sábado, 20 de junio de 2026

JUAN JOSÉ PASO: EL PRÓCER QUE INVENTÓ LA URGENCIA POLÍTICA Y SOBREVIVIÓ A TODAS LAS GRIETAS


Hay próceres que quedaron grabados en la memoria por una espada, una batalla, una bandera o una muerte heroica. Juan José Paso, en cambio, pertenece a otra especie: la de los hombres que construyeron poder desde la palabra, el expediente, la maniobra jurídica y el instinto político. No fue San Martín cruzando los Andes, ni Belgrano entregándolo todo por la patria, ni Moreno consumido por la intensidad revolucionaria. Paso fue otra cosa: un sobreviviente de lujo. Un abogado de mirada fría, verbo preciso y cintura política extraordinaria, capaz de atravesar la Revolución de Mayo, los Triunviratos, la Asamblea del Año XIII, el Congreso de Tucumán y los primeros intentos constitucionales sin desaparecer del tablero. Nacido en Buenos Aires en 1758, formado en el mundo del derecho y la política, Paso fue uno de los grandes cerebros jurídicos de la Revolución. El 22 de mayo de 1810, durante el Cabildo Abierto, apareció su momento decisivo. Cuando se discutía si Buenos Aires tenía derecho a tomar una decisión sin consultar primero a todo el virreinato, Paso respondió con una idea poderosa: la capital estaba ante un peligro inmediato y debía actuar con urgencia, formando una Junta provisoria y convocando después a los demás pueblos. No inventó el DNU, porque esa figura pertenece a la Argentina constitucional moderna, pero su argumento fue una especie de antepasado político de la lógica de la “necesidad y urgencia”. Ahí, en ese debate, también empezó a dibujarse una tensión que marcaría a fuego nuestra historia: Buenos Aires y las provincias, la decisión rápida y la representación amplia, el centro y el interior. Todavía no existían los unitarios y federales como bandos definidos, pero la semilla de esa disputa ya estaba en el aire. Paso no fue el creador de la grieta argentina, pero sí uno de los primeros en caminar sobre ella con una habilidad asombrosa. El 25 de mayo de 1810 fue designado secretario de la Primera Junta junto a Mariano Moreno. Mientras Moreno quedó asociado a la pasión revolucionaria y a un destino trágico, Paso encarnó una virtud menos romántica pero igual de decisiva: la permanencia. Fue Secretario de Hacienda, integró el Primer y el Segundo Triunvirato, participó en la Asamblea del Año XIII y siguió apareciendo en los momentos donde se decidía el rumbo institucional de las Provincias Unidas. Paso fue, en términos modernos, un verdadero polifuncionario de la patria naciente. Orador, jurista, secretario, legislador, asesor, negociador y operador político. No era un caudillo de multitudes ni un militar de campaña: era el hombre que sabía leer el clima del poder, acomodarse a las tormentas y seguir siendo necesario cuando otros caían en desgracia. Su escena más solemne llegó el 9 de julio de 1816. En el Congreso de Tucumán, fue secretario del cuerpo y aparece en la memoria histórica como el hombre que dio voz al Acta de la Independencia. Mientras Laprida presidía y los diputados sellaban el destino de las Provincias Unidas, Paso ocupaba ese lugar silencioso pero fundamental: el del funcionario que transforma la voluntad política en documento, procedimiento y nación. Después siguió ligado a los grandes debates institucionales. Participó en el ciclo de las constituciones de orientación centralista de 1819 y 1826, intervino en discusiones sobre organización nacional, economía, ejército, deuda, imprenta y Banco de Descuentos. Un estudio académico de la Universidad Nacional de La Plata destaca que no hubo gobierno ni congreso que no lo tuviera presente desde Mayo de 1810 hasta el advenimiento de Rosas en 1829. Y allí está lo más fascinante: Paso incomoda porque no entra fácil en la estampita escolar. No fue un santo cívico ni un traidor. No fue un mártir ni un aventurero. Fue un hombre de poder. Un político profesional antes de que esa categoría existiera con nombre propio. Para algunos, oportunista. Para otros, un estratega. Probablemente haya sido ambas cosas. Mientras muchos protagonistas de Mayo terminaron en el exilio, la pobreza, la muerte temprana o el olvido, Paso siguió. Cambió de lugar, negoció, resistió, retrocedió cuando convenía y volvió a aparecer cuando el escenario lo permitía. No confundía la política con el martirio. Sabía que en los tiempos fundacionales no alcanzaba con tener razón: también había que estar cerca de la mesa donde se tomaban las decisiones. Murió en San José de Flores el 10 de septiembre de 1833. Para entonces, la Argentina todavía buscaba su forma definitiva entre guerras, pactos, constituciones fallidas, caudillos, provincias enfrentadas y gobiernos inestables. Paso ya había visto casi todo: la caída del orden colonial, el nacimiento de la Revolución, la declaración de la Independencia y los primeros ensayos de organización nacional. Juan José Paso fue el prócer que no siempre se admiró, pero casi siempre se necesitó. El hombre de la urgencia, la rosca, la ley y la supervivencia. Un protagonista que no entró por la puerta grande del mito, sino por los pasillos reales del poder. Y como diría la ironía de la historia: Paso siempre supo salir del paso. #JuanJoséPaso, #RevoluciónDeMayo, #25DeMayo, #9DeJulio, #IndependenciaArgentina, #HistoriaArgentina, #ProceresArgentinos, #CabildoAbierto, #PrimeraJunta, #CongresoDeTucumán, #ArgentinaHistory, #ArgentineHistory, #MayRevolution, #IndependenceDayArgentina, #FoundingFathers, #LatinAmericanHistory, #HistoryLovers, #HistoriaViva, #MendozAntigua, #EfeméridesArgentinas

La plaza donde Mendoza convirtió el desierto en memoria: los secretos verdes de la Plaza San Martín


