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viernes, 8 de mayo de 2026

El Belgrano desconocido: la familia “Pérez”, el error del censo y la casa donde nació la patria


Cuando se habla de Manuel Belgrano, casi siempre aparece el creador de la Bandera, el militar austero, el economista visionario o el hombre de Mayo. Pero detrás del prócer hubo algo menos mencionado y profundamente humano: una familia numerosa, unida y afectuosa, que marcó su vida desde la infancia. La casa familiar estaba en el barrio porteño de Monserrat, en la actual zona de avenida Belgrano 430, cerca del convento de Santo Domingo. Allí nació Manuel el 3 de junio de 1770 y allí también regresaría, enfermo y empobrecido, para morir el 20 de junio de 1820. Argentina.gob.ar recuerda que esa vivienda pertenecía a la familia Belgrano Peri - González Casero y se ubicaba sobre la antigua calle de Santo Domingo, actual avenida Belgrano. Su padre había nacido como Domenico Belgrano Peri, en Oneglia, Liguria, Italia, pero al establecerse en el mundo hispanoamericano castellanizó su nombre y pasó a firmar como Domingo Belgrano Pérez. Esa modificación del apellido explica una curiosidad documental: en algunos registros antiguos, los Belgrano aparecen bajo el nombre de “Pérez”. La Real Academia de la Historia señala que Domingo se casó el 4 de noviembre de 1757 con María Josefa González Casero y tuvo una familia muy numerosa, entre cuyos hijos estuvo Manuel Belgrano. Esa transformación aparece con claridad en el censo de 1778. Allí, la tradicional familia Belgrano fue registrada como “Pérez González”. En la casa figuraban Domingo y María Josefa, junto a varios de sus hijos: Carlos, José, Domingo, Francisco, Joaquín, Miguel, Juana y las Marías —Josefa Anastasia, del Rosario y Ana—, además de otros familiares. Incluso Manuel aparece, aunque con un error llamativo: el censista lo anotó como “Manuela Pérez”. Según la correspondencia familiar, sus hermanos lo llamaban cariñosamente “Manuelito”. La vida dentro de aquella casa colonial también muestra una realidad compleja de la sociedad rioplatense del siglo XVIII: el padrón registró la presencia de dieciséis personas esclavizadas, nueve hombres y siete mujeres, que convivían con la familia. Sus nombres —Rafael, Antonio, Tomasa, María, Sebastián, Vicente, Teresa, Isidora, Camila, entre otros— recuerdan que la historia de las grandes familias coloniales también estuvo atravesada por desigualdades profundas y por vidas que muchas veces quedaron al margen del relato oficial. La familia fue un sostén esencial para Belgrano. Sus padres, Domingo y María Josefa, parecen haber construido un núcleo unido, en el que los vínculos afectivos permanecieron fuertes durante décadas. También aparecen figuras cercanas como Julián Gregorio de Espinosa, amigo íntimo de la familia y padrino de varios de los hermanos Belgrano, incluido Manuel. Esta historia permite mirar al prócer desde otro lugar. Antes de ser general, vocal de la Primera Junta, creador de la Bandera y símbolo de la independencia, Manuel Belgrano fue un niño de Monserrat, criado en una casa llena de hermanos, parientes, vínculos, errores de escribano y memorias familiares. Porque la historia argentina no se formó solo en los campos de batalla ni en los grandes documentos políticos. También nació en patios coloniales, en casas familiares, en registros censales mal escritos y en esos detalles mínimos que devuelven humanidad a los nombres inmensos de la patria. #ManuelBelgrano #FamiliaBelgrano #LaFamiliaPérez #HistoriaArgentina #Monserrat #BuenosAiresColonial #PróceresArgentinos #CreadorDeLaBandera #MemoriaHistórica #ArgentinaColonial #MendozAntigua #ArgentineHistory #ManuelBelgranoHistory #ColonialBuenosAires #HistoricalMemory #FoundingFathers #ArgentinaPast #HistoryLovers

jueves, 7 de mayo de 2026

🌊 ¡EL CEMENTERIO MARÍTIMO MÁS LETAL DEL PLANETA! Sobreviviendo a la Pesadilla del Paso de Drake 🚢💀


Este rincón del océano es el mayor terror de los marineros. A lo largo de la historia, incontables embarcaciones han encontrado un trágico final en estas implacables aguas. ¡Adéntrate en el temible Paso de Drake! Considerado uno de los canales más anchos de la Tierra, esta inmensa franja oceánica es el puente natural que conecta el Cabo de Hornos en Sudamérica con el continente helado de la Antártida. Aquí, el clima es brutalmente indomable. Como no existe ninguna masa de tierra que actúe como barrera, los feroces vientos del oeste azotan la región de forma ininterrumpida, desatando tempestades con ráfagas que superan con facilidad los 100 km/h. Es exactamente en este punto donde las corrientes del Pacífico y del Atlántico chocan de frente, levantando olas monstruosas de hasta 20 metros de altura. Por si fuera poco, al ser la puerta de entrada a la Antártida, es común que inmensos icebergs desprendidos sorprendan a los barcos en medio de la tormenta. Dada la inmensidad del lugar, el estrecho carece casi por completo de islas o refugios para anclar o protegerse en una emergencia. Durante siglos, el saldo de esta trampa de agua ha sido devastador: barcos destrozados a la deriva y tripulaciones que jamás regresaron a casa. Hoy en día, desafiar el Paso de Drake es el rito de iniciación y la ruta principal para los robustos rompehielos y los modernos cruceros de expedición que se aventuran hacia el fin del mundo.


💡 Datos Escalofriantes (Respaldados por la Oceanografía y la Historia)

  • Un Cementerio en el Abismo: Los registros históricos estiman que en sus gélidas profundidades descansan al menos 800 barcos hundidos y que estas aguas han cobrado la vida de más de 20,000 navegantes.

  • La Corriente más Poderosa del Mundo: Por este paso fluye la Corriente Circumpolar Antártica, el único intercambio de agua a gran escala entre todos los océanos del mundo. Mueve la asombrosa cantidad de 150 millones de metros cúbicos de agua por segundo.

  • El Verdadero Descubridor: Aunque el mundo lo conoce por el corsario inglés Sir Francis Drake (quien, curiosamente, nunca navegó por él), el paso fue avistado por primera vez en 1526 por el navegante español Francisco de Hoces. Por esto, en España y gran parte de Hispanoamérica es formalmente conocido como el "Mar de Hoces".

  • Fuerza sin Freno: Es la única latitud en el mundo donde los océanos pueden dar la vuelta al globo terráqueo sin chocar con ningún continente, lo que permite que las olas acumulen una energía destructiva inigualable.

"Un embudo salvaje donde los océanos convergen y la naturaleza demuestra su fuerza más primitiva e incontrolable."


