Enero de 1814. El Ejército del Norte retrocedía exhausto después de las terribles derrotas de Vilcapugio, ocurrida el 1 de octubre de 1813, y Ayohuma, librada el 14 de noviembre. Manuel Belgrano había perdido gran parte de sus fuerzas, pero no la voluntad de continuar: desde Humahuaca reconoció ante José de San Martín que había sido “completamente batido” y, aun así, aseguró que nada lo apartaría del servicio a la libertad, aunque debiera hacerlo como un simple soldado. Frente a él avanzaba un hombre con una trayectoria completamente distinta. San Martín había ingresado en 1789 al ejército español, acumulado más de dos décadas de experiencia y participado en 31 acciones militares en África y Europa; combatió contra franceses, ingleses y portugueses y, después de la batalla de Bailén, fue ascendido a teniente coronel. Belgrano, en cambio, era abogado, economista y funcionario del Consulado convertido por la Revolución en comandante; no había recibido formación militar profesional, pero había conducido el Éxodo Jujeño y obtenido las resonantes victorias de Tucumán y Salta. Eran diferentes, pero ninguno necesitó humillar al otro para demostrar su grandeza. . Antes de verse cara a cara ya mantenían una extraordinaria correspondencia. La primera carta conservada está fechada en Lagunillas el 25 de septiembre de 1813: Belgrano admitía con absoluta franqueza que la guerra no había sido su carrera, estudiaba para desempeñarse mejor y pedía a San Martín apuntes y consejos sobre caballería, disciplina y táctica. No fingía poseer conocimientos que no tenía: preguntaba, estudiaba y aprendía. Tras Ayohuma, lejos de aferrarse al cargo, llegó a solicitar al gobierno que San Martín recibiera el mando y que a él se le permitiera permanecer junto al ejército con su regimiento o incluso como soldado. El 2 de enero de 1814 escribió que deseaba hablar con San Martín “de silla a silla” para acordar los planes que debían seguir. Las cartas preservadas por el Museo Mitre y publicadas por el Instituto Nacional Sanmartiniano demuestran que aquella amistad nació antes del encuentro personal. La tradición llamó a ese momento el Abrazo o Encuentro de Yatasto; la cronología sanmartiniana sitúa un encuentro probable el 20 de enero y el traspaso efectivo del mando el día 29, aunque investigaciones posteriores sostienen que el primer abrazo pudo producirse en Los Algarrobos o Las Juntas, cerca del río Juramento. Por eso, el sitio y la fecha exactos continúan siendo objeto de discusión histórica, pero no existe duda sobre lo esencial: no hubo una escena de resentimiento, sino una demostración de grandeza. Cronología del Instituto Nacional Sanmartiniano y debate documental sobre el lugar del encuentro. San Martín recibió la orden de asumir como general en jefe y Belgrano quedó bajo su autoridad al frente del Regimiento N.º 1. El militar profesional descubrió rápidamente que necesitaba al abogado convertido en general: él desconocía la topografía, las costumbres y las relaciones políticas y sociales del norte, mientras Belgrano conocía profundamente el territorio, a sus habitantes y a los hombres capaces de sostener la resistencia. Cuando el gobierno ordenó el 5 de febrero que Belgrano abandonara el ejército y marchara hacia Córdoba, San Martín demoró la disposición y escribió el 13 de febrero para impedir su partida. Explicó que no encontraba otro oficial capaz de reemplazarlo, que necesitaba su colaboración para reorganizar las tropas, que confiaba en su juicio, que gozaba de enorme ascendiente entre la población y que sus talentos y su conducta eran irreprochables. Buenos Aires mantuvo la orden y hasta reprendió a San Martín por retrasar su cumplimiento. Belgrano debió marcharse, enfermo y quebrantado, pero sin convertir el relevo en una disputa personal. El alegato completo de San Martín está documentado por el Instituto Nacional Sanmartiniano. Aquella relación sobrevivió a la distancia: en 1816, cuando San Martín ya preparaba desde Mendoza la gigantesca campaña de los Andes, afirmó que Belgrano era “lo mejor que tenemos en América del Sur”. Uno abriría el camino por Chile y el Pacífico; el otro volvería a sostener el frente norte. San Martín había llegado para auxiliar y reemplazar a Belgrano, pero después de conocerlo hizo todo lo posible por conservarlo a su lado. No fue solamente el encuentro de dos próceres: fue la prueba de que los hombres verdaderamente grandes no temen reconocer los conocimientos del otro, aprender de sus diferencias ni colocar la libertad de un continente por encima de sus cargos, heridas y ambiciones. : #SanMartín #ManuelBelgrano #EjércitoDelNorte #EncuentroDeYatasto #AbrazoDeYatasto #PostaDeYatasto #IndependenciaArgentina #HistoriaArgentina #PróceresArgentinos #LibertadoresDeAmérica #MendozAntigua #JoséDeSanMartín #ArgentinaHistory #LatinAmericanHistory #SouthAmericanIndependence #HeroesOfIndependence #HistoricalMemory #HistoryLovers #FreedomHeroes #Patriotism
Bienvenidos al sitio con mayor cantidad de Fotos antiguas de la provincia de Mendoza, Argentina. (mendozantigua@gmail.com) Para las nuevas generaciones, no se olviden que para que Uds. vivan como viven y tengan lo que tienen, primero fue necesario que pase y exista lo que existió... que importante sería que lo comprendan
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lunes, 10 de agosto de 2026
ENERO DE 1814: SAN MARTÍN LLEGÓ PARA REEMPLAZAR A BELGRANO… Y TERMINÓ LUCHANDO PARA QUE NO SE LO LLEVARAN — EL ENCUENTRO DE DOS GIGANTES QUE VENCIÓ AL EGO Y CAMBIÓ LA INDEPENDENCIA
Enero de 1814. El Ejército del Norte retrocedía exhausto después de las terribles derrotas de Vilcapugio, ocurrida el 1 de octubre de 1813, y Ayohuma, librada el 14 de noviembre. Manuel Belgrano había perdido gran parte de sus fuerzas, pero no la voluntad de continuar: desde Humahuaca reconoció ante José de San Martín que había sido “completamente batido” y, aun así, aseguró que nada lo apartaría del servicio a la libertad, aunque debiera hacerlo como un simple soldado. Frente a él avanzaba un hombre con una trayectoria completamente distinta. San Martín había ingresado en 1789 al ejército español, acumulado más de dos décadas de experiencia y participado en 31 acciones militares en África y Europa; combatió contra franceses, ingleses y portugueses y, después de la batalla de Bailén, fue ascendido a teniente coronel. Belgrano, en cambio, era abogado, economista y funcionario del Consulado convertido por la Revolución en comandante; no había recibido formación militar profesional, pero había conducido el Éxodo Jujeño y obtenido las resonantes victorias de Tucumán y Salta. Eran diferentes, pero ninguno necesitó humillar al otro para demostrar su grandeza. . Antes de verse cara a cara ya mantenían una extraordinaria correspondencia. La primera carta conservada está fechada en Lagunillas el 25 de septiembre de 1813: Belgrano admitía con absoluta franqueza que la guerra no había sido su carrera, estudiaba para desempeñarse mejor y pedía a San Martín apuntes y consejos sobre caballería, disciplina y táctica. No fingía poseer conocimientos que no tenía: preguntaba, estudiaba y aprendía. Tras Ayohuma, lejos de aferrarse al cargo, llegó a solicitar al gobierno que San Martín recibiera el mando y que a él se le permitiera permanecer junto al ejército con su regimiento o incluso como soldado. El 2 de enero de 1814 escribió que deseaba hablar con San Martín “de silla a silla” para acordar los planes que debían seguir. Las cartas preservadas por el Museo Mitre y publicadas por el Instituto Nacional Sanmartiniano demuestran que aquella amistad nació antes del encuentro personal. La tradición llamó a ese momento el Abrazo o Encuentro de Yatasto; la cronología sanmartiniana sitúa un encuentro probable el 20 de enero y el traspaso efectivo del mando el día 29, aunque investigaciones posteriores sostienen que el primer abrazo pudo producirse en Los Algarrobos o Las Juntas, cerca del río Juramento. Por eso, el sitio y la fecha exactos continúan siendo objeto de discusión histórica, pero no existe duda sobre lo esencial: no hubo una escena de resentimiento, sino una demostración de grandeza. Cronología del Instituto Nacional Sanmartiniano y debate documental sobre el lugar del encuentro. San Martín recibió la orden de asumir como general en jefe y Belgrano quedó bajo su autoridad al frente del Regimiento N.º 1. El militar profesional descubrió rápidamente que necesitaba al abogado convertido en general: él desconocía la topografía, las costumbres y las relaciones políticas y sociales del norte, mientras Belgrano conocía profundamente el territorio, a sus habitantes y a los hombres capaces de sostener la resistencia. Cuando el gobierno ordenó el 5 de febrero que Belgrano abandonara el ejército y marchara hacia Córdoba, San Martín demoró la disposición y escribió el 13 de febrero para impedir su partida. Explicó que no encontraba otro oficial capaz de reemplazarlo, que necesitaba su colaboración para reorganizar las tropas, que confiaba en su juicio, que gozaba de enorme ascendiente entre la población y que sus talentos y su conducta eran irreprochables. Buenos Aires mantuvo la orden y hasta reprendió a San Martín por retrasar su cumplimiento. Belgrano debió marcharse, enfermo y quebrantado, pero sin convertir el relevo en una disputa personal. El alegato completo de San Martín está documentado por el Instituto Nacional Sanmartiniano. Aquella relación sobrevivió a la distancia: en 1816, cuando San Martín ya preparaba desde Mendoza la gigantesca campaña de los Andes, afirmó que Belgrano era “lo mejor que tenemos en América del Sur”. Uno abriría el camino por Chile y el Pacífico; el otro volvería a sostener el frente norte. San Martín había llegado para auxiliar y reemplazar a Belgrano, pero después de conocerlo hizo todo lo posible por conservarlo a su lado. No fue solamente el encuentro de dos próceres: fue la prueba de que los hombres verdaderamente grandes no temen reconocer los conocimientos del otro, aprender de sus diferencias ni colocar la libertad de un continente por encima de sus cargos, heridas y ambiciones. : #SanMartín #ManuelBelgrano #EjércitoDelNorte #EncuentroDeYatasto #AbrazoDeYatasto #PostaDeYatasto #IndependenciaArgentina #HistoriaArgentina #PróceresArgentinos #LibertadoresDeAmérica #MendozAntigua #JoséDeSanMartín #ArgentinaHistory #LatinAmericanHistory #SouthAmericanIndependence #HeroesOfIndependence #HistoricalMemory #HistoryLovers #FreedomHeroes #Patriotism