En pleno corazón de la Ciudad de Mendoza existe una plaza que no se entiende solamente mirando su monumento. Hay que leerla completa: en sus árboles, en sus senderos, en sus jardines, en sus placas, en las sombras que la cruzan y en ese diálogo silencioso entre historia, arquitectura y naturaleza. La Plaza San Martín no es apenas un lugar de paso. Es un museo vivo al aire libre. Un espacio donde Mendoza guarda parte de su identidad más profunda: la ciudad reconstruida después del terremoto de 1861, la memoria del Libertador, el orgullo sanmartiniano, la cultura del arbolado urbano y esa obsesión mendocina por transformar el desierto en oasis. Su origen se remonta a la Ciudad Nueva, planificada en 1863 por el agrimensor Julio Balloffet, dentro de un trazado de 64 manzanas y cinco plazas: una central, la Plaza Independencia, y cuatro plazas equidistantes pensadas también como espacios de resguardo ante posibles catástrofes. Aquella decisión urbana marcó para siempre el rostro de Mendoza: calles amplias, plazas estratégicas, acequias, árboles y espacios abiertos como parte de una ciudad que debía volver a nacer. Antes de llamarse San Martín, este sitio fue conocido como Plaza Cobo, en homenaje a Juan Francisco Cobo, recordado por haber introducido el álamo en Mendoza. Ese árbol, de crecimiento rápido y madera versátil, terminó siendo mucho más que una especie forestal: ayudó a cambiar la construcción, el paisaje y hasta la vida cotidiana de la provincia. En una tierra árida, plantar árboles no era decoración: era futuro. Con el tiempo, la plaza también fue llamada popularmente “Plaza del Reloj”, porque en 1883 se levantó allí una torre con reloj de cuatro esferas. Aquella estructura marcaba el ritmo de una Mendoza que crecía entre bancos, comercios, instituciones y vida cívica. Pero en 1903 la torre fue demolida para dejar lugar a una obra mayor: el monumento ecuestre al General José de San Martín. El 5 de junio de 1904, durante la gobernación de Elías Villanueva, Mendoza inauguró oficialmente la plaza con su gran homenaje al Libertador. La escultura, realizada en bronce por José F. García, muestra a San Martín montado a caballo y señalando hacia el oeste, hacia la Cordillera de los Andes, el horizonte de la gesta libertadora. Es una réplica de la obra original de José Luis Daumas ubicada en Buenos Aires. Aquel día, según testimonios patrimoniales citados por Los Andes, una multitud de más de 10.000 personas se reunió para rendir homenaje al Padre de la Patria. Pero el monumento también guarda secretos materiales. Su basamento fue construido con grandes bloques de granito traídos desde el Valle de Uspallata y trasladados por el Ferrocarril Trasandino. La obra estuvo a cargo del ingeniero Jacinto Anzorena. Incluso los pilares que sostienen las cadenas alrededor del monumento fueron realizados con cuerpos de cañones de hierro fundido, donados por el Ejército de la Nación. Es decir: piedra andina, memoria militar y símbolo patriótico reunidos en un mismo conjunto. A los pies del Libertador, el verde también habla. El diseño vegetal que rodea el monumento no es un simple adorno. Allí conviven plantas, formas y símbolos que dialogan con la figura de San Martín. El boj, tradicionalmente asociado a la permanencia y a la inmortalidad, aparece como una presencia solemne. La llamada estrella federal, formada por vegetación ornamental, puede leerse como una alusión a la unidad nacional después de los años de divisiones internas. En esa combinación de piedra, bronce, agua y plantas, la plaza construye un mensaje silencioso: la patria también se recuerda desde la tierra. Otro de sus tesoros es el pino de San Lorenzo, plantado en 1925 a partir de un hijuelo vinculado al histórico árbol del convento de San Lorenzo, en Santa Fe, bajo cuya sombra la tradición ubica a San Martín redactando el parte de la victoria del combate de 1813. Así, Mendoza incorporó a su plaza una reliquia vegetal: no solo un árbol, sino una memoria viva de la independencia. La forestación de la plaza también revela una Mendoza abierta al mundo. Plátanos, moreras, palmeras, arbustos, especies ornamentales y árboles exóticos fueron formando un paisaje urbano inspirado en modelos europeos y adaptado al clima local gracias al sistema de riego. No es casualidad: en Mendoza, el arbolado público es parte esencial de la identidad. Investigadores del CONICET destacan que los árboles dan sombra, refrescan el aire, atenúan vientos, reducen ruidos, retienen partículas y están profundamente asociados a las acequias que los riegan, un legado vinculado a la cultura hídrica huarpe. Entre sus curiosidades botánicas aparece también el algarrobo europeo, la Ceratonia siliqua. Sus semillas están ligadas a una historia sorprendente: de ellas deriva la palabra “quilate”, usada para pesar piedras preciosas. Aunque muchas veces se dice que cada semilla pesa exactamente 0,2 gramos, los estudios modernos aclaran que ese peso no es perfecto ni idéntico en todos los casos; lo que sí quedó fijado es el quilate métrico moderno como 200 miligramos. La Plaza San Martín también dialoga con su entorno arquitectónico. Frente a ella se alzan edificios históricos y religiosos que completan su fuerza simbólica. La Basílica de San Francisco, por ejemplo, se vincula directamente con la memoria sanmartiniana: allí descansan los restos de Merceditas, la hija del Libertador, junto a Mariano Balcarce y María Mercedes. Además, conserva la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, declarada por San Martín Patrona y Generala del Ejército de los Andes. Con el paso del tiempo, la plaza fue cambiando. Conservó su memoria original, pero también se adaptó a nuevas épocas. En 1970 se inauguraron obras con desniveles, escalones y jardines asimétricos. En 2018 fue remodelada y reinaugurada con mejoras de accesibilidad, iluminación moderna, conexión urbana y puesta en valor de sus sectores históricos, manteniendo como ejes el monumento central, el pino de San Lorenzo y sus espacios ceremoniales. Por eso, caminar por la Plaza San Martín no es simplemente atravesar una manzana verde del centro mendocino. Es recorrer más de 160 años de historia urbana. Es recordar la Mendoza que se levantó de las ruinas. Es ver cómo una plaza pasó de llamarse Cobo, a ser Plaza del Reloj, hasta convertirse en uno de los grandes altares cívicos del Libertador. Cada árbol, cada cantero, cada piedra y cada sombra cuentan algo. Hablan de la ciudad que eligió plantar vida donde había aridez. De una provincia que hizo del agua una cultura. De una sociedad que convirtió sus plazas en refugio, identidad y memoria. La Plaza San Martín no es solo un espacio público. Es una síntesis de Mendoza: historia, patria, arquitectura, acequias, árboles y símbolo. Un rincón donde el pasado sigue respirando bajo la sombra de sus jardines. #PlazaSanMartinMendoza, #MendozaAntigua, #MendozAntigua, #HistoriaDeMendoza, #CiudadDeMendoza, #SanMartin, #GeneralSanMartin, #PatrimonioMendocino, #MendozaHistorica, #PlazasDeMendoza, #ArboladoUrbano, #AcequiasDeMendoza, #OasisMendocino, #CulturaMendocina, #MemoriaHistorica, #TurismoMendoza, #ArgentinaHistorica, #MendozaHistory, #HistoricMendoza, #SanMartinSquare, #UrbanHeritage, #UrbanForest, #HeritageTrees, #ArgentineHistory, #CulturalHeritage, #MendozaCity, #HistoricalPlaces, #LivingHistory

🇦🇷 EL MONUMENTO QUE NAVEGA HACIA LA ETERNIDAD: por qué el Monumento a la Bandera de Rosario tiene forma de barco


Hay obras que no se miran solamente de frente: hay que contemplarlas desde arriba, desde sus laterales, desde su historia completa. El Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario, es una de ellas. A simple vista puede parecer una torre majestuosa de piedra, escalinatas y esculturas. Pero su secreto más poderoso aparece cuando se entiende su diseño integral: el monumento fue concebido como una gran nave de la Patria avanzando hacia el futuro. No es una metáfora casual. El proyecto ganador del concurso de 1939, presentado bajo el lema “Invicta”, fue obra de los arquitectos Alejandro Bustillo y Ángel Francisco Guido, junto a los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Su simbolismo oficial definía al conjunto como “la nave de la Patria” surcando las aguas de la eternidad en busca de un destino glorioso para la Nación. La elección del lugar tampoco fue accidental. Allí, a orillas del Paraná, en la zona donde estaban las baterías Libertad e Independencia, Manuel Belgrano hizo enarbolar por primera vez la Bandera Argentina el 27 de febrero de 1812, con los colores de la escarapela nacional. El propio sitio histórico del Monumento recuerda que ese primer izamiento ocurrió a las 6:30 de la tarde y que la bandera fue confeccionada por damas rosarinas encabezadas por Catalina Echevarría de Vidal. La parte más impactante del conjunto es la Proa, orientada hacia el río. Allí la arquitectura se transforma en símbolo: la Patria no aparece quieta, sino en marcha. La Patria Abanderada, obra de Alfredo Bigatti, guía esa nave ideal con la bandera en alto. A los costados, enormes figuras representan al Río Paraná y al Océano Atlántico, junto con alegorías de La Pampa y Los Andes, como si todo el territorio argentino empujara esa embarcación de piedra hacia la historia. La torre central se levanta como un mástil monumental. Debajo se encuentra la Cripta de Belgrano, pensada como espacio de homenaje al creador de la enseña patria. Más adelante aparece el Patio Cívico, cuya escalinata monumental recuerda los grandes espacios de reunión pública de la antigüedad, y luego el Propileo Triunfal de la Patria, donde arde la Llama Votiva, homenaje a los hombres y mujeres que sostuvieron la gesta emancipadora. El Monumento también guarda la Galería de Honor de las Banderas de América, un espacio dedicado a la hermandad de las naciones americanas. De esa manera, la obra no se limita a celebrar a la Argentina: proyecta el sueño de una América libre, unida y soberana. Su construcción fue una verdadera epopeya. Las obras comenzaron en 1943 bajo la dirección de Ángel Guido y se extendieron durante catorce años, atravesando dificultades técnicas, económicas y de materiales. Finalmente, el Monumento Nacional a la Bandera fue inaugurado el 20 de junio de 1957, en la fecha que recuerda el paso a la inmortalidad de Manuel Belgrano. Por eso, cuando se lo observa desde el aire, el mensaje se vuelve claro: Rosario no levantó solo una torre. Levantó una nave. Una proa de mármol, bronce y memoria que parece avanzar desde las barrancas del Paraná hacia el porvenir de la Patria. Cada 20 de junio, frente a ese gigante de piedra, la Argentina no solo recuerda a Belgrano. Recuerda el instante en que una bandera nació para distinguir a un pueblo, unir una causa y darle forma visible a una Nación. El Monumento a la Bandera no está detenido en Rosario: navega para siempre en la memoria argentina. #MonumentoALaBandera #Rosario #ManuelBelgrano #DiaDeLaBandera #BanderaArgentina #HistoriaArgentina #Patria #Argentina #RosarioSantaFe #Belgrano #20DeJunio #HistoriaViva #MendozAntigua #ArgentineFlag #FlagDay #ArgentineHistory #NationalFlagMemorial #RosarioArgentina #SouthAmericaHistory #HistoricArgentina

