El 7 de octubre de 1890, en uno de los momentos económicos más críticos de la Argentina del siglo XIX, el presidente Carlos Pellegrini promulgó la Ley Nº 2741 que creó la Caja de Conversión, una institución destinada a transformar profundamente la organización monetaria del país. La precisión histórica es importante: la ley había sido sancionada por el Congreso el 3 de octubre y fue promulgada por Pellegrini cuatro días después. La medida llegó apenas dos meses después de la Revolución del Parque, la renuncia de Miguel Juárez Celman y la llegada de Pellegrini a la Presidencia, en medio de una gravísima crisis bancaria, financiera y de confianza en el papel moneda. Hasta entonces, el sistema había permitido que diferentes bancos participaran en la emisión de billetes bajo el régimen de Bancos Nacionales Garantidos, generando una compleja circulación monetaria que la crisis de 1890 terminó por poner contra las cuerdas. La nueva Caja nació precisamente para concentrar y ordenar ese universo: incorporó a la Oficina Nacional de Bancos Garantidos y estableció que las operaciones de emisión, conversión y amortización de la moneda de curso legal debían realizarse por su intermedio. La propia Ley 2741 fue todavía más explícita: entre sus atribuciones figuraban la impresión, habilitación, emisión, conversión y amortización de la moneda de curso legal, además de custodiar los dineros, títulos y valores destinados a respaldarla. También creó un fondo de conversión alimentado por reservas metálicas, garantías y otros recursos públicos, y dispuso que la institución publicara mensualmente su balance, mientras su Directorio debía actuar con independencia dentro de las disposiciones legales. La creación de la Caja no significó, sin embargo, que la Argentina recuperara inmediatamente la plena convertibilidad de sus billetes en oro: la crisis había dejado al sistema sin reservas suficientes y el retorno efectivo a un régimen estable de conversión llegaría recién en 1899, mediante la Ley Nº 3871, que fijó la relación de un peso moneda nacional de papel por 44 centavos de peso oro, equivalente aproximadamente a 2,27 pesos papel por cada peso oro. Desde entonces la Caja se convirtió en una pieza fundamental del sistema monetario argentino, administrando emisiones y reservas metálicas durante distintos períodos de apertura y suspensión del patrón oro. Su existencia se prolongó hasta 1935, cuando sus funciones fueron absorbidas por el recién creado Banco Central de la República Argentina. Por eso, aquel 7 de octubre de 1890 fue mucho más que la creación de una oficina estatal: en medio de una nación sacudida por la crisis, el país comenzaba a construir una autoridad capaz de centralizar el manejo de su moneda, antecedente directo de algunas de las funciones que décadas después quedarían en manos del Banco Central. FUENTES: Ley Nº 2741, texto oficial de la normativa nacional, sancionada el 3/10/1890 y promulgada el 7/10/1890; historia institucional y monetaria del Banco Central de la República Argentina; Ley Nº 3871 de conversión monetaria de 1899; El Arcón de la Historia Argentina. #CarlosPellegrini #CajaDeConversión #HistoriaArgentina #Argentina1890 #HistoriaEconómica #MonedaArgentina #PesoMonedaNacional #BancoCentral #Efemérides #HistoriaFinanciera #PatrimonioHistórico #ArgentineHistory #CarlosPellegrini #CurrencyHistory #MonetaryHistory #EconomicHistory #ArgentinaHistory #CentralBank #HistoricArgentina
Fotos Antiguas de Mendoza, Argentina y el Mundo de cada década desde 1880
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martes, 6 de octubre de 2026
7 DE OCTUBRE DE 1890 - EL DÍA EN QUE ARGENTINA PUSO ORDEN EN SU MONEDA: PELLEGRINI Y EL NACIMIENTO DE LA CAJA DE CONVERSIÓN
El 7 de octubre de 1890, en uno de los momentos económicos más críticos de la Argentina del siglo XIX, el presidente Carlos Pellegrini promulgó la Ley Nº 2741 que creó la Caja de Conversión, una institución destinada a transformar profundamente la organización monetaria del país. La precisión histórica es importante: la ley había sido sancionada por el Congreso el 3 de octubre y fue promulgada por Pellegrini cuatro días después. La medida llegó apenas dos meses después de la Revolución del Parque, la renuncia de Miguel Juárez Celman y la llegada de Pellegrini a la Presidencia, en medio de una gravísima crisis bancaria, financiera y de confianza en el papel moneda. Hasta entonces, el sistema había permitido que diferentes bancos participaran en la emisión de billetes bajo el régimen de Bancos Nacionales Garantidos, generando una compleja circulación monetaria que la crisis de 1890 terminó por poner contra las cuerdas. La nueva Caja nació precisamente para concentrar y ordenar ese universo: incorporó a la Oficina Nacional de Bancos Garantidos y estableció que las operaciones de emisión, conversión y amortización de la moneda de curso legal debían realizarse por su intermedio. La propia Ley 2741 fue todavía más explícita: entre sus atribuciones figuraban la impresión, habilitación, emisión, conversión y amortización de la moneda de curso legal, además de custodiar los dineros, títulos y valores destinados a respaldarla. También creó un fondo de conversión alimentado por reservas metálicas, garantías y otros recursos públicos, y dispuso que la institución publicara mensualmente su balance, mientras su Directorio debía actuar con independencia dentro de las disposiciones legales. La creación de la Caja no significó, sin embargo, que la Argentina recuperara inmediatamente la plena convertibilidad de sus billetes en oro: la crisis había dejado al sistema sin reservas suficientes y el retorno efectivo a un régimen estable de conversión llegaría recién en 1899, mediante la Ley Nº 3871, que fijó la relación de un peso moneda nacional de papel por 44 centavos de peso oro, equivalente aproximadamente a 2,27 pesos papel por cada peso oro. Desde entonces la Caja se convirtió en una pieza fundamental del sistema monetario argentino, administrando emisiones y reservas metálicas durante distintos períodos de apertura y suspensión del patrón oro. Su existencia se prolongó hasta 1935, cuando sus funciones fueron absorbidas por el recién creado Banco Central de la República Argentina. Por eso, aquel 7 de octubre de 1890 fue mucho más que la creación de una oficina estatal: en medio de una nación sacudida por la crisis, el país comenzaba a construir una autoridad capaz de centralizar el manejo de su moneda, antecedente directo de algunas de las funciones que décadas después quedarían en manos del Banco Central. FUENTES: Ley Nº 2741, texto oficial de la normativa nacional, sancionada el 3/10/1890 y promulgada el 7/10/1890; historia institucional y monetaria del Banco Central de la República Argentina; Ley Nº 3871 de conversión monetaria de 1899; El Arcón de la Historia Argentina. #CarlosPellegrini #CajaDeConversión #HistoriaArgentina #Argentina1890 #HistoriaEconómica #MonedaArgentina #PesoMonedaNacional #BancoCentral #Efemérides #HistoriaFinanciera #PatrimonioHistórico #ArgentineHistory #CarlosPellegrini #CurrencyHistory #MonetaryHistory #EconomicHistory #ArgentinaHistory #CentralBank #HistoricArgentina
6 DE OCTUBRE DE 1934 — EL DÍA EN QUE MENDOZA CONVIRTIÓ EL ARTE EN INSTITUCIÓN: LA HISTÓRICA LEY Nº 1107 CONSAGRÓ SU ACADEMIA PROVINCIAL DE BELLAS ARTES (IMAGEN ILUSTRATIVA)
El 6 de octubre de 1934 quedó marcado como una fecha fundamental en la historia cultural mendocina: mediante la Ley Provincial Nº 1107, el Estado oficializó la Academia Provincial de Bellas Artes, institución que había nacido el 20 de mayo de 1933 por impulso de un extraordinario grupo de artistas, intelectuales y arquitectos, entre ellos Vicente Lahir Estrella, Arturo y Manuel Civit, Fidel de Lucía, Roberto Azzoni, Fidel Roig Matons, Rafael Cubillos, Pablo Vera Sales y otros protagonistas de aquella generación. La Academia había iniciado sus actividades en los altos del antiguo Teatro Municipal, frente a la Plaza San Martín, en la esquina de España y Gutiérrez, con una concepción especialmente avanzada para su tiempo: acercar la enseñanza artística a sectores amplios de la sociedad y vincular las bellas artes con los oficios, la arquitectura y las artes aplicadas. La Ley Nº 1107 fue mucho más que una simple formalidad administrativa: dispuso que la comisión directiva presentara al Poder Ejecutivo sus Estatutos y Plan de Estudios y determinó que el Museo Provincial de Bellas Artes quedara integrado con la Academia bajo la conducción de un único Consejo Directivo de Bellas Artes, presidido por el director de la institución. El artículo 7 establecía expresamente la anexión del Museo, abriendo paso a un ambicioso proyecto educativo y cultural que contemplaba biblioteca, sala de conferencias, publicaciones, becas e incluso la idea de un “museo rodante” destinado a extender el acceso al arte. El proceso continuó el 17 de julio de 1935, cuando el Poder Ejecutivo aprobó los Estatutos y el Plan de Estudios, consolidándose la denominación “Academia Provincial de Bellas Artes y Escuela de Artes Decorativas e Industriales de Mendoza”. Su estructura educativa llegó a organizarse en ciclos preparatorio, intermedio y superior, con formación en dibujo, pintura, grabado, dibujo arquitectónico y otras disciplinas, convirtiendo a la institución en uno de los grandes semilleros artísticos de Mendoza. El impacto de aquella decisión atravesó generaciones: la antigua Academia es reconocida por la Dirección General de Escuelas como antecedente directo de la actual Escuela Nº 4-024 Bellas Artes, institución que continúa dedicada a la formación en artes visuales. Existe además una pista documental particularmente valiosa para continuar la investigación: los estudios de la UNCuyo identifican el Proyecto de Ley en el Diario de Sesiones del Honorable Senado de Mendoza del 27 de agosto de 1934, página 421, y la Ley Nº 1107 en la Recopilación de Leyes de la Provincia, segunda serie, tomo V. Hasta el momento no encontramos publicado el número del expediente legislativo original, por lo que el Archivo de la Legislatura y el Registro Oficial provincial constituyen los siguientes fondos concretos donde rastrearlo. Aquel 6 de octubre de 1934 Mendoza hizo algo más que oficializar una escuela: convirtió la enseñanza del arte en una política pública y dio respaldo institucional a una generación que estaba decidida a pintar, grabar, esculpir y construir una identidad cultural propia para la provincia. Fuentes consultadas: Cuadernos de Historia del Arte de la UNCuyo; “60 años de Bellas Artes”, de María Eugenia Herrera Tejón; trabajos de Marta Castellino y Mariana Serbent; Diario de Sesiones del Senado de Mendoza; y Dirección General de Escuelas de Mendoza. #AcademiaProvincialDeBellasArtes #BellasArtesMendoza #Ley1107 #Mendoza1934 #HistoriaDeMendoza #ArteMendocino #CulturaMendocina #PatrimonioCultural #VicenteLahirEstrella #ArturoCivit #ManuelCivit #EducaciónArtística #MendozAntigua #MendozaArt #ArgentineArt #ArtHistory #FineArts #CulturalHeritage #ArtEducation #HistoryOfMendoza
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1891 - LA NOCHE EN QUE MENDOZA DESAPARECIÓ: SAN FRANCISCO, LAS RUINAS QUE SOBREVIVIERON AL TERREMOTO Y AL NACIMIENTO DE UNA NUEVA CIUDAD