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Curiosidades Históricas
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Yatasto, Salta, Argentina
domingo, 9 de agosto de 2026
NO TRAJERON LA CIVILIZACIÓN A UN MUNDO VACÍO: CUANDO CORTÉS LLEGÓ, TENOCHTITLAN YA ERA UNA MEGACIUDAD DE AGUA, INGENIERÍA Y PODER QUE ASOMBRÓ A LOS PROPIOS CONQUISTADORE
Hay una frase repetida durante generaciones: que los españoles “trajeron la civilización y el progreso” a América. Pero cuando Hernán Cortés y sus hombres entraron en México-Tenochtitlan en 1519 no encontraron una tierra sin ciudades, organización ni tecnología: se toparon con la capital de una compleja civilización mesoamericana, levantada sobre islas y terrenos ganados a un enorme sistema lacustre. El propio INAH señala que Tenochtitlan llegó a reunir alrededor de 175.000 habitantes, una dimensión extraordinaria para el siglo XVI. La ciudad estaba articulada mediante grandes calzadas, puentes, canales y un intenso tránsito de canoas; Tlatelolco, prácticamente unido a ella, constituía además otro importantísimo núcleo urbano y comercial. Las crónicas españolas transmitieron el desconcierto y la admiración que causó aquel paisaje urbano, y documentación divulgada por el propio INAH destaca el tamaño, la armonía y la organización de la capital mexica. Pero quizás la demostración más espectacular de aquella capacidad tecnológica estaba en el agua. Los mexicas y otros pueblos de la Cuenca habían construido una verdadera infraestructura hidráulica para sobrevivir y prosperar en el lago: acueductos para conducir agua dulce, calzadas que comunicaban las islas con tierra firme, canales de transporte y enormes obras de regulación. El llamado albarradón de Nezahualcóyotl ayudaba a controlar las aguas y a separar sectores de distinta salinidad; fuentes académicas de la UNAM documentan asimismo el doble acueducto asociado al abastecimiento desde Chapultepec. Tanto dependía Tenochtitlan de aquel sistema que, durante el sitio de 1521, una de las medidas militares de Cortés fue precisamente cortar y destruir los acueductos y canales que llevaban agua dulce desde Chapultepec, buscando quebrar la resistencia de la ciudad. A todo esto se sumaban las chinampas, parcelas agrícolas construidas y manejadas mediante una sofisticada adaptación al ambiente lacustre. Lejos de ser una curiosidad del pasado, la UNESCO define este sistema como una combinación excepcional de condiciones ambientales y creatividad humana y destaca su extraordinaria productividad; la FAO lo reconoce actualmente como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial. Incluso la limpieza urbana llamó la atención de los cronistas: una fuente histórica conservada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes describe las calles y calzadas de la gran ciudad como extremadamente limpias y barridas. Todo esto no significa convertir al mundo mexica en una sociedad perfecta: Tenochtitlan encabezaba una potencia expansionista que cobraba tributos y mantenía profundos conflictos con otros pueblos; precisamente esas enemistades explican que numerosos indígenas, entre ellos tlaxcaltecas y otros aliados, combatieran junto a los españoles contra los mexicas. Tampoco significa negar que después de 1492 llegaron a América animales, cultivos, herramientas, conocimientos y tecnologías procedentes de Europa, África y Asia, iniciándose una transformación gigantesca y multidireccional. Lo históricamente insostenible es presentar la conquista como el momento en que un continente supuestamente “bárbaro” recibió por primera vez civilización. Civilizaciones ya había, y muy complejas. Lo que comenzó en el siglo XVI fue una conquista y posteriormente un nuevo orden colonial que mezcló mundos, pero también impuso dominio político, religión, tributos y sistemas de trabajo como la encomienda y el repartimiento. La UNAM describe la encomienda como una de las primeras formas coloniales de explotación del trabajo indígena. A ello se añadió una catástrofe demográfica en la que las epidemias introducidas desde el Viejo Mundo desempeñaron un papel devastador, agravadas por guerras, hambre y sobreexplotación. Por eso, quizá la frase más precisa no sea que Europa “llevó civilización” a América, sino que dos mundos con tecnologías, creencias y estructuras distintas chocaron violentamente y dieron origen a una nueva realidad. Y basta imaginar Tenochtitlan en 1519 —sus templos elevándose sobre el lago, miles de canoas, mercados, calzadas, acueductos, canales, chinampas y decenas de miles de habitantes— para comprender algo fundamental: Cortés no llegó al comienzo de la historia de México. Llegó en medio de una historia que llevaba miles de años escribiéndose.
1822: SAN MARTÍN Y BOLÍVAR, AL BORDE DE LA RUPTURA — LA CRISIS ARMADA QUE CASI ENFRENTÓ A LOS EJÉRCITOS LIBERTADORES ANTES DE GUAYAQUIL
Guayaquil había roto con la monarquía española el 9 de octubre de 1820 y, bajo la conducción de José Joaquín de Olmedo, había organizado la Provincia Libre de Guayaquil, con gobierno propio y un Reglamento Provisorio. Por eso, cuando comenzó 1822, no llevaba “dos años” independiente, como suele repetirse, sino alrededor de quince meses. Su futuro político seguía abierto y allí estaba el problema: ¿continuaría como Estado independiente, se uniría al Perú o pasaría a formar parte de la República de Colombia? Mientras aquella cuestión incendiaba la diplomacia, los realistas todavía amenazaban la región. Antonio José de Sucre, enviado por Bolívar, había llegado a Guayaquil en 1821 para continuar la campaña sobre Quito, pero sufrió un duro revés en Huachi. Desde el Perú llegaron auxilios; documentación estudiada por la Academia Nacional de Historia del Ecuador registra incluso el arribo desde el Callao de 1.500 fusiles, y San Martín terminó enviando una importante División Auxiliar, comandada por Andrés de Santa Cruz, en la que combatían fuerzas peruanas junto con veteranos rioplatenses y chilenos, entre ellos los célebres Granaderos a Caballo de Juan Lavalle. Así ocurrió una paradoja extraordinaria: mientras los ejércitos de San Martín y Bolívar necesitaban combatir juntos contra España, sus respectivos proyectos políticos chocaban peligrosamente por Guayaquil. El documento que mejor demuestra hasta dónde llegó la presión de Bolívar está fechado en Cali el 2 de enero de 1822. En una carta a Olmedo, el Libertador expresó que “exijo el inmediato reconocimiento de la República de Colombia” y anunció que no entraría en Guayaquil hasta ver allí la bandera colombiana. No es una interpretación posterior: la carta se conserva en el Archivo del Libertador. Olmedo, por su parte, sostenía que correspondía a la representación de Guayaquil decidir el destino de la provincia y llegó a advertir a San Martín sobre la posibilidad de un “golpe de fuerza”. La tensión política ya era enorme, pero en marzo y abril estuvo a punto de trasladarse al terreno militar. Una orden fechada el 2 de marzo de 1822 dispuso el regreso de la División de Santa Cruz. Cuando la instrucción alcanzó al ejército que cooperaba con Sucre, se produjo una crisis gravísima. Aquí conviene separar los documentos de las versiones posteriores: no existe respaldo suficientemente sólido para afirmar como hecho indiscutible que Sucre “rodeó” físicamente a las tropas peruanas para obligarlas a desobedecer; lo que sí está extraordinariamente documentado es su fuerte resistencia al retiro. El índice oficial de los Documentos para la Historia del Libertador General San Martín, conservado por el Instituto Nacional Sanmartiniano, registra que el 2 de abril Santa Cruz informó la “dura oposición de Sucre” y lamentó la orden recibida; al día siguiente escribió sobre la “difícil situación” y su entrevista con el general venezolano. El 11 de abril, en cambio, ya manifestaba su satisfacción porque había recibido una contraorden que permitía continuar la cooperación. Durante aquellos días no existió una declaración de guerra entre Perú y Colombia, pero sí una verdadera crisis de mando, obediencia, soberanía y presencia militar entre dos fuerzas armadas que, paradójicamente, debían permanecer unidas para vencer al enemigo común. Santa Cruz terminó privilegiando la campaña continental y sus hombres siguieron junto a Sucre. Apenas unas semanas después, el 21 de abril de 1822, Juan Lavalle y los Granaderos protagonizaron el extraordinario Combate de Riobamba, una de las acciones de caballería más celebradas de las guerras de independencia; y el 24 de mayo, el ejército aliado de Sucre obtuvo en Pichincha la victoria que aseguró la liberación de Quito. Pero vencer juntos a los españoles no resolvió la disputa por Guayaquil. Bolívar entró en la ciudad el 11 de julio de 1822 y dos días después asumió el mando político y militar, mientras una considerable fuerza colombiana estaba presente en la provincia. Olmedo, profundamente enfrentado con aquella decisión, terminó alejándose. Cuando San Martín desembarcó el 26 de julio para encontrarse finalmente con Bolívar, el problema que esperaba discutir estaba prácticamente decidido sobre el terreno. Las conversaciones privadas de