jueves, 12 de septiembre de 2013

Epidemia de Cólera en Mendoza. Mueren 4000 personas (año 1886)

El primer caso de cólera en Mendoza se produce el 8 de diciembre de 1886. La víctima es una mujer  de condición humilde, que vivía en El Plumerillo en la finca del Doctor Manuel  Saenz;  a las pocas horas la mujer  fallecía. La alarma cunde en la población.
No escaseaban las provisiones, sin embargo al estallar el primer caso en la ciudad de Buenos Aires, durante el mes de noviembre y ante la amenaza de una rápida propagación, el Gobernador Rufino Ortega convoca al cuerpo médico de la provincia, determinándose la necesidad de provocar un aislamiento total de la provincia, aislándola en sus comunicaciones  con el resto del país.
El 22 de Noviembre se crea el Consejo Provincial de Higiene que integraban los doctores , Josué Berutti (protomédico), José A Salas y Ventura Gallegos. Al día siguiente se instala en Desaguadero un lazareto para cuarentena de los pasajeros ferroviarios que llegasen atacados por el mal. Se tiene un riguroso control sanitario en forma de barrera, impidiéndose el ingreso de tren alguno a la provincia.  La provincia de San Luis establece medidas similares en Pedernera, con lo que se obliga a retroceder a los trenes.  Inclusive se dispone que la correspondencia postal sea sometida a una prolija desinfección antes de ser distribuida.
Lo que pudo faltar en todo caso, fue decisión para mantener, contra toda presión, esas medidas preventivas. El Gobierno nacional consideró violatoria a la libertad de transitar la medida adoptada respecto a los ferrocarriles y desautorizó  el funcionamiento del lazareto. Las fuerza de seguridad recibieron instrucciones de garantizar esa resolución.
Las consecuencias no demoran, a la primera víctima siguen otras: entre el 9 y 10 de diciembre de 1886, cinco soldados son atacados por la peste, quedando aislados en un lazareto instalado en  El Borbollón. Aumenta la alarma y la población comienza a huir.
Sed viva e insaciable, fuertes evacuaciones, vómitos, pulso acelerado o presión del pecho, respiración penosa, son los síntomas más evidentes. Luego, la voz se debilita, se padece vértigo, dolor de cabeza, zumbidos de oído, hipo, calambres dolorosos, adelgazamiento, el pulso se torna imperceptible.
Las poblaciones más afectadas son la Capital y San Vicente, los médicos no dan abasto, ni siquiera con la llegada de refuerzo desde Buenos Aires. Setecientas treinta y ocho personas mueren entre el 8 y el 31 de Diciembre de 1886; el día 15 el personal municipal deja de prestar  servicios por la cantidad de afectados que padece en sus propias filas.
Se reparten medicamentos gratuitamente entre los afectados, se organizan comisiones vecinales. En los templos de San Nicolás y San Francisco se reza. La epidemia se extiende a Las Heras, Lujan,  Maipú y San Martín. Desde el 23 de Diciembre se riegan las calles de la ciudad con agua encalada para contribuir con el mejoramiento del estado ambiental. Se corta el suministro de agua en las acequias  con el fin de que el líquido no sea portador de gérmenes; quienes no poseen agua a domicilio reciben el abastecimiento de un reparto diario. Se recomienda ingerir el líquido previamente  hervido y enfriado. Se requisan los baldes existentes en la ciudad,  repartiéndose el excedente entre los vecinos que carecen de ellos. La municipalidad recibe 300 toneladas de cal viva para encalar las acequias.
De los 25 médicos que integran el operativo total, solamente 6 atienden en Capital y 5 se reparten entre los departamentos. Se calcula en 500 los enfermos de gravedad y surgen disputas en el cuerpo médico ante los casos de inasistencias diarias.
El espectáculo que ofrecía Mendoza era sobrecogedor; mueren los animales domésticos por falta de agua, se secan la huertas domiciliarias, languidecen los cultivos de estación.  El ayuno es la forma más ensayada para evitar la contaminación, apenas se ingerían alimentos. En las calle no había más tránsito que el de los auxilios y el pesado trajinar de las carreteras de cuatro ruedas que transportaban los cadáveres como montones de leña; los internados en la Penitenciaría hacían de sepultureros, se denunciaban casos de enfermos que eran recogidos en agonía y enterrados aún con vida. Se llegaron a registrar más de cien casos fatales por día.

En esas condiciones de llega al año nuevo, la epidemia comienza a perder fuerza en la provincia. El 1 de febrero de 1887 se produce el último caso; la víctima es un preceptor  de la escuela número 4, Juan Gómez.  Agustín Alvarez asegura que en la provincia se produjeron 4000 muertes como consecuencia de la epidemia de cólera.   

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