📊 El Paso de Drake en Números

CaracterísticaDato Clave
UbicaciónEntre el Cabo de Hornos (Chile/Argentina) y las Islas Shetland del Sur (Antártida)
AnchuraEntre 800 y 1,000 kilómetros
Profundidad Media3,400 metros
Olas y VientosOlas de 20 metros y vientos de +100 km/h
Costo Histórico+800 naufragios y +20,000 vidas perdidas

#PasoDeDrake #MarDeHoces #Oceano #Navegacion #Naufragios #AventuraExtrema #Antartida #MisteriosDelMar #NaturalezaSalvaje #CuriosidadesHistoricas #DrakePassage #OceanLover #Shipwrecks #Antarctica #ExtremeWeather #MaritimeHistory #SailingLife #SouthernOcean #EpicNature

Génova, Cádiz y Buenos Aires: la red familiar que preparó el mundo donde nacería Manuel Belgrano (Imagen Ilustrativa)


Antes de que Manuel Belgrano se convirtiera en uno de los grandes protagonistas de la historia argentina, hubo una trama familiar, comercial y migratoria que unió a Europa con el Río de la Plata. En esa historia aparecen dos hombres llegados desde Italia: Domenico Francesco María Cayetano Belgrano, genovés, y Angelo Castelli, veneciano. No se sabe con certeza si arribaron juntos a Buenos Aires ni si se conocieron en Cádiz, pero sí consta que para 1758 ya mantenían buen trato en la ciudad colonial: uno como comerciante y el otro como boticario. Con el tiempo, sus familias quedarían emparentadas. Domenico, que luego castellanizó su nombre como Domingo Belgrano, se casó el 4 de noviembre de 1757 con María Josefa González Casero, una joven porteña de familia tradicional vinculada a Santiago del Estero. La ceremonia se realizó en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, ubicada en la zona de las actuales calles Reconquista y Perón. Al año siguiente nació la primera hija del matrimonio, María Florencia, y su padrino de bautismo fue precisamente Ángel Castelli. Aquella relación no fue un detalle menor. Cinco años después, Castelli también se integraría al círculo familiar al casarse con una hija de Gregoria González, madrina de la primogénita de los Belgrano. Así, los lazos entre comerciantes, boticarios, familias criollas e inmigrantes italianos fueron formando una red social que tendría peso en la Buenos Aires del siglo XVIII. Domingo Belgrano prosperó en el comercio y en la provisión de pulperías. Aunque su familia no pertenecía al núcleo más antiguo de la elite porteña, sí logró ubicarse dentro del pequeño sector acomodado de la ciudad. Con María Josefa tuvo una familia numerosa: entre 1758 y 1781 nacieron dieciséis hijos. Entre ellos, el 3 de junio de 1770, llegó al mundo Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, quien años más tarde sería abogado, economista, revolucionario, militar y creador de la bandera argentina. La Buenos Aires donde nació Manuel era todavía una ciudad colonial pequeña, pero en crecimiento. Pertenecía al mundo hispánico y aún faltaban seis años para la creación del Virreinato del Río de la Plata, que convertiría a Buenos Aires en capital virreinal. Argentina.gob.ar recuerda que Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, hijo de Domingo Belgrano Peri, natural de Oneglia, en Liguria, y de María Josefa González Casero. La casa principal de la familia se encontraba muy cerca del convento e iglesia de Santo Domingo, en la actual avenida Belgrano 430. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires señala que allí nació y murió Manuel Belgrano, en el solar donde sus padres tenían su vivienda cuando esa calle todavía se llamaba Santo Domingo. También allí comenzó su primera formación, antes de continuar sus estudios en el Real Colegio de San Carlos, actual Colegio Nacional de Buenos Aires. Esa familia también poseía otras propiedades: casas, terrenos, una quinta en la zona que hoy corresponde a Vicente López y tierras en el área de Caseros, nombre asociado al apellido materno de María Josefa González Casero. En aquella ciudad de calles de tierra, iglesias, comercios, hornos de ladrillo y paseos ribereños, el pequeño Manuel creció rodeado por el mundo del comercio, la religión, los vínculos familiares y una Buenos Aires que empezaba lentamente a mirar más allá de su condición periférica. La historia de los primeros años de los Belgrano no es solamente una genealogía familiar. Es el retrato de una Buenos Aires en formación: una ciudad donde inmigrantes europeos, familias criollas, comerciantes, boticarios, pulperías, iglesias y vínculos de parentesco fueron tejiendo el ambiente donde nacería uno de los hombres fundamentales de la Revolución de Mayo. Manuel Belgrano no apareció de la nada. Nació en una casa, en una red familiar, en una ciudad y en una época que estaban cambiando. Y detrás de su nombre grande, también estuvieron esas historias pequeñas: un genovés que cruzó el Atlántico, una joven porteña de familia antigua, un boticario veneciano, una casa junto a Santo Domingo y una Buenos Aires colonial que comenzaba a preparar, sin saberlo, el escenario de la independencia. #ManuelBelgrano #FamiliaBelgrano #DomingoBelgranoPeri #MaríaJosefaGonzálezCasero #BuenosAiresColonial #Génova #Cádiz #HistoriaArgentina #RevoluciónDeMayo #SantoDomingo #AvenidaBelgrano #Monserrat #PróceresArgentinos #MendozAntigua #ArgentineHistory #ManuelBelgrano #ColonialBuenosAires #HistoryOfArgentina #FamilyHistory #IndependenceHistory #LatinAmericanHistory #HistoricalMemory

miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando la tierra tembló y la memoria buscó culpables: Mendoza, Antigua Guatemala y las ciudades que renacieron sobre sus ruinas


