El 23 de marzo de 1933 quedó marcado como una de las fechas más sombrías de la historia contemporánea: ese día, el Parlamento alemán aprobó la Ermächtigungsgesetz, conocida en castellano como Ley Habilitante, la herramienta legal que le permitió a Adolf Hitler gobernar sin control parlamentario y empezar a desmontar, desde adentro, la democracia de Weimar. En rigor, Hitler había sido nombrado canciller por Paul von Hindenburg el 30 de enero de 1933, pero no llegaba al poder con una mayoría absoluta: el nazismo era la fuerza más grande del Reichstag, no la dueña total del sistema. Por eso necesitaba algo más que votos: necesitaba quebrar las reglas. Ese quiebre empezó a acelerarse tras el incendio del Reichstag, el 27 de febrero de 1933. Al día siguiente, Hindenburg firmó el llamado Decreto del Incendio del Reichstag, que suspendió libertades fundamentales, habilitó detenciones sin proceso, permitió disolver organizaciones políticas y le dio al régimen una base “legal” para perseguir opositores. Los comunistas fueron uno de los primeros blancos de esa ofensiva. La autoría del incendio sigue siendo discutida por los historiadores, pero lo que no se discute es que el nazismo explotó el hecho con una eficacia devastadora para destruir garantías constitucionales y preparar la siguiente embestida contra el sistema republicano. En las elecciones del 5 de marzo de 1933, celebradas ya bajo intimidación, violencia y represión, el Partido Nazi obtuvo 43,9% de los votos, insuficiente por sí solo para dominar el Parlamento, pero suficiente, junto con su aliado conservador DNVP, para quedar a un paso del objetivo final. El paso decisivo llegó el 23 de marzo, cuando el Reichstag, reunido en la Ópera Kroll y rodeado por tropas de las SA y las SS, aprobó la ley por 444 votos contra 94. Solo los socialdemócratas votaron en bloque en contra; los diputados comunistas ya habían sido anulados, detenidos, expulsados o forzados a huir. La ley autorizó al gobierno a dictar normas sin el consentimiento del Reichstag ni del presidente, incluso si esas normas violaban la propia Constitución. Fue, en los hechos, el acta de defunción de la democracia alemana. El nombre oficial de la norma era “Ley para remediar la miseria del pueblo y del Reich”, una fórmula engañosa y burocrática para encubrir una concentración casi ilimitada del poder. Lo más inquietante es que todo se hizo bajo apariencia de legalidad: no fue un golpe clásico, sino una demolición institucional ejecutada con votos, amenazas, proscripciones y miedo. Después vinieron la Gleichschaltung —la “coordinación” o nazificación forzada del Estado y la sociedad—, la prohibición de partidos, la destrucción de la prensa libre y la consolidación del régimen totalitario. La Ley Habilitante había sido aprobada inicialmente por cuatro años, pero fue prorrogada en 1937, 1939 y 1943, y siguió siendo la base jurídica del Tercer Reich hasta la caída del nazismo. Por eso esta fecha no debe leerse solo como una efeméride alemana: es una advertencia universal. Las democracias no siempre mueren de un solo golpe; a veces se vacían lentamente, cuando el miedo se vuelve excusa, cuando la excepción se vuelve norma y cuando el poder pide “facultades extraordinarias” en nombre del orden. El 23 de marzo de 1933 no empezó todo, pero sí legalizó lo peor. Y en esa lección sigue latiendo una verdad incómoda: los grandes horrores también pueden nacer dentro del Parlamento . #Hitler #Nazismo #Alemania1933 #LeyHabilitante #Reichstag #Historia #Memoria #Democracia #NuncaMas #MendozAntigua
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lunes, 23 de marzo de 2020
El 23 de Marzo de 1933. El día que Alemania votó su propia jaula: la ley que le entregó a Hitler el poder total y abrió la puerta al horror nazi
El 23 de marzo de 1933 quedó marcado como una de las fechas más sombrías de la historia contemporánea: ese día, el Parlamento alemán aprobó la Ermächtigungsgesetz, conocida en castellano como Ley Habilitante, la herramienta legal que le permitió a Adolf Hitler gobernar sin control parlamentario y empezar a desmontar, desde adentro, la democracia de Weimar. En rigor, Hitler había sido nombrado canciller por Paul von Hindenburg el 30 de enero de 1933, pero no llegaba al poder con una mayoría absoluta: el nazismo era la fuerza más grande del Reichstag, no la dueña total del sistema. Por eso necesitaba algo más que votos: necesitaba quebrar las reglas. Ese quiebre empezó a acelerarse tras el incendio del Reichstag, el 27 de febrero de 1933. Al día siguiente, Hindenburg firmó el llamado Decreto del Incendio del Reichstag, que suspendió libertades fundamentales, habilitó detenciones sin proceso, permitió disolver organizaciones políticas y le dio al régimen una base “legal” para perseguir opositores. Los comunistas fueron uno de los primeros blancos de esa ofensiva. La autoría del incendio sigue siendo discutida por los historiadores, pero lo que no se discute es que el nazismo explotó el hecho con una eficacia devastadora para destruir garantías constitucionales y preparar la siguiente embestida contra el sistema republicano. En las elecciones del 5 de marzo de 1933, celebradas ya bajo intimidación, violencia y represión, el Partido Nazi obtuvo 43,9% de los votos, insuficiente por sí solo para dominar el Parlamento, pero suficiente, junto con su aliado conservador DNVP, para quedar a un paso del objetivo final. El paso decisivo llegó el 23 de marzo, cuando el Reichstag, reunido en la Ópera Kroll y rodeado por tropas de las SA y las SS, aprobó la ley por 444 votos contra 94. Solo los socialdemócratas votaron en bloque en contra; los diputados comunistas ya habían sido anulados, detenidos, expulsados o forzados a huir. La ley autorizó al gobierno a dictar normas sin el consentimiento del Reichstag ni del presidente, incluso si esas normas violaban la propia Constitución. Fue, en los hechos, el acta de defunción de la democracia alemana. El nombre oficial de la norma era “Ley para remediar la miseria del pueblo y del Reich”, una fórmula engañosa y burocrática para encubrir una concentración casi ilimitada del poder. Lo más inquietante es que todo se hizo bajo apariencia de legalidad: no fue un golpe clásico, sino una demolición institucional ejecutada con votos, amenazas, proscripciones y miedo. Después vinieron la Gleichschaltung —la “coordinación” o nazificación forzada del Estado y la sociedad—, la prohibición de partidos, la destrucción de la prensa libre y la consolidación del régimen totalitario. La Ley Habilitante había sido aprobada inicialmente por cuatro años, pero fue prorrogada en 1937, 1939 y 1943, y siguió siendo la base jurídica del Tercer Reich hasta la caída del nazismo. Por eso esta fecha no debe leerse solo como una efeméride alemana: es una advertencia universal. Las democracias no siempre mueren de un solo golpe; a veces se vacían lentamente, cuando el miedo se vuelve excusa, cuando la excepción se vuelve norma y cuando el poder pide “facultades extraordinarias” en nombre del orden. El 23 de marzo de 1933 no empezó todo, pero sí legalizó lo peor. Y en esa lección sigue latiendo una verdad incómoda: los grandes horrores también pueden nacer dentro del Parlamento . #Hitler #Nazismo #Alemania1933 #LeyHabilitante #Reichstag #Historia #Memoria #Democracia #NuncaMas #MendozAntigua
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