En 1891, treinta años después de la catástrofe que cambió para siempre la historia de Mendoza, una cámara registró esta extraordinaria escena frente a las Ruinas de San Francisco: un elegante carruaje, jinetes, transeúntes y, detrás de ellos, los gigantescos fragmentos del antiguo templo elevándose todavía sobre el corazón de la ciudad destruida. Aquellos muros eran las cicatrices visibles de la noche del 20 de marzo de 1861, cuando a las 20:36 un terremoto de intensidad IX en la escala Mercalli arrasó prácticamente la antigua capital mendocina. El Instituto Nacional de Prevención Sísmica lo considera el terremoto porcentualmente más destructivo de la historia argentina y uno de los grandes desastres sísmicos del siglo XIX: las cifras de víctimas varían según las fuentes históricas, pero la documentación provincial registra 4.247 muertos y alrededor de un millar de heridos, mientras otros cálculos históricos elevaron considerablemente aquella cifra. Después de los derrumbes llegaron los incendios provocados por lámparas y elementos de iluminación encendidos, el desborde de aguas y acequias, el hambre, los saqueos y una desesperada carrera por rescatar sobrevivientes enterrados bajo adobe, ladrillos y vigas. En medio del desastre sobresalieron figuras como el coronel Juan de Dios Videla y el joven Manuel José Olascoaga, quien había perdido a sus propios familiares y aun así colaboró en la organización del auxilio, el restablecimiento del orden y un improvisado servicio postal desde el cual partieron mensajes hacia Buenos Aires, San Juan y Chile solicitando ayuda. Desde el otro lado de la Cordillera también llegaron socorros; está documentada, entre otras actuaciones, la del médico chileno Wenceslao Díaz, que acudió a asistir a las víctimas. Pero el terremoto no solamente destruyó edificios: obligó a imaginar otra Mendoza. Después de intensos debates sobre si reconstruir sobre las mismas ruinas o trasladar el núcleo urbano, se impuso la creación de una nueva ciudad aproximadamente un kilómetro hacia el sudoeste, sobre terrenos de la antigua Hacienda de San Nicolás. El agrimensor e ingeniero Julio Gerónimo Balloffet intervino decisivamente en su trazado, concebido con amplias calles, grandes espacios abiertos y cinco plazas articuladas alrededor de la actual Plaza Independencia; sus planos estuvieron además entre los primeros del medio mendocino en incorporar el sistema métrico decimal, cuando todavía persistían medidas tradicionales como la vara. Mientras nacía esa nueva Mendoza, la vieja ciudad quedó marcada por sus ruinas, y ninguna resultó tan poderosa como la de San Francisco. Su historia comenzaba mucho antes del terremoto: los jesuitas se habían establecido en Mendoza en 1608 y el gran templo que vemos destruido en la fotografía fue levantado durante la primera mitad del siglo XVIII, entre 1716 y 1731, consagrado a la Inmaculada Concepción y vinculado al colegio de la Compañía de Jesús. Tenía tres naves abovedadas, crucero, cúpula, presbiterio y coro. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el complejo atravesó diferentes usos hasta que fue entregado definitivamente a los franciscanos hacia 1798; por eso debe corregirse la idea de que ya pertenecía a esa orden en 1788. El edificio había sufrido graves daños durante el terremoto de Santa Rita de 1782 y posteriormente fue reparado, pero nada pudo resistir la violencia de 1861. Aquel lugar estaba además unido profundamente a la epopeya sanmartiniana: allí se bendijo y juró por primera vez la Bandera del Ejército de los Andes y una de sus capillas estuvo vinculada al culto de Nuestra Señora del Carmen de Cuyo. En 1941 las ruinas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional y hoy, en Ituzaingó y Beltrán, junto a la Plaza Pedro del Castillo, constituyen los únicos grandes restos visibles en pie de aquella Mendoza colonial desaparecida. La fotografía de 1891 resulta así mucho más que una postal antigua: mientras los caballos, el carruaje y los hombres continúan su camino delante de los muros quebrados, la imagen captura dos ciudades al mismo tiempo, la Mendoza colonial que había quedado sepultada en 1861 y la nueva Mendoza que avanzaba hacia el siglo XX. Es la extraordinaria fotografía de una ciudad que perdió su centro, enterró a miles de sus habitantes y, literalmente, tuvo que volver a levantarse desde los escombros. #Mendoza #MendozAntigua #MendozaAntigua #TerremotoDe1861 #RuinasDeSanFrancisco #ÁreaFundacional #HistoriaDeMendoza #PatrimonioMendocino #CiudadVieja #Jesuitas #SanFrancisco #ManuelOlascoaga #JulioBalloffet #MemoriaHistórica #FotografíaHistórica #ArgentinaAntigua #MendozaHistory #OldMendoza #MendozaEarthquake #SanFranciscoRuins #HistoricPhotography #ArgentineHistory #CulturalHeritage. FUENTES CONSULTADAS: INPRES; Comisión Nacional de Monumentos; Gobierno de Mendoza; Instituto Geográfico Nacional; Museo Histórico Nacional; investigaciones de Daniel Schávelzon y CONICET sobre el Área Fundacional; Academia Nacional de la Historia; y estudios de la UNCuyo sobre el terremoto de 1861, las Ruinas de San Francisco, Manuel Olascoaga, la ayuda chilena y la reconstrucción urbana de Mendoza. Fotografía: autor no identificado. Ruinas de San Francisco, Ciudad de Mendoza, 1891. Archivo General de la Nación, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3039, inv. 410.
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6 DE OCTUBRE DE 1906: CUANDO LAS HUELGAS SACUDÍAN A MENDOZA Y LOS ANDES ADVERTÍA SOBRE UNA “ENÉRGICA REPRESIÓN”
El 6 de octubre de 1906, mientras Mendoza atravesaba una profunda transformación económica y social impulsada por la vitivinicultura, el ferrocarril, la inmigración y el crecimiento urbano, las páginas de Los Andes reflejaban otro fenómeno que comenzaba a adquirir una fuerza imposible de ignorar: la organización y protesta de los trabajadores. En su edición de aquel día, página 5, el diario abordó los conflictos huelguísticos y sostuvo que algunos huelguistas no siempre recurrían a medios legítimos para conseguir sus objetivos, llegando a considerar que determinadas acciones violentas podían “justificar una enérgica represión”. El pasaje fue recuperado décadas después por el historiador Rodolfo Richard-Jorba en una investigación del CONICET sobre la conflictividad social mendocina entre 1890 y 1916, donde demuestra que la prensa provincial adoptaba posiciones diversas —y en ocasiones contradictorias— frente al avance de las reivindicaciones obreras. No debemos interpretar aquella referencia como prueba de una huelga iniciada específicamente el 6 de octubre: su enorme valor histórico reside en que se trata de un documento periodístico publicado exactamente ese día y que permite saber qué estaban leyendo y discutiendo los mendocinos hace 120 años. La nota apareció en una época de salarios bajos, atrasos en los pagos, extensas jornadas y precarias condiciones laborales que habían favorecido el crecimiento de las protestas; los ferroviarios estaban entre los sectores mejor organizados y habían protagonizado importantes reclamos, mientras trabajadores de otros oficios comenzaban también a recurrir a huelgas y acciones colectivas. El clima social de aquel octubre resulta todavía más significativo porque apenas dieciséis días después, el 22 de octubre de 1906, Mendoza promulgó la Ley 371 de Descanso Dominical, uno de los primeros avances provinciales en la regulación de las relaciones laborales, posteriormente reglamentado por el Decreto 384 del 21 de noviembre. La norma establecía el descanso dominical en establecimientos urbanos y rurales, aunque con numerosas excepciones, y otorgaba una protección especial a mujeres y niños, mientras el servicio doméstico permanecía fuera de buena parte de esas garantías. Así, aquella pequeña referencia de la página 5 de Los Andes se convierte en una poderosa ventana hacia una Mendoza muy distinta: una provincia enriquecida por la expansión agroindustrial, pero atravesada al mismo tiempo por fuertes desigualdades, trabajadores que comenzaban a organizarse, empresarios preocupados por la creciente conflictividad y un Estado que oscilaba entre las primeras regulaciones sociales, la mediación y la represión. Más que una simple noticia, aquel ejemplar del 6 de octubre de 1906 conserva la huella de una época en la que el mundo del trabajo mendocino empezaba a reclamar con creciente fuerza salarios, descanso, mejores condiciones y reconocimiento, mientras la sociedad discutía hasta dónde podían llegar esas demandas y cómo debía responder el poder frente a ellas. FUENTES CONSULTADAS: Los Andes, 6 de octubre de 1906, p. 5; Rodolfo Richard-Jorba, estudio sobre los conflictos sociales en Mendoza entre 1890 y 1916, Prohistoria/CONICET; Registro Oficial de Mendoza, Ley 371 y Decreto 384 de 1906; Biblioteca Digital UNCuyo y hemeroteca de Los Andes. La investigación académica confirma la referencia exacta del diario y la utiliza para analizar la postura de la prensa mendocina frente a las huelgas y los conflictos obreros. #Mendoza #MendozaAntigua #HistoriaDeMendoza #6DeOctubre #LosAndes #MovimientoObrero #HistoriaObrera #Huelgas #Trabajadores #DerechosLaborales #Ferrocarriles #HistoriaSocial #ArchivoHistórico #Hemeroteca #MemoriaMendocina #MendozaHistory #LaborHistory #WorkersHistory #WorkersRights #HistoricNewspapers #ArgentineHistory
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1904: LA VENDIMIA QUE QUEDÓ CONGELADA EN EL TIEMPO — DECENAS DE COSECHADORES PESAN LA UVA EN UNA HISTÓRICA VIÑA DE MENDOZA
A comienzos del siglo XX, cuando Mendoza aceleraba su transformación en una de las grandes regiones vitivinícolas de la Argentina, una cámara detuvo para siempre esta extraordinaria escena de vendimia: decenas de hombres y mujeres aparecen entre interminables hileras de vides, rodeados de recipientes rebosantes de uva y concentrados alrededor del punto donde se pesaba la cosecha. La fotografía integró el monumental relevamiento realizado en 1904 por Juan Bialet Massé para su Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, una investigación encargada por el Poder Ejecutivo mediante decreto del 22 de enero de aquel año, durante la presidencia de Julio Argentino Roca y la gestión del ministro del Interior Joaquín V. González. Bialet no se limitó a estudiar estadísticas: recorrió establecimientos, habló con trabajadores y empresarios, observó salarios, jornadas, viviendas, higiene, alimentación y condiciones laborales, y en su segundo recorrido incorporó 132 fotografías tomadas en Tucumán, Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan. Esta imagen resulta especialmente valiosa porque permite observar la organización de una vendimia de hace más de 120 años: cuadrillas numerosas distribuidas entre las hileras, grandes recipientes para reunir y transportar la uva y, en primer plano, el momento decisivo del pesaje, operación fundamental para controlar la cantidad recolectada y organizar el ingreso de la materia prima al circuito de elaboración. Pero una revisión de las fuentes originales permite además corregir un dato que se ha difundido de manera equivocada: aunque el actual Proyecto Bialet presenta la fotografía dentro de su apartado dedicado a San Juan bajo el título “Viña de Srs. Kaller y Pirasso. Pesando la cosecha”, el índice de láminas de la edición histórica del propio Informe la identifica expresamente como “Mendoza.—Viña de los señores Kalles y Parasso.—Cosechando y pesando la uva”, en la página 585, y una reproducción facsimilar conserva también el rótulo “MENDOZA” junto a la escena. Por esa razón, la atribución documental más sólida sitúa esta extraordinaria vendimia en la provincia de Mendoza. La imagen pertenece además a un momento decisivo: en 1903 la vitivinicultura mendocina ya estaba dominada por establecimientos capaces de elaborar millones de litros de vino y por una creciente red de viñas, bodegas, tonelerías, ferrocarriles y trabajadores permanentes y temporarios. Bialet Massé fue especialmente crítico con las relaciones laborales que encontró en Cuyo y defendió el conocimiento práctico del obrero criollo frente a quienes atribuían los problemas productivos exclusivamente a los trabajadores. Más de un siglo después, aquellos rostros anónimos reunidos frente a la balanza representan mucho más que una antigua cosecha: son los hombres y mujeres cuyo esfuerzo cotidiano sostuvo la formidable expansión vitivinícola que transformó para siempre la economía, el paisaje y la identidad de Mendoza. #Mendoza #MendozaAntigua #HistoriaDeMendoza #Vendimia #VendimiaMendocina #Vitivinicultura #HistoriaDelVino #TrabajadoresRurales #JuanBialetMassé #ArchivoFotográfico #FotografíaHistórica #Cuyo #Viñedos #MemoriaHistórica #WineHistory #MendozaHistory #VintageHarvest #GrapeHarvest #VineyardHistory #ArgentineWine #HistoricPhotography #WineHeritage - FUENTES CONSULTADAS: Juan Bialet Massé, Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República (1904), índice original de láminas y reproducción facsimilar; Biblioteca “Dr. Juan Bialet Massé”; Proyecto Bialet e investigaciones sobre vitivinicultura mendocina. La fuente original ubica la fotografía en Mendoza y registra los apellidos “Kalles y Parasso”, mientras que reproducciones posteriores presentan variantes como “Kaller” y “Pirasso”. No existe evidencia suficiente para identificar a Parasso/Pirasso con Luis Tirasso.
