domingo, 3 de mayo de 2026

YPF en los años 30: el “golpe con olor a petróleo” que no pudo apagar la soberanía energética argentina


La década de 1930 comenzó bajo el impacto de la Gran Depresión, una crisis mundial que alteró el comercio internacional, redujo la demanda externa y golpeó con fuerza a las economías agroexportadoras como la argentina. La caída de los precios de exportación, la contracción de los mercados compradores y la necesidad de reemplazar productos importados abrieron una nueva etapa económica. Desde entonces, el Estado comenzó a intervenir con más intensidad sobre los mercados, mientras la industria se transformaba en uno de los sectores más dinámicos del período, dentro del proceso conocido como Industrialización por Sustitución de Importaciones. En ese escenario, la política petrolera argentina entró en una fase decisiva. El golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, encabezado por el general José Félix Uriburu, interrumpió el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen y dejó suspendido el proyecto radical que buscaba avanzar hacia la nacionalización y el monopolio estatal del petróleo. Por eso, parte de la historiografía habló durante años del famoso “golpe con olor a petróleo”, expresión que sugería que los intereses petroleros extranjeros habían influido en la caída de Yrigoyen. Sin embargo, estudios posteriores matizaron esa interpretación: el petróleo formó parte del conflicto político y económico, pero no fue la única ni necesariamente la causa principal del golpe. Lo cierto es que la cuestión petrolera ocupaba un lugar central en la agenda nacional. Las empresas extranjeras buscaban ampliar su presencia tanto en la extracción como en la refinación y comercialización de combustibles. Al mismo tiempo, YPF intentaba elevar su producción, fortalecer su infraestructura y convertirse en un actor capaz de ordenar el mercado de naftas, aceites y derivados. La empresa estatal, creada en 1922, ya era vista como un símbolo de intervención económica del Estado, integración territorial y soberanía nacional. El gobierno de Uriburu no continuó el programa parlamentario de nacionalización petrolera impulsado por el yrigoyenismo. Con el Congreso clausurado, el proyecto quedó paralizado y el ministro de Agricultura, David M. Arias, dejó la definición para el gobierno siguiente. Pero eso no significó desmontar YPF. La empresa siguió funcionando con conducción técnica y militar: tras la salida de Enrique Mosconi, continuaron figuras como el capitán de navío Felipe Fliess, el contralmirante Tiburcio Aldao y otros hombres formados en una visión estratégica del petróleo. Durante la etapa de Uriburu se mantuvieron y ampliaron lineamientos ya iniciados en los años radicales. Entre las medidas más importantes estuvieron la conservación de la reserva fiscal petrolera decretada en 1924, su extensión a Tierra del Fuego, el acuerdo entre YPF y Salta para explotar zonas reservadas, y la autorización para que la empresa pudiera explorar y explotar hidrocarburos en todo el país. Es decir: el proyecto de monopolio estatal quedó frenado, pero la política de fortalecimiento de YPF no fue destruida. También hubo avances en la refinación. El gobierno de facto impulsó mejoras en la Destilería de La Plata, con nuevas instalaciones para aumentar la producción de combustibles y desarrollar aceites, grasas y otros derivados. Esa refinería, inaugurada en 1925, fue clave para que YPF pudiera competir con las grandes comercializadoras internacionales y avanzar en la integración vertical de la industria. En los años treinta, la empresa construyó nuevas refinerías, amplió su red de estaciones de servicio y logró desplazar progresivamente a competidoras como Standard Oil y Shell en varios segmentos del mercado. Con la llegada de Agustín P. Justo a la presidencia en febrero de 1932, la conducción de YPF cambió de manos militares a civiles. El nuevo director fue el ingeniero Ricardo Silveyra, graduado en la Universidad de Buenos Aires, quien permaneció al frente de la empresa durante once años. Aunque