EL TREN QUE CAMBIÓ EL DESTINO DEL VINO: CUANDO MENDOZA SE SUBIÓ A LOS RIELES DE LA HISTORIA


Hubo un tiempo en que Mendoza producía vino, pero todavía no tenía el camino suficiente para conquistar el país. Las bodegas, los viñedos, los carros, las mulas, las acequias y el esfuerzo de miles de trabajadores formaban parte de una economía que miraba hacia el futuro, pero que necesitaba una fuerza capaz de romper las distancias. Esa fuerza llegó sobre rieles. El ferrocarril no fue solamente un medio de transporte. Fue una revolución silenciosa. Allí donde antes el traslado dependía de la tracción a sangre, de caminos difíciles y de viajes largos, el tren abrió una nueva etapa: permitió mover grandes volúmenes, conectar regiones, abaratar tiempos, ordenar mercados y transformar la producción. En la Argentina de fines del siglo XIX, los rieles no solo llevaron pasajeros: llevaron trigo, ganado, azúcar, vino, inmigrantes, maquinaria, ideas y modernidad. En Mendoza, su impacto fue decisivo. La llegada del ferrocarril en 1885 marcó el comienzo de una transformación profunda. La provincia, ubicada al pie de la Cordillera y sostenida por sus oasis de riego, empezó a integrarse con mayor fuerza al mercado nacional. El vino mendocino dejó de ser solamente una producción regional para proyectarse hacia los grandes centros de consumo, especialmente Buenos Aires y Rosario. La vitivinicultura moderna no nació de un solo factor. Fue el resultado de una combinación poderosa: inmigración europea, nuevas técnicas agrícolas, inversión bodeguera, expansión del viñedo, transformación industrial, protección estatal, crecimiento urbano y, sobre todo, transporte ferroviario. Sin el tren, la expansión del vino mendocino habría tenido límites mucho más estrechos. Por eso, estudiar el ferrocarril es estudiar el corazón económico de una época. En distintas partes del mundo, los historiadores han demostrado que los rieles cambiaron la forma de producir, vender y ocupar el territorio. En España, las regiones vitivinícolas encontraron en el tren una herramienta para llevar sus vinos a mercados que antes parecían lejanos. En México, la expansión ferroviaria mostró la fuerte relación entre el Estado, las empresas privadas y los centros productivos. En Bolivia, los ferrocarriles vinculados a la minería revelaron cómo las élites buscaron nuevos mercados, aunque muchas veces los beneficios quedaron en manos extranjeras. Mendoza vivió su propia versión de esa historia. Aquí, el ferrocarril se convirtió en un verdadero organizador del espacio productivo. No solo unía ciudades: también acercaba bodegas, estaciones, depósitos, viñedos y mercados. Los desvíos ferroviarios fueron una pieza clave de ese engranaje. Esos ramales secundarios, muchas veces tendidos hacia establecimientos bodegueros, permitieron que el vino pasara de la bodega al vagón con mayor rapidez y eficiencia. La imagen es poderosa: la uva llegaba en carro, el vino salía en vagones. De los viñedos al tonel, del tonel al tren, del tren a los grandes mercados. Cada estación se transformaba en una puerta de salida. Cada desvío ferroviario podía significar ahorro, velocidad y competitividad. Cada bodega conectada a los rieles ganaba una ventaja en una economía cada vez más exigente. Pero el tren también mostró las tensiones de la modernidad. El progreso no fue puro ni perfecto. Las tarifas, los monopolios, la administración extranjera de muchas líneas y la dependencia de los grandes centros consumidores también condicionaron a los productores mendocinos. El ferrocarril abría puertas, pero también podía marcar límites. Permitía crecer, pero obligaba a competir. Acercaba mercados, pero también exponía a crisis de precios, especulación y dependencia comercial. Aun así, su papel fue monumental. Sin los rieles, la Mendoza vitivinícola no habría crecido con la misma fuerza ni con la misma velocidad. El ferrocarril ayudó a dibujar una nueva geografía: bodegas cerca de estaciones, pueblos alrededor de vías, trabajadores moviéndose hacia zonas productivas, maquinaria entrando a los establecimientos y vino saliendo hacia el resto del país. La historia ferroviaria mendocina no es solo una historia de locomotoras. Es una historia de transformación económica, de empresarios bodegueros, de obreros, de viñateros, de estaciones cargadas de movimiento, de toneles, bordelesas, humo, silbatos y esfuerzo colectivo. Es la historia de una provincia que encontró en el tren una herramienta para dejar atrás una economía más cerrada y entrar de lleno en la era de la agroindustria moderna. Los estudios internacionales permiten comparar esa experiencia con otros territorios. España, México y Bolivia muestran que el ferrocarril fue mucho más que infraestructura: fue poder, mercado, política y territorio. Mendoza, con su vino, sus bodegas y sus desvíos ferroviarios, forma parte de esa gran historia mundial del transporte y la producción. Cada vía tendida fue una promesa de futuro. Cada estación, un punto de encuentro entre el campo y la ciudad. Cada vagón cargado de vino, una señal de que Mendoza ya no estaba aislada. El tren llevó la producción mendocina más allá de sus montañas, pero también trajo una nueva forma de pensar la economía, el espacio y el progreso. Por eso, cuando hablamos del ferrocarril en Mendoza, hablamos de mucho más que rieles. Hablamos del momento en que la provincia empezó a moverse a otra velocidad. Hablamos del instante en que el vino encontró su camino hacia el país. Hablamos de una Mendoza que dejó de mirar el mercado desde lejos y comenzó a conquistarlo vagón por vagón. El ferrocarril no solo transportó vino: transportó el destino moderno de Mendoza. #MendozAntigua #Ferrocarril #FerrocarrilMendoza #FerrocarrilAndino #HistoriaFerroviaria #MendozaHistorica #HistoriaDeMendoza #Vitivinicultura #VinoMendocino #BodegasMendocinas #DesviosFerroviarios #UvaEnCarroVinoEnVagones #IndustriaDelVino #PatrimonioFerroviario #Mendoza #Cuyo #ArgentinaHistorica #EconomiaRegional #Bodegas #Viñedos #HistoriaArgentina #PatrimonioMendocino #RailwayHistory #MendozaHistory #ArgentineHistory #WineHistory #RailroadHistory #WineIndustry #CulturalHeritage #HistoricMendoza

20 DE JUNIO DE 2017, MUERE EL ARQUITECTO DE LA PALABRA: LUIS RICARDO CASNATI, EL SANRAFAELINO QUE CONSTRUYÓ BELLEZA EN MENDOZA


El 20 de junio de 2017, Mendoza despidió a una de esas figuras difíciles de encasillar: Luis Ricardo Casnati, arquitecto, escritor, poeta, diseñador, docente y creador incansable. Había nacido en San Rafael el 21 de junio de 1926 y murió apenas un día antes de cumplir 91 años, dejando una huella profunda en la cultura mendocina. Casnati fue un hombre que no eligió entre los planos y los versos: habitó ambos mundos con la misma intensidad. Desde joven estuvo marcado por la literatura. A los 15 años fue alumno del gran poeta Alfredo Bufano, una influencia decisiva para despertar en él la sensibilidad por la palabra, la forma, el ritmo y la belleza. Más tarde se trasladó a Córdoba, donde se recibió de arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba en 1952. Pero su destino estaba unido a Mendoza. En 1958 fue nombrado director de Arquitectura de la Provincia y se radicó definitivamente en la capital mendocina. Desde entonces, su obra comenzó a expandirse como una síntesis poderosa entre arquitectura, arte, diseño y poesía. Vivió en Las Cañas, Guaymallén, donde diseñó y construyó su propia casa, un espacio que también reflejaba su universo interior: allí llegó a reunir una biblioteca de unos 3.000 libros. Su aporte institucional fue enorme. Fue cofundador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Mendoza, donde también ejerció la docencia. Además, presidió la Sociedad de Arquitectos de Mendoza, el Colegio de Arquitectos y la Sociedad Argentina de Escritores filial Mendoza, institución en la que también ocupó cargos de relevancia a nivel nacional. En la literatura mendocina, Casnati ocupa un lugar mayor. Su obra poética comenzó con De avena o pájaros, publicado en 1965, y continuó con títulos como Aquel San Rafael de los álamos, La batalla del oro, Cantata a dos voces, Balanzas, cabras y gemelos, La hilandera y La luna en el agua. También escribió narrativa, cuentos y prosa poética, siempre atravesado por la memoria, el paisaje, el amor, el tiempo, la nostalgia y esa Mendoza profunda que tantas veces transformó en palabra. En arquitectura, su sello fue igualmente personal. No construía solamente edificios: creaba atmósferas. Sus obras dialogaban con la luz, la piedra, la madera, el ladrillo, las curvas, las bóvedas, los arcos y los detalles artesanales. Fue parte del movimiento moderno en la arquitectura y las artes de Mendoza, pero con una sensibilidad propia, ligada a lo humano, a lo regional y a la belleza de los materiales nobles. También fue diseñador de mobiliario y trabajó junto a artistas como Luis Quesada, integrando arte, oficio y arquitectura en piezas únicas. En Casnati, una puerta, una silla, una casa o un poema podían formar parte de una misma visión del mundo. En marzo de 2017, pocos meses antes de su muerte, la Cámara de Senadores de Mendoza lo distinguió por su trayectoria y su aporte al arte mendocino. Fue un reconocimiento justo para un hombre que dedicó su vida a crear, enseñar, escribir, proyectar y defender la cultura como una forma superior de existencia. Luis Ricardo Casnati murió el 20 de junio de 2017 en Mendoza. Pero su legado no se fue. Quedó en sus libros, en sus casas, en sus alumnos, en sus diseños, en las instituciones que ayudó a construir y en esa forma tan suya de entender la vida: como una obra donde la palabra y la arquitectura podían tocarse. Mendoza no solo lo recuerda como arquitecto o poeta. Lo recuerda como un creador total. Un hombre que levantó muros, pero también levantó imágenes. Que dibujó planos, pero también escribió emociones. Que nació en San Rafael y terminó convirtiéndose en una de las voces más sensibles y originales de la cultura mendocina. Luis Ricardo Casnati: el arquitecto que escribió con piedra y el poeta que construyó con palabras. #LuisRicardoCasnati #Casnati #MendozAntigua #SanRafael #Mendoza #Guaymallen #HistoriaDeMendoza #MendozaHistorica #ArquitecturaMendocina #LiteraturaMendocina #PoesiaMendocina #ArquitectosArgentinos #EscritoresArgentinos #CulturaMendocina #UniversidadDeMendoza #SADE #AlfredoBufano #PatrimonioMendocino #ArteMendocino #MemoriaCultural #ArgentinaHistorica #ArgentineHistory #MendozaHistory #ArgentineArchitecture #LatinAmericanArchitecture #ArgentineWriters #PoetryLovers #CulturalHeritage #HistoricMendoza #DesignHistory

