sábado, 25 de julio de 2020

25 DE JULIO DE 1995: MURIÓ PUGLIESE, PERO EL TANGO NO PUDO CALLARLO — EL MAESTRO QUE VENCIÓ LA CENSURA Y LLEVÓ “LA YUMBA” HASTA EL COLÓN


El 25 de julio de 1995, Buenos Aires despedía a los 89 años a Osvaldo Pedro Pugliese, uno de los músicos que transformaron para siempre el corazón rítmico del tango. Había nacido el 2 de diciembre de 1905 en Villa Crespo, dentro de una familia humilde atravesada por la música: su padre, Adolfo, trabajaba en la industria del calzado y tocaba la flauta en conjuntos barriales, mientras que sus hermanos mayores eran violinistas. Osvaldo comenzó estudiando violín, pero en el Conservatorio Odeón descubrió el piano, el instrumento con el que terminaría construyendo una de las sonoridades más poderosas y reconocibles de la música argentina. Se perfeccionó con maestros como Vicente Scaramuzza y Pedro Rubione y, cuando apenas tenía quince años, debutó profesionalmente en un trío junto al bandoneonista Domingo Faillac y el violinista Alfredo Ferrito, en el pintoresco Café de la Chancha. Poco después compartió escenarios con Francisca “Paquita” Bernardo, considerada la primera gran bandoneonista argentina. Durante las décadas de 1920 y 1930 fue creciendo junto a figuras fundamentales como Roberto Firpo, Pedro Maffia y Elvino Vardaro. Tras varios intentos y formaciones anteriores, en 1939 presentó su orquesta definitiva en el café El Nacional de la avenida Corrientes, iniciando una trayectoria de más de medio siglo. Desde el piano desarrolló un estilo que combinaba la tradición de Julio De Caro con arrastres, silencios, contratiempos y una marcación profunda que parecía hacer respirar a toda la orquesta. De allí nació el inconfundible sonido pugliesiano, dramático, elegante y pensado tanto para emocionar como para hacer bailar. Compuso más de 150 obras y dejó registradas centenares de interpretaciones. Entre sus creaciones esenciales se encuentran “Recuerdo”, “La Beba”, “Negracha”, “Malandraca” y “La Yumba”, aquella obra cuyo ritmo casi físico terminó convirtiéndose en el emblema de su orquesta. Por sus filas pasaron grandes voces como Roberto Chanel, Alberto Morán, Jorge Vidal, Jorge Maciel, Miguel Montero, Adrián Guida y Abel Córdoba, quien permaneció cerca de tres décadas junto al maestro. Pugliese también entendía la música como un trabajo colectivo y una herramienta de dignidad. Participó en la organización sindical de los músicos, se afilió al Partido Comunista en 1936 y administró su orquesta con un sistema cooperativo, distribuyendo los ingresos entre sus integrantes. Esa firmeza política le costó prohibiciones, censura y detenciones durante gobiernos de distinto signo. En 1948 permaneció varios meses encarcelado y, cuando la orquesta debía presentarse sin él, sus compañeros colocaban un clavel rojo sobre el piano vacío: el maestro no estaba físicamente, pero su presencia continuaba dirigiendo cada compás. Volvió a ser detenido durante la llamada Revolución Libertadora y también sufrió restricciones en años posteriores, aunque jamás renunció a sus convicciones ni permitió que las persecuciones silenciaran su música. El reconocimiento terminó llegando dentro y fuera de la Argentina. Cuba le otorgó la Medalla Alejo Carpentier, Francia lo nombró Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres, Buenos Aires lo declaró Ciudadano Ilustre y recibió el Konex de Platino, una Mención Especial y, de manera póstuma, el Konex de Honor. El 26 de diciembre de 1985, pocos días después de cumplir ochenta años, protagonizó uno de los acontecimientos más emocionantes de la historia del tango: su orquesta finalmente ingresó al Teatro Colón, respondiendo al antiguo grito de sus seguidores: “¡Al Colón, al Colón!”. Aquella noche, “La Yumba” retumbó en el mayor escenario lírico del país y consagró definitivamente al artista nacido entre obreros, cafés y calles de Villa Crespo. Cuando murió el 25 de julio de 1995, la ciudad sintió que se apagaba algo más que un músico. Sus restos fueron velados en el antiguo Concejo Deliberante y una multitud acompañó el cortejo hacia el Cementerio de la Chacarita. La caravana recorrió la avenida Corrientes a contramano, como si Buenos Aires quisiera concederle un último gesto de rebeldía al hombre que nunca caminó en la dirección que le impusieron. Pugliese se fue, pero su piano continúa marcando el pulso de las milongas y su nombre se transformó incluso en un símbolo popular contra la mala suerte: “Pugliese, Pugliese, Pugliese”. No fue solamente un director, pianista o compositor. Fue un trabajador de la música, un creador revolucionario y un maestro cuya obra demostró que el tango también podía resistir, luchar y avanzar contra todos los silencios


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