el gobierno de la Concordancia no apoyó el monopolio absoluto de YPF, sí consolidó a la empresa estatal mediante leyes, inversiones, expansión territorial y una mayor capacidad técnica. La política petrolera, entonces, no desapareció: cambió de forma, pero mantuvo buena parte de sus objetivos. Una de las claves de esa etapa fue la búsqueda de nuevos horizontes productivos. La producción de Comodoro Rivadavia había mostrado signos de agotamiento relativo hacia fines de los años veinte y otras zonas, como Plaza Huincul, no alcanzaban para compensar la demanda creciente. Por eso, YPF miró con atención a provincias como Mendoza y Salta. En el caso mendocino, el convenio firmado con YPF en 1932 fue fundamental: permitió iniciar una exploración sistemática, incorporar a Mendoza al mapa petrolero nacional y abrir el camino para futuras inversiones en transporte, almacenamiento y refinación. Mendoza pasó así de una participación mínima a convertirse en un distrito petrolero relevante. La producción provincial, que en 1934 apenas representaba el 0,1 %, alcanzó años después una presencia mucho más significativa dentro del total nacional. Para 1940, Mendoza ya se ubicaba como el segundo distrito petrolero del país, detrás de Comodoro Rivadavia y por encima de Salta y Plaza Huincul. Ese crecimiento obligó incluso a pensar nuevas soluciones industriales, como la construcción de instalaciones de almacenamiento y destilación en la zona de Godoy Cruz y luego en Luján de Cuyo. La Segunda Guerra Mundial volvió a demostrar que el petróleo era mucho más que una mercancía: era un recurso estratégico. Desde 1939, las rutas de abastecimiento se alteraron, los insumos importados se volvieron más difíciles y costosos, y la Argentina —que no era autosuficiente en materia energética— debió enfrentar restricciones importantes. YPF cubría solo una parte de las necesidades nacionales, por lo que la empresa buscó abastecerse cada vez más en el mercado interno y promover industrias locales vinculadas a la cadena petrolera. En ese contexto, firmas argentinas como SIAM Di Tella ganaron importancia como proveedoras de equipos, motores, bombas y elementos industriales. La relación entre YPF y proveedores nacionales mostró cómo la política petrolera también impulsaba el desarrollo metalmecánico. SIAM, fundada por Torcuato Di Tella, llegó a producir equipos de bombeo para petróleo, transformadores, caños y otros insumos industriales, convirtiéndose en una de las grandes expresiones de la industria argentina de mediados del siglo XX. Pese a las dificultades, la empresa estatal mantuvo una línea de continuidad entre las gestiones radicales y conservadoras. Los métodos cambiaron: el monopolio integral defendido por el yrigoyenismo quedó bloqueado, pero la expansión de YPF, la exploración de nuevas cuencas, la refinación nacional, la red comercial propia y la búsqueda de proveedores argentinos siguieron avanzando. Esa continuidad permitió consolidar hábitos, equipos técnicos, reglas internas y una cultura empresarial ligada al Estado. En síntesis, los años treinta no fueron solo una etapa de retroceso político y fraude conservador. También fueron un momento de consolidación material de la política petrolera argentina. Del mito del “golpe con olor a petróleo” a la expansión de YPF en Mendoza, Salta y otros territorios, el país siguió debatiendo una pregunta decisiva: quién debía controlar el subsuelo, la energía y el futuro industrial de la Nación. En esa disputa, YPF se afirmó como una herramienta central de soberanía, desarrollo e integración territorial. #YPF #PetróleoArgentino #SoberaníaEnergética #GolpeDe1930 #Yrigoyen #Uriburu #AgustínPJusto #RicardoSilveyra #EnriqueMosconi #DécadaInfame #IndustrializaciónArgentina #MendozaPetrolera #SaltaPetrolera #ComodoroRivadavia #PlazaHuincul #LujánDeCuyo #SIAMDiTella #HistoriaArgentina #MendozAntigua #ArgentineHistory #OilHistory #EnergySovereignty #YPFHistory #IndustrialHistory #ArgentinaOil #LatinAmericanHistory. (https://bdigital.uncu.edu.ar/)

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