EL ÚLTIMO ADIÓS DE SAN MARTÍN: REMEDIOS DE ESCALADA, MERCEDITAS Y LOS PADRES DEL LIBERTADOR


En el corazón del Cementerio de la Recoleta, entre mármol, cruces, placas antiguas, bóvedas solemnes y silencio histórico, existe un rincón que parece guardar una de las escenas más íntimas y dolorosas de la vida del General José de San Martín. Allí descansa María de los Remedios de Escalada, la joven esposa del Libertador. No fue una figura secundaria en la historia. Fue compañera de San Martín en años decisivos, madre de Mercedes Tomasa y parte de aquella trama humana que acompañó la epopeya libertadora desde Buenos Aires hasta Mendoza. Remedios había nacido en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1797. Se casó con José de San Martín en 1812, poco después del regreso del futuro Libertador al Río de la Plata. En 1816, en Mendoza, nació Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, la recordada “infanta mendocina”, única hija del matrimonio. La historia de Remedios también está profundamente unida a Mendoza. Durante los años en que San Martín fue gobernador intendente de Cuyo y organizó el Ejército de los Andes, ella acompañó ese proceso desde el costado más íntimo, social y patriótico de la gesta. En tiempos de sacrificio, preparación militar, escasez y esperanza americana, las mujeres también fueron parte de la causa. Pero la gloria de la independencia convivía con una tragedia familiar. Remedios enfermó gravemente y regresó a Buenos Aires junto a su hija. El 3 de agosto de 1823 murió con apenas 25 años. San Martín no llegó a despedirla en vida. Cuando volvió, encontró una ausencia imposible de reparar. Frente a su sepultura mandó colocar una lápida sencilla, profunda y eterna: allí descansaba Remedios de Escalada, esposa y amiga del General San Martín. Esa frase revela algo inmenso: detrás del héroe de los Andes, del estratega continental y del Padre de la Patria, había también un hombre golpeado por la pérdida. El Cementerio de la Recoleta había sido inaugurado en 1822, apenas un año antes de la muerte de Remedios. Por eso su sepultura pertenece a las más antiguas de aquella necrópolis porteña, convertida con el tiempo en uno de los grandes lugares de memoria de la Argentina. Después de despedirse de su esposa, San Martín aceleró una decisión definitiva. El 10 de febrero de 1824 partió hacia Europa junto a su pequeña hija Mercedes. No se trató de un viaje cualquiera: fue el comienzo de un largo alejamiento de la patria, marcado por las disputas internas, las heridas políticas y su decisión de no levantar su sable contra otros argentinos. Ese gesto engrandece aún más su figura. San Martín había cruzado los Andes, liberado pueblos y enfrentado imperios, pero se negó a manchar su espada en guerras civiles. Eligió el silencio, la distancia y el sacrificio antes que participar en la división de la tierra que ayudó a liberar. La historia también guarda otro símbolo poderoso en ese mismo sector de la Recoleta: el recuerdo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras, los padres del Libertador. Durante décadas, sus restos estuvieron vinculados a este espacio porteño hasta que una disposición nacional ordenó su traslado a Yapeyú, Corrientes, tierra natal de José de San Martín. Allí, junto a la memoria de la casa familiar, descansan los progenitores de quien sería uno de los grandes libertadores de América. Mientras tanto, los restos del General San Martín reposan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, frente a la Plaza de Mayo, en un mausoleo construido para custodiar su memoria. De un lado, la solemnidad nacional del Padre de la Patria. Del otro, en la Recoleta, la intimidad de Remedios, su hija Mercedes y el recuerdo de sus padres. La escena emociona porque muestra al San Martín menos monumental y más humano. El hombre que venció montañas también conoció la soledad. El militar que cambió el destino de medio continente también sufrió la muerte de su esposa. El héroe que pudo aspirar al poder prefirió partir antes que ser arrastrado por la violencia política. En ese rincón de la Recoleta no solo hay una tumba. Hay una despedida. Hay una familia partida por la historia. Hay una niña llamada Mercedes. Hay una mujer joven que murió demasiado pronto. Hay unos padres que dieron origen al Libertador. Y hay un país entero mirando, todavía hoy, la dimensión humana de su héroe más grande. San Martín no fue gigante porque no sufrió. Fue gigante porque, aun sufriendo, jamás traicionó su honor. #MendozAntigua #SanMartin #JoseDeSanMartin #RemediosDeEscalada #Merceditas #MercedesSanMartin #PadreDeLaPatria #Libertador #LibertadorDeAmerica #HistoriaArgentina #ArgentinaHistorica #CementerioDeLaRecoleta #Recoleta #BuenosAires #CatedralMetropolitana #MausoleoSanMartin #Yapeyu #GregoriaMatorras #JuanDeSanMartin #EjercitoDeLosAndes #Mendoza #HistoriaDeMendoza #MendozaHistorica #Patria #Independencia #ProceresArgentinos #ArgentineHistory #HistoryLovers #SouthAmericanHistory #LatinAmericanHistory #SanMartinLegacy #ArgentinaHistory #HistoricArgentina #BuenosAiresHistory #CulturalHeritage #HeritageHistory #IndependenceHistory #AmericanLiberators #RecoletaCemetery #MendozaHistory

CALLE AGUSTÍN ÁLVAREZ: UNA TARDE ENTRE HISTORIA Y MEMORIA MENDOCINA



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https://youtu.be/4WbZqJoWWf0) Recorrer calle Agustín Álvarez hacia el oeste es mirar una Mendoza serena, arbolada y cotidiana, pero también cargada de historia. Su nombre recuerda a un mendocino notable: Agustín Álvarez, nacido en 1857, sobreviviente del terremoto de 1861, abogado, militar, docente, escritor y pensador argentino. En cada cuadra aparecen señales de la ciudad reconstruida después de aquella tragedia: calles amplias, acequias, árboles y una identidad urbana única. Mendoza no solo se camina: se interpreta. Cada calle conserva una parte de su memoria. Y en esta tarde de junio, avanzar hacia el oeste por Agustín Álvarez es volver a sentir que la historia mendocina sigue viva bajo la sombra de sus árboles. #MendozAntigua #Mendoza #CiudadDeMendoza #AgustinAlvarez #HistoriaDeMendoza #MendozaAntigua #CallesDeMendoza #Cuyo #ArgentinaHistorica #PatrimonioMendocino #HistoricMendoza #ArgentinaHistory #MendozaCity #UrbanHistory