los días 26 y 27 de julio fueron, por lo tanto, la culminación de una tensión que venía creciendo desde mucho antes. Y existe otra corrección importante respecto del relato tradicional: no es exacto afirmar que las tropas enviadas por el Perú nunca fueron devueltas. Documentación reproducida sobre la campaña registra que Sucre ya había dispuesto el retorno de la División de Santa Cruz y, el 1 de julio de 1822, ordenaba incluso que se proporcionaran fondos para su marcha. El contingente regresó por tierra hacia el Perú, pasando por Cuenca y Loja; la ruta elegida evitó Guayaquil, un detalle que demuestra cuánto persistía la desconfianza política después de haber combatido juntos. Por eso, la historia previa a Guayaquil resulta quizá todavía más fascinante que el famoso encuentro entre los dos Libertadores. San Martín y Bolívar nunca llegaron a declararse la guerra, pero durante unas jornadas de 1822 sus ejércitos quedaron atrapados en una crisis suficientemente seria como para poner en riesgo la cooperación militar. Dos corrientes libertadoras que habían recorrido medio continente se encontraban frente a un dilema formidable: disputar territorio y autoridad entre ellas o postergar sus diferencias para destruir primero al último gran poder realista de Sudamérica. Finalmente prevaleció la segunda opción. Riobamba y Pichincha demostraron lo que podían conseguir unidos; Guayaquil revelaría, pocas semanas después, hasta qué punto sus proyectos políticos eran diferentes. La independencia americana también se construyó así: entre victorias, ideales, intereses territoriales, cartas ásperas, órdenes contradictorias y decisiones tomadas cuando una chispa podía haber cambiado toda la historia del continente. #SanMartin #SimonBolivar #Guayaquil #Guayaquil1822 #JoseJoaquinDeOlmedo #AntonioJoseDeSucre #AndresDeSantaCruz #JuanLavalle #GranaderosACaballo #Riobamba #Pichincha #IndependenciaSudamericana #HistoriaArgentina #HistoriaDelPeru #HistoriaDelEcuador #HistoriaDeAmerica #GuerrasDeIndependencia #SouthAmericanHistory #LatinAmericanHistory #IndependenceWars #MilitaryHistory #History
MENDOZA ENTRÓ EN LA ERA DE LA NAFTA: AUTOMÓVILES, SURTIDORES Y UNA GUERRA COMERCIAL QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LAS CALLES DE LA PROVINCIA
Hubo un tiempo en que cargar nafta en Mendoza no significaba detenerse bajo el techo iluminado de una estación de servicio. A comienzos del siglo XX, el combustible podía ser apenas otro artículo vendido por una concesionaria, un corralón o un garaje. Pero durante la década de 1920 todo empezó a cambiar vertiginosamente: llegaron más automóviles, aparecieron nuevas agencias, crecieron los surtidores y las grandes petroleras descubrieron que las calles mendocinas estaban convirtiéndose en escenario de una extraordinaria batalla comercial. La investigación del historiador mendocino Enrique Alberto Timmermann, de la Universidad Nacional de Cuyo, reconstruye precisamente ese proceso y demuestra que la comercialización —el llamado downstream de la actividad petrolera— resulta indispensable para comprender la historia del petróleo. No bastaba con encontrar crudo y extraerlo: había que refinarlo, almacenarlo, transportarlo, publicitarlo y, finalmente, convencer a alguien de detener su automóvil frente a un surtidor y comprarlo. Argentina era ya un consumidor extraordinariamente importante. Un dato citado en los estudios de la época resulta impactante: en 1921 la Argentina, con alrededor de 9 millones de habitantes, consumía unas 800.000 toneladas de derivados del petróleo, prácticamente lo mismo que Francia, que tenía unos 44 millones de habitantes. La nafta alimentaba los motores de combustión; el kerosene servía para iluminar y calefaccionar; los lubricantes mantenían funcionando automóviles y maquinaria agrícola, y el fueloil era fundamental para distintas actividades industriales y ferroviarias. Mendoza se subió de lleno a aquella revolución. Durante los años veinte se instalaron o expandieron agencias de marcas como Studebaker, Fiat, Buick, Chrysler y Hupmobile, que se agregaban a Ford y Chevrolet. El automóvil dejó de ser una rareza y comenzó a modificar no sólo la manera de viajar, sino también la propia ciudad: las calles tuvieron que adaptarse mediante pavimentación, hormigonado y asfaltado. La modernidad empezaba a medirse también en motores, neumáticos y kilómetros recorridos. El negocio evolucionó rápidamente. Primero, la nafta podía ofrecerse como complemento de la venta de automóviles. Hacia 1919 comenzaron a multiplicarse los garajes, donde además de guardar o reparar vehículos se despachaba combustible. Más tarde apareció el surtidor especializado y, finalmente, una construcción que hoy nos parece absolutamente cotidiana pero que entonces representaba una nueva arquitectura de la modernidad: la estación de servicio. Y allí empezó una guerra de marcas. La West India Oil Company —WICO—, vinculada a Standard Oil, y Shell, con su conocida nafta Energina, poseían experiencia, redes comerciales y clientes acostumbrados a sus productos. Pero desde 1926 apareció un competidor formidable: Yacimientos Petrolíferos Fiscales. YPF había sido creada en 1922 y, bajo la dirección de Enrique Mosconi, convirtió la comercialización del combustible en una cuestión económica y también política: consumir petróleo nacional podía presentarse como una forma de apoyar la independencia energética argentina. En Mendoza aparece entonces un personaje fundamental: Arturo Santoni. Comenzó vendiendo nafta Shell en 1925, dos años después pasó a YPF y en 1928 se convirtió en agente consignatario de los productos refinados de la petrolera estatal. También quedó asociado a una de las primeras estaciones de YPF de la capital mendocina, ubicada en la zona de Necochea y Patricias Mendocinas. Mientras tanto, Shell introducía una innovación decisiva. La investigación histórica señala que a fines de 1928 levantó en Mendoza una estación de servicio en la esquina de Colón y España, concebida expresamente para el expendio y atención del automóvil. Poco después WICO desplegaría también estaciones propias; una de ellas se estableció junto a su planta de almacenamiento en San Martín y Coronel Plaza. El viejo surtidor aislado empezaba a ceder lugar a un negocio especializado, reconocible por su arquitectura, sus colores, cartelería y servicios adicionales. Pero la competencia no se libraba solamente en las esquinas. También se combatía en los diarios. Las compañías recurrían a anuncios, eslóganes, argumentos sobre rendimiento y calidad y promociones para convertir al automovilista en cliente habitual. YPF agregó un elemento poderoso: el nacionalismo económico. Sus campañas insistían en que el petróleo, su refinación, sus trabajadores y su comercialización eran argentinos. Mosconi utilizó además un arma todavía más contundente: el precio. En 1929 la nafta de YPF costaba alrededor de 26 centavos por litro; en sucesivas rebajas pasó a 24, luego a 22 y finalmente, en enero de 1930, a 20 centavos. En febrero de ese año la petrolera estatal estableció además un precio uniforme para todo el territorio nacional, absorbiendo diferencias de transporte que anteriormente encarecían el combustible en el interior. Hasta los impuestos comenzaron a formar parte de esa nueva realidad. Timmermann señala que en 1928, durante el gobierno de Alejandro Orfila, Mendoza aplicó un gravamen provincial sobre la nafta, evidencia de que aquel comercio ya había alcanzado una magnitud imposible de ignorar para el Estado. Lo que había comenzado como la venta casi improvisada de combustible junto a otros productos terminó transformándose en una red comercial cada vez más compleja. Décadas después, el proceso encontraría uno de sus símbolos máximos en territorio mendocino: en 1940 se construyó la destilería de YPF en Luján de Cuyo, que consolidó a Mendoza no sólo como consumidora y productora, sino también como uno de los grandes centros argentinos de refinación de hidrocarburos. Aquellas viejas bombas, garajes y estaciones fueron mucho más que lugares donde llenar un tanque. Detrás de ellas estuvieron la expansión del automóvil, nuevos empresarios, petroleras extranjeras, YPF, campañas publicitarias, impuestos, pavimentos y una competencia feroz por conquistar al conductor. La llegada de la nafta no sólo hizo funcionar motores: modificó el paisaje urbano, los hábitos de consumo y hasta la manera en que los mendocinos comenzaron a medir las distancias. #MendozAntigua #MendozaAntigua #HistoriaDeMendoza #Mendoza #YPF #HistoriaDelPetroleo #PetroleoArgentino #Nafta #EstacionesDeServicio #AutomovilesAntiguos #EnriqueMosconi #LujanDeCuyo #MemoriaMendocina #FotosAntiguas #HistoriaArgentina #VintageMendoza #MendozaHistory #ArgentineHistory #OilHistory #VintageCars #GasStationHistory #YPFHistory #HistoricMendoza #ArgentinaVintage
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sábado, 8 de agosto de 2026
SARMIENTO CONTRA EL GAUCHO: CUANDO “CIVILIZAR” TAMBIÉN SIGNIFICÓ DERROTAR A LA ARGENTINA DE LAS MONTONERAS