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6 DE OCTUBRE DE 1797 — EL HOMBRE QUE HIZO DE LA CARRETA UN IMPERIO: JUSTO ALVARADO Y LAS MÁS DE 30 CARRETAS QUE UNIERON MENDOZA CON BUENOS AIRES (IMAGEN ILUSTRATIVA)
El 6 de octubre de 1797, cuando Mendoza formaba parte del Virreinato del Río de la Plata y todavía faltaban casi nueve décadas para que el ferrocarril alcanzara la provincia, Justo Alvarado dejó asentado su testamento ante escribano. Aquella escritura, que hoy constituye una verdadera ventana hacia la economía mendocina del siglo XVIII, quedó individualizada en la documentación histórica como “Testamento de Justo Alvarado, Mendoza, 6 de octubre de 1797. AHM, Protocolo de Escribanos Nº 133, folio 137 vuelta”. El documento adquirió especial relevancia gracias a las investigaciones del historiador Pablo Lacoste sobre los troperos mendocinos y el transporte terrestre colonial, porque permite reconstruir una extraordinaria historia de trabajo, acumulación de capital y movilidad social. Alvarado no parece haber iniciado su vida económica rodeado de una gran fortuna: al casarse declaró haber aportado diez varas de terreno en el sitio de su morada y 54 pesos correspondientes a un terreno que le pertenecía por legítima herencia paterna, mientras que el resto del valor de sus propiedades había sido adquirido con los bienes gananciales obtenidos durante el matrimonio. Con los años consiguió construir una posición económica considerable y se convirtió en uno de aquellos hombres imprescindibles para mantener comunicado el territorio. Lacoste lo identifica como un tropero frecuente de la ruta Buenos Aires–Mendoza y señala que llegó a poseer terrenos cultivados con alfalfa y una impresionante flota de más de treinta carretas. En aquella Mendoza anterior a locomotoras, camiones y rutas pavimentadas, semejante cantidad de vehículos representaba un verdadero capital empresarial: cada carreta necesitaba bueyes, aperos, trabajadores, mantenimiento, provisiones y una compleja organización para atravesar cientos de kilómetros de llanuras, ríos y travesías casi despobladas. Los estudios realizados sobre los registros de la Aduana mendocina muestran hasta qué punto aquella ruta constituía una gigantesca arteria comercial: en una muestra correspondiente a distintos años de fines del siglo XVIII se registraron 15.209 movimientos de carretas, de los cuales 14.345 —más del 94 %— estuvieron vinculados con el eje Mendoza–Buenos Aires. El negocio podía ser extraordinariamente rentable, aunque estaba lejos de ser sencillo: el flete de una sola carreta entre ambas ciudades se cotizaba aproximadamente entre 80 y 125 pesos, mientras una carreta y su correspondiente boyada podían alcanzar valores comparables, aunque al ingreso bruto había que descontarle peones, animales, alimentación, reparaciones y numerosos riesgos del camino. Las caravanas debían recorrer más de doscientas leguas, vadear varios ríos y atravesar enormes extensiones donde disponer de agua, alimento y animales de recambio era una cuestión vital. Por esos caminos circulaban vinos y aguardientes cuyanos, yerba mate, herramientas, productos manufacturados, correspondencia y otras mercancías que enlazaban Mendoza con los mercados rioplatenses y, a través de la posición estratégica de Cuyo, con circuitos comerciales que continuaban hacia Chile y el Pacífico. Las carretas eran tan importantes para aquella economía que podían comprarse, venderse, heredarse e incluso utilizarse como garantía de préstamos, demostrando que eran mucho más que simples vehículos: constituían auténticos medios de producción. Justo Alvarado aparece así como un ejemplo excepcional de aquella sociedad dinámica que creció alrededor del comercio terrestre mendocino. Su trayectoria permite comprender que, mucho antes de la llegada del ferrocarril a Mendoza en 1885, existió una formidable red de empresarios del transporte capaces de invertir capital, contratar trabajadores, organizar grandes caravanas y asumir enormes riesgos para mantener abierta la comunicación entre Cuyo y el Río de la Plata. El testamento fechado aquel 6 de octubre de 1797 no es solamente el último registro patrimonial de un vecino de Mendoza: es también el testimonio de una época en la que treinta carretas podían representar una verdadera fortuna y en la que hombres como Justo Alvarado ayudaron, rueda tras rueda y viaje tras viaje, a construir uno de los grandes corredores comerciales de la Mendoza colonial. FUENTES: Archivo General de la Provincia de Mendoza, Protocolo Nº 133, fol. 137v., Testamento de Justo Alvarado, 6/10/1797. Pablo Lacoste, estudios sobre troperos y transporte carretero Mendoza–Buenos Aires, Estudos Ibero-Americanos, 2005. Gobierno de Mendoza e IADIZA-CONICET. #MendozAntigua #HistoriaDeMendoza #Mendoza #JustoAlvarado #Troperos #Carretas #CaminoReal #HistoriaArgentina #MendozaColonial #ComercioColonial #SigloXVIII #ArchivoHistorico #PatrimonioDocumental #HistoriaEconomica #BuenosAires #ColonialMendoza #MendozaHistory #ArgentineHistory #WagonTrain #ColonialTrade #HistoricMendoza #SouthAmericanHistory
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MENDOZA 1764: EL MAPA QUE INMORTALIZÓ LA CIUDAD DE BARRO — TEMPLOS, ACEQUIAS, TAPIAS Y EL CORAZÓN JESUITA ANTES DE LA EXPULSIÓN
En 1764, cuando Mendoza todavía pertenecía al Corregimiento de Cuyo y formaba parte de la Capitanía General de Chile, una extraordinaria representación cartográfica dejó congelada sobre el papel la fisonomía de aquella pequeña ciudad colonial levantada entre acequias, huertas, viñedos, iglesias y enormes muros de tierra. Se trata del célebre Plano de los Bethlemitas, conservado en el Archivo Nacional de Chile, Sección Capitanía General, cuya identificación archivística publicada es “Plano de Mendoza y tierras del Convento de Betlehemitas”, año 1764, volumen 1006, foja 242. Algunas investigaciones también lo denominan Plano de 1761/1764, reflejando la cronología del proyecto y de la instalación betlemita en Mendoza. Su origen está directamente relacionado con la llegada de la Orden de los Betlemitas y con el proyecto de establecer el Hospital de San Antonio, convento e iglesia, una institución destinada a transformar la asistencia sanitaria de la Mendoza colonial. Lejos de ser un simple croquis, este documento constituye una de las primeras representaciones detalladas de la ciudad realmente existente: una cartografía anterior, de 1754, ya había registrado propiedades y viñas, pero el plano de 1764 alcanzó un nivel figurativo excepcional, dibujando edificios, tapias, huertas, cursos de agua e incluso las viñas del sitio de San Antonio. Allí aparece el antiguo núcleo urbano organizado alrededor de la Plaza Mayor —actual Plaza Pedro del Castillo—, identificada con el Nº1; la Iglesia Matriz con el Nº2; el Cabildo con el Nº8; y, de manera especialmente significativa, con el Nº3, el gran conjunto de la Compañía de Jesús, que incluía iglesia, colegio, casas y dependencias. Por eso, más que identificar únicamente una iglesia, el número 3 señala uno de los complejos religiosos, educativos y arquitectónicos más importantes de la Mendoza del siglo XVIII. La investigación de Silvia Cirvini permite precisar aún más lo que estamos viendo: aquella manzana jesuita ocupaba el espacio delimitado aproximadamente por las actuales calles Ituzaingó, Chacabuco, José Federico Moreno y Beltrán. La iglesia se levantaba en el ángulo sudeste, junto a la actual esquina de Ituzaingó y Beltrán, y su fachada principal miraba hacia el este, sobre la entonces llamada calle de La Cañada, actual Ituzaingó. El plano de 1764 posee además un valor extraordinario porque constituye el principal testimonio gráfico conocido del conjunto jesuita mendocino antes de la expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios españoles en 1767. Aquella iglesia es el antecedente directo del edificio que posteriormente ocuparon los franciscanos y cuyas ruinas, destruidas parcialmente por el terremoto de 1861, sobreviven hoy como las históricas Ruinas de San Francisco, uno de los pocos