Cada terremoto no destruye solamente paredes, templos y viviendas. También sacude las ideas, las creencias, las culpas y la manera en que una sociedad decide recordar lo ocurrido. En América Latina, muchos desastres naturales fueron interpretados durante siglos como señales divinas, castigos celestiales o advertencias morales. Pero detrás de esas explicaciones religiosas también había decisiones humanas: falta de prevención, errores de construcción, ausencia de planificación urbana y una necesidad política de trasladar la responsabilidad hacia “lo inevitable”. Mendoza es un ejemplo poderoso. El terremoto del 20 de marzo de 1861 arrasó la antigua ciudad colonial y obligó a repensar su futuro. La Ciudad de Mendoza recuerda que el sismo ocurrió a las 20:36, que en pocos minutos gran parte de la capital quedó reducida a escombros y que la reconstrucción se realizó en un nuevo emplazamiento, alrededor de la actual Plaza Independencia, aproximadamente un kilómetro al sudoeste de la ciudad vieja. También se adoptaron calles más amplias, plazas y espacios abiertos pensados como zonas de resguardo ante futuros sismos. Sin embargo, la respuesta no fue solamente técnica. También fue cultural. La antigua Mendoza quedó asociada al dolor, al castigo, al miedo y al recuerdo de una ciudad “maldita” por la tragedia. Durante mucho tiempo, el relato público prefirió hablar de fatalidad o voluntad divina antes que mirar con crudeza la fragilidad de las construcciones, la imprevisión de las autoridades y la falta de una política sísmica efectiva. Daniel Schávelzon, en su investigación sobre el terremoto de 1861, remarca que la catástrofe siguió presente en la estructura física, la arquitectura, el arte, la cultura y el imaginario colectivo mendocino. El caso de Antigua Guatemala permite comparar una reacción semejante, pero con un desenlace patrimonial muy distinto. La ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala sufrió una larga historia de desastres: fue afectada por fenómenos volcánicos, inundaciones y terremotos. Según la UNESCO, Antigua fue fundada en el siglo XVI, en una región sísmica, y en 1773 los terremotos de Santa Marta destruyeron gran parte de la ciudad. Las autoridades ordenaron trasladar la capital a un sitio más seguro, que terminó convirtiéndose en la actual Ciudad de Guatemala. La diferencia más notable es lo que ocurrió después. Mientras Mendoza durante mucho tiempo le dio la espalda a su ciudad colonial destruida, Antigua Guatemala conservó buena parte de sus ruinas, su trazado urbano y su valor monumental. La UNESCO destaca que la reubicación de la capital y el abandono parcial permitieron preservar edificios barrocos, ruinas, calles empedradas, plazas y el antiguo trazado renacentista. En 1979, Antigua Guatemala fue inscrita como Patrimonio Mundial. En ambos casos aparece una tensión fascinante: por un lado, la explicación religiosa del desastre; por otro, el pragmatismo político de trasladar la ciudad. Si el terremoto era un castigo divino, ¿por qué mudarse podía evitarlo? Esa contradicción revela algo profundo: las sociedades coloniales podían interpretar el desastre como señal de Dios, pero al mismo tiempo sabían que el lugar, el suelo, los volcanes, la arquitectura y la organización urbana importaban. El texto original también abre una reflexión clave: no todos los desastres fueron explicados igual. Las pestes y epidemias, aunque también generaban miedo religioso, comenzaron a ser tratadas cada vez más como problemas médicos, sanitarios y administrativos. En cambio, los terremotos conservaron por más tiempo una lectura moral y teológica. En Mendoza, por ejemplo, las epidemias de cólera llevaron a medidas de salubridad, control del agua, aislamiento y organización sanitaria; el terremoto, en cambio, quedó envuelto en mitos, culpas, sermones, saqueos, muertos en iglesias y relatos de expiación. Por eso, el terremoto de 1861 no fue solo una tragedia natural. Fue un hecho que cambió la identidad de Mendoza. La “ciudad nueva” nació con otra escala, otra traza y otra idea de modernidad, mientras la “ciudad vieja” quedó enterrada bajo los escombros, la memoria y el silencio. La propia Municipalidad de Mendoza señala que recién hacia fines del siglo XX comenzó una política más activa de recuperación patrimonial mediante el Museo del Área Fundacional, las Ruinas de San Francisco y otros espacios que hoy permiten volver a mirar la ciudad desaparecida. Antigua Guatemala, en cambio, convirtió sus ruinas en identidad. Lo que en un momento fue señal de abandono terminó siendo su mayor tesoro cultural. El Banco Mundial la presenta como un ejemplo de resiliencia histórica, donde los desastres no solo marcaron pérdidas, sino también una forma particular de conservar patrimonio, memoria y paisaje urbano. Mendoza y Antigua Guatemala nos enseñan que los terremotos no terminan cuando deja de moverse la tierra. Continúan en las decisiones políticas, en las ruinas que se conservan o se destruyen, en los relatos que se repiten, en las culpas que se ocultan y en las ciudades que nacen después del desastre. Porque a veces una catástrofe no solo derrumba una ciudad: también revela cómo una sociedad entiende el miedo, la fe, la responsabilidad y la memoria. #MendozAntigua #MendozaAntigua #TerremotoDeMendoza #Mendoza1861 #AreaFundacional #RuinasDeSanFrancisco #HistoriaDeMendoza #CiudadVieja #MemoriaUrbana #PatrimonioHistórico #AntiguaGuatemala #HistoriaLatinoamericana #DesastresNaturales #CulturaYMemoria #CiudadesColoniales #PatrimonioMundial #UrbanHistory #LatinAmericanHistory #HistoricalMemory #EarthquakeHistory #CulturalHeritage #ColonialCities #DisasterHistory #AntiguaGuatemala #MendozaHistory

Si el Golfo de México se secara: el mapa imposible que desataría una crisis mundial


Se plantea una hipótesis tan impactante como inquietante: ¿qué pasaría si el Golfo de México se secara repentinamente? En ese escenario extremo, el enorme espacio marino ubicado entre Estados Unidos, México y Cuba dejaría al descubierto una inmensa superficie que,  podría superar el millón de kilómetros cuadrados. No sería simplemente “tierra nueva”: sería el fondo de una de las regiones marítimas más estratégicas del planeta. La idea resulta fascinante porque modifica de golpe la geografía de América del Norte. Donde hoy hay agua, rutas marítimas, plataformas petroleras, pesca, turismo y corredores climáticos, aparecería una gigantesca masa territorial. Incluso, si Estados Unidos lograra dominar ese nuevo espacio, podría escalar en el ranking territorial mundial y superar a Canadá, quedando solo por detrás de Rusia. Pero esa posibilidad abriría una disputa inmediata con México y Cuba, porque el Golfo no pertenece simbólicamente a un solo país: es una cuenca compartida por tres naciones. La realidad sería mucho más dramática que un simple cambio de mapa. El Golfo de México es un sistema oceánico semicerrado, conectado con el Caribe por el canal de Yucatán y con el Atlántico por el estrecho de Florida. Además, sus corrientes cálidas —como la llamada Loop Current— influyen en el clima, en los huracanes y en la circulación del Atlántico occidental. También es una región ecológica y económica gigantesca: un informe de NOAA ( Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos.) señala que el ecosistema del Golfo de México abarca más de 1,6 millones de km² de aguas costeras y oceánicas, y que es uno de los espacios más productivos de Norteamérica en pesca, turismo, extracción mineral y actividad costera. Si desapareciera el agua, el golpe sería devastador. Las costas turísticas de México, Cuba y Estados Unidos perderían playas, puertos, pesca y buena parte de su identidad económica. Ciudades, hoteles, terminales marítimas, rutas comerciales y zonas petroleras quedarían frente a un territorio salino, inestable y difícil de habitar. No sería una tierra fértil lista para poblar, sino un antiguo fondo marino cargado de sedimentos, sales, restos orgánicos y estructuras energéticas. El impacto sobre Estados Unidos también sería enorme. La Administración de Información Energética de ese país indica que la producción federal offshore del Golfo representó alrededor del 15% del petróleo crudo estadounidense y cerca del 2% del gas natural seco en 2022. Además, NOAA destaca que cerca de la mitad de la capacidad de refinación petrolera y procesamiento de gas natural de Estados Unidos se ubica a lo largo de la costa del Golfo, junto con grandes puertos como Houston y Nueva Orleans. Por eso, no solo imagina un país nuevo sobre el mapa: imagina una ruptura total del equilibrio económico, marítimo, climático y geopolítico de América. El Golfo de México no es un simple espacio azul entre continentes. Es una puerta entre océanos, una fuente de energía, una ruta de comercio, una región turística, un ecosistema inmenso y una frontera líquida cargada de historia. Si algún día desapareciera, no nacería solamente una nueva tierra. Nacería una crisis global. #GolfoDeMexico #Geografia #Mapas #HistoriaNatural #Geopolitica #AmericaDelNorte #Mexico #EstadosUnidos #Cuba #CambioClimatico #Oceanos #MundoCurioso #DatosCuriosos #MendozAntigua #GulfOfMexico #Geography #Maps #Geopolitics #NorthAmerica #Climate #Oceans #WorldHistory #WhatIf #EarthScience

martes, 5 de mayo de 2026

La guerra de la nafta en los años 30: cómo YPF pasó de competir con Shell y WICO a ordenar el mercado argentino