Domingo Faustino Sarmiento ocupa uno de los lugares más imponentes y, al mismo tiempo, más incómodos de la historia argentina. Fue maestro, periodista, escritor, gobernador de San Juan y presidente de la Nación entre 1868 y 1874; impulsó con enorme energía la educación pública y entendió la alfabetización como una herramienta fundamental para transformar el país. Pero detrás del hombre convertido posteriormente en “Padre del Aula” existió también un dirigente atravesado por las violentas guerras civiles del siglo XIX, capaz de utilizar expresiones durísimas contra gauchos, montoneros y sectores rurales que identificaba con aquello que denominaba “barbarie”. La propia Biblioteca Nacional define a Sarmiento como un protagonista marcado por las contradicciones de la construcción del Estado argentino. Gran parte de esa visión quedó plasmada en Facundo o Civilización y Barbarie, publicado inicialmente como folletín en Chile en 1845, durante su enfrentamiento político e intelectual con Juan Manuel de Rosas. Allí Sarmiento intentó explicar los males de la Argentina mediante una oposición que se volvería célebre: de un lado, la “civilización”, vinculada con las ciudades, la educación, las instituciones, Europa y los modelos de progreso que admiraba; del otro, la “barbarie”, que asociaba con el desierto, el caudillismo, las montoneras y determinadas formas de vida de la campaña. Pero reducir Facundo a un simple “Sarmiento odiaba a todos los gauchos” tampoco sería históricamente exacto. En sus propias páginas aparecen el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el gaucho cantor, y estudios académicos han señalado que Sarmiento llegó a admirar extraordinariamente las capacidades del baqueano y del rastreador, y vio en el cantor una fuente potencial de poesía nacional. Su relación con el mundo gaucho fue, por lo tanto, profundamente contradictoria: podía fascinarse con sus habilidades individuales y su carácter épico mientras consideraba que la sociedad rural que los había producido constituía un obstáculo para el tipo de Estado moderno que deseaba construir. El problema adquiría una dimensión mucho más grave cuando el gaucho dejaba de ser personaje literario y se convertía en actor político y militar. Durante décadas, pobladores rurales fueron incorporados a milicias, Guardias Nacionales, ejércitos provinciales y montoneras. La historiografía contemporánea ha mostrado que esas poblaciones no eran simplemente una masa de hombres aislados y violentos, como muchas veces las representaron las élites urbanas, sino trabajadores, pequeños productores, peones, soldados y milicianos inmersos en redes sociales y políticas complejas. Incluso después de Rosas, documentos militares seguían reclamando para la frontera a “gauchos todos de a caballo”, precisamente por su extraordinaria destreza ecuestre. Por eso, detrás de la confrontación entre Sarmiento y el gaucho había algo mucho mayor que una discusión sobre ponchos, chiripás o costumbres campesinas. Estaba en juego quién tendría el poder en la Argentina que nacía después de décadas de guerras civiles. Caudillos provinciales y dirigentes federales habían movilizado importantes contingentes rurales; Rosas había construido parte de su enorme poder político y militar sobre las relaciones de la campaña bonaerense, mientras que sus adversarios liberales buscaban consolidar otra organización estatal. La identificación automática “gaucho = federal”, sin embargo, sería excesiva: las lealtades rurales cambiaban y los propios liberales también movilizaron gauchos y milicianos. La historia real fue mucho más compleja que los dos bloques perfectos que después construyeron los relatos partidarios. Y es precisamente allí donde aparece uno de los documentos más perturbadores de Sarmiento. El 17 de septiembre de 1861, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza se enfrentaron en Pavón, batalla decisiva de las guerras civiles argentinas. Apenas tres días después, el 20 de septiembre, Sarmiento escribió a Mitre pidiéndole participación en la nueva etapa política y militar que se abría. En aquella carta dejó una frase imposible de suavizar: “No trate de economizar sangre de gauchos”. El documento reproducido por el Archivo Histórico de Educ.ar permite comprobar que no se trata simplemente de una frase inventada por polémicas posteriores. La expresión retrata la violencia del lenguaje político de una época en que la construcción del Estado argentino estuvo acompañada por guerras, rebeliones provinciales, represiones y campañas militares. Y ayuda a entender por qué las campañas contra las montoneras federales de la década de 1860 constituyen uno de los capítulos más discutidos de la trayectoria sarmientina. Sarmiento no observaba aquella lucha como un mero enfrentamiento entre partidos: para él formaba parte del choque histórico entre la sociedad que debía desaparecer y la que debía surgir. Existe, sin embargo, una formidable paradoja histórica. El gaucho que buena parte de las élites del siglo XIX consideró atrasado, indisciplinado o destinado a desaparecer terminó convertido en uno de los grandes símbolos culturales de la Argentina. Hacia fines del siglo XIX y especialmente alrededor del Centenario comenzó una profunda resignificación de su figura; en 1913 Leopoldo Lugones consagraría al Martín Fierro como pieza central del imaginario nacional. Estudios académicos muestran justamente ese desplazamiento: aquello que durante décadas había sido estigmatizado terminó transformándose en tradición, literatura, identidad y emblema de argentinidad. Tal vez ahí resida una de las mayores ironías de nuestra historia: la Argentina moderna que Sarmiento soñó necesitó de escuelas, libros, ciencia, ferrocarriles e instituciones; pero la Argentina que finalmente recordó el país tampoco quiso desprenderse del gaucho, el caballo, la payada, el poncho y la cultura criolla. Sarmiento y el gaucho no representan simplemente a un héroe y un villano. Representan una Argentina que durante el siglo XIX intentaba decidir, muchas veces a sangre y fuego, qué debía conservar, qué debía transformar y quiénes tenían derecho a participar de la nación que estaba naciendo. Precisamente por eso, casi dos siglos después, Civilización y Barbarie sigue siendo mucho más que el título de un libro: continúa siendo una de las discusiones más profundas e incómodas de nuestra historia. #Sarmiento #DomingoFaustinoSarmiento #Gaucho #Gauchos #CivilizacionYBarbarie #Facundo #HistoriaArgentina #HistoriaNacional #Federalismo #Rosas #JuanManuelDeRosas #BartolomeMitre #BatallaDePavon #Montoneras #CulturaCriolla #MartinFierro #IdentidadArgentina #MendozAntigua #ArgentineHistory #GauchoHistory #ArgentineCulture #CivilizationAndBarbarism #LatinAmericanHistory #History #ArgentinaHistory
viernes, 7 de agosto de 2026
DE CADETE DEL REY A LIBERTADOR: LOS 22 AÑOS DE GUERRA QUE FORJARON A SAN MARTÍN ANTES DE VOLVER A AMÉRICA
Mucho antes del Cruce de los Andes, de Chacabuco, Maipú y de convertirse en una de las figuras decisivas de la independencia sudamericana, José de San Martín ya era un veterano de guerra. Cuando desembarcó en Buenos Aires en 1812 no llegaba para aprender a ser militar: detrás de él había quedado prácticamente toda una vida entre cuarteles, fortalezas sitiadas, campañas terrestres, travesías navales y algunos de los campos de batalla más importantes de Europa. San Martín había nacido en Yapeyú el 25 de febrero de 1778. A fines de 1783 partió con su familia hacia España a bordo de la fragata Santa Balbina y llegó a Cádiz en 1784. Pasó así casi toda su infancia, adolescencia y primera juventud lejos del territorio donde había nacido. La tradición sanmartiniana ubica parte de su educación en el Real Seminario de Nobles de Madrid, aunque la documentación sobre su matrícula no es completamente concluyente; posteriormente realizó estudios en Málaga. Lo indiscutible es que el 21 de julio de 1789, con solamente 11 años, ingresó como cadete en el Regimiento de Infantería de Murcia, conocido como “El Leal”. Desde ese momento su formación ya no estaría solamente en los libros: comenzaría a construirse entre marchas, armas y campañas militares. Y la guerra llegó muy pronto. Después de un destacamento de 49 días en Melilla, el 25 de junio de 1791, con apenas 13 años, San Martín recibió su auténtico bautismo de fuego en Orán, en el norte de África. Su foja militar registra que soportó allí 33 días de ataques, integrado a la compañía de granaderos. Aquella plaza había quedado además severamente castigada por un terremoto y el joven cadete conoció de primera mano algo que marcaría para siempre su carácter: hambre, cansancio, disciplina, fuego enemigo y resistencia bajo condiciones extremas. Después llegaron los Pirineos y la guerra contra la Francia revolucionaria. Combatió en el Rosellón, intervino en numerosas operaciones y fue acumulando ascensos y experiencia en una Europa transformada por la Revolución Francesa. Para un muchacho nacido en Yapeyú, aquellos años equivalían a una extraordinaria escuela práctica de estrategia, logística y conducción de hombres. Pero San Martín también aprendió a guerrear en el mar. En junio de 1797 se embarcó voluntariamente en la fragata española Santa Dorotea, como segundo teniente y al mando de un destacamento de aproximadamente 100 soldados de infantería. Durante trece meses navegó por el Mediterráneo, escoltó mercantes, transportó caudales, armas y pertrechos y participó en acciones contra corsarios. La embarcación pasó por Alicante, Mallorca, Mahón, Málaga, Almería, Argel, Barcelona y Cartagena. Y allí aparece una de las coincidencias más sorprendentes de su juventud. En mayo de 1798, la Santa Dorotea llegó a Tolón, donde se encontraba concentrada la enorme expedición francesa que estaba a punto de partir hacia Egipto bajo el mando de Napoleón Bonaparte. La documentación naval española confirma que la división en la que viajaba San Martín fondeó allí mientras la escuadra napoleónica preparaba aquella campaña. Es decir: diez años antes de combatir contra los ejércitos de Napoleón en España, el joven oficial americano estuvo en el mismo puerto donde el futuro emperador preparaba una de sus aventuras militares más famosas. Poco después llegaría otro episodio extraordinario. El 15 de julio de 1798, cerca de Cartagena, la Santa Dorotea fue enfrentada y finalmente capturada por el buque británico HMS Lion. San Martín sobrevivió al combate y al apresamiento de la fragata. Las fuentes sanmartinianas destacan que incluso los británicos reconocieron el valor con que había combatido