lugares donde todavía es posible encontrarse materialmente con aquella Mendoza colonial. Pero quizá uno de los aspectos más fascinantes del Plano de los Bethlemitas sea que no representa el territorio con una única escala. Ricardo Ponte explicó su singularidad como una composición de tres espacios cartográficos reunidos en una misma lámina: por un lado, el casco urbano; por otro, la relación entre la ciudad, la iglesia de La Merced, el futuro Hospital de San Antonio y la antigua “Acequia de la Ciudad”, cuyo recorrido atravesaba el sector de la actual calle Alberdi de San José; y finalmente una ampliación del propio sitio de San Antonio, representado a una escala mucho mayor. Esa superposición explica las aparentes deformaciones de distancias: el objetivo no era producir un mapa moderno matemáticamente uniforme, sino mostrar simultáneamente los lugares fundamentales para comprender la implantación betlemita. En ese sector aparece el futuro Hospital de San Antonio —señalado con el Nº15— rodeado por tierras, acequias y áreas cultivadas. El predio dibujado poseía aproximadamente 100 varas en uno de sus lados y 80 en el frente norte; una acequia recorría sus bordes sur y este y, junto a ella, se representaba una saucería, mientras hacia el fondo aparecían expresamente las “viñas”. El propio INCIHUSA-CONICET destaca que el plano es el primero conocido de Mendoza donde las viñas aparecen dibujadas dentro de la representación urbana. Otro detalle extraordinario son las líneas que cercan numerosos terrenos: no son simples divisiones gráficas. Representan los tapiales que configuraban buena parte del paisaje cotidiano mendocino. Estos muros se construían compactando tierra ligeramente húmeda dentro de moldes o encofrados de madera que se desplazaban a medida que avanzaba la obra; en Mendoza este sistema también fue conocido como “adobón”, y la parte superior podía protegerse de las lluvias mediante paja o tejas. Casas, patios, viñas, huertas y conventos quedaban así encerrados por enormes paredes de tierra, razón por la cual aquella Mendoza anterior al terremoto de 1861 puede comprenderse verdaderamente como una auténtica “ciudad de barro”. El plano es, por lo tanto, mucho más que una curiosidad cartográfica de hace más de dos siglos y medio: es una ventana excepcional hacia una ciudad desaparecida, permite reconocer cómo el agua organizaba el territorio, cómo los conventos estructuraban la vida urbana, dónde se extendían las viñas y huertas, qué importancia tenían los tapiales y cómo se relacionaban la ciudad española y el paisaje agrícola que la rodeaba. Allí, en unas pocas líneas, números y dibujos, quedaron atrapadas la arquitectura, la economía, la religión y la memoria de la Mendoza colonial. Y en medio de aquel extraordinario escenario, el pequeño Nº3 marca todavía el lugar donde se levantaba el poderoso conjunto de la Compañía de Jesús, apenas tres años antes de que la expulsión de los jesuitas cambiara para siempre su destino. #MendozAntigua #MendozaAntigua #Mendoza1764 #PlanoDeLosBethlemitas #Bethlemitas #CiudadDeBarro #HistoriaDeMendoza #MendozaColonial #CompañíaDeJesús #Jesuitas #HospitalSanAntonio #RuinasDeSanFrancisco #ÁreaFundacional #PlazaPedroDelCastillo #AcequiasDeMendoza #PatrimonioMendocino #CartografíaHistórica #HistoriaArgentina #ColonialMendoza #OldMendoza #HistoricMendoza #HistoricalMaps #ColonialHistory #JesuitHistory #UrbanHistory #CulturalHeritage
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6 DE OCTUBRE DE 1776 — EL HOMBRE QUE LE DIJO “NO” AL PODER: FRANCISCO XAVIER RENGIFO RENUNCIÓ AL CORREGIMIENTO DE MENDOZA PORQUE EL CARGO NO TENÍA SUELDO
El 6 de octubre de 1776 quedó fechado en Santiago de Chile un expediente tan insólito como revelador sobre el funcionamiento del poder en la Mendoza colonial: Francisco Xavier Rengifo y Becerril —registrado como “Fco. Renjifo” en el catálogo archivístico— renunciaba al Corregimiento de Mendoza, uno de los cargos de mayor autoridad territorial de Cuyo. La pieza se conserva vinculada al Archivo Nacional de Chile y está perfectamente individualizada: Volumen 997, Pieza 18, “Fco. Renjifo. Renuncia al Corregimiento de Mendoza. Stgo. 6/X/1776. Fs. 315-318v.”. Pero detrás de esas pocas líneas de catálogo existe una historia extraordinaria. Carlos III había concedido a Rengifo el Corregimiento de Mendoza después de una consulta de la Cámara de Indias del 10 de marzo de 1773, y el título real fue expedido el 15 de julio de ese mismo año. Sin embargo, Rengifo tenía poderosas razones para no cruzar los Andes y asumir el gobierno cuyano: desde 1772 era Fundidor Mayor de la Real Casa de Moneda de Santiago, un empleo estable de la Corona por el que percibía 1.000 pesos anuales, ingreso del que dependía el sostenimiento de su esposa y de sus numerosos hijos. La propia relación oficial de méritos y servicios elaborada en Madrid en 1778 explica el núcleo del problema: Rengifo había sido informado de que el Corregimiento de Mendoza “no tenía asignado salario alguno” y carecía de emolumentos. En otras palabras, la Corona le ofrecía gobernar y administrar justicia en una jurisdicción inmensa situada al otro lado de la Cordillera, pero abandonar Santiago significaba poner en riesgo el sustento económico de su familia. Así, aquel funcionario prefirió conservar su cargo técnico y remunerado en una de las instituciones más importantes del Reino de Chile antes que aceptar una magistratura aparentemente mucho más prestigiosa, pero sin una retribución asegurada. El episodio resulta todavía más fascinante por el momento histórico en que quedó documentado: apenas dos meses antes, el 1 de agosto de 1776, Carlos III había dispuesto la creación del Virreinato del Río de la Plata y la incorporación de Cuyo a la nueva jurisdicción, separándolo de la Capitanía General de Chile después de más de dos siglos de dependencia política de Santiago; la medida sería ratificada definitivamente en 1777. Por eso el expediente de Rengifo parece capturar una administración imperial en plena transición: su nombramiento correspondía al viejo orden chileno de 1773, mientras que la renuncia quedó registrada cuando Mendoza acababa de comenzar uno de los mayores cambios jurisdiccionales de toda su historia. La documentación permite además seguir una pista formidable hacia España: la relación de méritos de Rengifo, expedida en Madrid el 26 de noviembre de 1778, afirma expresamente que el expediente de su renuncia había quedado en la Secretaría del Supremo Consejo y Cámara de Indias. Esto abre una posibilidad concreta de localizar documentación complementaria en los fondos españoles; sin embargo, hasta poder vincularla de manera inequívoca con un registro de PARES, sería imprudente asignarle una signatura del Archivo General de Indias. Lo comprobable hoy es suficientemente poderoso: existe una referencia archivística precisa en Chile, con volumen, pieza y fojas; conocemos el nombramiento real de 1773; conocemos su posición como Fundidor Mayor de la Casa de Moneda y su salario anual; y conocemos el argumento económico y familiar empleado para abandonar el corregimiento. Una historia que rompe con la imagen simplificada de que todos los funcionarios coloniales ambicionaban cualquier cargo de gobierno: en 1776, Francisco Xavier Rengifo tuvo delante la posibilidad de gobernar Mendoza y eligió decir que no, porque el prestigio del poder no alcanzaba para mantener a su familia. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #MendozaColonial #Cuyo #CorregimientoDeCuyo #FranciscoXavierRengifo #CarlosIII #ArchivoNacionalDeChile #ArchivoGeneralDeIndias #CasaDeMoneda #HistoriaArgentina #HistoriaColonial #VirreinatoDelRioDeLaPlata #MemoriaHistorica #DocumentosHistoricos #HistoriaDeCuyo #MendozaHistory #ColonialMendoza #ArgentineHistory #ColonialHistory #HistoricalArchives #RoyalMint #HistoryOfCuyo #SpanishEmpire. FUENTES: Archivo Nacional de Chile; Relación de Méritos de Francisco Xavier Rengifo (1778); Casa de Moneda de Chile; Academia Nacional de la Historia; Aquabook Mendoza y estudios sobre Cuyo colonial.
