El 30 de abril de 1917, en la provincia de Entre Ríos, la Sociedad Agrícola Israelita de Basavilbaso y el Fondo Comunal de Villa Domínguez comenzaron a editar un periódico destinado a expresar las inquietudes, necesidades y reclamos de la población rural de la región. La efeméride lo recuerda como El Colono Judío, aunque en archivos cooperativos aparece registrado como El Colono Cooperador, órgano periodístico del Fondo Comunal Cooperativa Agrícola Limitada, publicado desde abril de 1917. La publicación nació en el corazón de las colonias judías agrícolas entrerrianas, un mundo formado por familias inmigrantes que habían llegado al país desde fines del siglo XIX, muchas de ellas impulsadas por la acción de la Jewish Colonization Association, creada por el barón Mauricio de Hirsch para promover asentamientos rurales judíos en distintos países. En Entre Ríos, localidades como Basavilbaso, Villa Domínguez, Villa Clara e Ingeniero Sajaroff conservaron una fuerte memoria de aquel proceso colonizador. La Sociedad Agrícola Israelita de Basavilbaso, luego conocida como Cooperativa Agrícola Lucienville, fue una institución fundamental. El municipio de Basavilbaso la recuerda como la primera cooperativa agrícola de Sudamérica, fundada el 12 de agosto de 1900 en la Colonia Lucienville. Su nombre homenajeaba a Lucien Hirsch, hijo del barón Hirsch. El Fondo Comunal de Villa Domínguez, por su parte, había sido fundado en 1904 y se transformó en otro pilar del cooperativismo agrario judío. El Archivo Histórico del Cooperativismo señala que El Colono Cooperador comenzó a publicarse en abril de 1917 como órgano de esa cooperativa, con el objetivo de combatir la indiferencia de los socios y crear un espacio de difusión y debate sobre el ideario cooperativista. La aparición de este periódico no fue un detalle menor. En las colonias rurales, la prensa cumplía una función social decisiva: informaba sobre problemas del campo, precios, cosechas, herramientas, créditos, cooperativas, salud, educación, caminos, transporte y vida comunitaria. También ayudaba a unir a familias dispersas en extensas zonas agrícolas, muchas de ellas atravesadas por las dificultades propias de la inmigración, la adaptación al trabajo rural y la construcción de una identidad colectiva. En ese sentido, El Colono Judío —o El Colono Cooperador, según las fuentes archivísticas— fue mucho más que una hoja informativa. Fue una voz del cooperativismo, una herramienta de organización y un espacio donde los agricultores podían reconocerse como parte de una comunidad. En sus páginas se expresaban preocupaciones económicas, sociales y culturales de hombres y mujeres que buscaban arraigarse en la tierra entrerriana sin perder su memoria de origen. La experiencia se inscribe en una historia mayor: la de los llamados “gauchos judíos”, aquellos inmigrantes que pasaron de los shtetl europeos a las colonias agrícolas argentinas, aprendieron a trabajar la tierra, organizaron cooperativas, fundaron escuelas, bibliotecas, sinagogas, mutuales y periódicos. La DAIA recuerda que el cooperativismo judío en Argentina tuvo un desarrollo temprano en Entre Ríos y que, en las décadas siguientes, la comunidad judía produjo numerosos periódicos y revistas en castellano, ídish y otros idiomas. Aquel 30 de abril de 1917 marcó, entonces, un momento clave de la prensa rural y cooperativa argentina. Desde Basavilbaso y Villa Domínguez, una comunidad agrícola decidió poner por escrito sus problemas, sus esperanzas y su proyecto colectivo. En una provincia marcada por el trabajo del campo, El Colono Judío dejó testimonio de una historia de inmigración, esfuerzo, cooperación y arraigo. #ElColonoJudío #ElColonoCooperador #Basavilbaso #VillaDomínguez #EntreRíos #ColoniasJudías #GauchosJudíos #CooperativismoAgrario #SociedadAgrícolaIsraelita #FondoComunal #Lucienville #HistoriaArgentina #HistoriaJudíaArgentina #PrensaRural #MendozAntigua #JewishColonies #JewishArgentineHistory #RuralPress #AgriculturalCooperatives #ImmigrantHistory
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jueves, 30 de abril de 2026
30 de Abril de 1917, nace El Colono Judío: la voz rural que nació en Entre Ríos para defender a los agricultores de las colonias
El 30 de abril de 1917, en la provincia de Entre Ríos, la Sociedad Agrícola Israelita de Basavilbaso y el Fondo Comunal de Villa Domínguez comenzaron a editar un periódico destinado a expresar las inquietudes, necesidades y reclamos de la población rural de la región. La efeméride lo recuerda como El Colono Judío, aunque en archivos cooperativos aparece registrado como El Colono Cooperador, órgano periodístico del Fondo Comunal Cooperativa Agrícola Limitada, publicado desde abril de 1917. La publicación nació en el corazón de las colonias judías agrícolas entrerrianas, un mundo formado por familias inmigrantes que habían llegado al país desde fines del siglo XIX, muchas de ellas impulsadas por la acción de la Jewish Colonization Association, creada por el barón Mauricio de Hirsch para promover asentamientos rurales judíos en distintos países. En Entre Ríos, localidades como Basavilbaso, Villa Domínguez, Villa Clara e Ingeniero Sajaroff conservaron una fuerte memoria de aquel proceso colonizador. La Sociedad Agrícola Israelita de Basavilbaso, luego conocida como Cooperativa Agrícola Lucienville, fue una institución fundamental. El municipio de Basavilbaso la recuerda como la primera cooperativa agrícola de Sudamérica, fundada el 12 de agosto de 1900 en la Colonia Lucienville. Su nombre homenajeaba a Lucien Hirsch, hijo del barón Hirsch. El Fondo Comunal de Villa Domínguez, por su parte, había sido fundado en 1904 y se transformó en otro pilar del cooperativismo agrario judío. El Archivo Histórico del Cooperativismo señala que El Colono Cooperador comenzó a publicarse en abril de 1917 como órgano de esa cooperativa, con el objetivo de combatir la indiferencia de los socios y crear un espacio de difusión y debate sobre el ideario cooperativista. La aparición de este periódico no fue un detalle menor. En las colonias rurales, la prensa cumplía una función social decisiva: informaba sobre problemas del campo, precios, cosechas, herramientas, créditos, cooperativas, salud, educación, caminos, transporte y vida comunitaria. También ayudaba a unir a familias dispersas en extensas zonas agrícolas, muchas de ellas atravesadas por las dificultades propias de la inmigración, la adaptación al trabajo rural y la construcción de una identidad colectiva. En ese sentido, El Colono Judío —o El Colono Cooperador, según las fuentes archivísticas— fue mucho más que una hoja informativa. Fue una voz del cooperativismo, una herramienta de organización y un espacio donde los agricultores podían reconocerse como parte de una comunidad. En sus páginas se expresaban preocupaciones económicas, sociales y culturales de hombres y mujeres que buscaban arraigarse en la tierra entrerriana sin perder su memoria de origen. La experiencia se inscribe en una historia mayor: la de los llamados “gauchos judíos”, aquellos inmigrantes que pasaron de los shtetl europeos a las colonias agrícolas argentinas, aprendieron a trabajar la tierra, organizaron cooperativas, fundaron escuelas, bibliotecas, sinagogas, mutuales y periódicos. La DAIA recuerda que el cooperativismo judío en Argentina tuvo un desarrollo temprano en Entre Ríos y que, en las décadas siguientes, la comunidad judía produjo numerosos periódicos y revistas en castellano, ídish y otros idiomas. Aquel 30 de abril de 1917 marcó, entonces, un momento clave de la prensa rural y cooperativa argentina. Desde Basavilbaso y Villa Domínguez, una comunidad agrícola decidió poner por escrito sus problemas, sus esperanzas y su proyecto colectivo. En una provincia marcada por el trabajo del campo, El Colono Judío dejó testimonio de una historia de inmigración, esfuerzo, cooperación y arraigo. #ElColonoJudío #ElColonoCooperador #Basavilbaso #VillaDomínguez #EntreRíos #ColoniasJudías #GauchosJudíos #CooperativismoAgrario #SociedadAgrícolaIsraelita #FondoComunal #Lucienville #HistoriaArgentina #HistoriaJudíaArgentina #PrensaRural #MendozAntigua #JewishColonies #JewishArgentineHistory #RuralPress #AgriculturalCooperatives #ImmigrantHistory