la tripulación española. La guerra siguió llevándolo de un frente a otro: prestó servicio en la frontera con Portugal, pasó por Cádiz y continuó ascendiendo. Para 1808 llevaba casi dos décadas vinculado a las armas españolas. Entonces ocurrió el acontecimiento que cambiaría Europa: Napoleón invadió España. El 23 de junio de 1808, durante el combate de Arjonilla, San Martín se distinguió comandando una pequeña fuerza. En plena acción cargó contra el enemigo, su caballo cayó y sus propios hombres debieron auxiliarlo. La escena resulta particularmente llamativa porque anticipa, con cinco años de diferencia, algo parecido a lo que viviría en San Lorenzo en 1813. El parte publicado posteriormente elogió su comportamiento. Pero todavía faltaba Bailén. El 19 de julio de 1808, el ejército español derrotó allí a las fuerzas francesas del general Dupont. Fue una victoria de enorme repercusión internacional porque representó la primera gran derrota en campo abierto sufrida por un ejército napoleónico. San Martín actuó como ayudante de campo del marqués de Coupigny y fue mencionado favorablemente por su desempeño. Como consecuencia recibió el ascenso a teniente coronel graduado y la célebre condecoración de Bailén. Resulta difícil imaginar mejor escuela de guerra. Había entrado como un niño de once años y había combatido en África, los Pirineos, Portugal, el Mediterráneo y la Guerra de Independencia española; había servido en infantería y caballería, vivido asedios, realizado campañas navales, conocido derrotas, victorias y cautiverio, comandado hombres y observado de cerca las tácticas utilizadas por los ejércitos europeos de su tiempo. Fuentes oficiales del Instituto Nacional Sanmartiniano resumen aquella trayectoria en decenas de acciones bélicas. Pero mientras San Martín combatía en Europa, algo comenzaba a cambiar al otro lado del Atlántico. Las noticias de las revoluciones de Caracas y Buenos Aires llegaron hasta los oficiales americanos que servían en España. Años después, el propio San Martín recordaría que un grupo de americanos reunidos en Cádiz resolvió regresar a sus lugares de nacimiento para ofrecer sus servicios a las revoluciones que estaban comenzando. En 1811 pidió su retiro del ejército español, salió hacia Portugal y posteriormente pasó a Londres. Finalmente, el 9 de marzo de 1812, la fragata inglesa George Canning entró en el puerto de Buenos Aires. Entre sus pasajeros viajaba un hombre de 34 años llamado José Francisco de San Martín. Había abandonado estas tierras siendo niño y regresaba convertido en teniente coronel de caballería y veterano de las guerras europeas. Apenas una semana después, el gobierno revolucionario reconoció su grado y el 16 de marzo de 1812 le encargó organizar un nuevo cuerpo de caballería: los futuros Granaderos a Caballo. Por eso existe un San Martín anterior al San Martín que todos aprendimos en la escuela. Antes del Libertador estuvo el cadete. Antes del general de los Andes estuvo el muchacho de trece años bajo fuego en África. Antes de Chacabuco estuvo Arjonilla. Antes de Maipú estuvo Bailén. Antes de organizar un ejército en Mendoza, San Martín había pasado más de veinte años aprendiendo cómo se combate, cómo se mueve una fuerza, cómo se disciplina a los soldados y, probablemente lo más importante, cómo se gana y cómo se sobrevive a una guerra. Cuando volvió a América en 1812, su carrera militar no empezaba. Estaba a punto de cambiar de causa, de continente y de bandera. Y todo lo aprendido durante aquellos años sería puesto al servicio de una empresa mucho mayor: la independencia de América del Sur. #JoseDeSanMartin #GeneralSanMartin #Liberator #ArgentineHistory #History #MilitaryHistory #SouthAmericanHistory #Independence #SpanishArmy #BattleOfBailen #NapoleonicWars #Napoleon #SantaDorotea #ArmyOfTheAndes #LatinAmericanHistory #ArgentinaHistory #HistoricalFacts #JoséDeSanMartín #SanMartín #Libertador #PadreDeLaPatria #HistoriaArgentina #Historia #EjércitoDeLosAndes #GranaderosACaballo #BatallaDeBailén #Arjonilla #SantaDorotea #Napoleón #IndependenciaArgentina #IndependenciaDeAmérica #Efemérides #HistoriaMilitar #MendozAntigua #Argentina #Mendoza
PAQUITA BERNARDO: LA MUJER QUE DESAFIÓ AL TANGO, LE ABRIÓ LA PUERTA A UN PUGLIESE DE PANTALONES CORTOS Y MURIÓ ANTES DE CUMPLIR 25 AÑOS
En la Buenos Aires de comienzos de la década de 1920, cuando el bandoneón parecía un territorio reservado casi exclusivamente para hombres, una muchacha de Villa Crespo se sentó frente al público, abrió el fuelle y comenzó a cambiar silenciosamente la historia del tango. Se llamaba Francisca Cruz Bernardo, pero Buenos Aires terminaría conociéndola simplemente como Paquita Bernardo, “La Flor de Villa Crespo”. Había nacido el 1º de mayo de 1900 y su vida sería tan breve como extraordinariamente intensa. Paquita no había sido educada para convertirse en una revolucionaria. En 1915 comenzó estudiando piano en el conservatorio de Catalina Torres, pero pronto quedó fascinada por aquel extraño instrumento de botones y fuelle que empezaba a convertirse en el corazón del tango porteño. Primero avanzó casi por su cuenta y después recibió enseñanzas vinculadas a figuras como José Servidio, Pedro Maffia y Enrique García. Para una mujer joven de aquellos años, tocar profesionalmente el bandoneón ya era romper una barrera; dirigir además una orquesta integrada por hombres era prácticamente una provocación cultural. A los 17 años ya amenizaba casamientos, bailes populares, hospitales y asilos. Hacia 1920 actuó en el Teatro Argentino de La Plata junto al conjunto de José Junnissi, en funciones vinculadas también con organizaciones obreras, razón por la cual llegó a ser recordada como “la concertista de los obreros”. Pero el gran salto llegó en 1921, cuando formó su propio conjunto, la Orquesta Paquita, y comenzó a actuar en el célebre Café Domínguez, Corrientes 1537, en aquella avenida Corrientes todavía angosta, mucho antes del Obelisco y de la transformación que conocería la zona años después. Y en aquella orquesta apareció un nombre que décadas después se convertiría en uno de los monumentos de la música argentina: Osvaldo Pugliese. Pugliese tenía apenas 15 años cuando comenzó profesionalmente a ganarse la vida con el piano. Ya había tocado en un trío en el denominado Café de la Chancha, pero poco después pasó por el conjunto de Paquita Bernardo. Una tradición muy difundida recuerda que llegó todavía usando pantalones cortos, imagen que ilustra perfectamente la juventud de aquel futuro maestro. Incluso fuentes contemporáneas vinculadas a la historia de Paquita conservan el recuerdo de aquel adolescente que se presentó para ofrecerse como pianista y al que ella decidió incorporar. Años más tarde, aquel muchacho sería el creador de una de las orquestas más influyentes de la historia del tango y de un estilo reconocible desde los primeros compases. No conocemos el diálogo exacto de aquel encuentro y sería arriesgado reproducir como documental una conversación ocurrida hace más de un siglo. Pero sí conocemos el resultado: Paquita confió en un Pugliese adolescente y lo sentó al piano de su agrupación. El dato parece pequeño frente a la inmensidad posterior de Pugliese, pero visto desde el presente resulta fascinante: una de las primeras mujeres que logró conquistar profesionalmente el bandoneón compartiendo escenario con uno de los hombres que luego transformaría para siempre la manera de tocar el tango. Las noches del Café Domínguez terminaron convirtiéndose en un fenómeno. La presencia de una joven mujer dirigiendo músicos y manejando con autoridad aquel pesado bandoneón provocaba tanta curiosidad que las crónicas y biografías recuerdan multitudes agolpadas alrededor del local y a la policía desviando el tránsito de Corrientes hacia Paraná para despejar la zona. Paquita no era presentada como una rareza pasajera: sabía tocar, componía, dirigía y rápidamente comenzó a ganarse el respeto de sus colegas. Su ascenso fue vertiginoso. En 1923 participó en la Gran Fiesta del Tango del Teatro Coliseo y fue la única mujer entre alrededor de cien músicos. Actuó también en cafés y salones como La Paloma, La Glorieta y La Terraza, llegó a presentarse en Montevideo y, desde diciembre de 1924 hasta comienzos de 1925, integró espectáculos en el Teatro Smart con la compañía de Blanca Podestá. En apenas unos años había pasado de las reuniones barriales de Villa Crespo a compartir espacios con buena parte del universo profesional del tango rioplatense. Y Paquita no solamente interpretaba: componía. Su primera obra conocida, “Floreal”, fue grabada por Juan Carlos Cobián. Roberto Firpo llevó al disco “Cachito”. Y nada menos que Carlos Gardel grabó composiciones vinculadas a su obra, entre ellas “La enmascarada” y “Soñando”. En 1924, “Soñando” participó del concurso del Disco Nacional organizado por Max Glücksmann; documentación del Instituto Nacional de Estudios de Teatro señala que Paquita fue la única mujer entre unos 180 participantes y obtuvo una distinción. Hay, sin embargo, una paradoja dolorosa: no existe una grabación conocida de la propia Orquesta Paquita. Podemos escuchar sus composiciones interpretadas por otros artistas, pero no sabemos exactamente cómo sonaba aquella joven al frente de su conjunto. Su música sobrevivió; su sonido, en cambio, quedó atrapado en las noches porteñas de los años veinte. El tiempo tampoco le concedió una segunda oportunidad. El 14 de abril de 1925, apenas quince días antes de cumplir 25 años, Paquita murió en Buenos Aires como consecuencia de una grave afección respiratoria, identificada en distintas reconstrucciones como neumonía o un resfrío severamente complicado. Tenía 24 años. Para entonces ya había conseguido algo que parecía imposible pocos años antes: convertir a una mujer bandoneonista