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1904 — LAS MUJERES QUE COSECHARON EL FUTURO: ITALIANAS ENTRE LAS VIDES EN LOS AÑOS EN QUE NACÍA LA GRAN MENDOZA DEL VINO
En 1904, cuando Mendoza atravesaba una de las transformaciones económicas, sociales y demográficas más profundas de su historia, una cámara inmortalizó a tres mujeres italianas trabajando durante la vendimia. La fotografía, conocida como “Italianas cosechando, Mendoza” o “Mujeres italianas cosechando”, integró el extraordinario registro visual vinculado al Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, elaborado por Juan Bialet Massé por encargo del gobierno nacional durante la presidencia de Julio Argentino Roca y la gestión del ministro del Interior Joaquín V. González. La imagen fue tomada por el fotógrafo identificado en las investigaciones como Rosich y hoy constituye mucho más que una antigua escena rural: es un documento excepcional sobre el protagonismo femenino e inmigrante en los años decisivos de consolidación de la vitivinicultura moderna mendocina. La escena fue cuidadosamente compuesta, pero cada uno de sus elementos pertenece al trabajo real de la vendimia. A la izquierda, una mujer sostiene sobre el hombro un enorme canasto de mimbre; en el centro, otra aparece junto a la gran caneca de madera donde se volcaba la uva recogida entre las hileras; a la derecha, una tercera sostiene un espléndido racimo y puede distinguirse en sus manos la tijera utilizada para cortar la fruta. Delantales, pañuelos, canastos, canecas y cepas forman una extraordinaria secuencia del proceso de cosecha anterior a la generalización de los recipientes metálicos y plásticos. Investigaciones recientes de la Universidad Nacional de Cuyo señalan incluso que la fotografía permite reconstruir el circuito del trabajo: el racimo era cortado, depositado en el canasto, transportado hasta el extremo de la hilera y descargado en la caneca para continuar luego hacia la molienda. Bialet Massé dejó escrito que la vendimia mendocina empleaba a hombres, mujeres y niños y describió la enorme exigencia física del manejo de aquellas canecas que, una vez llenas, podían alcanzar aproximadamente entre 91 y 110 kilos. La presencia de aquellas mujeres italianas tampoco fue circunstancial. Desde las últimas décadas del siglo XIX, miles de inmigrantes europeos —con una participación particularmente importante de italianos y españoles— se incorporaron a las fincas, viñedos, bodegas y nuevas colonias agrícolas de Mendoza. Estudios históricos de la UNCuyo y el CONICET han documentado cómo familias italianas comenzaron muchas veces como trabajadores agrícolas y, en numerosos casos, terminaron convirtiéndose en viñateros, bodegueros y propietarios, participando activamente de la expansión del modelo vitivinícola moderno. Las mujeres fueron una parte esencial de ese proceso: además de las innumerables tareas domésticas y familiares que rara vez quedaron registradas, trabajaron en la atadura y limpieza de los sarmientos, la vendimia, la selección y el traslado de la uva. La cámara de Rosich logró detener uno de esos instantes y conservar los rostros de tres protagonistas cuyo nombre individual se perdió, pero cuyo trabajo quedó definitivamente unido a la historia del vino mendocino. Más de ciento veinte años después, esta fotografía obliga a mirar la Vendimia desde una dimensión diferente a la de las fiestas, las reinas, los escenarios y las celebraciones. Antes de convertirse en uno de los grandes símbolos culturales de Mendoza, la vendimia fue tijera, tierra, sol, mosto, canastos pesados y jornadas de trabajo entre las hileras. Estas tres mujeres representan a miles de inmigrantes y trabajadoras anónimas que, racimo tras racimo, ayudaron a levantar una industria que transformaría para siempre la economía, el paisaje y la identidad de Mendoza. No posaban ante la cámara imaginando que entrarían en la historia: simplemente estaban trabajando. Y precisamente por eso, aquella imagen tomada en 1904 se convirtió en uno de los testimonios más poderosos de las manos femeninas que ayudaron a construir la Mendoza del vino. FUENTES: Bialet Massé (1904); Proyecto Bialet; UNCuyo; estudios académicos sobre vendimia e inmigración italiana; Los Andes. #MendozAntigua #Mendoza #Vendimia #VendimiaMendocina #MujeresItalianas #InmigracionItaliana #HistoriaDeMendoza #Vitivinicultura #CosechaDeUva #MujeresTrabajadoras #TrabajadoresRurales #HistoriaDelVino #VinoArgentino #FotosAntiguas #MemoriaMendocina #ItalianImmigration #MendozaHistory #GrapeHarvest #WomenWorkers #VineyardWorkers #WineHistory #ArgentineWine #HistoricPhotography #VintageMendoza #WineHeritage
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6 DE OCTUBRE DE 1688 — CUANDO EL VINO YA ERA PODER EN MENDOZA: LA TASACIÓN QUE CONGELÓ PARA SIEMPRE UNA BODEGA DEL SIGLO XVII
El 6 de octubre de 1688, Cuyo todavía formaba parte del Reino de Chile, una tasación judicial dejó atrapada en el papel una extraordinaria imagen de la vitivinicultura mendocina del siglo XVII. El documento corresponde a los bienes de Juan Moyano de Aguilar y Juana Flores y hoy integra uno de los fondos coloniales conservados en el Archivo General de la Provincia de Mendoza: Época Colonial, Sección Judicial, Carpeta 255, Documento 2, folio 22. Lejos de describir una explotación rudimentaria, la documentación revela una verdadera unidad agroindustrial para los parámetros de la época: una hacienda con unas 5.000 cepas, una capacidad de vasija estimada en 350 arrobas —aproximadamente 12.600 litros tomando la equivalencia de unas 36 litros por arroba utilizada por la investigación histórica—, hornos de botijería y una bodega equipada con lagar y husillo, conjunto tasado en la considerable suma de 600 pesos. El husillo era el gran tornillo, de madera o hierro según los casos, que permitía ejercer presión sobre la uva y el orujo; los estudios comparativos sobre lagares coloniales señalan que este mecanismo estaba asociado a establecimientos de mayor complejidad técnica, lo que convierte al registro de 1688 en un testimonio excepcional sobre la temprana evolución de la industria del vino mendocino. La historia es todavía más sorprendente cuando se reconstruye la trayectoria de los Moyano-Flores. Juan Moyano de Aguilar y Juana Flores habían formado su familia en Mendoza desde la década de 1630 y alrededor de su explotación se desarrolló uno de los emprendimientos botijeros más significativos de la vitivinicultura colonial local. En la testamentaria de la familia ya aparecía un “horno de cocer botijas”, y otra partida de la tasación de 1688 registró tres cuartos de vivienda, hornos, botijería y huerta valorados en 550 pesos. Aquellas botijas y tinajas no eran simples recipientes domésticos: constituían una pieza esencial de la economía del vino, porque permitían elaborar, conservar y transportar mostos, vinos y aguardientes hacia mercados situados a enormes distancias. Durante la década de 1680, la explotación estuvo administrada por Antonio Moyano Flores y las cuentas conservadas muestran hasta qué punto aquel mundo productivo requería mantenimiento permanente: se compraban cueros para forrar tinajas, yeso para reparar instalaciones, brea para impermeabilizar los recipientes, sebo para acondicionar el lagar y las tinajas y leña para las cocciones y demás faenas. En 1688 se registraron incluso gastos de 30 pesos en brea y 42 arrobas de sebo utilizadas en trabajos vinculados con el lagar y los recipientes. Las tinajas podían ser reforzadas con cuero y embreadas para disminuir filtraciones, mientras el vino destinado a los largos viajes hacia los mercados rioplatenses exigía técnicas de conservación desarrolladas por experiencia durante generaciones. Todo esto demuestra que mucho antes de las grandes bodegas industriales, del ferrocarril, de la inmigración vitivinícola masiva y de la Mendoza moderna, ya existía aquí un entramado de viñedos, lagares, prensas, hornos, artesanos, transportistas y comerciantes capaz de transformar la uva en uno de los grandes productos regionales. El documento del 6 de octubre de 1688 es mucho más que una fría enumeración de propiedades: es una fotografía escrita de la Mendoza colonial, un instante en el que podemos contar las cepas, calcular la capacidad de sus vasijas, entrar imaginariamente en una bodega de adobe, contemplar el lagar con su enorme husillo y reconstruir los hornos donde el barro se convertía en las botijas destinadas a transportar el vino a través de cientos de kilómetros. Más de tres siglos después, aquella tasación permite comprobar que las raíces de la identidad vitivinícola mendocina se hunden muchísimo más profundamente en el tiempo de lo que suele sugerir la imagen clásica de las bodegas nacidas a fines del siglo XIX: en 1688, el vino ya era cultivo, industria, tecnología, comercio y patrimonio familiar en Mendoza. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #MendozaColonial #Vitivinicultura #HistoriaDelVino #VinoMendocino #BodegasDeMendoza #PatrimonioMendocino #ArchivoHistorico #HistoriaArgentina #Cuyo #SigloXVII #ColonialMendoza #WineHistory #MendozaWine #ArgentineWine #WineHeritage #ColonialHistory #HistoricMendoza - FUENTES: Archivo General de la Provincia de Mendoza, Época Colonial, Sección Judicial, Carp. 255, Doc. 2, f. 22; Pablo Lacoste, Universum, 2007; Atenea, 2011; Revista Historia Social y de las Mentalidades; Gobierno de Mendoza y SciELO Chile.
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EL MERCADO QUE ALIMENTÓ A UNA CIUDAD: CARRETAS, TRANVÍAS Y MULTITUDES EN EL CORAZÓN DEL VIEJO RÍO CUARTO - CÓRDOBA
La fotografía que acompaña esta publicación nos transporta al corazón comercial del antiguo Río Cuarto, cuando carros, caballos, productores, puesteros y compradores convergían diariamente en uno de los edificios que simbolizaron la transformación de aquella ciudad cordobesa de fines del siglo XIX: el Mercado Progreso, citado también en su documentación fundacional como “Mercado Público del Progreso”. Antes de su existencia, buena parte del abastecimiento se había desarrollado alrededor de la plaza y mediante vendedores, amasanderas y productores que acercaban carne, pan, frutas y verduras a una población en constante crecimiento. Hacia 1880 la vieja modalidad comenzaba a resultar insuficiente y tomó fuerza la idea de levantar un mercado permanente y organizado. El sitio elegido era especialmente significativo: la manzana situada apenas a una cuadra de la plaza principal, ocupada durante décadas por el antiguo paradero de carretas y conocida popularmente como el “Monte de los Gauchos”, aproximadamente el espacio delimitado por las actuales General Paz, Belgrano, 25 de Mayo e Hipólito Yrigoyen, donde hoy se encuentran el Palacio Municipal y la Plaza Emilio Olmos. El 17 de julio de 1881, durante la presidencia comunal de Ambrosio Olmos, autoridades civiles, militares, eclesiásticas y vecinos participaron de la colocación de la piedra fundamental; el acta conservó incluso el nombre formal de “Mercado Público del Progreso”, propuesto por Alejandro Roca, entonces jefe político. Diversas fuentes patrimoniales e históricas sitúan su inauguración el 10 de abril de 1882. El nuevo establecimiento representaba mucho más que una construcción: significaba concentrar y ordenar el abastecimiento de una ciudad que ya rondaba varios miles de habitantes y que empezaba a consolidarse como uno de los grandes centros urbanos y comerciales del sur cordobés. En sus dependencias funcionaron puestos dedicados a carnes, verduras, frutas, pan y otras mercaderías provenientes en buena medida de quintas, chacras y establecimientos de los alrededores. Las reconstrucciones históricas describen cuatro accesos que conducían hacia un gran espacio central utilizado para la carga y descarga, rodeado por galerías donde se alineaban los locales de los concesionarios. Desde 1885, el