Durante la década de 1930, YPF mantuvo intacto su gran objetivo: colocarse en el primer lugar de las ventas de combustibles en la Argentina. Sin embargo, a mitad de esa década debió cambiar su estrategia. Ya no alcanzaba solo con producir, refinar y ofrecer nafta a menor precio: el verdadero problema estaba en venderla, distribuirla y sostener una red nacional de expendio frente a competidores extranjeros con más experiencia comercial, más surtidores y una publicidad mucho más agresiva. El precio final de la nafta también cambió por la creación del Fondo Nacional de Vialidad, impulsado primero durante el gobierno de facto de José Félix Uriburu y luego organizado formalmente con la Ley 11.658, sancionada en 1932 durante la presidencia de Agustín P. Justo. Esa norma creó la Dirección Nacional de Vialidad, estableció un sistema troncal de caminos nacionales y dispuso un impuesto adicional de 5 centavos por litro de nafta para financiar obras viales. La medida buscaba construir rutas, pero también encareció uno de los productos más consumidos del país. El impuesto generó rechazo en sectores de la sociedad. Intelectuales y economistas como Alejandro Bunge cuestionaron esos gravámenes porque los consideraban una carga excesiva sobre el consumo y una forma de afectar la libertad económica. Aun así, el Estado mantuvo la política de financiar caminos con recursos provenientes del combustible, justamente en una etapa en que el automóvil, el camión y el transporte por rutas empezaban a modificar la economía nacional. Hacia el final del gobierno provisional de Uriburu, la Argentina había alcanzado un dato clave: el autoabastecimiento en refinación de nafta. Esto significaba que las destilerías instaladas en el país podían procesar tanto el crudo nacional como el importado, evitando la necesidad de comprar combustible ya refinado en el exterior. Pero el avance industrial no resolvía el cuello de botella central: YPF producía, pero no siempre lograba vender todo lo que refinaba. Desde 1929, la petrolera estatal tenía dificultades para colocar toda su producción. La rebaja de precios y la unificación del valor de la nafta no fueron suficientes para revertir el problema. Faltaban surtidores propios, había problemas logísticos y las empresas extranjeras —especialmente Shell y WICO, vinculada a Standard Oil— dominaban zonas clave del mercado gracias a su experiencia comercial, su presencia en la Capital Federal y su capacidad para manejar campañas publicitarias más modernas. El mercado más codiciado era la Capital Federal, que concentraba cerca de un tercio del consumo nacional. Allí las compañías privadas tenían una ventaja importante: la cercanía de sus refinerías y depósitos les permitía reducir costos de transporte. YPF, por su parte, gozaba de ciertos beneficios municipales, como la posibilidad de instalar surtidores en condiciones ventajosas o recuperar bocas de expendio cuando vencían concesiones privadas. Pero esa ventaja abrió conflictos. En 1932, el intendente porteño Rómulo Naón autorizó a empresas privadas a colocar nuevos surtidores sin respetar la distancia mínima de 400 metros. YPF protestó, pero Naón respondió que primero estaban los intereses de la Municipalidad y luego los de la petrolera estatal. El conflicto escaló al Concejo Deliberante, al Congreso Nacional y a la prensa. Finalmente, YPF obtuvo un triunfo parcial: no se habilitaron nuevos surtidores privados, aunque los ya instalados continuaron funcionando. La disputa se volvió todavía más dura cuando Shell y WICO redujeron el precio de la nafta en la Capital Federal. YPF interpretó esa rebaja como una maniobra de dumping predatorio, es decir, una estrategia destinada a vender por debajo del precio normal para expulsar del mercado a la nafta nacional. Así comenzó una verdadera guerra de descuentos entre las principales petroleras del país, una batalla comercial en la que YPF volvió a quedar en una posición complicada. El director de YPF, Ricardo Silveyra, buscó entonces respaldo del Gobierno Nacional. La empresa estatal necesitaba vender su producción, sostener precios, ampliar surtidores y ordenar un mercado cada vez más competitivo. Según el análisis de Nicolás Gadano, citado en estudios sobre la historia petrolera argentina, los problemas de YPF combinaban deficiencias en la refinación con dificultades de comercialización. La cuestión de la calidad también pesaba: Shell y WICO aprovechaban publicitariamente la percepción de que sus naftas eran superiores, aunque no siempre existían estudios técnicos que demostraran esa diferencia. Durante los primeros años de la década, YPF acumuló pérdidas importantes. En 1934, por ejemplo, se reportó un déficit millonario. Frente a ese escenario, Shell y WICO propusieron dividir el mercado de combustibles para evitar una competencia destructiva. Para algunos críticos, como Julio V. González, las petroleras extranjeras no buscaban ordenar el mercado por patriotismo económico, sino conservar rentabilidades elevadas. La respuesta estatal fue avanzar en la regulación. Por medio de decretos presidenciales se controlaron las importaciones de petróleo y derivados, así como la ampliación o modificación de refinerías. De ese modo, YPF comenzó a fortalecer su poder sobre toda la cadena: exploración, producción, refinación, transporte y comercialización. Las compañías privadas siguieron operando, pero bajo un control creciente de la empresa estatal. En Buenos Aires, una ordenanza llegó a considerar la venta de nafta como servicio público, otorgando a YPF una posición privilegiada. No se trataba de un monopolio nacido simplemente de vender mejor o de tener mejor producto, sino de una intervención estatal orientada a ordenar el mercado. En la práctica, YPF empezó a ejercer un verdadero “monopolio organizacional” sobre el downstream, cumpliendo en parte el viejo ideal de Enrique Mosconi: que la empresa nacional fijara las reglas del juego petrolero. En ese contexto, la Standard Oil of New Jersey llegó a evaluar su retirada del mercado argentino, uno de los más importantes y lucrativos de América Latina. Sus activos iban a ser adquiridos por YPF, pero la operación no prosperó porque, aunque el Poder Ejecutivo avanzó con el decreto