El 30 de abril de 1826 apareció en Mendoza El Aura Mendocina, el periódico que en 1826 encendió la discusión política sobre la deuda nacional (Imagen Ilustrativa)
El 30 de abril de 1826 apareció en Mendoza El Aura Mendocina, un periódico breve, pero significativo dentro de los primeros años de la prensa cuyana. Fue dirigido por el canónigo José Lorenzo Güiraldes y contó con la colaboración de Juan Gualberto Godoy, una de las voces literarias y políticas más importantes de la Mendoza del siglo XIX. Estudios sobre la prensa mendocina señalan que el periódico fue editado en la Imprenta de Escalante y que su existencia se extendió hasta el 20 de agosto de 1826, con un total de 14 números publicados. La publicación salía tres veces al mes y tuvo una vida efímera, pero su propósito era claro: intervenir en una discusión clave para los intereses provinciales. Su campaña principal buscaba demostrar los perjuicios que podía ocasionar a Mendoza la consolidación de la deuda nacional, en un momento en que el país intentaba organizarse bajo un poder central y atravesaba tensiones económicas, políticas e institucionales. El contexto era delicado. En 1826, Bernardino Rivadavia asumió como presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en plena Guerra del Brasil y en medio de debates sobre centralización, financiamiento público, deuda, organización nacional y autonomía provincial. La Casa Rosada consigna que Rivadavia gobernó entre el 8 de febrero de 1826 y el 27 de junio de 1827, cuando renunció. En ese escenario, El Aura Mendocina representó una voz local frente a decisiones tomadas desde el centro político. Su preocupación no era menor: la consolidación de deudas podía comprometer recursos, bienes o intereses provinciales en beneficio de una estructura nacional todavía discutida y resistida por muchos sectores del interior. Por eso, el periódico debe leerse como parte de una prensa temprana que no solo informaba, sino que también combatía, argumentaba y defendía posiciones políticas. La participación de Juan Gualberto Godoy agrega especial interés a la publicación. Godoy fue militar, político y escritor; el sitio oficial de Monumentos del Gobierno argentino lo recuerda como diputado por San Juan en la primera legislatura del Congreso de la Confederación Argentina en 1854. También es reconocido como una figura central de la literatura mendocina y como precursor de la poesía gauchesca. Sin embargo, algunos estudios advierten que, debido al carácter anónimo de muchos artículos de la época, no siempre es sencillo confirmar con precisión qué textos pertenecieron a cada redactor. El surgimiento de El Aura Mendocina formó parte de una etapa intensa del periodismo cuyano. Apenas unos años antes, Mendoza había comenzado a consolidar su vida impresa, y hacia la década de 1820 aparecieron distintos periódicos de fuerte contenido político. Los Andes recuerda que El Aura Mendocina apareció el 30 de abril de 1826, dirigido por Lorenzo Güiraldes y con el aporte de Godoy, dentro de una secuencia de publicaciones que irían marcando el pulso ideológico de la provincia. Aunque desapareció pocos meses después, su importancia reside en haber sido una tribuna mendocina en una hora decisiva. El Aura Mendocina expresó la preocupación del interior frente a los proyectos centralizadores, defendió intereses locales y dejó testimonio de una Mendoza que ya participaba activamente en los grandes debates nacionales. Más que un periódico olvidado, fue una señal temprana de opinión pública provincial: una hoja impresa que, desde Mendoza, intentó discutir el rumbo económico y político de la Nación. #ElAuraMendocina #PrensaMendocina #Mendoza1826 #LorenzoGüiraldes #JuanGualbertoGodoy #HistoriaDeMendoza #PeriodismoCuyano #PrensaArgentina #DeudaNacional #Rivadavia #HistoriaArgentina #Cuyo #ImprentaDeEscalante #MendozAntigua #MendozaHistory #ArgentineHistory #PressHistory #PoliticalPress #CuyoHistory #HistoricalMemory
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miércoles, 29 de abril de 2026
Olleras de Malargüe: las mujeres del barro que mantuvieron vivo un saber ancestral del sur mendocino
En el extremo sur de Mendoza, entre los paisajes ásperos de Malargüe, existió un oficio antiguo, humilde y profundamente ligado a la vida cotidiana: el de las olleras, mujeres que fabricaban a mano ollas, jarras, platos, vasos y otros recipientes de barro cocido. Ese saber, transmitido de madre a hija, fue rescatado por la mirada del artista, docente e investigador Vicente Orlando Agüero Blanch, quien dejó una semblanza fundamental sobre una de sus últimas cultoras: doña Cristobalina González. “La última ollera de Malargüe”, de 1971, permitió poner en valor esta práctica artesanal del sur mendocino. Agüero Blanch, nacido en Merlo, San Luis, llegó a Mendoza en los primeros años de la década de 1940 para incorporarse a la recién creada Escuela Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Cuyo. Su vocación principal era la pintura, pero su sensibilidad lo llevó también hacia la investigación histórica, arqueológica y etnográfica. Mientras su hermano, Antonio Esteban Agüero, se destacaba como poeta, Vicente orientó su mirada hacia los paisanos, los oficios, los objetos y las memorias del territorio cuyano. Su vida no estuvo separada de la política. En la Argentina convulsionada de 1945 y 1946, sus ideas sobre la libertad individual le trajeron dificultades, y eligió el exilio interior antes que renunciar a sus convicciones. Durante casi una década vivió en Bardas Blancas, por entonces un pequeño poblado a orillas del río Grande, en el departamento más austral y despoblado de Mendoza. Allí, su esposa Regina Adaro, hija del aficionado a la arqueología Dalmiro Adaro, se desempeñó como directora de la escuela, mientras él trabajaba en un Registro Civil volante. Ese contacto directo con la gente del lugar le permitió conocer prácticas, relatos y saberes que luego serían claves para la historia regional. Cuando Agüero Blanch llegó a la comarca, supo que aún vivían dos o tres mujeres dedicadas a la fabricación de cerámica utilitaria. Hacia fines de la década de 1960, Cristobalina González, de 88 años, parecía