20 de Junio de 1962 - MENDOZA Y BELGRANO: LA PIEDRA, LA BANDERA Y LA MEMORIA DE UN HÉROE ETERNO


El 20 de junio de 1962, Mendoza volvió a inclinarse ante uno de los nombres más altos de la historia argentina: Manuel Belgrano, creador de la Bandera Nacional, militar de la independencia, abogado, economista, periodista, educador y servidor absoluto de la patria. En el corazón del Barrio Bombal, la ciudad ya había decidido honrarlo años antes: en 1950, el municipio capitalino dio el nombre de Manuel Belgrano a una plaza del barrio. Más tarde, en julio de 1961, se impulsó la construcción de una estatua en su memoria, iniciativa que fue aprobada por la Ley Provincial Nº 2834. La obra fue confiada al escultor Juan José Cardona, artista clave de la escultura mendocina, quien realizó una figura de 2,35 metros de altura, levantada sobre un pedestal de 1,95 metros. La inauguración tuvo un sentido histórico profundo: coincidió con el sesquicentenario de la creación de la Bandera Argentina, aquella enseña que Belgrano hizo flamear por primera vez el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, en Rosario, frente a las baterías Libertad e Independencia. El monumento quedó ubicado en el sector oeste de la plaza, dejando al frente un amplio espacio ceremonial y un mástil destinado a la Bandera Nacional. Allí, Belgrano aparece representado con uniforme militar, firme y austero, unido visualmente al bloque de piedra posterior, como si su figura emergiera de la propia tierra. No es una estatua decorativa: es una presencia cívica, una lección de memoria en medio del paisaje urbano mendocino. La plaza Belgrano del Barrio Bombal se ubica entre las calles La Pampa, Serú y Capitán de Fragata Moyano, y en años recientes fue puesta nuevamente en valor por la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, con obras sobre la explanada central, caminos y equipamiento urbano. La escultura de Cardona también habla de una época artística. Su composición se aleja del monumento académico tradicional y se acerca a un lenguaje más moderno, de formas sólidas, bloques marcados y espíritu constructivo. En esa piedra trabajada no solo está Belgrano: está también una Mendoza que en los años 60 buscaba renovar sus espacios públicos y darle nuevas formas a la memoria nacional. Cada 20 de junio, la Argentina recuerda a Belgrano porque murió ese día, en 1820, en Buenos Aires. La fecha fue establecida como Día de la Bandera por la Ley 12.361, sancionada en 1938, durante la presidencia de Roberto M. Ortiz. Pero en Mendoza, ese homenaje tiene también un rostro de piedra, una plaza, un mástil y una comunidad: autoridades provinciales y municipales, la Sociedad Belgraniana de Mendoza y la comisión vecinal del Barrio Bombal acompañaron aquel acto que convirtió a la plaza en un espacio de identidad, patriotismo y memoria. Porque Belgrano no fue solamente el creador de una bandera. Fue un hombre que pensó un país con educación, trabajo, industria, comercio, virtud pública y sacrificio. Su monumento en Mendoza nos recuerda que los símbolos patrios no viven solo en los libros: también respiran en las plazas, en los barrios y en cada bandera que vuelve a elevarse al cielo.#ManuelBelgrano, #DiaDeLaBandera, #BanderaArgentina, #Mendoza, #BarrioBombal, #PlazaBelgrano, #HistoriaArgentina, #HistoriaDeMendoza, #PatrimonioMendocino, #MendozaAntigua, #ProceresArgentinos, #Argentina, #Efemerides, #MemoriaHistorica, #CulturaArgentina, #Belgrano, #ArgentineFlag, #FlagDay, #ArgentineHistory, #MendozaArgentina, #HistoricalMemory, #CulturalHeritage, #NationalHeroes, #HistoryLovers

20 de Junio de 1924 - MENDOZA AL AIRE: EL DÍA EN QUE EL PARQUE SAN MARTÍN ENCENDIÓ LA PRIMERA VOZ DE LA RADIO CUYANA


El 20 de junio de 1924, Mendoza escribió una página decisiva en la historia de sus comunicaciones. Ese día, mediante el decreto Nº 227 del Gobierno provincial, fue entregada en concesión la primera radioemisora mendocina: L.O.U. Radio Parque General San Martín, una estación nacida para llevar cultura, música e información a una provincia que comenzaba a escuchar el futuro. La emisora había surgido en el corazón simbólico de Mendoza: el Parque General San Martín, en las cercanías de sus históricos portones. Aquel no era un lugar cualquiera. El gran parque mendocino, creado por ley el 6 de noviembre de 1896 como Parque del Oeste, fue pensado como un pulmón verde para embellecer la ciudad, mejorar la salud pública y darle identidad a una provincia marcada por el clima árido. Desde ese entorno de árboles, acequias, caminos y modernidad urbana, la radio empezó a abrirse paso. La historia de Radio Parque se vincula con los pioneros Eduardo Bradley y Jorge Duclout, protagonistas de los primeros ensayos de la radiodifusión mendocina. El Gobierno de Mendoza recuerda que el 17 de marzo de 1924, desde una instalación ubicada a metros de los portones del Parque, en Boulogne Sur Mer 920, se emitió la voz de Duclout a la 1:23 de la madrugada, dando inicio al primer capítulo de la radio en Mendoza. Pero el 20 de junio de 1924 fue el gran paso institucional: la radio dejaba de ser solo una aventura técnica para convertirse en un servicio cultural organizado. Los fundamentos de la concesión señalaban su objetivo: desarrollar la cultura y la información en la provincia de Mendoza. En tiempos en que los aparatos receptores todavía eran una rareza, aquella emisora funcionaba con apenas 55 vatios de potencia y contaba con 16 estaciones receptoras en la ciudad, según registros históricos difundidos sobre la vida cultural mendocina. Sus transmisiones tenían algo mágico: no eran grabaciones lejanas ni sonidos industriales, sino programas en vivo. Entre las 20:30 y las 22:30, los oyentes podían escuchar a la Orquesta Sánchez y a un solista de piano, en una época en la que reunirse alrededor de la radio empezaba a reemplazar lentamente a las viejas tertulias domésticas, al gramófono y a muchas formas tradicionales de circulación musical. La radio transformó la vida cotidiana. Cambió la manera de escuchar música, de recibir noticias, de compartir una voz a la distancia. En la Argentina, la radiodifusión ya había tenido un punto fundacional el 27 de agosto de 1920, cuando Enrique Susini, Luis Romero Carranza, César Guerrico y Miguel Mujica transmitieron la ópera Parsifal desde el techo del Teatro Coliseo de Buenos Aires, en una experiencia que marcaría para siempre la historia de la radio nacional. Mendoza no quedó al margen de esa revolución. Desde el Parque San Martín, L.O.U. Radio Parque fue mucho más que una antena: fue una puerta invisible por donde entraron la música, la palabra, la noticia y la modernidad. Allí, donde la ciudad había construido su gran oasis urbano, también comenzó a levantar otro paisaje: el del sonido viajando por el aire. Aquel pequeño transmisor de 55 vatios no parecía poderoso. Pero su alcance histórico fue enorme. Porque desde ese rincón del Parque General San Martín, Mendoza empezó a escucharse a sí misma de una forma nueva. L.O.U. Radio Parque no fue solo la primera radioemisora mendocina. Fue la voz inicial de una provincia entrando en la era de la comunicación moderna. #MendozaAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #RadioParque #LOUradioParque #ParqueGeneralSanMartin #RadioArgentina #Radiodifusion #HistoriaArgentina #CulturaMendocina #MendozaHistorica #Efemerides #20DeJunio #MemoriaMendocina #PatrimonioCultural #VintageMendoza #ArgentinaHistory #MendozaHistory #RadioHistory #BroadcastingHistory #CulturalHeritage #OldMendoza #HistoricMendoza #ArgentinaCulture

20 de Junio de 1923 - EL SURTIDOR QUE ENCENDIÓ LA ARGENTINA MODERNA


El 20 de junio de 1923, la Argentina dio un paso silencioso pero decisivo hacia la modernidad: el ingeniero Torcuato Di Tella fabricó en su empresa SIAM el primer surtidor de nafta para vehículos destinado al uso público. No fue solamente una máquina. Fue una señal de época. A comienzos de la década de 1920, el automóvil empezaba a transformar las ciudades, los caminos, el comercio y la vida cotidiana. Las viejas postales de carros, tranvías y caballos comenzaban a convivir con motores, talleres, neumáticos, bocinas y estaciones de expendio. El país entraba, lentamente, en la era del combustible, la velocidad y la industria nacional. Torcuato Di Tella, nacido en Italia y radicado desde niño en la Argentina, ya había demostrado una capacidad extraordinaria para convertir ideas en máquinas. Fundador de SIAM, una empresa que había comenzado con amasadoras mecánicas para panaderías, fue ampliando su horizonte hacia nuevos rubros industriales. Su visión era clara: fabricar en el país aquello que hasta entonces parecía condenado a importarse. En ese contexto apareció una necesidad urgente: surtidores de nafta para abastecer a un parque automotor en crecimiento. La Argentina necesitaba infraestructura para sus vehículos, y Di Tella entendió que allí había mucho más que un negocio: había una oportunidad histórica para la industria nacional. La fecha quedó marcada: el 20 de junio de 1923 se construyó el primer surtidor de nafta para vehículos, fabricado por Torcuato Di Tella. Aquel avance coincidía con los primeros años de YPF, creada en 1922, y con la etapa impulsada por el general Enrique Mosconi, quien veía al petróleo como una herramienta estratégica para la soberanía económica del país. La relación entre YPF y SIAM sería fundamental. La empresa estatal necesitaba expandir la distribución de combustibles, y SIAM aportaba tecnología, fabricación local y capacidad industrial. Esa alianza ayudó a construir una red material para la Argentina motorizada: surtidores, estaciones, abastecimiento, caminos y una nueva cultura urbana ligada al automóvil. Con el tiempo, SIAM se transformaría en uno de los grandes nombres de la industria argentina. Fabricó surtidores, maquinaria, electrodomésticos, heladeras, motonetas, furgonetas y hasta automóviles. Pero aquel surtidor de 1923 ocupa un lugar especial: representa el momento en que una empresa nacional puso metal, ingeniería y visión al servicio de una Argentina que comenzaba a moverse de otra manera. Detrás de esa máquina había mucho más que nafta. Había petróleo argentino, industria nacional, innovación, trabajo obrero, ingeniería, crecimiento urbano y una idea poderosa: que el país podía fabricar sus propias herramientas para entrar al futuro. Un surtidor. Una fábrica. Un ingeniero visionario. Una Argentina que empezaba a acelerar. #TorcuatoDiTella #SIAM #YPF #IndustriaArgentina #HistoriaArgentina #EfemeridesArgentinas #AutomovilismoAntiguo #SurtidorDeNafta #IngenieriaArgentina #PetroleoArgentino #EnriqueMosconi #ArgentinaIndustrial #BuenosAiresAntigua #HistoriaDelAutomovil #ArgentinaHistory #IndustrialHistory #YPFHistory #OilHistory #AutomotiveHistory #VintageCars #MadeInArgentina