correspondiente, el Congreso no trató la compra en tiempo y forma. El acuerdo más importante llegó el 28 de junio de 1937. Se pactó un reparto del mercado de naftas por tres años, con posibilidad de prórroga. El mayor beneficiario fue YPF, que quedó con el 33% del mercado. WICO recibió el 30%, Shell el 21% y el 16% restante quedó para otras refinadoras menores. Para controlar el cumplimiento del convenio se creó un Tribunal Arbitral, presidido por Eduardo Bullrich, encargado de fijar criterios de producción, ventas y distribución. Pero el propio crecimiento de YPF abrió una paradoja: la empresa estatal no siempre tenía capacidad suficiente para producir y vender todo el cupo asignado. Por eso debió recurrir a importaciones y, en ciertos casos, a combustibles provistos por empresas privadas. Incluso Shell llegó a abastecer a YPF, muestra de una relación más compleja de lo que sugiere la idea de una guerra permanente entre Estado y compañías extranjeras. Esa relación también debe leerse en el marco de los vínculos comerciales entre Argentina y Gran Bretaña durante los años treinta. La gran solución comercial fue la alianza con el Automóvil Club Argentino. En 1936, el ACA firmó con YPF un convenio de exclusividad para vender productos fiscales. A cambio, recibió créditos en productos, bonificaciones y apoyo para construir una red de estaciones de servicio. Según investigaciones sobre el vínculo ACA-YPF, el club se comprometía a vender exclusivamente combustibles de YPF; desde 1940 pudo vender al público en general, aunque los socios mantenían beneficios especiales. Esa alianza transformó el mapa del combustible en la Argentina. Las estaciones ACA-YPF comenzaron a inaugurarse a fines de 1938, siguiendo proyectos arquitectónicos modernos, y se expandieron por ciudades importantes, rutas pavimentadas y caminos estratégicos. En 1940 ya estaban terminadas las obras de la primera etapa y más de la mitad de la segunda, que incluía puntos clave como Mendoza, Rosario, La Plata, San Luis y Bahía Blanca. Las ventas de nafta del ACA a sus socios crecieron de casi 4 millones de litros entre 1936 y 1937 a 31 millones en 1940, una expansión enorme en apenas tres años. Para YPF, el ACA fue mucho más que un socio comercial: fue la llave para superar su problema de distribución. La red de estaciones permitió llevar combustibles, lubricantes y otros derivados a territorios donde la iniciativa privada no siempre llegaba por falta de rentabilidad. Para el Estado, esa expansión tenía también un sentido simbólico: llenar los caminos argentinos con estaciones modernas, asociadas al progreso, la soberanía energética y la integración territorial. Hacia fines de los años treinta, el contexto económico había cambiado. La industrialización interna, el crecimiento del parque automotor y el aumento del transporte de cargas aseguraban una demanda creciente de derivados del petróleo. La Argentina era entonces uno de los mayores consumidores latinoamericanos de combustibles. El país contaba con numerosas plantas refinadoras, desde grandes complejos como La Plata hasta destilerías menores como Plaza Huincul. Argentina.gob.ar recuerda que, desde la dirección de Enrique Mosconi, YPF fue concebida como símbolo de progreso económico, soberanía nacional e integración territorial. El inicio de la Segunda Guerra Mundial no afectó de inmediato la refinación, pero sí abrió otro problema: el transporte. La Argentina no tenía suficientes buques tanque para trasladar el petróleo crudo —nacional e importado— hacia las refinerías. Con la entrada de Estados Unidos en la guerra, la situación se agravó, porque una parte importante del transporte dependía de barcos con bandera estadounidense. Allí quedó al descubierto que el punto débil no era solo producir o refinar, sino conectar toda la cadena energética. Durante la presidencia de Ramón Castillo, las tensiones con Ricardo Silveyra se profundizaron. El gobierno creó una comisión especial para decidir contrataciones de barcos y recortó atribuciones de YPF en materia de transporte. Al mismo tiempo, hubo cambios en el directorio de la empresa: algunos miembros renunciaron o no fueron renovados, y fueron reemplazados por figuras más cercanas al poder político, como Enrique Patrón Costas y Benjamín Villafañe. En 1941 y 1942 los problemas de abastecimiento se hicieron visibles. Consumidores particulares y empresas comenzaron a quejarse por la falta de combustibles. La relación entre el Ministerio de Agricultura y la conducción de YPF se volvió cada vez más tensa. Finalmente, el 1 de febrero de 1943, Ricardo Silveyra dejó la presidencia de la empresa, salida acompañada también por la de Horacio Morixe. El cambio fue profundo. Según la interpretación de Nicolás Gadano, el gobierno de Castillo nunca terminó de reconocer a YPF como autoridad de contralor del mercado de combustibles. Si esa lectura es correcta, se trató de un giro trascendental: por primera vez desde la creación de la empresa estatal, un gobierno nacional parecía desautorizar ante la sociedad el papel rector de YPF. El nuevo presidente de la empresa, Enrique Butty, cuestionó la autarquía de la petrolera y sostuvo que las grandes políticas de YPF debían ser fijadas por el Congreso de la Nación. Así, la década de 1930 no significó un simple cambio administrativo para YPF. Fue una etapa de guerra comercial, regulación estatal, conflictos municipales, alianzas estratégicas, problemas de transporte y redefinición política. La empresa pasó de pelear precio por precio contra Shell y WICO a construir una red nacional junto al ACA y a ejercer un control creciente sobre el mercado. Pero también quedó expuesta a sus límites: producir no alcanzaba; había que vender, distribuir, transportar y sostener políticamente una estrategia energética nacional.  #YPF #HistoriaDelPetróleo #NaftaArgentina #Shell #WICO #StandardOil #AutomóvilClubArgentino #ACA #RicardoSilveyra #EnriqueMosconi #DécadaDel30 #DirecciónNacionalDeVialidad #Ley11658 #Combustibles #SoberaníaEnergética #HistoriaArgentina #MendozAntigua #ArgentineOilHistory #EnergyHistory #YPFHistory #OilAndPolitics #FuelMarket #ArgentineHistory ( 
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lunes, 4 de mayo de 2026