ser la última que conservaba plenamente el oficio. Vivía en el paraje El Puelche, distrito de Río Grande, y era hija de mapuches chilenos que habían cruzado la cordillera buscando mejores condiciones de vida. Había nacido entre los cerros nevados de Malargüe y aprendió de su madre el arte de trabajar la greda. Su técnica era totalmente manual. Primero buscaba arcilla y reconocía su calidad al frotarla entre las manos. Luego limpiaba la greda, retiraba raíces y piedritas, la amasaba con agua sobre una piedra laja y le agregaba arenilla o ceniza volcánica como desgrasante. Ella advertía que la proporción era fundamental: si había poca ceniza, la pieza podía rajarse al calentarse; si había demasiada, los líquidos se filtraban. Después formaba una base y levantaba el recipiente con la técnica del “chorizo” de greda, en espiral ascendente, uniendo y alisando las vueltas con los dedos. La cocción también formaba parte de ese conocimiento fino del territorio. Doña Cristobalina preparaba una quema con varillas de chacay o molle, leña de vaca, carrizo, algarrobo y otros combustibles del lugar. Las piezas se acomodaban en forma circular, de mayor a menor, y se cocían durante varias horas. Luego se las dejaba enfriar lentamente bajo brasas y cenizas para evitar que se quebraran. Las vasijas destinadas a contener líquidos podían ser “curadas” con grasa de choique y una lejía hecha con agua, ñaco de maíz y flor de ceniza. Sus piezas no buscaban el lujo ni la decoración abundante: eran objetos nacidos de la necesidad. Ollas, jarras, platos y vasos de boca ancha, cuerpo abultado y base estable, pensados para cocinar, guardar alimentos o contener líquidos. Justamente allí estaba su valor: no eran productos industriales ni piezas de adorno, sino una forma de inteligencia popular aplicada a la vida diaria. La Facultad de Artes y Diseño de la UNCuyo destaca que el testimonio de Cristobalina aportó datos valiosos sobre el contexto de producción, la técnica y la transmisión de saberes de las mujeres ceramistas, y propone pensar estas obras como arte popular, no solo como artesanía manual. El propio Agüero Blanch comprendió que la importancia de esos cacharros no residía únicamente en su forma exterior, sino en las condiciones en que habían sido producidos: sin máquinas, sin división industrial del trabajo, con materiales locales, con saberes heredados y con una adaptación perfecta al ambiente. Su investigación sobre Malargüe reunió información etnográfica de enorme valor sobre la primera mitad del siglo XX, incluyendo actividades ganaderas, prácticas de puesteros, remedieras, fiestas populares, toponimia indígena, canciones, refranes y otros aspectos de la vida regional. La desaparición de las olleras estuvo ligada al avance de los utensilios industriales, al cambio de gustos y a cierta vergüenza social hacia lo hecho en greda, asociado injustamente con lo pobre o lo indígena. Pero lo que para algunos parecía tosco o atrasado, hoy aparece como patrimonio cultural: una tecnología doméstica, femenina, territorial y ancestral. En cada olla de Cristobalina había barro, fuego, agua y paciencia, pero también memoria mapuche, experiencia campesina y conocimiento profundo del paisaje malargüino. Juan Schobinger recordaría a Agüero Blanch como un hombre entusiasta de la tierra y de sus paisanos, investigador serio, laborioso, excelente dibujante y buen colaborador. Esa definición resume bien su aporte: supo mirar donde otros no miraban. Gracias a él, la figura de doña Cristobalina González no quedó perdida en el silencio de los puestos del sur, sino convertida en símbolo de una tradición alfarera que merece ser rescatada sin vergüenza y puesta en el lugar que le corresponde dentro de la memoria cultural mendocina. #OllerasDeMalargüe #CristobalinaGonzález #VicenteAgüeroBlanch #Malargüe #BardasBlancas #RíoGrande #ElPuelche #CerámicaAncestral #Greda #ArtePopular #MujeresArtesanas #PatrimonioCultural #HistoriaDeMendoza #MendozaAntigua #CulturaCuyana #MendozAntigua #MendozaHistory #AncestralPottery #FolkArt #WomenInArt #CulturalHeritage #PatagonianAndes. (por Aníbal Cuadros) https://www.lamelesca.com.ar/
Saavedra rural: el tambo perdido que sobrevivió en una foto de 1920
Esta imagen, tomada hacia 1920, muestra un rincón casi desconocido del antiguo barrio de Saavedra, en la zona de Republiquetas y avenida de los Constituyentes: el tambo de la Chacra Saavedra. La fotografía, conservada por el Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra y difundida con colaboración de Rumbo Sur, permite ver una Buenos Aires que todavía conservaba fuertes rasgos rurales: vacas, corrales, caminos de tierra, arboledas, alambrados y construcciones de chacra. La escena resulta valiosa porque recuerda que Saavedra no siempre fue un barrio plenamente urbano. Antes de sus avenidas, casas, clubes y calles consolidadas, esa zona formó parte de extensas tierras vinculadas a la familia Saavedra. La actual sede del Museo Saavedra fue originalmente la casa de la chacra de Luis María Saavedra, construida entre 1870 y 1880, una villa familiar de estilo italianizante que contaba con dependencias de servicio, cocheras, galpones, corrales, palomar y también un tambo. La Chacra Saavedra ocupaba un amplio sector del norte porteño. Investigaciones sobre el museo señalan que esas tierras se extendían entre sectores que hoy corresponden a avenidas y calles como Constituyentes, Crisólogo Larralde, las vías del ferrocarril y el arroyo Medrano, además de otras fracciones que llegaban hacia el límite con la provincia de Buenos Aires. En 1920, cuando fue tomada esta fotografía, el paisaje del lugar todavía mezclaba campo y ciudad. El ganado lechero, los corrales y el tambo muestran una actividad cotidiana fundamental para el abastecimiento de leche en una Buenos Aires que crecía aceleradamente. Aquellos espacios productivos, que hoy parecen lejanísimos, formaban parte de la vida diaria de los bordes urbanos. Años después, la historia del sitio cambiaría por completo. El Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra nació en 1921 como Museo Municipal de Buenos Aires y recién en 1941 se resolvió destinar el edificio de la ex estancia Saavedra como su sede definitiva. El museo abrió allí el 25 de mayo de 1942, y hoy resguarda más de 23.000 objetos vinculados con la historia argentina y porteña. Por eso, esta foto no muestra solo un tambo. Muestra una Buenos Aires desaparecida, una frontera entre la ciudad y el campo, un Saavedra de arboledas, animales y vida productiva. Donde hoy vemos calles, tránsito y urbanización, alguna vez hubo corrales, leche recién ordeñada y una chacra que dejó su huella en la memoria del barrio. #Saavedra #ChacraSaavedra #TamboDeSaavedra #BuenosAiresAntigua #Republiquetas #AvenidaDeLosConstituyentes #MuseoSaavedra #CornelioDeSaavedra #HistoriaPorteña #BuenosAires1920 #BarriosDeBuenosAires #VidaRuralPorteña #MemoriaUrbana #RumboSur #MendozAntigua #BuenosAiresHistory #UrbanMemory #HistoricBuenosAires #RuralPast #CityHistory
Noviembre 1926 - Cuando la cerveza mendocina fue puesta bajo sospecha: la dura denuncia contra Quilmes, Palermo y Andes (Imagen Ilustrativa)