20 de Junio de 1927 - EL DÍA EN QUE BUENOS AIRES SEMBRÓ UN GIGANTE DE LA MEDICINA ARGENTINA


El 20 de junio de 1927, mientras la Argentina recordaba a Manuel Belgrano y su legado patrio, Buenos Aires fue escenario de otro acto cargado de futuro: se colocó la piedra fundamental del nuevo edificio del Hospital de Clínicas, el gran hospital escuela que con el tiempo sería conocido como Hospital de Clínicas “José de San Martín”. Aquel acto no fue una simple ceremonia de obra pública. Fue el comienzo simbólico de una ambición enorme: levantar un centro médico moderno, universitario, científico y asistencial, capaz de reemplazar al viejo Hospital de Clínicas y responder a una ciudad que ya había cambiado para siempre. El predio elegido estaba limitado por las actuales calles Córdoba, Uriburu, Paraguay y Azcuénaga, en pleno corazón porteño. Allí, sobre esa manzana destinada a la salud y al conocimiento, se proyectaba un edificio monumental para la medicina argentina. La historia venía de lejos. El antiguo Hospital de Clínicas había comenzado a construirse en 1877 y, aun antes de terminarse, ya había sido parte de la historia nacional: durante los conflictos por la federalización de Buenos Aires, en 1880, funcionó como cuartel y hospital para heridos. Poco después, quedó ligado a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y se convirtió en una verdadera escuela de médicos. Por sus salas, aulas y pabellones pasaron nombres fundamentales de la medicina argentina. Allí se formaron generaciones de profesionales, se impulsaron investigaciones, se realizaron prácticas pioneras y se escribieron páginas decisivas de la salud pública y universitaria del país. La propia historia institucional recuerda hitos notables: la primera operación filmada de la historia de la medicina, realizada en 1899 por Alejandro Posadas; avances en cirugía, clínica médica, residencias, ética hospitalaria e investigación. Pero el viejo edificio empezó a quedar chico. Buenos Aires crecía, la población aumentaba, la medicina se modernizaba y el hospital necesitaba una nueva casa. Hubo proyectos, leyes, debates, marchas y contramarchas. La idea de un gran policlínico universitario atravesó años de discusiones políticas, técnicas y presupuestarias. Finalmente, el 20 de junio de 1927, con la presencia del presidente Marcelo T. de Alvear, se colocó la piedra fundamental del futuro edificio. La obra no avanzó de manera sencilla. Como tantas grandes construcciones argentinas, debió enfrentar demoras, crisis, falta de recursos y cambios de gobierno. Recién décadas después el nuevo hospital fue tomando forma definitiva. El proyecto terminó convertido en una estructura gigantesca, pensada como un verdadero complejo de asistencia, docencia e investigación. Hoy, el Hospital de Clínicas “José de San Martín” sigue siendo uno de los símbolos más importantes de la medicina universitaria argentina. Ubicado en Avenida Córdoba 2351, pertenece a la Universidad de Buenos Aires y funciona como hospital escuela de alta complejidad, con atención, formación profesional e investigación científica. Aquella piedra colocada en 1927 no marcó solamente el inicio de un edificio. Marcó la continuidad de una misión: curar, enseñar, investigar y servir. En esa manzana porteña quedó grabada una idea poderosa: que la salud pública y la universidad podían caminar juntas para construir futuro. Una piedra. Una obra inmensa. Un hospital escuela. Una página viva de la medicina argentina. #HospitalDeClinicas #JoseDeSanMartin #UBA #UniversidadDeBuenosAires #MedicinaArgentina #HistoriaArgentina #BuenosAiresAntigua #SaludPublica #HospitalEscuela #EfemeridesArgentinas #HistoriaDeLaMedicina #ArgentinaHistory #MedicalHistory #BuenosAiresHistory #PublicHealth #TeachingHospital #UniversityHospital #HistoricArgentina

20 DE JUNIO DE 1929 - MALEVAJE: EL TANGO QUE HIZO TEMBLAR AL ARRABAL


Buenos Aires, fines de la década de 1920. El tango ya no era solamente música de orillas, patios, cafés, prostíbulos, conventillos y esquinas bravas. Estaba entrando a los teatros, a los discos, a la radio, al cine y a la memoria popular. En ese mundo de faroles, empedrados, guitarras y bandoneones nació una de las obras más intensas del cancionero porteño: “Malevaje”. La fecha del 20 de junio de 1929 suele aparecer asociada a este tango porque ese día quedó registrada una versión histórica de Carlos Gardel, acompañado por guitarras, en Buenos Aires. Pero la historia venía de antes. Las referencias más difundidas señalan que Azucena Maizani, una de las grandes voces femeninas del tango, ya lo había estrenado el 21 de septiembre de 1928, en la obra “La Fiesta del Tango”, presentada en el Teatro Astral de la ciudad de Buenos Aires. Y allí aparece la fuerza de una escena casi cinematográfica: Azucena Maizani, la inolvidable “Ñata Gaucha”, llevando al público una historia de arrabal, deseo, caída y transformación. No era una canción más. Era un golpe directo al mito del guapo invencible. “Malevaje” tuvo música de Juan de Dios Filiberto, el enorme compositor nacido en La Boca, el mismo universo espiritual de Caminito, de las calles obreras, de los barcos, del Riachuelo, de los conventillos de colores y del arte popular. Filiberto fue mucho más que un músico: fue una figura central para consolidar el tango como expresión argentina y porteña, un creador vinculado profundamente con la identidad cultural de La Boca. La letra fue de Enrique Santos Discépolo, uno de los cerebros más filosos y sensibles de la cultura argentina. Discépolo no escribía tangos simplemente para ser cantados: escribía pequeñas tragedias humanas. En sus versos, el barrio hablaba, sufría, se burlaba de sí mismo y mostraba las heridas de una sociedad llena de contradicciones. En “Malevaje”, el protagonista no es el compadrito triunfante ni el malevo de cuchillo fácil. Es un hombre quebrado. Alguien que pierde el cartel de bravo, que ya no puede sostener la máscara de dureza, que se descubre vulnerable frente al amor y frente a una mujer que lo desarma. El tango rompe con la imagen del coraje como pose y muestra algo mucho más profundo: el derrumbe íntimo de quien parecía invencible. Por eso “Malevaje” es tan poderoso. Porque habla del arrabal, sí, pero también habla de todos los tiempos. Habla de la identidad que se cae, del orgullo herido, del amor que cambia a una persona, de la mirada de los otros, del barrio que juzga, del hombre que ya no se reconoce a sí mismo. Azucena Maizani fue fundamental en esa primera vida del tango. Nacida en Buenos Aires en 1902, cancionista, compositora y letrista, se convirtió en una figura pionera de la canción criolla y ciudadana. Su presencia escénica rompió moldes: podía aparecer con atuendos criollos, con gestos fuertes, con una manera de cantar cargada de emoción, temperamento y verdad. En una época dominada por grandes voces masculinas, Maizani abrió camino con una personalidad inolvidable. Luego llegarían otras versiones, otros intérpretes y nuevas lecturas. Gardel lo grabaría en 1929 y el tango seguiría viajando por décadas, atravesando orquestas, cantores, escenarios y generaciones. Pero el corazón de “Malevaje” quedó marcado desde el comienzo por esa alianza monumental: Filiberto en la música, Discépolo en la palabra y Azucena Maizani en la voz inicial de la leyenda. La Boca, el Teatro Astral, el disco de pasta, el tango-canción, el arrabal y la ciudad moderna se cruzan en esta historia. “Malevaje” no fue solamente un tango exitoso. Fue una radiografía emocional de Buenos Aires. Una pieza donde la bravura se vuelve fragilidad, donde el barrio mira con asombro y donde el amor puede más que el cuchillo, el orgullo y la fama de guapo. A casi un siglo de aquellos días, “Malevaje” sigue sonando como una confesión ardiente. Porque los grandes tangos no envejecen: se quedan escondidos en la memoria popular, esperando que una voz los despierte otra vez. Malevaje no contó solamente una historia de amor. Contó la derrota íntima del malevo frente a lo único que no podía dominar: el corazón. #Malevaje #AzucenaMaizani #JuanDeDiosFiliberto #EnriqueSantosDiscepolo #TangoArgentino #HistoriaDelTango #BuenosAiresAntigua #LaBoca #CarlosGardel #TeatroAstral #CulturaArgentina #MusicaPopular #Arrabal #TangoHistory #ArgentineTango #BuenosAiresHistory #LatinAmericanMusic #TangoLegend #VintageArgentina #CulturalHeritage