YPF contra los gigantes del petróleo: la guerra de la nafta que cambió la Argentina


Entre 1918 y 1943, la historia del petróleo argentino no se jugó solamente en los pozos, sino también en las destilerías, los surtidores, los depósitos, los precios y la venta al público. Ese tramo del negocio —conocido como downstream, es decir, la refinación, distribución y comercialización de combustibles— fue el escenario de una disputa decisiva entre el Estado argentino, las empresas privadas y los grandes trust petroleros internacionales. La historia venía de antes. En 1906, el empresario austríaco Emilio Schiffner instaló en Campana, provincia de Buenos Aires, una pequeña refinería que trabajaba con materias primas importadas. Allí comenzó a tomar forma una actividad clave: la destilación del petróleo. De ese proceso no salía únicamente nafta, sino también otros derivados esenciales, como gasoil, kerosene, fuel oil, asfaltos y solventes. La nafta inicial, obtenida mediante un calentamiento moderado del crudo, era todavía un producto primario, cuya calidad dependía del tipo de hidrocarburo procesado. Más tarde, YPF la denominaría nafta industrial y la utilizaría como disolvente. En 1911, aquella planta de Campana pasó a manos de la West India Oil Company, conocida como WICO, subsidiaria de la Standard Oil de New Jersey. Con esa operación, la compañía se convirtió en la gran protagonista del mercado local. Según Petrotecnia, WICO amplió la refinería de Campana y hacia 1916 llegó a abastecer más del 90% del mercado argentino de derivados del petróleo, ya fuera con productos importados o elaborados en el país a partir de crudos extranjeros. Desde esa posición dominante, WICO podía influir sobre los precios minoristas de la nafta y el kerosene. En momentos de escasez, ese poder se volvía especialmente sensible: los valores subían, los usuarios protestaban y el combustible comenzaba a ser visto no solo como una mercancía, sino como un bien estratégico para la economía nacional. La respuesta estatal empezó a consolidarse con los yacimientos patagónicos. En 1913, en Comodoro Rivadavia, comenzó la destilación de productos argentinos para abastecer necesidades locales. En 1919, una planta de bandera nacional inició una actividad similar en Plaza Huincul, Neuquén. Eran instalaciones de escala reducida, pensadas para procesar crudos cerca de los yacimientos y cubrir consumos regionales. Pero el país necesitaba mucho más. El giro fundamental llegó con YPF. El 3 de junio de 1922, durante la presidencia del radical Hipólito Yrigoyen, se creó por decreto la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Poco después, ya bajo el gobierno de Marcelo T. de Alvear, el general e ingeniero Enrique Mosconi asumió la conducción de la empresa y convirtió al petróleo en una causa de soberanía económica. Argentina.gob.ar recuerda que bajo Mosconi comenzó a hablarse de “nacionalismo petrolero”, con YPF entendida como herramienta para garantizar la soberanía nacional. La gran apuesta de Mosconi fue integrar todas las etapas del negocio: extracción, refinación, transporte y venta. Esa estrategia se hizo visible el 23 de diciembre de 1925, cuando YPF inauguró la Destilería de La Plata, ubicada en Ensenada, cerca del principal centro consumidor del país. La planta marcó un antes y un después: permitió aumentar la producción de destilados livianos, especialmente naftas, y su capacidad superó a la de las demás refinerías argentinas sumadas. Para 1930, YPF distribuía sus productos mediante 12 plantas de almacenaje y 2.320 surtidores repartidos entre la Capital Federal y el resto del país. Entre 1906 y 1943, el mapa refinador argentino fue creciendo de manera acelerada. A la pionera planta de Campana se sumaron Comodoro Rivadavia, Plaza Huincul, La Plata, Campo Durán, Elordi, Dock Sud, Godoy Cruz, San Lorenzo y Luján de Cuyo. La refinería de Godoy Cruz, inaugurada en 1936, sería reemplazada hacia 1940/1941 por la de Luján de Cuyo, que llegó a convertirse en la segunda refinería más importante del país. Petrotecnia señala que Luján de Cuyo nació en 1940 y, tras ampliaciones posteriores, pasó a operar con crudos cuyanos y neuquinos. El otro gran actor privado fue Shell, que ingresó al país en la década de 1910 a través de la Anglo Mexican Petroleum Products Company. En sus comienzos importaba combustibles y abastecía, entre otros clientes, a ferrocarriles británicos, frigoríficos y compañías eléctricas. La propia Shell Argentina recuerda que en 1922 lanzó su primera marca de nafta, Energina, y que en 1923 inauguró el depósito de Casa Amarilla, en La Boca, conectado con vagones tanque desde Dock Sud. En 1931, Shell inauguró su refinería de Dock Sud, construida por Diadema Argentina S.A. La obra demandó alrededor de diez meses y una inversión millonaria; procesaba unas mil toneladas diarias de crudo y permitió lanzar al mercado combustibles elaborados localmente, cuando antes muchos subproductos eran importados. Mientras tanto, la Argentina cambiaba a toda velocidad. El automóvil dejaba de ser una rareza de élite y se convertía en símbolo de modernidad urbana. El crecimiento del parque automotor, la industrialización incipiente, los ferrocarriles, las usinas, las fábricas y los hogares multiplicaron la demanda de combustibles. Petrotecnia señala que hacia mediados de la década de 1920 el país importaba anualmente más de 360 millones de litros de nafta, 94 millones de litros de kerosene y 250.000 toneladas de fuel oil, en un contexto en el que el parque automotor rondaba las 179.800 unidades. La refinación también evolucionó. Los avances tecnológicos permitieron obtener gasolinas más puras, más estables y con mejores propiedades antidetonantes, necesarias para motores cada vez más exigentes. La relación fue directa: a medida que mejoraban los automóviles, también debía mejorar la calidad de la nafta. El consumo argentino de combustibles pasó de más de 5 millones de toneladas en 1922 a más de 10 millones hacia comienzos de la década de 1940, lo que muestra la enorme expansión del mercado. Esa transformación también llegó al surtidor. Los nuevos equipos permitían filtrar impurezas y mostrar al automovilista cuántos litros cargaba. En los años veinte comenzaron a aparecer surtidores importados, entre ellos los de la marca Wayne Pump Company, representados por Torcuato Di Tella. Luego, mediante acuerdos industriales, la empresa SIAM empezó a fabricar surtidores en el país. Desde 1927, por contrato con YPF, los surtidores SIAM se incorporaron a la red de venta de la empresa estatal. La tabla muestra algo revelador: WICO ya no era la única reina del mercado. Shell había logrado una red de surtidores incluso mayor, mientras YPF todavía ocupaba una posición minoritaria frente a las petroleras extranjeras. Sin embargo, el avance estatal empezaba a modificar las reglas de juego. El punto de quiebre llegó hacia 1929, cuando YPF dejó atrás el contrato de comercialización con la firma F. J. Auger y empezó a vender por cuenta propia sus productos refinados. Mosconi trazó entonces una estrategia doble: aumentar la capacidad de refinación y reducir el precio de la nafta. Como la crisis económica internacional dificultó nuevas grandes obras, concentró su ofensiva en el precio. En junio de 1929, YPF aplicó una primera rebaja de dos centavos por litro. La medida buscaba beneficiar al consumidor, disputar mercado y golpear el poder de los trust petroleros. Según El Historiador, una vez integrada en extracción, refinación y comercialización, YPF pudo enfrentar una verdadera “guerra de precios” y obligar a distribuidoras extranjeras como Standard Oil y Dutch-Shell a moderar sus pretensiones. El precio de la nafta variaba entonces entre 24 y 34 centavos por litro, según la región, por fletes e impuestos locales. Mosconi avanzó con nuevas rebajas hasta lograr un precio base unificado de 20 centavos por litro, aunque en la práctica persistieron diferencias provinciales por cargas fiscales. Aquella política hizo que Argentina tuviera durante varios años una de las naftas más baratas de América Latina. La disputa no era solamente comercial. Era política, económica e ideológica. Para las compañías privadas, el petróleo era un negocio. Para Mosconi y buena parte del radicalismo, era un recurso estratégico que debía servir al desarrollo nacional, abaratar los costos productivos y proteger al consumidor. El debate venía cargado de tensiones internacionales: investigaciones históricas recuerdan que, tras la Primera Guerra Mundial, la dependencia energética argentina del carbón importado hizo que el petróleo se volviera un tema central de soberanía, industria y poder estatal. Por eso, la historia del downstream entre 1918 y 1943 no habla solo de destilerías, surtidores y marcas comerciales. Habla de una Argentina que descubrió que el combustible movía mucho más que motores: movía trenes, fábricas, cosechas, ciudades, precios, soberanía y poder. En esa batalla entre YPF, WICO, Shell y otras compañías importadoras, se jugó una parte decisiva del siglo XX argentino: la pelea por decidir si el petróleo sería apenas una mercancía o una herramienta para construir autonomía nacional. #YPF #Mosconi #PetróleoArgentino #HistoriaArgentina #NacionalismoPetrolero #StandardOil #ShellArgentina #WICO #NaftaNacional #SoberaníaEnergética #Radicalismo #IndustriaArgentina #MendozAntigua #OilHistory #ArgentineOil #EnergySovereignty #FuelHistory #IndustrialHistory #LatinAmericaHistory (Fuente:
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domingo, 3 de mayo de 2026

¿Desde cuándo nos llamamos argentinos? La historia del nombre que nació entre plata, poesía y revolución