Un antiguo recorte periodístico mendocino plantea una crítica frontal contra la calidad de las cervezas Quilmes, Palermo y Andes, comparándolas con los estándares de elaboración vigentes en los países de mayor tradición cervecera. El texto parte de una idea central: en las naciones donde la industria cervecera estaba más desarrollada, la cerveza debía elaborarse con ingredientes básicos y nobles: cebada o trigo, lúpulo, levadura y agua. La referencia remite directamente a la tradición europea, especialmente a la Ley de Pureza bávara de 1516, conocida como Reinheitsgebot, que originalmente establecía que la cerveza debía producirse con agua, cebada y lúpulo; la levadura no figuraba en la norma inicial porque su papel en la fermentación fue comprendido científicamente mucho después. Con el tiempo, la fórmula clásica quedó asociada a la idea de cerveza pura: malta, lúpulo, agua y levadura. El artículo afirma que, en esos países, alterar la composición de la cerveza era visto como una falta grave. En Baviera, por ejemplo, se consideraba falsificada toda bebida elaborada con materias ajenas a esa fórmula tradicional, y los fabricantes podían recibir sanciones severas. Desde esa mirada, el recorte denunciaba que las cervezas vendidas en Mendoza bajo las marcas Quilmes, Palermo y Andes no respondían a esos criterios de pureza y eran presentadas como mezclas de sabor fuerte, olor desagradable y efectos perjudiciales para la digestión. Conviene leer esa acusación dentro de su contexto: se trata de una denuncia periodística de época, escrita con un tono combativo y posiblemente vinculada a disputas comerciales, sanitarias o de consumo. No debe trasladarse automáticamente al presente ni tomarse como una descripción actual de esas marcas. Hoy, en Argentina, el Código Alimentario Argentino define la cerveza como una bebida resultante de fermentar con levadura cervecera un mosto de cebada malteada o extracto de malta, cocido y adicionado con lúpulo; además permite que una parte de la malta sea reemplazada por adjuntos cerveceros, bajo límites reglamentarios. La dureza del texto muestra también cómo, a comienzos del siglo XX, la discusión sobre la calidad de los alimentos y bebidas formaba parte de una preocupación pública más amplia. El consumidor empezaba a reclamar productos más genuinos, mejor control sanitario y mayor transparencia en la fabricación. La cerveza no era solo una bebida popular: era también un producto industrial sometido a sospechas, comparaciones internacionales y exigencias de autenticidad. Las marcas mencionadas tenían historias importantes dentro de la industria cervecera argentina. Quilmes comenzó a vender su cerveza en 1890, impulsada por la familia Bemberg, y llegó a convertirse en una de las marcas más reconocidas del país. Palermo fue otra cervecería relevante de Buenos Aires, constituida a fines del siglo XIX y asociada luego al crecimiento del sector cervecero nacional. Andes, por su parte, quedó ligada a Mendoza: la Cervecería y Maltería de los Andes tuvo un papel destacado en la historia industrial provincial, en una tierra tradicionalmente identificada con el vino. Por eso, este recorte resulta valioso más allá de la polémica. Habla de una Mendoza donde la cerveza ya formaba parte del consumo urbano, pero también de una época en la que la prensa podía convertirse en tribunal público frente a los productos industriales. Entre acusaciones, comparaciones con Baviera y reclamos de pureza, aparece una pregunta que sigue vigente: ¿qué debe garantizar una bebida para merecer la confianza del público? #CervezaArgentina #Quilmes #CervezaPalermo #CervezaAndes #HistoriaCervecera #MendozaAntigua #IndustriaArgentina #ConsumoPopular #LeyDePureza #Reinheitsgebot #HistoriaDeMendoza #CerveceríasAntiguas #PrensaAntigua #MendozAntigua #BeerHistory #ArgentineBeer #BrewingHistory #VintageAdvertising #FoodHistory #ConsumerHistory (Diario La Palabra)
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Mendoza, Noviembre de 1926: corsos de flores, bodas elegantes y noches de cine en la vida social de una provincia que brillaba (Imagen Ilustrativa)
En noviembre de 1926, la vida social mendocina aparecía retratada con una intensidad notable: fiestas benéficas, bodas, tés de despedida, funciones de cine, retretas musicales y bailes organizados por damas de la sociedad daban forma a una agenda cargada de encuentros públicos y privados. Uno de los acontecimientos destacados era el Corso de Flores en Godoy Cruz, previsto en la plaza departamental a beneficio del Hospital El Carmen. La fiesta era organizada por una comisión de damas que trabajaba con entusiasmo para reunir fondos y dar brillo al acto. Entre las presidentas honorarias figuraban Angélica de B. de Orfila y Olaya P. de Tomba, esta última vinculada a una familia clave en la historia solidaria de Godoy Cruz. El Hospital El Carmen es recordado por fuentes oficiales como el centro asistencial más antiguo en funcionamiento de Mendoza; en sus orígenes estuvo ligado a la Sociedad de Beneficencia San Vicente de Paul y, hacia 1900, gracias al impulso de Olaya Pescara de Tomba, se consolidó como hospital referente de la provincia. La comisión del corso estaba presidida por la señora Fidela P. de Lencinas, acompañada por Elena M. Pensarola, Ramona I. de Cejas, Eufemia L. de Bravo, Adelina C. de Moyano, Matilde del E. de Aguilera y una extensa nómina de vocales, entre ellas mujeres de familias muy conocidas de la sociedad mendocina y godoycruceña. El dato no es menor: estas fiestas benéficas muestran el papel que tenían las redes femeninas en la organización social, la beneficencia, la salud pública y la recaudación de fondos para instituciones comunitarias. La misma columna anunciaba también el enlace de Bertha Godoy Vergelín con Ovidio Mayorga, ceremonia prevista en la iglesia de San Francisco. La boda prometía reunir a numerosas amistades de los contrayentes y convertirse en una de las notas sociales más destacadas de la temporada. Como padrinos de la novia se mencionaba al señor Nicolás P. Godoy y a Manuela Godoy de Aguilar, mientras que por parte del novio participarían sus padres, José Mayorga y Blanca Lencinas de Mayorga. En honor de la señorita Elena Pagés, sus amigas ofrecerían un té en el Club Español, como despedida de su vida de soltera. También se preparaba otro té para Bertha Godoy Vergelín en el salón de fiestas del Plaza Hotel, acompañado por una misa blanca organizada por el Centro de Ex Alumnas del Colegio de la Misericordia. El Plaza Hotel formaba parte del proyecto de modernización urbana impulsado en la década de 1920 junto al Teatro Independencia y el casino, pensado para dar a Mendoza una infraestructura cultural y social de mayor jerarquía. La música también tenía su lugar. En el Rosedal, siguiendo el programa de la temporada de verano, la banda de policía ofrecería una retreta nocturna entre las 21.30 y las 23.30. Estos conciertos al aire libre eran verdaderos puntos de reunión familiar y social, donde el paseo, la música y la vida pública se mezclaban bajo el clima de las noches mendocinas. El Teatro Independencia aparecía como otro centro de atracción. La sala había reunido a un numeroso público con un programa cinematográfico variado y selecto. Conviene recordar