en protagonista, compositora y directora dentro de un ambiente profundamente masculino. Su historia no terminó aquel día. En 1993 sus familiares donaron al Instituto Nacional de Estudios de Teatro su bandoneón original, fotografías, partituras, discos, documentos y hasta una billetera con su nombre, un pequeño tesoro documental que permite reconstruir la vida de aquella muchacha que pasó por el tango como una llamarada. Paquita nunca llegó a escuchar “La Yumba”. Nunca vio a aquel adolescente de Villa Crespo convertirse en Don Osvaldo Pugliese, uno de los grandes maestros del siglo XX. Tampoco alcanzó a contemplar a las generaciones de mujeres que, décadas después, tomarían un bandoneón sin que semejante gesto provocara un escándalo. Pero estuvo antes. Antes que casi todas. Cuando Corrientes todavía era angosta, cuando el tango terminaba de conquistar Buenos Aires y cuando un muchacho llamado Pugliese recién empezaba a hacerse hombre detrás de un piano, Paquita Bernardo ya estaba abriendo un camino que nunca volvió a cerrarse. Vivió menos de un cuarto de siglo. Le alcanzó para entrar en la historia. #PaquitaBernardo #OsvaldoPugliese #Tango #TangoArgentino #HistoriaArgentina #BuenosAires #VillaCrespo #Bandoneón #CarlosGardel #HistoriaDelTango #CulturaArgentina #MúsicaArgentina #MujeresPioneras #BuenosAiresAntiguo #OrquestaTípica #ArgentineTango #TangoHistory #BuenosAiresHistory #WomenInMusic #Bandoneon #ArgentineMusic #TangoLegend #MusicHistory #CulturalHeritage
DE CASEROS A PAVÓN: CUANDO LA MASONERÍA SENTÓ BAJO EL MISMO TECHO A LOS HOMBRES QUE SE DISPUTABAN LA ARGENTINA
La caída de Juan Manuel de Rosas en Caseros, el 3 de febrero de 1852, no significó simplemente el final de un gobierno: abrió una década feroz en la que Buenos Aires y la Confederación se enfrentaron por una cuestión decisiva: quién iba a construir, controlar y dirigir la nueva Argentina. Y en medio de aquella batalla política apareció con enorme fuerza una forma de sociabilidad que reuniría a militares, comerciantes, abogados, intelectuales, funcionarios y dirigentes que muchas veces eran enemigos fuera de sus templos: la masonería. Conviene comenzar derribando un mito. La masonería no “llegó” exactamente después de Caseros. La investigación histórica reciente sitúa la consolidación de logias organizadas en Buenos Aires en la década de 1850 y registra una primera experiencia francesa, L’Amie des Naufragés, hacia 1850, formada principalmente por extranjeros; pocos años después surgió la inglesa Excelsior Nº 617. Tras Caseros, sin embargo, se produjo un verdadero fervor asociativo: entre 1856 y 1857 aparecieron numerosas logias tanto en Buenos Aires como en territorios de la Confederación, y esas redes comenzaron a atraer a miembros de las elites políticas, comerciales y militares. En ese escenario surgió Unión del Plata, la primera gran experiencia integrada fundamentalmente por argentinos. Aquí existe incluso una pequeña diferencia entre las fuentes: el Museo Histórico Sarmiento fecha su fundación el 29 de diciembre de 1855, cuando Domingo Faustino Sarmiento y otros catorce masones la organizaron en Buenos Aires; estudios académicos sitúan su consolidación como logia argentina en 1856. Sarmiento ya había sido iniciado el 31 de julio de 1854 en la Logia Unión Fraternal de Valparaíso, Chile, y en Unión del Plata actuó como primer orador. El gran salto ocurrió el 11 de diciembre de 1857. Siete logias —Unión del Plata, Confraternidad Argentina, Consuelo del Infortunio, Tolerancia, Regeneración, Lealtad y Constancia— sellaron un pacto y constituyeron la Gran Logia de la Argentina, eligiendo como primer Gran Maestre al abogado cordobés José Roque Pérez. La institución adquiría por primera vez una estructura nacional capaz de conectar grupos dispersos. Su primera sede funcionó en el lugar donde hoy se levanta el Banco Nación, frente a Plaza de Mayo, en el edificio del antiguo Teatro Colón. Pero lo verdaderamente extraordinario sucedería en 1860. El 21 de julio, una gran asamblea masónica confirió el grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado a cinco hombres que representaban algunos de los sectores políticos y militares más poderosos del país: Santiago Derqui, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Andrés Gelly y Obes y Justo José de Urquiza. No se trata de una leyenda: la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia conserva catalogado el discurso impreso pronunciado por José Roque Pérez aquella misma noche con motivo de la ceremonia. La escena es formidable: Mitre y Urquiza podían encontrarse enfrentados por el futuro político de la República y, al mismo tiempo, reconocerse como hermanos dentro de una organización común. Derqui era presidente de la Confederación; Mitre gobernaba Buenos Aires; Urquiza seguía siendo el gran jefe político del federalismo entrerriano; Sarmiento avanzaba hacia el centro de la política nacional. Las logias podían funcionar como espacios de conversación y construcción de relaciones en una sociedad donde los vínculos personales eran decisivos. La historiografía académica ha mostrado que esas redes no servían únicamente para discutir filosofía: también facilitaban contactos políticos, sociales, culturales y comerciales, incluso a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay. Y entonces apareció Pavón. El 17 de septiembre de 1861 los ejércitos de Mitre y Urquiza volvieron a enfrentarse. La caballería confederal había obtenido ventajas importantes en los flancos, mientras su centro era derrotado por la infantería porteña. Urquiza abandonó finalmente el campo sin comprometer a fondo buena parte de sus fuerzas. La consecuencia fue gigantesca: la Confederación terminó desintegrándose y Buenos Aires pasó a ocupar una posición dominante en la organización nacional. Durante generaciones se habló del “misterio de Pavón”. Una interpretación sostenida dentro de la propia tradición masónica atribuyó la decisión de Urquiza a la fraternidad existente entre los protagonistas o a gestiones de pacificación desarrolladas por José Roque Pérez. Pero aquí hay que separar un hecho probado de una hipótesis seductora: está perfectamente documentado que Mitre, Urquiza, Sarmiento y Derqui compartieron aquella ceremonia masónica de 1860; no existe, en cambio, documentación concluyente que demuestre que una orden masónica provocó la retirada de Urquiza en Pavón. La relación resulta fascinante, pero convertirla automáticamente en explicación de la batalla sería ir más allá de las pruebas disponibles. Después de Pavón comenzó una transformación enorme y también violenta. Mitre llegó a la presidencia en 1862 y el Estado nacional extendió su autoridad sobre las provincias, mientras diversas resistencias federales —entre ellas las encabezadas por el Chacho Peñaloza— fueron combatidas militarmente. El proyecto liberal defendía Constitución, inmigración, comercio, educación y modernización institucional, pero convivió con guerras civiles, centralización política y fuertes conflictos entre Buenos Aires y buena parte del interior. Reducir todo ese proceso a una conspiración masónica sería simplificarlo demasiado; ignorar las redes masónicas que vinculaban a muchos de sus protagonistas también sería borrar una parte real de la historia. Con los años la masonería se expandió todavía más. Desde 1867 se consolidaron logias italianas en Buenos Aires y las asociaciones masónicas participaron en iniciativas educativas, filantrópicas y de asistencia. Estudios académicos han documentado también sus conexiones con el liberalismo y con proyectos de secularización de la sociedad. Décadas después llegarían debates como la Ley 1420 de 1884, que estableció la educación primaria obligatoria, gratuita y gradual, y la creación del Registro Civil en ese mismo año. Fueron procesos políticos mucho más amplios que la masonería, pero numerosos masones participaron activamente del clima intelectual que los impulsó. Incluso Sarmiento ofrece una paradoja reveladora: antes de asumir la Presidencia en 1868 decidió apartarse temporalmente de la actividad masónica, precisamente para evitar que sus compromisos particulares fueran confundidos con las obligaciones del jefe de Estado. Años más tarde regresó y el 12 de mayo de 1882 llegó a convertirse en Gran Maestre de la masonería argentina. Y José Roque Pérez, aquel hombre que había organizado la Gran Logia, terminó protagonizando una historia todavía más extraordinaria. Durante la devastadora epidemia de fiebre amarilla de Buenos Aires de 1871, permaneció en la ciudad auxiliando a los enfermos cuando miles escapaban. Se contagió y murió el 26 de marzo. Juan Manuel Blanes lo inmortalizó junto al médico Manuel Argerich en su célebre cuadro “Un episodio de la fiebre amarilla”. La masonería argentina del siglo XIX fue, por lo tanto, mucho más interesante que cualquier teoría conspirativa: fue una poderosa red de sociabilidad donde coincidieron enemigos políticos, presidentes, gobernadores, militares, comerciantes e intelectuales mientras el país definía sus fronteras internas, sus instituciones y su identidad. Estudiarla no demuestra la existencia de una mano invisible que manejara todos los acontecimientos; permite comprender algo quizá más fascinante: que algunos de los hombres que se enfrentaban públicamente por el control de la República compartían, detrás de otras puertas, rituales, vínculos, ideas y una misma fraternidad. #Masonería #MasoneríaArgentina #HistoriaArgentina #Caseros #BatallaDePavón #Urquiza #BartoloméMitre #Sarmiento #JoséRoquePérez #ConfederaciónArgentina #BuenosAires #SigloXIX #Historia #HistoriaOculta #Efemérides #Freemasonry #ArgentineHistory #ArgentinaHistory #History #Freemasons #BattleOfPavon #Sarmiento #Urquiza #HistoricalArgentina
jueves, 6 de agosto de 2026