La pregunta parece simple, pero encierra siglos de historia: ¿desde cuándo comenzamos a llamarnos argentinos? El nombre no apareció de un día para otro ni nació primero como una identidad nacional popular. Fue el resultado de un largo proceso donde se mezclaron geografía, conquista, literatura, política y revolución. La palabra Argentina proviene del latín argentum, que significa plata. Su origen está ligado al Río de la Plata, llamado así por las noticias, relatos y expectativas que hablaban de riquezas metálicas en estas tierras del sur americano. Antes de convertirse en nombre de país, la expresión apareció en registros cartográficos como Terra Argentea, utilizada por el portugués Lopo Homen en 1554. El gran paso literario llegó en 1602, cuando Martín del Barco Centenera publicó en Lisboa su obra Argentina y conquista del Río de la Plata. Allí utilizó el término para nombrar estas regiones vinculadas al Río de la Plata. Desde entonces, “Argentina” empezó a circular primero como una palabra culta, más usada por escritores, cronistas y hombres ilustrados que por el pueblo común. Durante mucho tiempo, sin embargo, el nombre más habitual siguió siendo Río de la Plata, asociado al antiguo virreinato creado en 1776. En tiempos de la Revolución de Mayo y la Independencia también se usaron otras denominaciones, como Provincias Unidas del Río de la Plata o Provincias Unidas en Sud América. La palabra “Argentina” todavía no era el nombre dominante del nuevo país en formación. Pero el término fue ganando fuerza. En 1801, Manuel José de Lavardén habló de las “ninfas argentinas” en su oda al Paraná. Luego, la Marcha Patriótica de 1813 —después convertida en Himno Nacional— usó la palabra “Argentinos”, señal de que el nombre empezaba a pasar del mundo literario al lenguaje político de la revolución. En 1826, una Constitución de corta duración oficializó la denominación Nación Argentina, aunque no logró imponerse plenamente por las tensiones entre unitarios y federales. Durante décadas convivieron nombres como Confederación Argentina, República Argentina y Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente, la reforma constitucional de 1860 incorporó el artículo 35, que reconoció esas denominaciones históricas como nombres oficiales, y el presidente Santiago Derqui dispuso usar República Argentina para los actos administrativos. Así, ser “argentino” fue mucho más que adoptar un gentilicio. Primero fue una referencia al río y a la plata; después, una palabra poética; más tarde, una identidad revolucionaria; y finalmente, el nombre político de una Nación. Nos llamamos argentinos porque la historia fue transformando una antigua idea geográfica en una pertenencia común: la de un pueblo que, entre disputas, guerras, provincias y proyectos de país, terminó encontrando en ese nombre una forma de reconocerse. #Argentina #Argentinos #OrigenDelNombre #RíoDeLaPlata #TerraArgentea #MartínDelBarcoCentenera #HistoriaArgentina #ProvinciasUnidas #RepúblicaArgentina #ConfederaciónArgentina #HimnoNacionalArgentino #IdentidadArgentina #MendozAntigua #ArgentineHistory #ArgentinaName #RiverPlate #LatinAmericanHistory #NationalIdentity #HistoricalMemory #CulturalHeritage

La imprenta secreta de San Martín: el origen del periodismo mendocino nació al ritmo del Ejército de los Andes


La aparición de los primeros periódicos en Mendoza no habría sido posible sin una herramienta decisiva: la imprenta. Antes de que la provincia tuviera una prensa organizada, fue necesario contar con tipos, papel, tinta, operarios y una máquina capaz de multiplicar proclamas, avisos, documentos oficiales y, más tarde, periódicos. Hacia 1820, Mendoza ya contaba con varias imprentas activas. Las fuentes mencionan la Imprenta de la Provincia, vinculada a las autoridades locales; la Imprenta Lancasteriana, relacionada con la sociedad educativa del mismo nombre; y la Imprenta Escalante. Según investigaciones sobre los primeros impresos mendocinos, para ese año ya existían esas tres imprentas, y en la Lancasteriana se imprimió posteriormente El Eco de los Andes. Sin embargo, el dato más fascinante lo aportó Juan Draghi Lucero: antes de esas imprentas civiles, Mendoza habría tenido una imprenta militar, la del Ejército de los Andes, introducida por el general José de San Martín antes del cruce cordillerano de 1817. Su función no era menor: servir a la causa libertadora mediante la impresión de proclamas, boletines y comunicaciones destinadas a sostener la moral pública y difundir las noticias de la campaña. La existencia de esa imprenta quedó vinculada a la célebre Proclama del gobernador intendente Toribio de Luzuriaga, difundida tras el triunfo patriota en Chacabuco. Algunas referencias la datan el 16 de febrero de 1817, mientras otros estudios citan el texto fechado el 15 de febrero de 1817. En cualquier caso, se la considera el impreso mendocino más antiguo conocido, una hoja volante que anunciaba al pueblo cuyano la victoria del Ejército de los Andes y reconocía el esfuerzo colectivo de Mendoza en la empresa sanmartiniana. La documentación histórica señala que San Martín había solicitado al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón una imprenta para uso del ejército. La respuesta incluía el envío de una pequeña prensa, útiles, papel, tinta y una importante cantidad de tipos. Esa imprenta acompañó la estrategia política y militar de la independencia: no solo se peleaba con armas, caballos y municiones, también con palabras impresas. Después del cruce de los Andes, la imprenta del ejército habría sido trasladada a Chile y, más tarde, retornada a Mendoza, donde quedó instalada definitivamente hacia 1819. Desde entonces, la provincia comenzó a construir una vida impresa propia, primero con proclamas y hojas oficiales, luego con periódicos. En 1820 apareció La Gaceta de Mendoza, considerada uno de los inicios del periodismo primitivo local, y en 1824 comenzó a circular El Eco de los Andes, uno de los periódicos más recordados de esa primera etapa. Así, la historia de la imprenta en Mendoza no empieza solamente como un capítulo técnico o editorial. Nace en el corazón de la gesta sanmartiniana, entre campañas militares, ideas ilustradas, educación, política y necesidad de comunicación pública. Aquella vieja prensa fue mucho más que una máquina: fue una herramienta de revolución, memoria y ciudadanía. Con ella, Mendoza empezó a imprimir su propia voz. #ImprentaMendocina #HistoriaDeMendoza #SanMartín #EjércitoDeLosAndes #ToribioDeLuzuriaga #Chacabuco #ElEcoDeLosAndes #LaGacetaDeMendoza #PeriodismoMendocino #MendozaAntigua #IndependenciaArgentina #CuyoHistórico #MendozAntigua #PrintingHistory #MendozaHistory #SanMartin #ArmyOfTheAndes #HistoricPress #ArgentinaHistory #LatinAmericanHistory

El oro negro que puso a temblar a Rockefeller: cómo Yrigoyen y un general formado en Prusia inventaron YPF y desataron la primera guerra energética argentina