que el Teatro Independencia había sido inaugurado oficialmente el 18 de noviembre de 1925, apenas un año antes de esta crónica social, y rápidamente se convirtió en uno de los grandes escenarios culturales de Mendoza. El Cine Avenida también registraba una concurrencia importante, con largas listas de señoras y señoritas asistentes, una costumbre muy propia de las crónicas sociales de la época. Estos listados funcionaban casi como un mapa de sociabilidad: nombraban familias, amistades, círculos de pertenencia y formas de prestigio urbano. La agenda continuaba con una cena en la rotisserie El Progreso, donde los amigos de Ovidio Mayorga lo despedirían de la vida de soltero; un baile y lunch en la Municipalidad de Godoy Cruz, organizado por la comisión protectora de la escuela Juan Martínez de Rosas; el anuncio del enlace de Celia Fader con Bernardino Larraya; y un banquete del Nacional Sports Club en honor de Bernardino Larraya y Poncio Gassó, también como despedida de solteros. Detrás de esta página social aparece una Mendoza de salones, plazas, cines, iglesias, clubes, hoteles y paseos públicos. Pero también se revela algo más profundo: la vida comunitaria de una provincia que combinaba beneficencia, espectáculo, sociabilidad, tradición familiar y modernización urbana. El Corso de Flores pro Hospital El Carmen no era solo una fiesta: era una expresión de una sociedad que se reunía, se mostraba, colaboraba y dejaba registrada su memoria cotidiana en las páginas del diario. #Mendoza1926 #VidaSocialMendocina #GodoyCruz #CorsoDeFlores #HospitalElCarmen #OlayaPescaraDeTomba #TeatroIndependencia #PlazaHotel #CineAvenida #Rosedal #MendozaAntigua #HistoriaDeMendoza #Beneficencia #SociedadMendocina #MendozAntigua #MendozaHistory #SocialHistory #VintageMendoza #ArgentineHistory #CulturalHeritage
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Julio de 1920: la delegación indígena que llegó a Buenos Aires para reclamar justicia y tierras
En julio de 1920, durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, se realizó en la ciudad de Buenos Aires un hecho de enorme valor histórico: un Congreso de delegados indígenas, integrado por representantes de comunidades de los territorios argentinos, especialmente de la Patagonia. La imagen, registrada por el Archivo General de la Nación bajo la referencia AGN 138958 – Inventario, muestra a caciques y delegados que viajaron hasta la capital para hacer oír sus reclamos ante el Estado nacional El texto original del reverso de la fotografía los define como “caciques y representantes de tribus” que concurrieron al congreso para exponer las aspiraciones de los pueblos originarios que vivían en los territorios argentinos. Aquella delegación se presentó ante el Presidente de la República, reclamando justicia y el reconocimiento de los derechos legítimos sobre las tierras que habitaban. Según investigaciones recientes, en julio de 1920 se reunió en Buenos Aires un congreso de 22 delegados indígenas de la Patagonia, presidido por José Colón, que decía representar a “siete mil indígenas del sur”. Entre los nombres registrados aparecen Emilio Choaiman, Mariano Ayalef, Manuel Gonzales, Francisco Cañumil, Felipe Collhuin, Emilio Cañumil, José M. Padilla, Juan Filipin, Pedro Cheuquel, Lorenzo Huentecol, Justo Colón, Tomás Payalef, Martín Morales, Segundo Epuilan, Francisco Quipildor, Juan Méndez, Juan de Dios Martín, Luis Millán y José Colón. El Bolettino Salesiano destacó el esfuerzo del viaje: algunos delegados recorrieron enormes distancias a caballo hasta Zapala y luego continuaron en tren hacia Buenos Aires. Uno de los casos más conmovedores fue el de Mariano Ayalef, delegado de la Colonia San Martín, en Chubut, quien tenía cerca de noventa años y, según la crónica salesiana, atravesó nieve, cabalgó más de mil kilómetros y luego viajó decenas de horas en tren para llegar al congreso. También se menciona a Pedro Cheuquel, de Mallín de los Caballos, Neuquén, otro delegado de edad avanzada que participó de aquella movilización. La reunión no fue un hecho aislado. Formaba parte de un proceso de organización indígena iniciado al menos desde 1919, cuando en la Colonia 16 de Octubre, en Chubut, se realizó una asamblea de representantes de distintos territorios y se fundó una Sociedad Indígena, antecedente de la posterior Asociación Nacional de Aborígenes. Esa organización buscaba visibilizar conflictos territoriales, denunciar abusos y establecer diálogo con autoridades estatales, jueces de paz y organismos de tierras. La presencia de estos delegados en Buenos Aires despertó la atención de la prensa, del público y de sectores del Estado. Entre el 9 y el 22 de julio de 1920, los representantes indígenas realizaron manifestaciones, defendieron sus derechos y fueron recibidos por el ministro de Agricultura y por el presidente Yrigoyen. Incluso, el 13 de julio, en medio de una nevada en Buenos Aires, el congreso votó la declaración del “Día del Aborigen”. Poco después, en agosto de 1920, se fundó la Asociación Nacional del Aborigen, dirigida por José Colón. Fue una organización con sede en la Capital Federal y fuerte base territorial en Santa Cruz, Chubut, Río Negro y Neuquén. Su actividad durante la década de 1920 buscó convertir a los pueblos indígenas en interlocutores visibles frente al Estado, especialmente en reclamos por tierras, personería, representación y defensa comunitaria. Esta fotografía no es solo un retrato grupal. Es la imagen de una demanda histórica: hombres que atravesaron distancias enormes para reclamar reconocimiento, justicia y derechos sobre territorios que habitaban desde generaciones. En sus rostros, en sus trajes, en sus documentos y en su presencia solemne ante la cámara, aparece una parte profunda de la historia argentina: la de los pueblos originarios que, después de la conquista militar de la Patagonia, no desaparecieron ni quedaron en silencio, sino que se organizaron para hacer oír su voz. #CongresoIndígena #PueblosOriginarios #HistoriaArgentina #PatagoniaArgentina #JoséColón #AsociaciónNacionalDeAborígenes #HipólitoYrigoyen #AGN #ArchivoGeneralDeLaNación #MemoriaIndígena #DerechosIndígenas #TerritoriosPatagónicos #HistoriaOculta #MendozAntigua #IndigenousHistory #ArgentineHistory #PatagoniaHistory #NativePeoples #HistoricalMemory #IndigenousRights
Octubre de 1989 - La tasa del granizo: cuando el campo sanrafaelino denunció que debía pagar por una protección que no llegaba - Mendoza