escenario se volvió todavía más extraordinario: por calle Belgrano circulaban los rieles del tranvía a caballo que comunicaba la estación del Ferrocarril Andino con el centro de Río Cuarto y llegaba prácticamente hasta las puertas del mercado. Carretas cargadas de productos, vendedores ofreciendo sus mercancías, animales, pasajeros, trabajadores y tranvías debieron convertir aquella manzana en uno de los puntos más bulliciosos de la ciudad. Con el correr de las décadas, sin embargo, aquel símbolo del progreso comenzó a quedar atrapado por el mismo crecimiento que había ayudado a impulsar. En 1928, documentos municipales ya advertían deficiencias sanitarias, problemas de ventilación y otras dificultades propias de un edificio envejecido y sometido durante décadas a una intensa actividad. Dentro del gran proyecto urbanístico promovido durante la intendencia de Vicente Mójica se resolvió reemplazarlo y construir nuevos mercados distribuidos en distintos sectores de la ciudad. En 1930 comenzó la demolición del viejo Mercado Progreso y desapareció así, después de aproximadamente 48 años, uno de los escenarios cotidianos más reconocibles del Río Cuarto de entre siglos. Sobre aquel mismo solar comenzó a levantarse el monumental Palacio Municipal, habilitado el 25 de mayo de 1932. La piqueta borró sus muros, pero no consiguió borrar su lugar en la memoria urbana: donde hoy se concentra parte de la administración municipal existió alguna vez un mundo de carros, rieles, puestos, pregones, alimentos y multitudes, un verdadero corazón popular desde el cual Río Cuarto aprendió a abastecerse mientras ingresaba definitivamente en la modernidad. Un dato extraordinario completa la historia: durante los trabajos realizados alrededor del nuevo Palacio Municipal en abril de 1932, según la reconstrucción del investigador Walter Bonetto, apareció enterrado un tubo metálico que contenía un recipiente de vidrio y en su interior el acta vinculada con la colocación de la piedra fundamental del antiguo mercado, documento que había permanecido bajo tierra mientras toda una ciudad cambiaba sobre él. También pudimos localizar otras imágenes históricas: una muestra oficial del Tribunal de Cuentas de Córdoba conserva una vista identificada como “Mercado, Río Cuarto, Córdoba, ca. 1885”, perteneciente a la Colección Analía Righetti, mientras que una galería especializada en historia riocuartense reproduce otra fotografía del Mercado Progreso atribuida a Eugenio S. Ouine y procedente del libro Precursores de la Fotografía de Río Cuarto, del historiador Carlos Mayol Laferrere. FUENTES: Tribunal de Cuentas de Córdoba, muestra “Córdoba antigua”; Archivo Histórico Municipal de Río Cuarto; investigaciones de Omar Isaguirre, Fernando J. Remedi y Walter Bonetto; Galería de Fotos Históricas de Río Cuarto y LV16. La piedra fundamental del Mercado Progreso fue colocada el 17 de julio de 1881 y diversas referencias sitúan su inauguración el 10 de abril de 1882, aunque otras reconstrucciones mencionan obras y contratos desarrollados entre 1883 y 1884. #RíoCuarto #Córdoba #MercadoProgreso #MercadoPúblico #HistoriaArgentina #HistoriaDeCórdoba #RíoCuartoAntiguo #PatrimonioHistórico #FotografíaHistórica #MemoriaUrbana #ArgentinaAntigua #OldArgentina #ArgentineHistory #RioCuartoHistory #HistoricMarket #HistoricPhotography #CordobaArgentina
lunes, 5 de octubre de 2026
EL DÍA EN QUE MENDOZA SE DIBUJÓ SOBRE LA TIERRA: EL PLANO DE 1561 QUE FIJÓ PLAZA, EJIDO Y CHACRAS DE LA CIUDAD NACIENTE
Apenas unos meses después de que Pedro del Castillo fundara, el 2 de marzo de 1561, la “Ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja” en el valle de Guentata, aquella fundación todavía debía transformarse en algo mucho más concreto que una ceremonia y un acta: había que fijar el espacio, señalar solares, reservar tierras comunes y organizar el territorio del que dependería la supervivencia de sus primeros habitantes. La extraordinaria imagen que acompaña esta publicación permite comprender visualmente aquel proceso, aunque conviene hacer una precisión fundamental: no se trata del manuscrito original de 1561, sino de una infografía histórica elaborada por el investigador Jorge Ricardo Ponte a partir del plano ideal de Pedro del Castillo y de documentación territorial e hídrica posterior. En el centro se distingue la cuadrícula urbana concebida sobre una retícula de cinco por cinco manzanas, con la Plaza Mayor como corazón político y social; alrededor aparece claramente marcado el EJIDO, el gran espacio común que separaba el núcleo urbano de las tierras agrícolas; y más allá se despliegan numerosas parcelas destinadas a los primeros vecinos, muchas de ellas con dimensiones de dos o tres cuadras y con nombres que todavía sobreviven en la documentación del siglo XVI, entre ellos Juan de Contreras, Juan de Villegas, Gabriel de Cepeda, Pedro Moyano, Lope de la Peña, Alonso de Torres y otros integrantes de aquella primera sociedad colonial. Un detalle que suele pasar inadvertido es la orientación: la flecha del NORTE apunta hacia la derecha del dibujo, por lo que el esquema no debe leerse con el norte hacia arriba como ocurre normalmente en los mapas actuales. La documentación conservada en el Archivo General de Indias permite reconstruir con notable precisión aquellos meses decisivos: allí permanece el “Plano del trazado fundacional de Mendoza”, signatura MP-BUENOS_AIRES,221, fechado el 8 de septiembre de 1561, y otro documento excepcional, el “Plano de las tierras repartidas a los primeros pobladores de la ciudad de Mendoza”, MP-BUENOS_AIRES,222, fechado el 9 de octubre de 1561, manuscrito a pluma sobre una hoja de aproximadamente 62 por 44 centímetros. Entre ambos momentos ocurrió además un episodio fundamental: el 6 de octubre, después de haberse buscado otro sitio considerado potencialmente “más apacible, más sano, más fértil”, Pedro del Castillo y las autoridades ratificaron la permanencia de la población en el lugar donde ya se encontraba trazada, amojonada y con sus solares señalados. De esta manera, octubre de 1561 fue el momento en que aquella Mendoza nacida jurídicamente siete meses antes comenzó a adquirir una verdadera dimensión territorial. El propio documento fundacional había previsto además que fuera del ejido se concedieran tierras para “huerta y viña”, una referencia tempranísima y extraordinaria si pensamos en el destino vitivinícola que siglos después alcanzaría Mendoza. Pero aquel paisaje no estaba vacío cuando llegaron los españoles: era el antiguo valle de Guentata, ocupado por comunidades huarpes y atravesado por una compleja red de acequias prehispánicas que resultó decisiva para la instalación y supervivencia de la nueva población. Investigaciones recientes incluso han reabierto una cuestión apasionante: el sitio exacto de la primera Mendoza de Pedro del Castillo. Mientras la tradición la vinculó directamente con la actual Área Fundacional, estudios de Ernesto Palacios y Alejandro García proponen que el ejido de 1561 pudo extenderse aproximadamente entre las actuales Ingeniero Balloffet, Pedro Molina, Ituzaingó y Allayme/Maure, situando el núcleo original cerca del sector conocido como la Rotonda del Avión, alrededor de 1.300 metros del posterior centro colonial; por eso hoy resulta más prudente hablar de una hipótesis documental y arqueológica en investigación. Al año siguiente, el 28 de marzo de 1562, Juan Jufré trasladaría la población aproximadamente “dos tiros de arcabuz” y pretendió llamarla Ciudad de la Resurrección, aunque el nombre Mendoza terminó imponiéndose definitivamente. Más de cuatro siglos y medio después, estos planos siguen siendo mucho más que antiguos dibujos: son la huella de la transformación de un territorio indígena en ciudad colonial, la memoria gráfica de los primeros solares, chacras, caminos, acequias y espacios comunes, y una de las ventanas documentales más antiguas que poseemos para observar cómo comenzó a tomar forma la Mendoza que conocemos. FUENTES: Archivo General de Indias–PARES, planos fundacionales de Mendoza de septiembre y octubre de 1561; Acta de Fundación de Mendoza (1561); Actas Capitulares de Mendoza, Academia Nacional de la Historia; Jorge Ricardo Ponte, UNLP-CONICET (2018); investigaciones de INCIHUSA-CONICET y estudios de Ernesto Palacios y Alejandro García sobre Guentata, la fundación de Mendoza y el sistema de riego prehispánico-colonial. #Mendoza #MendozAntigua #HistoriaDeMendoza #PedroDelCastillo #Guentata #Huarpes #Mendoza1561 #FundaciónDeMendoza #CiudadColonial #ArchivoGeneralDeIndias #HistoriaArgentina #PatrimonioHistórico #CartografíaHistórica #AcequiasDeMendoza #MemoriaMendocina #MendozaHistory #ArgentineHistory #HistoricalMaps #ColonialHistory #UrbanHistory #CulturalHeritage
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6 DE OCTUBRE DE 1607: CUANDO MENDOZA PAGÓ POR MANTENER ABIERTO EL CAMINO DE LOS ANDES — EL PUENTE DE ACONCAGUA QUE UNIÓ DOS MUNDOS
El 6 de octubre de 1607, cuando Mendoza apenas llevaba 46 años de existencia española, una sesión del Cabildo dejó escrita una extraordinaria fotografía documental de cómo funcionaban las comunicaciones, el gobierno y hasta la lucha cotidiana contra el agua en aquella remota ciudad cuyana. El acta comienza de manera inequívoca: “En la ciudad de Mendoza en seis días del mes de octubre…”, y se conserva en la edición de las Actas Capitulares de Mendoza, Tomo I, en la foja 37 vuelta y página impresa 416. Aquel día se reunieron las autoridades para tratar asuntos considerados necesarios para el bien de la república, y entre ellos apareció un problema que atravesaba literalmente la Cordillera de los Andes: el puente sobre el río Aconcagua, en territorio chileno. El Cabildo recibió dos cartas llegadas desde Santiago de Chile: una del capitán Juan Ortiz de Urbina, procurador del Cabildo mendocino que se encontraba en aquella ciudad, y otra del capitán Francisco de Puebla, mencionado también como procurador. Las comunicaciones informaban que en Santiago se había realizado una “derrama”, es decir, una contribución extraordinaria repartida entre determinados vecinos, destinada a “aderezar la puente de Aconcagua”. No se trataba de una obra secundaria. La propia introducción histórica de las Actas explica que la frecuente comunicación entre Mendoza y Santiago obligaba al mantenimiento permanente de la ruta cordillerana, y documentos del Cabildo de Santiago confirman que el 9 de agosto de 1607 ya se había discutido el arreglo del puente y se había determinado que los vecinos encomenderos de Cuyo afrontaran el gasto porque eran quienes obtenían mayor beneficio de aquella infraestructura. Así, casi 420 años atrás, Mendoza quedaba económicamente comprometida con una obra situada al otro lado de los Andes porque su supervivencia, abastecimiento, comercio y comunicaciones estaban profundamente ligados a Chile. La ruta de Aconcagua era entonces una de las grandes vías naturales entre Mendoza y Santiago: desde Cuyo avanzaba por los corredores cordilleranos vinculados al río Mendoza y Las Cuevas, cruzaba la alta montaña y descendía por la vertiente occidental hacia la cuenca del Aconcagua. Por aquellos pasos circulaban autoridades, correos, mercancías, ganado, viajeros e indígenas sometidos al sistema de encomienda y mita, una dimensión social durísima que también aparece documentada en las fuentes de la época. La decisión del 6 de octubre fue conservar aquellas cartas y estudiar cómo debían participar los vecinos mendocinos que todavía no figuraban en la derrama. El índice de la propia edición académica resume el acontecimiento sin ambigüedades: el 6-X-1607 se menciona una derrama realizada en Santiago para el puente sobre el río Aconcagua. Pero aquella sesión guarda todavía otro detalle excepcional. Alonso de Videla había sido nombrado fiel ejecutor, funcionario encargado, entre otras tareas, de vigilar