“TOTAL, INGENIERO… LA ARGENTINA NUNCA VA A ENTRAR EN GUERRA”: LA FRASE QUE MALVINAS CONVIRTIÓ EN UNA ADVERTENCIA
Hay frases que parecen insignificantes cuando son pronunciadas, pero que décadas después regresan cargadas con todo el peso de la historia. Una de ellas habría sido escuchada en los laboratorios militares argentinos después del derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, cuando varios proyectos científicos e industriales comenzaron a ser suspendidos, demorados o reorganizados. Según una tradición oral vinculada con los primeros especialistas extranjeros que trabajaron para la defensa argentina, un oficial habría respondido ante las advertencias de uno de los técnicos: “Total, ingeniero, la Argentina nunca va a entrar en guerra. Nosotros solucionamos los problemas diplomáticos con unos bifes de chorizo y unos buenos vinos”. No existe hasta el momento un documento oficial que permita comprobar literalmente aquella conversación. Sin embargo, la frase resume una concepción que durante largos períodos atravesó al país: la peligrosa creencia de que la paz vuelve innecesaria la planificación estratégica, la investigación científica y la capacidad de producir tecnología propia. Entre los técnicos llegados después de la Segunda Guerra Mundial aparece mencionado Olegario Mikhno, arquitecto naval civil de origen ruso. Formó parte de una generación de especialistas europeos convocados para trabajar junto con científicos, ingenieros y militares argentinos en momentos en que el país intentaba reducir su dependencia tecnológica del exterior. Ese proceso comenzó antes de la creación formal de CITEFA. En 1948, Fabricaciones Militares incorporó especialistas en cohetería, propulsión y sistemas de control. En 1950 se logró el PAT-1, considerado el primer proyectil guiado de producción nacional, y en 1954 el gobierno de Perón creó oficialmente el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas. Su misión no era preparar una guerra de conquista, sino generar conocimiento autónomo para que la defensa nacional no dependiera exclusivamente de proveedores extranjeros. La caída del gobierno en septiembre de 1955 alteró aquel proceso. Algunos programas fueron interrumpidos, otros perdieron financiamiento y numerosos equipos de trabajo quedaron sometidos a cambios políticos y administrativos. Sin embargo, el conocimiento acumulado no desapareció completamente. Durante las décadas siguientes, CITEFA desarrolló o participó en sistemas como el misil aire-superficie Martín Pescador, el misil superficie-aire Halcón y el antitanque filoguiado Mathogo. Investigaciones universitarias posteriores confirmaron que instrumentos diseñados y construidos en el instituto fueron empleados en esos tres sistemas de armas. La historia volvió a golpear con brutalidad en 1982. Argentina entró en guerra con el Reino Unido por las Islas Malvinas y debió enfrentar, en condiciones extremas, las consecuencias de años de discontinuidades, dependencia externa e improvisación. Pero aquellos laboratorios que algunos habían considerado innecesarios demostraron entonces su valor. Durante el conflicto, CITEFA diseñó y fabricó en tiempo récord lanzadores de bengalas infrarrojas y señuelos electromagnéticos para proteger aviones argentinos; desarrolló un sistema de balizamiento para el aeropuerto de las islas; produjo un recubrimiento hidrófobo para impedir que el agua de mar dificultara la visión de los pilotos y colaboró en el emplazamiento del sistema de cohetes SAPBA. Dos integrantes del instituto, el mayor Sergio Novoa y el suboficial principal Víctor Jesús Benzo, murieron mientras cumplían aquella misión. Habían trasladado el lanzador y su munición hasta el transporte ARA Isla de los Estados. La noche del 10 de mayo de 1982, el buque fue localizado en el estrecho de San Carlos y atacado por la fragata británica HMS Alacrity. Los impactos provocaron un incendio y la explosión de los tanques de combustible. Malvinas no convirtió en verdadera cada anécdota repetida sobre aquellos ingenieros, pero sí confirmó la enseñanza profunda que encierra esta historia: ninguna nación puede improvisar su defensa cuando la crisis ya comenzó. La diplomacia resulta indispensable y la guerra jamás debe ser deseada. Pero la paz no exige abandonar el conocimiento, sino fortalecerlo. Una nación soberana necesita científicos, técnicos, universidades, fábricas, laboratorios y políticas capaces de sostenerse más allá de los cambios de gobierno. Recordar a Olegario Mikhno y a quienes construyeron los primeros programas tecnológicos argentinos no significa celebrar las armas ni reivindicar los conflictos. Significa comprender que la ciencia aplicada a la defensa también produce materiales, comunicaciones, electrónica, medicina, energía y conocimientos de uso civil. Los países pueden decidir no provocar una guerra. Lo que jamás pueden decidir es que la historia nunca vuelva a ponerlos a prueba. #HistoriaArgentina #CITEFA #CITEDEF #SoberaníaTecnológica #IndustriaNacional #CienciaArgentina #DefensaNacional #MalvinasArgentinas #TecnologíaArgentina #MemoriaHistórica #ArgentineHistory #TechnologicalSovereignty #DefenseTechnology #NationalIndustry #FalklandsWar
476: ROMA PERDIÓ SU IMPERIO, PERO CONQUISTÓ LA ETERNIDAD
En el año 476 no desapareció simplemente un imperio: terminó una forma de organizar el mundo que durante siglos había gobernado territorios, pueblos y culturas desde las costas de Britania hasta el Mediterráneo. Roma había recorrido casi cinco siglos de historia imperial desde que Octavio recibió el título de Augusto en el 27 a. C.; sin embargo, el Imperio Romano de Occidente como estructura política separada se consolidó definitivamente en el año 395, cuando, tras la muerte de Teodosio I, sus hijos Honorio y Arcadio quedaron al frente de las mitades occidental y oriental. Durante el siglo V, Occidente sufrió una larga agonía. Las disputas internas, la inestabilidad de los emperadores, las dificultades económicas, la pérdida de territorios y el avance de visigodos, vándalos, suevos, francos y ostrogodos fueron debilitando una autoridad que ya no podía proteger sus fronteras ni imponer sus órdenes. Roma fue saqueada por los visigodos de Alarico en 410 y por los vándalos en 455, mientras regiones enteras escapaban lentamente del control imperial. Finalmente, el 4 de septiembre de 476, el jefe militar Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, generalmente considerado el último emperador romano de Occidente. No hubo una gigantesca batalla final, ni las legiones defendieron heroicamente las murallas de la Ciudad Eterna. El Imperio que durante siglos había dominado el Mediterráneo terminó con la destitución de un joven soberano que apenas controlaba una parte de Italia. Odoacro asumió el gobierno y, años después, la península quedó en manos del reino ostrogodo de Teodorico. Pero Roma no murió aquella jornada. Sus leyes, su lengua, sus caminos, sus ciudades, sus títulos políticos y numerosas formas de administración sobrevivieron dentro de los nuevos reinos germánicos. Los conquistadores no destruyeron por completo el mundo romano: en muchos casos se instalaron sobre sus estructuras, adoptaron costumbres latinas y buscaron gobernar a través de instituciones heredadas del antiguo Imperio. La fragmentación dio origen a distintos reinos en Europa y el norte de África, algunos de los cuales contribuirían siglos después a la formación de países como Francia e Inglaterra. Tampoco todo el Imperio romano cayó en 476. Desde Constantinopla, la mitad oriental continuó existiendo durante casi mil años más. Sus habitantes nunca se llamaron “bizantinos”: se consideraban romanos, preservaron el derecho imperial y mantuvieron viva la tradición política de Roma hasta la conquista otomana de Constantinopla en 1453. La transformación religiosa, además, había comenzado mucho antes de la deposición de Rómulo Augústulo. Durante el gobierno de Teodosio I, a finales del siglo IV, el cristianismo se convirtió en la religión dominante y oficial del Estado, mientras numerosos cultos paganos fueron prohibidos o suprimidos. Por eso, no fue la caída del año 476 la que convirtió repentinamente a Europa en cristiana: el cambio ya se encontraba profundamente avanzado dentro del propio Imperio. Más de tres siglos después, el recuerdo de Roma seguía siendo tan poderoso que, en la Navidad del año 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador de Occidente. Aquel gesto no restauró el antiguo Imperio mediterráneo, pero recuperó simbólicamente su corona y convirtió la herencia romana en una fuente de legitimidad para los monarcas medievales. En 962, la coronación de Otón I consolidaría otra tradición imperial que posteriormente sería conocida como Sacro Imperio Romano Germánico. El año 476 es utilizado convencionalmente como una de las fechas que separan la Antigüedad de la Edad Media, aunque los historiadores actuales advierten que Roma no se derrumbó en un solo día. Fue una transformación prolongada, violenta y desigual, desarrollada durante generaciones. Entre las ruinas del poder imperial nacieron nuevos reinos, nuevas sociedades y una Europa diferente. Roma perdió sus emperadores occidentales, pero jamás perdió su influencia. Su idioma dio origen a nuevas lenguas; su derecho inspiró sistemas jurídicos; sus ciudades sobrevivieron; su Iglesia ocupó espacios abandonados por el poder civil y su imagen continuó obsesionando a reyes, papas y conquistadores. El Imperio cayó, pero su sombra siguió gobernando Europa durante siglos. Roma dejó de mandar con legiones, aunque continuó reinando desde la memoria. #ImperioRomano #RomaAntigua #CaídaDeRoma #RómuloAugústulo #Odoacro #HistoriaUniversal #EdadMedia #AntigüedadTardía #ImperioBizantino #Carlomagno #SacroImperioRomano #HistoriaEuropea #AncientRome #RomanEmpire #FallOfRome #RomulusAugustulus #Odoacer #LateAntiquity #MiddleAges #EuropeanHistory