En octubre de 1989, una nota publicada por Los Andes desde San Rafael puso en evidencia un fuerte malestar del sector rural mendocino: la aplicación de la tasa de lucha antigranizo, impuesta por la Ley 4956, estaba generando serias dificultades entre los productores agropecuarios. El artículo señalaba que el sistema, pensado para proteger los cultivos frente a las tormentas de granizo, terminaba afectando económicamente a numerosos propietarios de inmuebles rurales ubicados en zonas consideradas “bajo riego”. Según el productor Roberto N. González Parejas, entrevistado por el diario, la norma había creado una situación “extremadamente grave”, reflejada en el bajo nivel de cancelaciones de la tasa. El problema central era quién debía pagar. La ley consideraba sujetos pasivos de la tasa a propietarios o poseedores de inmuebles rurales con derecho de agua o pozo, destinados a cultivos permanentes o anuales, como retribución por el servicio de lucha antigranizo. Pero los productores cuestionaban que se cobrara de manera generalizada, incluso a inmuebles que no recibían una protección efectiva o que no cultivaban toda su superficie. La crítica también apuntaba a la falta de relación clara entre prestación y contraprestación. Para González Parejas, una tasa debía corresponder a un beneficio concreto, particular y verificable para el contribuyente. Si el servicio seguía en etapa experimental o sus resultados eran limitados frente a los daños reales del granizo, el cobro resultaba discutible. La nota recordaba además que la Cámara de Comercio, Industria y Agropecuaria del sur mendocino ya había advertido que no solo el productor rural se beneficiaba de la defensa antigranizo: también lo hacían viviendas, comercios, industrias, automotores y la comunidad en general. En ese sentido, se planteaba que la producción agrícola cumplía una función social y que sus beneficios circulaban hacia toda la economía regional. Otro punto conflictivo era la forma de liquidación. El artículo menciona actualizaciones mediante Unidad Tributaria, pagos atrasados y montos que, según los productores, crecían de manera desproporcionada. La queja era clara: muchos contribuyentes sentían que debían afrontar una deuda acumulada por un servicio cuya eficacia todavía era motivo de debate. El contexto ayuda a entender el conflicto. La lucha antigranizo en Mendoza tenía una larga historia: los estudios comenzaron en la década de 1960 y el sistema se aplicó por primera vez en 1984, con siembra de núcleos de condensación mediante cohetes. Años después, la provincia siguió reformulando el financiamiento del servicio, siempre atravesado por el mismo dilema: cómo proteger una actividad agrícola vital sin cargar todo el costo sobre productores que muchas veces sufrían pérdidas severas por granizo. La defensa antigranizo buscaba disminuir los daños provocados por las tormentas, reduciendo el tamaño y la energía de las piedras antes de que impactaran sobre los cultivos. Ese objetivo sigue siendo central en los sistemas de mitigación utilizados en zonas agrícolas mendocinas, donde la vid, los frutales y otras producciones dependen de una protección climática cada vez más compleja. La imagen de la Estación La Llave también es significativa: muestra la importancia que ya tenían los radares para detectar tormentas y organizar la respuesta operativa. Hoy, el Gobierno de Mendoza continúa utilizando mapas de reflectividad de su red de radares meteorológicos para monitorear los oasis productivos de la provincia. Aquel reclamo de 1989 no fue solamente una disputa por una boleta. Fue el reflejo de una tensión histórica entre clima, producción, tecnología, Estado y justicia tributaria. En una provincia donde una tormenta puede destruir en minutos el trabajo de todo un año, la pregunta sigue teniendo vigencia: ¿quién debe pagar la protección contra el granizo cuando el beneficio —o el daño evitado— alcanza a toda la comunidad? #LuchaAntigranizo #SanRafaelMendoza #MendozaAntigua #Granizo #CampoMendocino #ProductoresRurales #HistoriaDeMendoza #LosAndes #EstaciónLaLlave #RadarMeteorológico #AgroMendoza #ContingenciasClimáticas #Viticultura #OasisSur #MendozAntigua #HailProtection #MendozaHistory #AgriculturalHistory #RuralMemory #ClimateRisk
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Década de 1980
Mendoza, Argentina
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Del desierto al oasis: la epopeya mendocina que convirtió la aridez en una ciudad-jardín
Mendoza nació en una tierra dura, seca y de lluvias escasas. Su clima árido y continental, con precipitaciones reducidas y una fuerte dependencia de los ríos que bajan desde la Cordillera de los Andes, obligó desde siempre a sus habitantes a pensar el agua como una cuestión de supervivencia. La propia Ciudad de Mendoza recuerda que su provisión hídrica solo fue posible mediante los oasis formados por esos cursos cordilleranos y por una red de acequias que aún riega el arbolado urbano. A fines del verano de 1561, Pedro del Castillo llegó al valle de Huentata o Huentota, tomó posesión del territorio en nombre de la Corona española y el 2 de marzo fundó la ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja. El primer asentamiento se ubicó en la zona de la actual Media Luna, en el distrito Pedro Molina de Guaymallén, cerca del canal conocido hoy como Cacique Guaymallén. Al año siguiente, Juan Jufré realizó un nuevo traslado o refundación, bautizándola como Ciudad de la Resurrección, aunque el nombre que perduró fue Mendoza. Pero antes de la llegada española, el territorio ya tenía historia. Los huarpes habitaban la región y habían desarrollado formas de aprovechamiento del agua para sostener la vida y la agricultura en un ambiente árido. Los conquistadores se asentaron cerca de esos espacios ya trabajados y adoptaron, ampliaron y reorganizaron sistemas de riego preexistentes. La historia del agua mendocina no empezó con la colonia: nació del conocimiento indígena, luego transformado por la administración española y más tarde por la ingeniería moderna. El canal zanjón cercano al primer asentamiento no siempre era apto para el consumo, porque podía arrastrar barro y aluviones. Por eso se construyeron conducciones de agua desde la zona pedemontana del oeste, vinculada al actual El Challao, hacia la ciudad. Aquel sistema, recordado como el Canal de la Ciudad, es considerado una de las primeras grandes obras hidráulicas de Mendoza y marcó el inicio de una relación inseparable entre urbanismo, agua, acequias y supervivencia. Mendoza fue, además, un punto estratégico: el último gran poblado antes de enfrentar la Cordillera de los Andes rumbo a Chile. Durante el invierno, cuando la nieve cerraba los pasos cordilleranos, viajeros, comerciantes y arrieros debían permanecer en la ciudad hasta que el deshielo permitiera continuar el camino. Así, el oasis mendocino se convirtió en refugio, posta, frontera, mercado y antesala del cruce andino. Pero esta tierra nunca fue dócil. A la escasez de lluvia se sumaron aluviones repentinos, tormentas estivales, granizo, viento Zonda y sismos. Mendoza vive bajo la contradicción permanente del agua: cuando falta, amenaza la vida; cuando llega de golpe desde la montaña, puede convertirse en torrente destructor. Su geografía pedemontana la hizo especialmente vulnerable a crecientes violentas capaces de arrasar cultivos, viviendas, animales y vidas humanas. El viento Zonda, cálido, seco y agobiante, forma parte de esa identidad climática. Sopla con fuerza, derriba árboles, levanta polvo, reseca el ambiente y afecta la vida cotidiana. A ello se suman los movimientos sísmicos, consecuencia de una provincia ubicada en una región andina activa, donde la misma energía geológica que levantó montañas también recuerda, de tanto en tanto, la fragilidad de la ciudad. La tragedia mayor llegó al anochecer del 20 de marzo de 1861. Un violento terremoto destruyó la ciudad colonial de Mendoza. La capital