de árboles. Pero el pasaje más revelador aparece inmediatamente después: Luisa declaró que, al morir su marido, el sargento mayor Luis Chirinos de Posadas, el molino carecía de casa y que ella, con su propio dinero, había costeado la construcción, colocado un rodezno nuevo —pieza esencial del mecanismo movido por el agua— y realizado numerosas mejoras. Aquellas palabras permiten asomarse a una Mendoza en la que los molinos harineros eran mucho más que simples edificios: aprovechaban la red hídrica para transformar principalmente trigo en harina, alimento fundamental para el pan cotidiano. La investigación histórica de Paola Raquel Figueroa señala que la producción harinera colonial mendocina abastecía sobre todo el consumo interno y que, cuando existían excedentes, parte de ellos podía comercializarse hacia otras regiones, como San Luis y Córdoba.El molino mencionado por Luisa pertenecía a una explotación que había permanecido durante décadas vinculada a la familia Chirinos de Posadas. La documentación estudiada permite remontar su historia al siglo XVII: en 1677 Francisco Chirinos de Posadas dejó a su esposa Ana de Toro Mazote y Bustamante un molino destinado a moler trigo, que posteriormente quedó relacionado con su hijo Luis. El testamento de 1725 agrega un detalle fascinante sobre la propiedad: el sitio comprendía aproximadamente una cuadra «en contorno» y había sido concedido por el Cabildo a Chirinos de Posadas bajo la condición de indemnizar al legítimo propietario si este aparecía, estimándose entonces el terreno en unos treinta o cuarenta pesos. El registro convierte así una simple declaración testamentaria en una auténtica radiografía de la Mendoza colonial: aparecen la propiedad, el agua, el trigo, la tecnología hidráulica, las relaciones familiares y, especialmente, una mujer administrando bienes e invirtiendo recursos propios en mejorar una unidad productiva. La importancia del molino continuó mucho después de aquel 26 de septiembre: la investigación registra nuevamente este establecimiento en documentación del siglo XVIII, incluido el Censo de Fortunas de 1739, demostrando la continuidad de esta actividad dentro de la economía mendocina. Trescientos un años después, aquellas pocas líneas escritas con la ortografía de su tiempo siguen haciendo funcionar simbólicamente aquel molino: detrás de la harina, las acequias y el sonido del agua aparece el nombre de Luisa Lemos Barroco, una mujer que dejó constancia de que parte de aquella obra se había levantado «a mi costa». Fuente de origen: Archivo General de la Provincia de Mendoza (AGPM), Protocolo de Escribanos Nº 39, folio 193, 26 de septiembre de 1725. Referencia y transcripción publicadas por Paola Raquel Figueroa, “Los molinos hidráulicos en Mendoza (Argentina) durante el período colonial (S. XVI, XVII y XVIII)”, Universum, vol. 21, Nº 1, 2006, pp. 28-47. La signatura documental y la fecha aparecen consignadas en la nota 20 del trabajo. #HistoriaDeMendoza #MendozaColonial #LuisaLemos #MolinosHarineros #MolinosHidráulicos #HistoriaArgentina #ArchivoHistórico #DocumentosHistóricos #Efemérides #26DeSeptiembre #PatrimonioMendocino #HistoriaColonial #AcequiasDeMendoza #WomensHistory #ColonialHistory #MendozaHistory #ArgentinaHistory #HistoricDocuments #WaterMills #FlourMill #LocalHistory
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viernes, 25 de septiembre de 2026
26 DE SEPTIEMBRE DE 1725: LA MUJER QUE HIZO GIRAR EL MOLINO — LUISA LEMOS Y UNA JOYA DOCUMENTAL DE LA MENDOZA COLONIAL (IMAGEN ILUSTRATIVA)
26 de septiembre de 1725 — Mendoza. Hace más de tres siglos, cuando la ciudad todavía dependía del agua de sus acequias para regar, producir alimentos y mover algunos de sus primeros ingenios, Luisa Lemos Barroco dejó asentado en su testamento un extraordinario retrato de la vida económica mendocina. El documento, conservado en el Archivo General de la Provincia de Mendoza, describe entre sus bienes «un molino corriente y moliente con todos sus aperos», acompañado por una huerta de árboles. Pero el pasaje más revelador aparece inmediatamente después: Luisa declaró que, al morir su marido, el sargento mayor Luis Chirinos de Posadas, el molino carecía de casa y que ella, con su propio dinero, había costeado la construcción, colocado un rodezno nuevo —pieza esencial del mecanismo movido por el agua— y realizado numerosas mejoras. Aquellas palabras permiten asomarse a una Mendoza en la que los molinos harineros eran mucho más que simples edificios: aprovechaban la red hídrica para transformar principalmente trigo en harina, alimento fundamental para el pan cotidiano. La investigación histórica de Paola Raquel Figueroa señala que la producción harinera colonial mendocina abastecía sobre todo el consumo interno y que, cuando existían excedentes, parte de ellos podía comercializarse hacia otras regiones, como San Luis y Córdoba.El molino mencionado por Luisa pertenecía a una explotación que había permanecido durante décadas vinculada a la familia Chirinos de Posadas. La documentación estudiada permite remontar su historia al siglo XVII: en 1677 Francisco Chirinos de Posadas dejó a su esposa Ana de Toro Mazote y Bustamante un molino destinado a moler trigo, que posteriormente quedó relacionado con su hijo Luis. El testamento de 1725 agrega un detalle fascinante sobre la propiedad: el sitio comprendía aproximadamente una cuadra «en contorno» y había sido concedido por el Cabildo a Chirinos de Posadas bajo la condición de indemnizar al legítimo propietario si este aparecía, estimándose entonces el terreno en unos treinta o cuarenta pesos. El registro convierte así una simple declaración testamentaria en una auténtica radiografía de la Mendoza colonial: aparecen la propiedad, el agua, el trigo, la tecnología hidráulica, las relaciones familiares y, especialmente, una mujer administrando bienes e invirtiendo recursos propios en mejorar una unidad productiva. La importancia del molino continuó mucho después de aquel 26 de septiembre: la investigación registra nuevamente este establecimiento en documentación del siglo XVIII, incluido el Censo de Fortunas de 1739, demostrando la continuidad de esta actividad dentro de la economía mendocina. Trescientos un años después, aquellas pocas líneas escritas con la ortografía de su tiempo siguen haciendo funcionar simbólicamente aquel molino: detrás de la harina, las acequias y el sonido del agua aparece el nombre de Luisa Lemos Barroco, una mujer que dejó constancia de que parte de aquella obra se había levantado «a mi costa». Fuente de origen: Archivo General de la Provincia de Mendoza (AGPM), Protocolo de Escribanos Nº 39, folio 193, 26 de septiembre de 1725. Referencia y transcripción publicadas por Paola Raquel Figueroa, “Los molinos hidráulicos en Mendoza (Argentina) durante el período colonial (S. XVI, XVII y XVIII)”, Universum, vol. 21, Nº 1, 2006, pp. 28-47. La signatura documental y la fecha aparecen consignadas en la nota 20 del trabajo. #HistoriaDeMendoza #MendozaColonial #LuisaLemos #MolinosHarineros #MolinosHidráulicos #HistoriaArgentina #ArchivoHistórico #DocumentosHistóricos #Efemérides #26DeSeptiembre #PatrimonioMendocino #HistoriaColonial #AcequiasDeMendoza #WomensHistory #ColonialHistory #MendozaHistory #ArgentinaHistory #HistoricDocuments #WaterMills #FlourMill #LocalHistory

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