🇦🇷⚽ EL DÍA EN QUE LA PELOTA EMPEZÓ A RODAR EN LA ARGENTINA: 20 DE JUNIO DE 1867 (Imagen Ilustrativa)


Mucho antes de los estadios repletos, de las tribunas encendidas, de los clásicos eternos, de las radios vibrando los domingos, de Maradona, Messi y las estrellas sobre el escudo, hubo una escena casi silenciosa, extraña y fundacional: un grupo de británicos corriendo detrás de una pelota de cuero en Buenos Aires. Era el 20 de junio de 1867. En el campo del Buenos Aires Cricket Club, en la zona de Palermo, cerca de donde hoy se levanta el Planetario porteño, se jugó el primer partido documentado de fútbol en la Argentina. Aquel encuentro no tenía todavía la magnitud de una epopeya popular. No había hinchadas, camisetas legendarias ni tablones estremecidos. Había curiosidad, desconcierto y algunos hombres vestidos de una manera que para muchos porteños resultaba insólita. El fútbol había nacido como deporte organizado en Inglaterra pocos años antes. El 26 de octubre de 1863, en Londres, se fundó The Football Association, entidad que comenzó a ordenar las reglas de un juego que hasta entonces mezclaba tradiciones escolares, costumbres locales, pelota, fuerza, carrera y discusiones sobre qué se podía hacer con las manos y qué no. Desde allí, el deporte viajó con los británicos por puertos, colegios, clubes, empresas ferroviarias y comunidades comerciales. En la Argentina, ese primer impulso llegó de la mano de hombres vinculados a la colectividad británica. Entre ellos se destacó Thomas Hogg, considerado uno de los grandes pioneros del fútbol en América Latina. Junto a su hermano James Hogg, Walter Heald, Thomas Jackson y Thomas Barlow Smith, participó en la creación del Buenos Ayres Football Club, fundado el 9 de mayo de 1867. Fue una institución pionera, nacida cuando el cricket todavía era el deporte predilecto de aquella comunidad y el fútbol apenas parecía una rareza de invierno. Aquel partido del 20 de junio enfrentó a dos bandos diferenciados por colores. No eran aún clubes populares ni equipos barriales: eran pioneros probando una práctica nueva, casi experimental. Según las crónicas históricas, el equipo de Thomas Hogg venció por 4 a 0 al de Walter Heald. La escena, que quizá para algunos parecía un juego pasajero de extranjeros, terminó siendo la semilla de una pasión nacional. En esos primeros años, el fútbol todavía no estaba completamente separado del rugby. Las reglas eran distintas de las actuales y en muchos partidos se mezclaban acciones con los pies y con las manos. Por eso, hablar de aquellos comienzos es entrar en una etapa de transición, cuando el deporte buscaba identidad propia. Lo que hoy conocemos como fútbol moderno todavía estaba terminando de definirse. Con el paso del tiempo, la pelota empezó a abandonar los círculos cerrados de la colectividad británica y fue entrando en colegios, clubes, barrios, potreros y calles. Allí comenzó la verdadera transformación: el football inglés empezó a convertirse en fútbol argentino. Un nombre fundamental en esa segunda etapa fue Alejandro Watson Hutton, escocés nacido en Glasgow, educador, deportista y figura clave en la organización del juego. Llegó a Buenos Aires en 1882, impulsó la práctica deportiva en instituciones educativas y en 1884 fundó el Buenos Aires English High School, semillero del mítico Alumni. Aunque no fue el primer hombre en traer el fútbol al país, sí fue decisivo para darle estructura, continuidad y organización. El 21 de febrero de 1893, Watson Hutton fundó The Argentine Association Football League, antecedente directo de la actual Asociación del Fútbol Argentino. Ese mismo año se disputó un campeonato organizado, ganado por Lomas Athletic. Con ese paso, el fútbol dejó de ser una curiosidad de clubes británicos y comenzó a transformarse en una institución. Después vendría Alumni, el primer gran equipo dominante de la era amateur. Nacido desde el ambiente del English High School, Alumni se convirtió en una leyenda temprana: ganó títulos, formó jugadores, marcó un estilo y abrió el camino para que el fútbol empezara a ser admirado por sectores cada vez más amplios de la sociedad. A comienzos del siglo XX, la pelota ya había cruzado una frontera decisiva. Dejó de ser patrimonio de ingleses, escoceses, comerciantes, ferroviarios y colegios privados. Empezó a pertenecer a los barrios. A los hijos de inmigrantes. A los trabajadores. A los jóvenes que improvisaban arcos en baldíos, plazas y calles. Allí nació el fútbol criollo: más pícaro, más sentimental, más popular, más nuestro. River, Boca, Racing, Independiente, San Lorenzo, Huracán, Newell’s, Rosario Central, Estudiantes, Gimnasia, Ferro, Banfield, Quilmes y tantos otros clubes surgirían de ese clima social donde el deporte se mezcló con identidad, barrio, pertenencia y orgullo. Lo que en 1867 parecía un juego raro de “gringos enardecidos” terminó convirtiéndose en una de las pasiones más profundas de la Argentina. De aquel campo de cricket en Palermo a los potreros del país entero, de las boinas rojas y blancas a las camisetas sagradas, de los primeros curiosos a millones de hinchas, la historia del fútbol argentino es la historia de una apropiación popular. Los ingleses lo trajeron. Los argentinos lo transformaron. Y desde entonces, cada vez que una pelota rueda sobre tierra, césped, baldosa, cemento o potrero, algo de aquel 20 de junio de 1867 vuelve a empezar. Porque en la Argentina el fútbol no fue solo un deporte. Fue idioma, rito, barrio, herencia, pelea, arte, memoria y destino. Fue, y sigue siendo, una forma de contar quiénes somos. #FútbolArgentino, #HistoriaDelFútbol, #20DeJunio, #BuenosAiresFootballClub, #ThomasHogg, #WatsonHutton, #Alumni, #AFA, #FútbolCriollo, #DeporteArgentino, #HistoriaArgentina, #ArgentinaHistórica, #PasiónDeMultitudes, #FootballHistory, #ArgentineFootball, #SoccerHistory, #FootballOrigins, #ArgentinaFootball, #LatinAmericanFootball, #VintageFootball

CALLE ESPEJO: MENDOZA HACIA EL OESTE

 

 18 de junio de 2026. 16 horas. Ciudad de Mendoza. Transitar por calle Espejo hacia el oeste no es simplemente recorrer una calle del microcentro mendocino. Es avanzar por una de esas arterias donde la ciudad muestra su pulso cotidiano: comercios abiertos, peatones apurados, autos, colectivos, árboles, veredas, acequias y esa luz de invierno que cae sobre Mendoza con una belleza serena, casi cinematográfica. Calle Espejo forma parte de la trama viva de la capital. A simple vista puede parecer una calle más del centro, pero cada cuadra guarda señales de una ciudad que aprendió a levantarse de sus propias ruinas. Mendoza no es una ciudad común: fue destruida por el terremoto de 1861 y, desde esa tragedia, volvió a pensarse a sí misma. En 1863, la nueva ciudad comenzó a organizarse con una lógica distinta: calles más amplias, plazas estratégicas, espacios abiertos, acequias y arbolado urbano. Esa Mendoza reconstruida no solo buscaba belleza: también buscaba sobrevivir. Por eso, recorrer Espejo hacia el oeste es atravesar una ciudad nacida de la memoria y de la resistencia. Es mirar una Mendoza moderna, pero apoyada sobre una historia profunda. La ciudad de las acequias, de las veredas anchas, de los plátanos, de los cafés, de los antiguos edificios, de los cruces intensos y de esa identidad urbana que la hace única en la Argentina. El nombre Espejo también abre una puerta hacia la historia nacional. Gerónimo Espejo fue un militar mendocino ligado a las campañas del general José de San Martín en Chile y Perú. Participó de una generación marcada por la independencia, la guerra, la organización nacional y la construcción de la memoria histórica. En sus últimos años, recopiló testimonios y recuerdos sobre las campañas libertadoras, dejando una huella fundamental para comprender la epopeya sanmartiniana. Así, mientras la tarde cae sobre el centro mendocino, calle Espejo parece unir dos tiempos: el presente veloz de la ciudad que trabaja y se mueve, y el pasado heroico de una Mendoza que fue cuna, refugio y escenario de grandes capítulos de la historia argentina. Hacia el oeste, la mirada busca la montaña. Y en Mendoza, mirar al oeste nunca es un gesto menor: es mirar hacia la Cordillera, hacia el camino de los Andes, hacia la frontera natural que marcó el destino de esta tierra. Cada calle mendocina que avanza en esa dirección parece llevar consigo una promesa de historia, paisaje y pertenencia. Calle Espejo no necesita monumentos gigantes para contar su importancia. La cuenta en sus árboles, en sus acequias, en sus fachadas, en su movimiento diario, en la gente que la cruza sin detenerse y en esa mezcla de rutina y memoria que define a las grandes ciudades. Porque Mendoza también se cuenta así: desde una esquina, desde una tarde, desde una calle transitada hacia el oeste. Y calle Espejo, en pleno corazón de la Ciudad, sigue siendo parte de ese relato silencioso, urbano y profundamente mendocino. #CalleEspejo, #CiudadDeMendoza, #MendozaCapital, #MendozAntigua, #HistoriaDeMendoza, #MendozaAntigua, #MicrocentroMendocino, #CallesDeMendoza, #MendozaHistórica, #OtoñoMendocino, #AcequiasDeMendoza, #PatrimonioMendocino, #GerónimoEspejo, #SanMartín, #EjércitoDeLosAndes, #MendozaArgentina, #MendozaTravel, #HistoricMendoza, #OldMendoza, #MendozaHistory, #UrbanHistory, #ArgentinaHistory, #CityOfMendoza, #AndesHistory, #HeritageArgentina