quedó reducida a escombros, con incendios, derrumbes, polvo, humo y escenas de dolor que marcaron para siempre la memoria colectiva. Las fuentes oficiales lo recuerdan como el sismo más devastador de la historia mendocina y uno de los episodios más trágicos del siglo XIX en la región. Después del desastre, Mendoza tuvo que volver a nacer. En 1863, el agrimensor francés Julio Gerónimo Balloffet diseñó la Nueva Ciudad, ubicada al sudoeste del antiguo casco colonial. Su trazado respondió a una idea moderna y previsora: calles rectas y anchas, avenidas perimetrales y un sistema de plazas que funcionara como espacio de reunión y refugio ante futuros terremotos. El nuevo plano organizó una ciudad de 64 manzanas y cinco plazas: una gran plaza central, la actual Plaza Independencia, de cuatro manzanas, y cuatro plazas menores equidistantes, hoy conocidas como San Martín, España, Italia y Chile. Las avenidas amplias, las veredas generosas y el arbolado no fueron simples decisiones estéticas: respondían a necesidades de seguridad, circulación, sombra, higiene y adaptación al ambiente. Las acequias, revestidas y acompañadas por hileras de árboles, permitieron llevar humedad a una ciudad levantada sobre suelo seco. Los álamos, plátanos y otras especies fueron formando ese “manto verde” bajo el cual empezó a desarrollarse la vida urbana mendocina. Así, la Nueva Ciudad no solo buscó protegerse de los sismos: también intentó domesticar el desierto mediante agua, sombra y planificación. Sin embargo, la lucha por la vida no terminó con la reconstrucción. A los terremotos, aluviones, sequías, granizo y vientos se sumaron epidemias de viruela, difteria, cólera y sarampión, especialmente entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX. La mortalidad llegó a preocupar seriamente a médicos, autoridades y sanitaristas, que comenzaron a pensar la ciudad desde la higiene, el aire, la vegetación y la salud pública. En ese contexto, el médico y sanitarista Emilio Coni impulsó la idea de crear un gran pulmón verde para mejorar las condiciones ambientales de Mendoza. En 1896 nació el Parque del Oeste, actual Parque General San Martín, diseñado por el paisajista francés Carlos Thays. El Gobierno de Mendoza recuerda que el parque fue concebido para desafiar el clima árido y el suelo pedregoso, con unas 394 hectáreas de bosque sostenidas por un complejo sistema de riego mediante acequias y canales. Thays imaginó un parque monumental apoyado en la presencia de la Cordillera: avenidas arboladas, caminos curvos, canales, fuentes, prados, esculturas, barreras vegetales y un lago artificial. No era solo un paseo elegante: era una obra sanitaria, ambiental y paisajística destinada a dar sombra, humedad, belleza y bienestar a una ciudad nacida en medio de la aridez. Así, Mendoza fue construyendo su identidad a partir de la adversidad. Del desierto surgieron acequias; de la ruina sísmica, una ciudad nueva; de la amenaza sanitaria, un gran parque; del suelo seco, un oasis urbano. Daniel Schávelzon ha señalado que el terremoto de 1861 sigue presente en la estructura física, cultural e imaginaria de Mendoza: aunque parezca lejano, todavía moldea su arquitectura, sus espacios públicos y su memoria colectiva. Hoy, cada acequia, cada plaza, cada arboleda y cada rincón del Parque General San Martín recuerdan una obra colectiva hecha con perseverancia. Mendoza no fue simplemente fundada: fue defendida, reconstruida, regada, arbolada y pensada. Su historia es la de un pueblo que aprendió a convivir con el desierto, los sismos, el Zonda y el agua indomable, hasta transformar una tierra extrema en uno de los oasis urbanos más singulares de la Argentina. #Mendoza #DelDesiertoAlOasis #MendozaAntigua #AcequiasMendocinas #HistoriaDeMendoza #CiudadOasis #Huarpes #PedroDelCastillo #JuanJufré #TerremotoDeMendoza #NuevaCiudad #JulioBalloffet #ParqueGeneralSanMartín #CarlosThays #EmilioConi #Cuyo #AguaYMemoria #MendozAntigua #MendozaHistory #OasisCity #UrbanHistory #WaterHeritage #AndesHistory #HistoricMendoza #CulturalHeritage (Por: SUSANA FASCIOLO ) https://www.lamelesca.com.ar/del-desierto-al-oasis/
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Retiro desde el cielo: la Plaza San Martín de 1932 y la Buenos Aires que ya no existe
Esta vista aérea de Retiro, tomada hacia 1932 y conservada como referencia del Archivo General de la Nación, permite observar una zona clave de Buenos Aires en plena transformación. La imagen muestra la actual Plaza San Martín, uno de los espacios verdes más antiguos y cargados de historia de la ciudad, rodeado por edificios monumentales, avenidas, jardines y construcciones que hoy forman parte de la memoria urbana porteña. La Plaza San Martín no es una plaza cualquiera. El Gobierno de la Ciudad recuerda que allí ocurrieron hechos decisivos: en 1807, durante la segunda invasión inglesa, se libró en ese sector un combate con victoria criolla; y en 1812, el general José de San Martín instaló en la zona los cuarteles del Regimiento de Granaderos a Caballo. Por esa huella sanmartiniana, en 1878, al cumplirse el centenario del nacimiento del Libertador, recibió el nombre de Plaza San Martín. En la fotografía se advierte también la Buenos Aires elegante y aristocrática del entorno de Retiro, con edificios de fuerte impronta europea. Frente a la plaza se encuentra el área del Palacio Paz, una de las grandes expresiones del estilo academicista francés y de la llamada Belle Époque porteña. El edificio fue encargado hacia 1890 por José Camilo Paz, fundador del diario La Prensa, y años más tarde se convirtió en sede del Círculo Militar. Uno de los elementos más valiosos de esta imagen es que conserva la memoria del Pabellón Argentino, señalado en las referencias de la fotografía como una de las “cosas que ya no están”. Este edificio había sido utilizado por la Argentina en la Exposición Universal de París de 1889 y luego fue instalado en la Plaza San Martín. En 1911 se inauguró allí la segunda sede del Museo Nacional de Bellas Artes, antes de que la institución fuera trasladada en 1933 a su sede actual en la antigua Casa de Bombas de Recoleta. La toma aérea resulta fascinante porque captura un instante de transición: Retiro todavía conservaba huellas de la ciudad señorial, pero ya avanzaba hacia la gran capital moderna del siglo XX. Los jardines, los edificios públicos, las residencias palaciegas y el trazado urbano muestran una Buenos Aires que mezclaba tradición, poder, arte, transporte y vida social. Vista desde arriba, la Plaza San Martín aparece como un verdadero resumen de la historia porteña: fue campo militar, escenario de luchas, punto de memoria sanmartiniana, enclave aristocrático, paseo público y corazón verde de Retiro. Esta imagen de 1932 no solo muestra una plaza: revela una Buenos Aires en movimiento, con edificios que sobrevivieron, otros que desaparecieron y una ciudad que empezaba a cambiar para siempre. #Retiro #PlazaSanMartín #BuenosAiresAntigua #VistaAérea #AGN #ArchivoGeneralDeLaNación #HistoriaPorteña #BuenosAires1932 #PabellónArgentino #PalacioPaz #CírculoMilitar #MuseoNacionalDeBellasArtes #MemoriaUrbana #MendozAntigua #BuenosAiresHistory #UrbanMemory #AerialView #HistoricBuenosAires #ArgentineHistory #LostBuenosAires