aspectos esenciales del orden urbano, pero se encontraba enfermo y no podía desempeñar el cargo. El Cabildo resolvió sustituirlo por el regidor Bartolomé de Rojas y Puebla, quien prestó juramento y recibió la vara correspondiente. Entre las obligaciones expresamente consignadas quedó una que parece escrita para definir la historia misma de Mendoza: debía procurar que “la ciudad no se anegue con las aguas de las acequias”. La referencia continúa en la foja 38 y página 417. Así, una misma reunión capitular del 6 de octubre de 1607 conectó problemas separados por centenares de kilómetros: en el oeste, reparar un puente imprescindible para atravesar la ruta hacia Santiago; en Mendoza, controlar las acequias para impedir que el agua inundara la pequeña ciudad. Cordillera, caminos, contribuciones extraordinarias, comunicaciones internacionales, administración municipal, acequias e inundaciones quedaron reunidos en apenas unas páginas manuscritas. Y existe incluso un antecedente todavía más antiguo: en noviembre de 1602 el Cabildo mendocino ya había entregado documentación relacionada con Marcos Hernández, residente en Santiago, para hacer y mantener durante diez años un puente; la edición no permite asegurar con absoluta certeza que se tratara exactamente de la misma estructura del Aconcagua, por lo que conviene mantener separados ambos episodios. Lo que sí está documentalmente probado es que en 1607 el puente del Aconcagua era suficientemente importante para que los cabildos de ambos lados de los Andes discutieran quién debía costear su arreglo. Más que una simple reparación, aquella acta revela algo formidable: mucho antes del Ferrocarril Trasandino, de la actual Ruta Nacional 7 y de los modernos pasos internacionales, Mendoza ya dependía de una verdadera red transcordillerana y estaba dispuesta a invertir recursos para mantenerla abierta. El 6 de octubre de 1607, una pluma, unas cartas llegadas desde Santiago y una decisión tomada alrededor de la mesa del Cabildo dejaron registrado uno de los testimonios más tempranos de la histórica conexión entre Mendoza, Aconcagua y Chile. FUENTES CONSULTADAS: Academia Nacional de la Historia, Actas Capitulares de Mendoza, Tomo I (1566-1609), acta del 6 de octubre de 1607, fs. 37 vta.-38, pp. 416-417; referencias al Cabildo de Santiago y a la Colección de Historiadores de Chile de José Toribio Medina. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #EfeméridesMendocinas #CabildoDeMendoza #Aconcagua #CordilleraDeLosAndes #HistoriaColonial #CaminoDeLosAndes #Chile #SantiagoDeChile #Acequias #PatrimonioHistórico #DocumentosHistóricos #HistoriaArgentina #MendozaHistory #Aconcagua #AndesMountains #ColonialHistory #HistoricalDocuments #ArgentinaHistory #ChileHistory
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ANTES DE INTERNET, LONDRES YA TENÍA UNA RED SOCIAL: LAS “UNIVERSIDADES DE A PENIQUE” QUE CONECTARON CIENCIA, PRENSA, SEGUROS Y LA BOLSA
Mucho antes de que existieran Facebook, X, Instagram, los foros digitales o los grupos de mensajería, Londres ya poseía una formidable red para compartir noticias, discutir política, buscar trabajo, cerrar negocios, intercambiar rumores, leer publicaciones y cruzarse con algunas de las mentes más inquietas de su tiempo. No funcionaba con electricidad ni algoritmos: funcionaba con café. La revolución comenzó a tomar forma a mediados del siglo XVII. En 1652, Pasqua Rosée abrió en Londres uno de los primeros establecimientos dedicados al café, y desde la década de 1660 aquellos locales comenzaron a multiplicarse hasta convertirse en auténticos nodos de información. Conviene desterrar una leyenda muy repetida: Europa no había pasado siglos enteros permanentemente borracha porque toda el agua fuese imposible de beber. El agua se consumía y existían fuentes, pozos y conducciones; también eran habituales la cerveza, el ale y el vino. Lo novedoso del café estaba en otra parte: proporcionaba una bebida estimulante, asociada a la conversación sobria y prolongada, perfecta para una sociedad en la que comerciantes, científicos, escritores y funcionarios necesitaban información cada vez con mayor rapidez. Por apenas un penique, muchos establecimientos ofrecían acceso al café y, sobre todo, a un extraordinario ecosistema de periódicos, gacetas, panfletos, cartas, noticias y conversaciones. De allí surgió la célebre expresión “penny universities”, las “universidades de a penique”: espacios de aprendizaje informal donde una moneda podía abrir la puerta a horas de discusión y conocimientos que difícilmente podían encontrarse reunidos en otro lugar. Pero aquellas cafeterías eran mucho más que salones para beber. Los hombres de negocios establecían horarios habituales para que clientes y socios supieran dónde localizarlos; incluso era posible enviar cartas directamente a una cafetería, confiando en que el destinatario pasaría por allí. Algunos locales se especializaron casi como los actuales canales o comunidades temáticas de Internet. En Will’s Coffee House, cerca de Covent Garden, el poeta John Dryden llegó a convertirse en figura central de una extraordinaria tertulia literaria. Cerca de St Paul’s, editores y libreros intercambiaban noticias del comercio editorial. Otros cafés concentraban abogados, comerciantes, aseguradores, navegantes o corredores de valores. Las mesas, los bancos comunes, los periódicos que circulaban de mano en mano y las noticias que se leían en voz alta transformaron a estos establecimientos en verdaderos centros de transmisión de información. Incluso la supuesta igualdad de las cafeterías quedó reflejada en un famoso impreso de 1674 titulado The Rules and Orders of the Coffee-House, que proclamaba que caballeros y comerciantes podían sentarse juntos sin privilegios de rango. Aquel texto debe entenderse con cautela porque tenía un evidente componente satírico y no constituía un reglamento obligatorio para todas las cafeterías, pero retrata muy bien el ideal del lugar: ninguna persona debía levantarse para entregar su asiento a alguien de mayor condición social y quien iniciara una disputa debía compensarla pagando café. También censuraba el exceso de ruido, las apuestas y hasta los brindis ceremoniosos propios de las tabernas. La realidad era menos perfecta: las cafeterías eran espacios predominantemente masculinos, existían diferencias económicas y algunas podían ser ruidosas, ásperas y conflictivas. Pero su capacidad para hacer circular ideas era tan poderosa que llegó a preocupar a la Corona. El 29 de diciembre de 1675, Carlos II ordenó suprimir las coffee houses, acusándolas de reunir a personas “ociosas y descontentas” y de propagar informaciones falsas y escandalosas contra el gobierno. El intento terminó rápidamente neutralizado ante la resistencia que provocó. En otras palabras: tres siglos y medio antes de las polémicas sobre las redes sociales, un gobierno inglés ya estaba preocupado por lugares donde ciudadanos se reunían, compartían noticias y criticaban al poder. La ciencia tampoco permaneció ajena a aquella gigantesca conversación urbana. Robert Hooke, uno de los grandes experimentadores del siglo XVII y autor de Micrographia, fue un auténtico habitué: su diario registra recorridos por más de sesenta establecimientos durante la década de 1670, además de innumerables encuentros en cafés como Garraway’s y Jonathan’s. Hooke utilizaba aquellas mesas para conversar, obtener información, discutir experimentos y encontrarse con colegas. Hay, sin embargo, una precisión histórica importante respecto de una historia repetida innumerables veces: la famosa conversación de enero de 1684 entre Hooke, Christopher Wren y Edmond Halley acerca de las órbitas planetarias y la ley del inverso del cuadrado está documentada, pero la fuente primaria conservada no permite afirmar con seguridad que ocurriera dentro de una cafetería concreta. Halley contó después que llegó a Londres, se encontró con Wren y Hooke y discutieron el problema. Hooke aseguró que podía demostrar matemáticamente cómo la fuerza que disminuía con el cuadrado de la distancia explicaba el movimiento planetario; Wren, escéptico, ofreció como premio un libro valorado en cuarenta chelines a quien presentara una demostración convincente en dos meses. La prueba no apareció. En agosto de 1684, Halley viajó a Cambridge y formuló a Isaac Newton la pregunta decisiva: ¿qué curva describiría un planeta sometido a una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de su distancia al Sol? Newton respondió: una elipse. Aquella visita impulsó una cadena de trabajos que primero produjo De Motu y finalmente desembocó en Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, publicado en 1687 con una participación decisiva de Halley. Por eso sería exagerado afirmar que “la gravedad fue inventada en una cafetería”, pero sería igualmente injusto ignorar que la ciencia de aquella época se desarrolló dentro de una cultura de sociabilidad, discusión e intercambio de información en la que las coffee houses desempeñaron un papel extraordinario. Y si la ciencia encontró allí terreno fértil, las finanzas directamente echaron raíces. En la década de 1680, Edward Lloyd abrió una cafetería frecuentada por capitanes, comerciantes, armadores y personas interesadas en asegurar barcos y cargamentos. La primera referencia documental conocida al Lloyd’s Coffee House aparece en 1688. Lloyd comprendió que la información marítima tenía un enorme valor y comenzó a reunir noticias sobre buques, cargamentos, puertos y acontecimientos extranjeros. De aquellas mesas donde se compartían riesgos y noticias terminaría desarrollándose Lloyd’s of London, uno de los mercados aseguradores más célebres del mundo. Algo semejante sucedió con la negociación de acciones. Jonathan’s Coffee House, en Change Alley, se convirtió en punto de encuentro de corredores y especuladores, y en 1698 John Castaing comenzó a publicar allí, dos veces por semana, precios de acciones, monedas y mercancías. El propio Bank of England considera ese hecho una de las primeras evidencias de un mercado organizado de valores en Londres, mientras que la London Stock Exchange sitúa en 1698 sus raíces históricas. El proceso continuaría durante el siglo XVIII: en 1773 los corredores abrieron un establecimiento propio conocido primero como New Jonathan’s y después sencillamente como The Stock Exchange. Aquellas cafeterías, por supuesto, no “inventaron” por sí solas la ciencia moderna, el capitalismo ni la información pública, pero aceleraron algo fundamental: pusieron personas, noticias, conocimientos y dinero dentro de una misma red física. Cada mesa podía convertirse en una redacción improvisada, una oficina comercial, una bolsa de trabajo, un pequeño parlamento, un laboratorio intelectual o una sala de operaciones financieras. Por eso la comparación con Internet resulta tan irresistible. Cambiaron las pantallas, los cables y los algoritmos, pero la necesidad humana permanece sorprendentemente intacta: entrar en un lugar, averiguar qué está pasando, encontrar a quienes saben algo, discutir con desconocidos, compartir rumores, hacer negocios y, ocasionalmente, transformar el mundo. En el Londres del siglo XVII bastaban una mesa, unas hojas impresas, varias voces y una taza de café. #Historia #HistoriaUniversal #Londres #SigloXVII #Cafe #CoffeeHouse #UniversidadesDeAPenique #PennyUniversities #RevolucionCientifica #IsaacNewton #EdmondHalley #RobertHooke #ChristopherWren #LloydsOfLondon #BolsaDeLondres #HistoriaDeInternet #HistoriaDeLaCiencia #HistoriaEconomica #History #LondonHistory #CoffeeHistory #CoffeehouseCulture #ScientificRevolution #HistoryOfScience #FinancialHistory #SocialNetworks. FUENTES: British Library, Courtauld Institute of Art, The London Archives, Cambridge University Press, Newton Project–Oxford, Royal Society, Lloyd’s, Bank of England, London Stock Exchange y British Museum.