La asunción de Hipólito Yrigoyen el 12 de octubre de 1916 abrió la etapa radical en la Casa Rosada. Tanto Yrigoyen como su sucesor, Marcelo T. de Alvear, provenían de la generación del 80: hacendados bonaerenses que habían acumulado fortuna con la ganadería. Por eso el radicalismo mantuvo, en lo esencial, la arquitectura agroexportadora durante toda la década de 1920. Al mismo tiempo, introdujo una impronta reformista que se notó en la mayor presencia del Estado en la economía, en la mediación de conflictos salariales y en ramas estratégicas como los hidrocarburos. Yrigoyen aplicó una fórmula dual. Toleró la inversión privada, pero la sometió a una fiscalización minuciosa. Puso la Dirección General de Explotación del Petróleo de Comodoro Rivadavia bajo el Ministerio de Agricultura y, poco después, le retiró el sostén presupuestario. La repartición debió autofinanciarse con sus propias ventas, lo que orientó las utilidades a comprar equipos y perforar, no a mejorar jornales ni condiciones de campamento. Esa austeridad chocó con un clima social más reivindicativo. El 29 de septiembre de 1917 estalló en Comodoro Rivadavia la primera gran huelga petrolera patagónica, que se extendió 51 días. La recién formada Federación Obrera Petrolífera reclamaba jornada de ocho horas y un aumento de 25% para quienes cobraban menos de cuatro pesos diarios; el administrador Leopoldo Sol rechazó el pliego y denunció a los huelguistas. El conflicto inauguró un ciclo de paros que se prolongaría hasta mediados de los años veinte. En agosto de 1920, los paros y la caída de bombeo llevaron a diputados opositores a abrir una investigación. El informe señaló que, más allá del malestar obrero, el gobierno había gestionado mal la abundancia posterior a la Primera Guerra Mundial.  La guerra había cambiado las reglas. Con Europa sin carbón, la producción argentina saltó de menos de 44.000 toneladas en 1914 a 215.000 en 1918, mientras las importaciones de carbón se desplomaban de 3,41 millones a 821.000 toneladas. El consumo interno de petróleo trepó de 140.000 toneladas en 1913 a 530.000 en 1919, pero solo alrededor de 15% era de origen nacional. Al terminar el conflicto, el país cubría cerca de 40% de su demanda de combustibles gracias a precios altos sostenidos .  Ese potencial atrajo a los trusts. Standard Oil, Royal Dutch Shell y Anglo Persian iniciaron una caza mundial de reservas y la Argentina figuró en sus mapas por los informes de Brady (1923), Hileman (1921) y Windhausen (1916). El hallazgo de Plaza Huincul en Neuquén en 1918-1919, fruto de la Dirección de Minas, reforzó la expectativa. Las solicitudes de cateo se dispararon y alcanzaron su pico patagónico en 1922, con réplicas en Mendoza. Sin embargo, la penetración fue limitada. De 37 compañías privadas organizadas tras la guerra, solo 13 seguían activas en 1927 y apenas tres producían volúmenes relevantes. Su participación pasó de menos de 10% en 1918 a 25% en 1924 y 41% en 1926, pero el foco inversor seguía en Venezuela, México y Arabia. Frente a ese escenario, Yrigoyen firmó el 3 de junio de 1922 el decreto que creó la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Era la concreción tardía de un proyecto enviado al Congreso en 1918 (Cáceres Cano, 1972: 58) y de la sugerencia de 1919 de la comisión del socialista Juan B. Palacios. A diferencia de la Anglo Persian de 1908, controlada en 51% por el Almirantazgo británico pero gerenciada en forma privada, o de la Compagnie Française des Pétroles de 1924, de capital mixto, YPF nació como empresa íntegramente estatal, sin antecedentes en el mundo petrolero. El arranque fue áspero. Marcos Kaplan (1972a) describió equipos obsoletos, escasez de maquinarias y falta de técnicos en toda la cadena. La comercialización de naftas quedaba en manos de la West India Oil Co. (WICO), que prácticamente fijaba el precio en surtidor. Alvear cambió el ritmo al nombrar director a Enrique Mosconi, quien ocupó el cargo entre 1922 y 1930. Nacido en Buenos Aires el 21 de febrero de 1877, egresó del Colegio Militar a los 17 con diploma de honor, se especializó en ingenieros y en aeronáutica. Entre 1906 y 1910 estudió en la Technische Hochschule de Charlottenburg, incorporado al cuerpo de ingenieros del Reichsheer en Westfalia. Allí asimiló a Friedrich List y a la escuela histórica alemana, y probablemente a Alfred Weber y su teoría de localización industrial. Esa formación nacionalista, muy presente en el ejército argentino admirador de Prusia , marcó su visión. El detonante personal ocurrió en 1922, cuando dirigía Aeronáutica: la West India Oil le exigió pago anticipado por combustible de aviones. Mosconi respondió que el Ejército no debía un centavo y juró "romper los trusts".  Su plan fue crear una petrolera verticalmente integrada. Primero auditó: YPF no tenía presupuesto aprobado, arrastraba un déficit de unos $70.000 m/n y un rojo anual cercano a dos millones, carecía de estadísticas desde 1920 y la Marina le adeudaba más de dos millones por suministros. Con apoyo del ministro Tomás Le Bretton, separó de hecho a YPF de Agricultura, suspendió trámites de cateo bajo el lema "las minas para los mineros"  y promovió la reserva fiscal del 10 de enero de 1924, que blindó casi 33 millones de hectáreas patagónicas. Salta, Jujuy, Entre Ríos y Santa Fe (esta última en 1923) imitaron la medida. Los números acompañaron. En 1923 YPF ya producía 415.558 m³ y generaba beneficios por $600 millones. Para 1925 aportaba más de 60% del crudo extraído en el país (BIP, marzo 1933). El paso decisivo fue la refinería de La Plata, habilitada el 23 de diciembre de 1925, construida por Bethlehem Steel y considerada entonces la décima más grande del mundo por capacidad. Cuatro meses después destilaba nafta de aviación. La producción propia de combustibles se multiplicó por diez: en 1928 YPF vendió 100 millones de litros de nafta y 25 millones de litros de kerosene.  Mosconi también nacionalizó la mano de obra: impulsó migración interna hacia Comodoro Rivadavia, Plaza Huincul, Las Heras, Cañadón Seco y Caleta Olivia, capacitó técnicos argentinos y llevó la plantilla a unos 50.000 trabajadores. Con ello, Argentina se convirtió en el segundo país del planeta, después de la Unión Soviética, en tener una petrolera estatal integrada verticalmente.  La batalla política escaló en 1927. Un proyecto enviado por Alvear proponía federalizar los yacimientos. La Comisión de Industrias y Comercio de Diputados, presidida por los mendocinos Julio César Raffo de la Reta y Jorge Calle, dictaminó a favor de la nacionalización pero manteniendo espacio para privados. Mosconi defendía una compañía mixta; el socialista independiente Antonio de Tomasso fue más allá y pidió monopolio estatal pleno, posición que su corriente ya había sostenido en 1917 contra la Standard Oil. El proyecto se sancionó en septiembre de 1927 con monopolio de explotación y transporte, y pasó al Senado. El regreso de Yrigoyen en octubre de 1928 endureció la postura: buscó monopolio integral de YPF. La Standard Oil encabezó la resistencia, argumentando falta de capacidad técnica y financiera de YPF, crítica parcialmente cierta . Se alineó con las elites de Salta y Jujuy, donde operaba. El gobernador salteño Julio Cornejo revirtió la política de reservas y llevó el caso a la Corte Suprema, que en 1930 falló a favor de la compañía. En paralelo, la Cámara de Diputados, con mayoría radical tras las elecciones de abril de 1928, aprobó la expropiación de activos privados. El Senado conservador frenó ambos expedientes durante 1929 y 1930, dejando la definición en suspenso hasta el golpe de septiembre de 1930. En síntesis, el ciclo radical no rompió el modelo agroexportador, pero instaló al petróleo como asunto de Estado. Entre 1916 y 1930 pasó de una dirección deficitaria y autofinanciada a una empresa que producía la mayor parte del crudo, refinaba a escala mundial y disputaba precio y mercado a los mayores trusts, sentando las bases doctrinarias y materiales de la soberanía energética argentina. #PetróleoArgentino #YPF #Yrigoyen #Alvear #Mosconi #OroNegro #SoberaníaEnergética #HistoriaArgentina #ComodoroRivadavia #PlazaHuincul #Patagonia #NationalOil #OilHistory #EnergySovereignty #Argentina #StandardOil (fuente:
https://bdigital.uncu.edu.ar/) 


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