viernes, 19 de junio de 2026

PARÍS 1900: EL PUENTE DE ORO DONDE LA BELLE ÉPOQUE TOCÓ EL CIELO


Vista del Puente Alejandro III y el Grand Palais, durante la Exposición Universal de París de 1900. La imagen, atribuida en el epígrafe a O. Vaillard, no muestra solo un puente ni un edificio monumental: muestra a París en el instante exacto en que quiso presentarse ante el mundo como capital de la modernidad, del arte, de la ingeniería y del espectáculo urbano. En la fotografía se impone el majestuoso Pont Alexandre III, tendido sobre el Sena como una joya de piedra, acero, esculturas y farolas. A un lado se levantan los grandes pilares coronados por figuras aladas; al fondo aparece la inmensa estructura del Grand Palais, con su cubierta de vidrio y metal, símbolo absoluto de aquella ciudad que entraba al siglo XX con ambición imperial, elegancia artística y fe en el progreso. Paris Musées conserva vistas de 1900 del puente con el Grand Palais al fondo, registradas como fotografías históricas vinculadas a la Exposición Universal. La Exposición Universal de París de 1900 fue uno de los grandes acontecimientos mundiales de la Belle Époque. Se desarrolló entre abril y noviembre de ese año, reunió decenas de países, más de 80.000 participantes y atrajo cerca de 51 millones de visitantes, según el Bureau International des Expositions. Su lema miraba al siglo XIX como una síntesis de ciencia, industria, cultura y civilización moderna. El Puente Alejandro III había comenzado a construirse en 1896 y fue inaugurado en 1900. No era una obra cualquiera: unía visual y simbólicamente la zona de Los Inválidos con el conjunto monumental del Grand Palais y el Petit Palais. París lo concibió como una entrada triunfal hacia la exposición y también como emblema de la alianza franco-rusa; la primera piedra fue colocada por el zar Nicolás II en 1896, según el sitio oficial de la Ciudad de París. Sus proporciones y ornamentos explican por qué sigue siendo uno de los puentes más célebres del mundo. Sus cuatro extremos están marcados por pilonos monumentales de unos 17 metros, coronados por pégasos de bronce dorado que representan la fama de las Artes, las Ciencias, el Comercio y la Industria. La Oficina de Turismo de París lo describe como uno de los puentes más emblemáticos de la capital, tanto por su arquitectura como por su ubicación privilegiada sobre el Sena. Detrás del puente, el Grand Palais aparece como otro protagonista de la escena. Fue construido para la Exposición Universal y abrió al público en mayo de 1900. Su arquitectura combinó acero, piedra y vidrio, convirtiéndose en una de las grandes catedrales laicas del progreso moderno. Esta imagen es una postal de un mundo que parecía mirar hacia adelante sin miedo: multitudes caminando, carruajes, esculturas, lámparas, hierro, cristal, agua y cielo. París se mostraba como teatro de la modernidad. El Sena era el escenario; el puente, la alfombra ceremonial; el Grand Palais, el palacio del futuro. Más de un siglo después, la escena conserva intacta su fuerza. No es solo una fotografía antigua: es el retrato de una época en la que las ciudades competían por dejar monumentos eternos, donde cada piedra quería hablar de grandeza y cada obra pública buscaba impresionar al mundo. París, 1900: cuando la Belle Époque levantó un puente entre el arte, la historia y el porvenir. #Paris1900 #PuenteAlejandroIII #PontAlexandreIII #GrandPalais #ExposicionUniversal #ExpositionUniverselle1900 #BelleEpoque #HistoriaUniversal #HistoriaDeParis #FotografiaHistorica #ArquitecturaHistorica #PatrimonioMundial #ArteEIngenieria #Sena #ParisAntiguo #OldParis #HistoricalPhotography #WorldExpo1900 #UniversalExposition #BelleEpoqueParis #HistoricArchitecture #GrandPalaisParis #ParisHistory #CulturalHeritage

🚂🍷 CUANDO EL VINO TENÍA RIELES: LA BODEGA TOMBA Y EL IMPERIO MENDOCINO QUE VIAJABA EN TREN


Godoy Cruz, alrededor de 1910. Una escena que parece detenida entre el humo de la locomotora, el perfume de la madera y el pulso industrial de una Mendoza que empezaba a conquistar el país con su vino. En la imagen se observa la playa de cargas de vino de la Bodega Tomba, con una enorme cantidad de bordelesas listas para ser despachadas mediante el desvío ferroviario. En primer plano aparecen trabajadores de la bodega, una dama vinculada al grupo empresario y varios caballeros que posan frente al ténder de la locomotora. No es una simple fotografía: es una postal del momento en que la vitivinicultura mendocina dejó de depender solamente de carros y mulas para subirse definitivamente a los rieles del progreso. La antigua Bodega Tomba, luego conocida como El Globo, se ubicaba en la zona de avenida San Martín y Rivadavia, en pleno corazón de Godoy Cruz. El Museo Virtual de Godoy Cruz la registra como un establecimiento vitivinícola construido hacia 1885, con el ingeniero Carlos Berri como constructor y con Antonio Tomba y Hermanos como propietarios originales. Antonio Tomba fue uno de esos inmigrantes que transformaron Mendoza. Nacido en Valdagno, Italia, en 1849, llegó a la Argentina en 1873 y se instaló en San Vicente, el antiguo nombre de Godoy Cruz. Allí comenzó a levantar su gran obra industrial, una bodega que con el tiempo sería símbolo de trabajo, modernización y poder vitivinícola. Sus vinos alcanzaron premios nacionales e internacionales, con reconocimientos en Génova, Chicago, Turín, París, Londres y Milán. El ferrocarril fue la gran revolución silenciosa. La estación de Godoy Cruz —antes San Vicente— se vinculó a una red de cargas que movía bordelesas con vino, maderas, maíz y productos industriales. Según el Museo Virtual de Godoy Cruz, hacia comienzos del siglo XX se instalaron desvíos industriales hacia fábricas y bodegas, entre ellos uno que servía a la Bodega Tomba hacia 1910. Por eso esta fotografía vale tanto: porque muestra el instante en que el vino mendocino se convertía en mercancía nacional. Cada bordelesa apilada era trabajo de viñateros, toneleros, carreros, bodegueros, peones, ferroviarios, comerciantes e inmigrantes. Cada vagón representaba una Mendoza que ya no miraba solo a sus viñedos, sino también a Buenos Aires, al Litoral y al mercado argentino entero. Aquella playa de cargas era mucho más que un patio industrial. Era una puerta de salida al país. Una frontera entre la Mendoza de la tracción animal y la Mendoza moderna, ferroviaria, expansiva y vitivinícola. Allí, entre madera, vapor, hierro y vino, Godoy Cruz escribía una página central de su identidad. Hoy, más de un siglo después, Mendoza sigue siendo sinónimo de vino: la provincia concentra más del 70% de la superficie vitivinícola argentina y más del 80% de la elaboración de vino del país, según datos oficiales recientes. Esta imagen no muestra solo barriles. Muestra una provincia en movimiento. Muestra el origen industrial de una identidad. Muestra el momento en que Mendoza cargó su vino sobre rieles y empezó a viajar hacia la historia. Fuente de la imagen:  Municipalidad de Godoy Cruz, 2007, p. 58. Reproducida en Daniel Guillermo Grilli, Uva en carro, vino en vagones, UNCuyo/EDIFYL, 2019. #MendozaAntigua, #MendozAntigua, #BodegaTomba, #GodoyCruz, #Mendoza, #HistoriaDeMendoza, #Vitivinicultura, #VinoArgentino, #Ferrocarril, #TrenesArgentinos, #PatrimonioMendocino, #BodegasHistoricas, #InmigrantesItalianos, #IndustriaDelVino, #WineHistory, #MendozaWine, #ArgentineWine, #HistoricWinery, #RailwayHistory, #WineCulture, #OldMendoza, #VintageArgentina, #IndustrialHeritage, #WineAndRailways

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