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Curiosidades Históricas
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EL DÍA EN QUE MENDOZA DECIDIÓ DÓNDE EXISTIR: 6 DE OCTUBRE DE 1561, LA JORNADA QUE FIJÓ SU PRIMER ASIENTO
Apenas siete meses después de la fundación de la Ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja, ocurrió un episodio decisivo que durante mucho tiempo quedó eclipsado por el célebre 2 de marzo. Pedro del Castillo había fundado la ciudad en el valle de Guantata, en medio de un territorio habitado y organizado desde mucho antes por las comunidades huarpes, pero aquel emplazamiento todavía conservaba un carácter provisional: el propio fundador había dejado abierta la posibilidad de encontrar otro sitio que reuniera mejores condiciones para establecer definitivamente la población. Durante los meses siguientes se examinaron alternativas y, según la reconstrucción documental publicada por la Academia Nacional de la Historia, Del Castillo buscó sin éxito un lugar “más apacible, más sano, más fértil”. Finalmente, el 6 de octubre de 1561 tomó una determinación trascendental: fijó definitivamente el asiento de Mendoza en el mismo lugar donde había sido establecida, en el corazón del antiguo poblado indígena de Guantata. Ese mismo día, de acuerdo con la investigación histórica sustentada en documentación de época, el Cabildo señaló además el ejido urbano, es decir, el espacio de uso común que rodearía la primitiva traza de la ciudad. El episodio permite corregir una confusión repetida en algunas publicaciones modernas: el 6 de octubre no debe identificarse con el gran repartimiento de tierras documentado pocos días después. El documento conservado y descrito por el Archivo General de Indias fecha expresamente el “Plano del repartimiento de tierras hecho a los primeros pobladores de la ciudad de Mendoza, Nuevo Valle de Rioja” el 9 de octubre de 1561. Allí se distribuyeron heredades destinadas, entre otros usos, a huertas y viñas, y aparecen individualizados numerosos pobladores de aquella primera Mendoza. PARES, el Portal de Archivos Españoles, confirma también que esas tierras fueron repartidas por Pedro del Castillo el 9 de octubre y conserva la referencia archivística del documento. La distinción es fundamental: el 6 de octubre quedó reafirmado el lugar donde permanecería la ciudad y fue señalado su ejido; el 9 de octubre quedó documentado el repartimiento territorial que ayudó a estructurar su entorno agrícola. Existe además otra particularidad extraordinaria: las actas capitulares mendocinas que han llegado de manera continua comienzan recién el 31 de enero de 1566. Por eso, lo ocurrido en aquellos meses fundacionales de 1561 debe reconstruirse mediante documentos anteriores, testimonios posteriores y copias conservadas en distintos archivos. Más de cuatro siglos después, aquel 6 de octubre aparece como una fecha esencial para comprender el nacimiento urbano de Mendoza: fue el momento en que una fundación todavía incierta comenzó a echar raíces definitivas en el valle que ya poseía población, caminos, cultivos y sistemas de irrigación indígenas antes de la llegada española. Tres días después, el plano del 9 de octubre dejaría sobre el papel una de las representaciones territoriales más antiguas vinculadas con la historia de la ciudad. #Mendoza #MendozAntigua #HistoriaDeMendoza #PedroDelCastillo #Guantata #Huentota #FundaciónDeMendoza #Mendoza1561 #HistoriaArgentina #Cuyo #Huarpes #ArchivoGeneralDeIndias #HistoriaColonial #PatrimonioHistórico #MemoriaMendocina #MendozaHistory #ArgentineHistory #ColonialHistory #HistoricMendoza #CulturalHeritage. Fuentes: Academia Nacional de la Historia y Junta de Estudios Históricos de Mendoza, Actas Capitulares de Mendoza, Tomo I (1566-1609), edición de 1945, con introducción de Juan Draghi Lucero; Archivo General de Indias, plano y repartimiento de tierras del 9 de octubre de 1561, disponible en PARES; y estudios de historia urbana y cartografía de la Universidad Nacional de Cuyo y CONICET.
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Efemérides
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HACIA 1948 — EL TALLER QUE TALLÓ UNA ÉPOCA: VÍCTOR DELHEZ Y LA REVOLUCIÓN DEL GRABADO QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE EL ARTE EN MENDOZA
Hacia 1948, una cámara dejó registrado uno de esos instantes silenciosos en los que, sin saberlo, se estaba construyendo parte de la historia cultural de Mendoza. La fotografía muestra el Taller de Grabado dirigido por el profesor Víctor Delhez en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo: estudiantes reunidos alrededor de la maquinaria del taller, siguiendo de cerca las enseñanzas de un maestro que había convertido la madera, la tinta, la presión y la línea en un extraordinario lenguaje artístico. La propia historia institucional de la UNCUYO identifica esta escena como “Taller de grabado del profesor Víctor Delhez, en la Academia de Bellas Artes, hacia 1948”. Pero detrás de aquella imagen había una transformación que había comenzado varios años antes. En 1940, la Academia creó formalmente su Taller de Grabado y convocó a Delhez para organizarlo y dirigirlo, decisión que terminaría siendo fundamental para el desarrollo de las artes gráficas mendocinas. Nacido en Amberes, Bélgica, en 1902, Delhez había recorrido distintos países y disciplinas antes de establecerse definitivamente en Chacras de Coria, donde desarrolló buena parte de su monumental producción. La UNCUYO considera que la verdadera expansión del grabado en Mendoza estuvo íntimamente vinculada a la llegada de Delhez y, posteriormente, de Sergio Sergi, incorporado a la docencia universitaria en 1943. Desde aquel taller se transmitían técnicas como la xilografía y el grabado en madera, pero también una rigurosa manera de observar, imaginar y construir imágenes. Delhez no fue solamente un docente: fue uno de los grandes virtuosos latinoamericanos de la xilografía, creador de un universo visual poblado de arquitectura fantástica, figuras religiosas, retratos, escenas literarias y composiciones cargadas de dramatismo. Su producción superó las 1.500 xilografías según registros difundidos por la propia Universidad, y obras suyas terminaron conservadas y estudiadas en instituciones de distintos países; actualmente la National Gallery of Art de Washington, por ejemplo, registra piezas como Sed non Satiata, realizada hacia 1945, y La grande tentation y La pêche miraculeuse, ambas de hacia 1936. La fotografía adquiere todavía mayor dimensión cuando advertimos que alrededor de aquellos años la Academia estaba construyendo buena parte de la estructura intelectual que marcaría el futuro de las artes mendocinas. Precisamente en 1948 Víctor Delhez integró, junto con Roberto Cascarini, Lorenzo Domínguez, Sergio Hocevar y Carlos Massini Correas, la comisión que presentó ante el Rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo el primer proyecto para crear un Profesorado de Historia del Arte. Por aquellas aulas pasó además una generación extraordinaria: Carlos Alonso ingresó a la Academia en 1944 y tuvo entre sus maestros a Delhez, Sergio Sergi, Ramón Gómez Cornet, Francisco Bernareggi y Lorenzo Domínguez. Así, esta imagen aparentemente cotidiana de estudiantes inclinándose sobre una prensa se convierte en mucho más que una fotografía universitaria: es el retrato de una época en la que Mendoza estaba formando artistas, docentes y nuevas instituciones culturales, mientras Víctor Delhez transmitía un oficio milenario que terminaría dejando una marca profunda en varias generaciones. Aquellas manos alrededor de la máquina no estaban solamente aprendiendo a imprimir una estampa: estaban ayudando a grabar, literalmente, una parte fundamental de la historia artística de Mendoza. Fuentes: UNCUYO, Facultad de Artes y Diseño, Gobierno de Mendoza, Museo Emilio Caraffa, National Gallery of Art y Museo Nacional de Bellas Artes. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #VictorDelhez #VíctorDelhez #UNCuyo #UniversidadNacionalDeCuyo #AcademiaDeBellasArtes #FacultadDeArtesYDiseño #Grabado #Xilografia #ArteMendocino #HistoriaDelArte #CulturaMendocina #ChacrasDeCoria #PatrimonioCultural #MemoriaHistorica #MendozaAntigua #ArgentineArt #Printmaking #Woodcut #ArtHistory #VictorDelhez #MendozaHistory #CulturalHeritage #VintageMendoza
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1904 — ENTRE UVAS, RIELES Y TRABAJO: LA EXTRAORDINARIA COSECHA EN LA VIÑA DE GERMÁN COLM QUE INMORTALIZÓ EL NACIMIENTO DE LA MENDOZA VITIVINÍCOLA MODERNA
A comienzos del siglo XX, cuando Mendoza atravesaba una de las transformaciones económicas y sociales más profundas de su historia, una cámara detuvo para siempre esta extraordinaria escena de vendimia en la “Viña del señor Germán Colm”. Hombres, mujeres y niños aparecen reunidos entre las hileras de vides, grandes recipientes colmados por la cosecha y una pequeña vía férrea que atraviesa el establecimiento, testimonio de cómo algunas explotaciones comenzaban a incorporar sistemas internos de transporte para mover la uva con mayor rapidez. La fotografía posee además un valor documental excepcional: formó parte del célebre Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, elaborado por Juan Bialet Massé por encargo del ministro del Interior Joaquín V. González durante la presidencia de Julio Argentino Roca. El estudio nació de un decreto del 22 de enero de 1904 y buscaba conocer directamente las condiciones de trabajo, salarios, jornadas, vivienda y situación de obreros argentinos e inmigrantes en distintas regiones del país. Bialet recorrió fábricas, campos, ferrocarriles, bodegas y establecimientos agrícolas, y su investigación quedó acompañada por un formidable registro fotográfico del mundo laboral argentino. Su autor continúa registrado como desconocido. La imagen pertenece al momento en que Mendoza consolidaba aceleradamente su nuevo modelo vitivinícola: investigaciones de Rodolfo Richard-Jorba, de CONICET y la Universidad Nacional de Cuyo, indican que entre 1881 y 1902 comenzaron alrededor de 3.200 viñedos modernos que superaron las 20.000 hectáreas, y que para 1903 existían unas 22.205 hectáreas de viña en producción. Bialet estimaba en 1904 que la actividad vitivinícola mendocina ocupaba aproximadamente 15.000 trabajadores permanentes y otros 22.000 durante la vendimia. Aquella expansión fue posible gracias al riego, al ferrocarril, a la llegada de nuevos trabajadores, a la multiplicación de bodegas y a una enorme demanda de mano de obra durante la cosecha. Por eso esta fotografía es mucho más que una antigua postal rural: es el retrato directo de una Mendoza que estaba cambiando de escala, en la que cada canasto de uvas, cada trabajador y cada metro de viña formaban parte de la construcción de una industria que terminaría convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad de la provincia. Más de ciento veinte años después, las personas que miraron aquella cámara desde la viña de Germán Colm siguen recordándonos que detrás de la historia del vino mendocino existieron miles de jornadas de trabajo, familias enteras y generaciones que hicieron de la vendimia mucho más que una cosecha: la convirtieron en parte inseparable de la historia de Mendoza. FUENTES CONSULTADAS: Juan Bialet Massé, Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República (1904); Proyecto Bialet; Rodolfo Richard-Jorba, INCIHUSA-CONICET/UNCuyo, estudios sobre vitivinicultura y trabajo en Mendoza; y ficha histórica de Wikimedia Commons. Mendoza #MendozAntigua #Vendimia #HistoriaDeMendoza #Vitivinicultura #VinoArgentino #Viñedos #Cosecha #JuanBialetMassé #HistoriaDelVino #PatrimonioMendocino #MemoriaHistórica #MendozaHistory #VintageMendoza #WineHistory #ArgentineWine #GrapeHarvest #VineyardHistory #HistoricPhotography #ArgentinaHistory
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