miércoles, 5 de agosto de 2026
GERVASIO DORNA: EL “MUERTO DE AMOR” QUE CAMBIÓ EL ALTAR POR LA GUERRA
Antes de que María de los Remedios de Escalada uniera para siempre su nombre al del Libertador, otro joven soñaba con convertirla en su esposa. Se llamaba Gervasio Antonio Josef María Dorna, había nacido en Buenos Aires el 18 de junio de 1790 y pertenecía a una familia acomodada, relacionada con el comercio y las grandes propiedades rurales de San Miguel del Monte. Sin embargo, su destino no estaría en la tranquilidad de los campos familiares. Cuando los ingleses invadieron Buenos Aires, Gervasio tenía apenas dieciséis años y se presentó como voluntario para defender la ciudad. Integró el cuerpo de Patricios, combatió durante la segunda invasión de 1807 y recibió sucesivamente los grados de subteniente y teniente. Para 1810 ya era capitán, figuró entre quienes respaldaron el pronunciamiento que abrió paso a la Primera Junta, aportó parte de sus haberes para adquirir armamento y participó en la Sociedad Patriótica. También intentó construir una vida comercial: el 12 de abril de 1812 abrió una tienda en el barrio de Santo Domingo donde ofrecía telas, vestimenta y hasta armas. Todo parecía preparado para su futuro junto a Remedios, con quien mantenía una relación de claras intenciones matrimoniales. Pero un mes antes había desembarcado en Buenos Aires José de San Martín, un militar de treinta y cuatro años, experimentado en las guerras europeas, reservado, imponente y todavía desconocido para la sociedad porteña. Remedios, que tenía catorce años, quedó fascinada por aquel recién llegado y rompió su vínculo con Dorna. El 12 de septiembre de 1812 contrajo matrimonio con San Martín, mientras Gervasio quedaba, según la tradición familiar, profundamente desanimado y humillado. Lejos de resignarse a continuar su vida entre mostradores y tertulias, tomó una decisión extrema: el 8 de abril de 1813 abandonó Buenos Aires y marchó hacia el norte acompañado por Florentino, un hombre afrodescendiente sometido entonces a la esclavitud. Buscaba incorporarse al Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano. El general inicialmente no aceptó sus servicios, pero Gervasio insistió y, cuando las fuerzas patriotas llegaron a Potosí, finalmente fue nombrado ayudante de campo. El 1 de octubre de 1813 llegó la tragedia de Vilcapugio. Las tropas de Belgrano comenzaron el combate con ventaja, pero la herida de uno de sus jefes, el desorden de varias unidades y la presión realista transformaron una posible victoria en una dolorosa derrota. El propio Belgrano informó que la batalla se extendió desde las seis y media de la mañana hasta cerca de las dos de la tarde y que el ejército debió retirarse dejando su artillería en el campo. Gervasio Dorna murió con apenas veintitrés años durante aquella campaña. Algunas reconstrucciones sostienen que cayó en plena batalla; otras afirman que sobrevivió al choque inicial y fue muerto por una partida realista mientras regresaba de una peligrosa misión detrás de las líneas enemigas. La certificación atribuida a Belgrano destacó que había cumplido sus obligaciones con honor, patriotismo y el valor de quienes preferían morir antes que contemplar a su patria sometida. La memoria de San Miguel del Monte conserva además una escena conmovedora: según esa tradición, Florentino habría sepultado a su joven compañero en las tierras del Alto Perú y, al morir Gervasio, habría obtenido la libertad establecida por Pascuala Sosa, madre de Dorna, en una disposición testamentaria. Esta parte del relato posee menor respaldo documental que su carrera militar, pero convirtió a ambos hombres en símbolos inseparables de una época atravesada por la esclavitud, la revolución y la lucha por la independencia. ¿Gervasio se hizo matar deliberadamente por amor? No existe una prueba que permita afirmarlo. Lo comprobable es que, después de perder a Remedios, abandonó una existencia cómoda, recorrió más de mil kilómetros para incorporarse al ejército y encontró la muerte luchando por la emancipación americana. Por eso la historia terminó llamándolo “el muerto de amor”: no porque el amor haya detenido físicamente su corazón, sino porque aquella herida sentimental cambió para siempre el rumbo de su vida y lo condujo desde los salones de Buenos Aires hasta un campo de batalla perdido en el Alto Perú. #GervasioDorna #ElMuertoDeAmor #RemediosDeEscalada #JoseDeSanMartin #ManuelBelgrano #BatallaDeVilcapugio #EjercitoDelNorte #HistoriaArgentina #IndependenciaArgentina #HistoriasOlvidadas #Patricios #MendozAntigua #ArgentineHistory #ForgottenHistory #LatinAmericanHistory #WarAndLove #IndependenceHistory
PAVÓN: LA BATALLA QUE BUENOS AIRES NO GANÓ EN EL CAMPO, PERO GANÓ PARA SIEMPRE
El 17 de septiembre de 1861, a orillas del arroyo Pavón, en el sur de Santa Fe, no se disputó solamente una batalla: se decidió quién controlaría la organización política, militar y económica de la Argentina. Desde la caída de Juan Manuel de Rosas en Caseros, en 1852, el país había quedado dividido entre la Confederación Argentina, con capital en Paraná, y el Estado de Buenos Aires, dueño del puerto y de la aduana que concentraba la principal fuente de ingresos públicos. La Constitución de 1853 intentó organizar una república federal, pero Buenos Aires la rechazó y permaneció separada. Tras ser derrotada por Urquiza en Cepeda, debió firmar el Pacto de San José de Flores en 1859: aceptaba reincorporarse y jurar la Constitución, aunque consiguió revisar su texto, proteger su integridad territorial y conservar una posición económica privilegiada durante la transición. La unidad existía sobre el papel; debajo de ella continuaba latiendo una lucha feroz por el poder. En Pavón se enfrentaron aproximadamente 17.000 hombres de la Confederación, comandados por Justo José de Urquiza, y unos 16.000 soldados de Buenos Aires bajo las órdenes de Bartolomé Mitre. La caballería confederal arrolló a las alas porteñas, mientras la infantería de Mitre quebró el centro enemigo. Entonces ocurrió el gran misterio: Urquiza abandonó el campo con importantes fuerzas todavía disponibles y regresó hacia Entre Ríos. Buenos Aires había sufrido severos golpes y Mitre llegó a replegarse, pero la retirada de su adversario terminó convirtiéndolo en vencedor político. Durante generaciones se habló de un pacto secreto, de un acuerdo de caballeros e incluso de compromisos nacidos en reuniones masónicas. Sin embargo, ninguna documentación concluyente permite asegurar que existiera un convenio previo para entregar la batalla. La enfermedad de Urquiza, su desconfianza hacia el presidente Santiago Derqui, el temor a prolongar una guerra devastadora y su decisión de preservar el poder entrerriano son algunas de las explicaciones propuestas. Lo indiscutible es el resultado: Urquiza conservó su dominio provincial, pero dejó sin sostén efectivo a la Confederación y a numerosos federales del interior. Después de Pavón comenzó el derrumbe. Derqui renunció el 5 de noviembre de 1861; el vicepresidente Juan Esteban Pedernera declaró en receso al Poder Ejecutivo nacional el 12 de diciembre, y las fuerzas porteñas avanzaron sobre las provincias. El sangriento combate de Cañada de Gómez terminó de destruir buena parte de la resistencia confederal. Mitre quedó encargado provisoriamente del poder nacional y, el 12 de octubre de 1862, asumió como presidente de una Argentina reunificada bajo la hegemonía política de Buenos Aires. Pero la resistencia no desapareció. Ángel Vicente “el Chacho” Peñaloza intentó alcanzar la paz mediante el acuerdo de La Banderita, firmado en mayo de 1862, aunque las persecuciones, los cambios forzados de gobiernos provinciales y los enfrentamientos reanudaron la guerra. Las campañas contra las montoneras fueron presentadas como operaciones de pacificación, pero también estuvieron atravesadas por fusilamientos, represalias y una violencia social dirigida contra los gauchos que integraban las fuerzas federales. En ese clima quedó escrita la estremecedora exhortación de Domingo Faustino Sarmiento a Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos”. Peñaloza fue asesinado en 1863, pero el fuego federal volvió a levantarse años después. La Guerra de la Triple Alianza, los reclutamientos forzosos y el rechazo al centralismo impulsaron la Revolución de los Colorados y la rebelión de Felipe Varela, cuya derrota en 1867 marcó el ocaso de las grandes montoneras del interior. Para la historiografía liberal, Pavón abrió el camino hacia la consolidación del Estado nacional, la organización de sus instituciones y la formación de un ejército unificado. Para las corrientes federales y revisionistas, representó algo mucho más doloroso: el triunfo de una unidad construida desde el puerto, la subordinación política de las provincias y la derrota de un proyecto que pretendía distribuir de otra manera las rentas, el poder y el destino nacional. Pavón fue una batalla extraña: la caballería que triunfó terminó retirándose y el ejército que estuvo cerca de perder acabó gobernando el país. Allí no murió jurídicamente el federalismo, que continuó escrito en la Constitución, pero quedó profundamente debilitado como fuerza real. Desde aquel día, la Argentina comenzó a tener un solo gobierno, aunque la disputa entre el centro y las provincias jamás desapareció por completo. #BatallaDePavón #Pavón1861 #HistoriaArgentina #Federalismo #ConfederaciónArgentina #JustoJoséDeUrquiza #BartoloméMitre #ChachoPeñaloza #FelipeVarela #GuerrasCivilesArgentinas #HistoriaFederal #MemoriaArgentina #ArgentineHistory #BattleOfPavón #ArgentineCivilWars #Federalism #HistoryOfArgentina #LatinAmericanHistory
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