Buenos Aires y sus calles: el mapa secreto donde la ciudad escribió su historia
Buenos Aires nació y creció con una forma muy reconocible: una ciudad de manzanas ordenadas, trazada en damero, con calles rectas que fueron extendiéndose desde el centro histórico hacia los barrios y, más tarde, hacia el Gran Buenos Aires. Esa cuadrícula urbana, heredera del modelo colonial hispanoamericano, ayudó a ordenar una ciudad que durante siglos fue creciendo sobre la llanura.En sus primeros tiempos, muchas calles se identificaban por referencias cercanas y fáciles de reconocer. Existían nombres ligados a iglesias, edificios o parajes: la calle de las Torres, asociada a la zona de la Catedral y templos cercanos; la calle de San Francisco; la calle del Retiro, y otras denominaciones nacidas del uso cotidiano. Las calles eran, en cierto modo, una guía popular de la ciudad: indicaban dónde estaban los templos, los conventos, los caminos de salida o los puntos más conocidos. Después de la Revolución de Mayo de 1810, Buenos Aires comenzó a cargar sus calles de sentido político y patriótico. Con el tiempo aparecieron nombres vinculados a batallas, próceres y hechos militares de la independencia, como Chacabuco, Maipú, Suipacha o Florida. La nomenclatura urbana dejó de ser solo una forma de orientación y pasó a funcionar como un relato histórico escrito sobre el plano de la ciudad. El propio Gobierno porteño señala que los nombres de calles, monumentos y espacios públicos permiten leer la historia política y simbólica de Buenos Aires. El gran cambio llegó en el siglo XIX, cuando Buenos Aires creció de manera vertiginosa. De ser una ciudad de decenas de miles de habitantes a comienzos del período independiente, pasó a tener 187.126 habitantes en 1869 y 1.575.814 en 1914, según los censos históricos. Hacia 1914, además, casi la mitad de la población porteña era extranjera: el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad registra un 49,3 % de extranjeros en la población total para ese año, reflejo del impacto inmenso de la inmigración. Esa explosión demográfica transformó la ciudad. Buenos Aires se convirtió en una de las grandes metrópolis de América Latina, con conventillos, barrios nuevos, avenidas, tranvías, ferrocarriles, comercios, industrias y una mezcla social marcada por inmigrantes europeos, criollos, trabajadores, comerciantes y familias recién llegadas. La ciudad ya no era solo el viejo casco colonial: empezaba a convertirse en una capital moderna. Otro momento decisivo fue la federalización de Buenos Aires. En 1880, la ciudad fue declarada oficialmente capital de la República Argentina mediante la Ley 1029, en un proceso político conflictivo que cerró décadas de disputa entre Buenos Aires y el resto del país. Luego, en 1887, se anexaron los municipios de Flores y Belgrano, y en 1888 se definió el límite jurídico-administrativo de la Capital Federal, lo que dio forma a una ciudad mucho más grande y compleja. Pero esa ampliación trajo un problema práctico: las calles se repetían. La antigua ciudad de Buenos Aires, el pueblo de San José de Flores y el pueblo de Belgrano tenían nombres duplicados, como San Martín, Lavalle u otras denominaciones comunes. Para ordenar ese caos, se impulsó una gran reorganización de la nomenclatura urbana hacia fines del siglo XIX. Entre 1893 y 1896 se consolidó buena parte del sistema de nombres que todavía hoy reconocemos en la ciudad. Así, detrás de cada calle porteña hay mucho más que una dirección. Hay rastros de la colonia, ecos de la independencia, marcas de la inmigración, decisiones políticas, batallas por la memoria y la necesidad de ordenar una ciudad que creció a una velocidad asombrosa. Caminar Buenos Aires es, también, leer un mapa histórico donde cada nombre guarda una parte de la identidad argentina. #BuenosAiresAntigua #CallesDeBuenosAires #HistoriaPorteña #NomenclaturaUrbana #BuenosAiresHistoria #CiudadEnDamero #HistoriaArgentina #FederalizaciónDeBuenosAires #Flores #Belgrano #InmigraciónArgentina #MemoriaUrbana #MendozAntigua #BuenosAiresHistory #UrbanHistory #StreetNames #ArgentineHistory #HistoricalMemory #CityStories #LatinAmericanCities
29 de Abril de 1975, muere José La Vía: el inmigrante siciliano que retrató el alma de San Luis durante setenta años
El 29 de abril de 1975 murió en San Luis el fotógrafo José La Vía, una de las grandes figuras de la memoria visual puntana. Había nacido en Sicilia, Italia, en noviembre de 1888 —según la efeméride tradicional, el 25 de noviembre, en Catania— y falleció a los 86 años, después de haber dedicado casi toda su vida a registrar con su cámara la historia cotidiana, social, política y cultural de San Luis. Fuentes oficiales de la provincia señalan que llegó a San Luis junto a sus padres en 1894, cuando era apenas un niño. Su obra tiene un valor documental inmenso: durante siete décadas dejó testimonio del pasado puntano. Sus primeras fotografías datan de 1905, en tiempos del gobierno de Benigno Rodríguez Jurado, y con el tiempo fue reconocido como reportero gráfico en diarios y revistas de San Luis, Buenos Aires y otras provincias. Retrató hechos históricos, personalidades políticas, sociales y religiosas, pero también escenas de la vida diaria: calles, plazas, sulkys, caballos, mercados, edificios públicos, familias, fiestas, procesiones y transformaciones urbanas. La importancia de La Vía no estuvo solo en su técnica, sino en su mirada. Supo captar un San Luis que cambiaba de aldea a ciudad moderna, con alumbrado, ferrocarril, nuevos edificios, automóviles y vida social en expansión. Su cámara acompañó la modernización de la provincia y convirtió momentos simples en documentos históricos. En 1950 fue considerado “Decano de los Fotógrafos Argentinos”, reconocimiento que resume la dimensión de su trayectoria. Hoy su legado continúa vivo en el Archivo Histórico Provincial de San Luis, donde una sala lleva su nombre y se conserva una parte fundamental de su producción. El Gobierno provincial informó que el repositorio digital reúne alrededor de 17 mil fotografías de José La Vía, de las cuales unas 15 mil se encuentran digitalizadas. José La Vía fue mucho más que un fotógrafo: fue un testigo privilegiado del siglo XX puntano. Desde su lente, San Luis dejó de ser solo recuerdo oral para convertirse en imagen, archivo y memoria. Su obra sigue siendo una puerta abierta al pasado de una provincia, a sus rostros, sus calles y su identidad. Nota de precisión histórica: algunas fuentes oficiales consignan que nació en Catania, Sicilia, en noviembre de 1888; otras reseñas mencionan variantes sobre la localidad o el día exacto de nacimiento. La fecha de fallecimiento aparece confirmada como 29 de abril de 1975 en San Luis. #JoséLaVía #SanLuisAntiguo #FotografíaHistórica #HistoriaDeSanLuis #MemoriaPuntana #ArchivoHistórico #FotógrafosArgentinos #InmigrantesItalianos #CulturaPuntana #HistoriaArgentina #PatrimonioVisual #MendozAntigua #HistoricalPhotography #ArgentineHistory #SanLuisHistory #VisualMemory #ItalianImmigration #PhotoArchive #CulturalHeritage #DocumentaryPhotography
29 de Abril de 1955, nace Pochi Zimmermann: la mendocina que hizo de la danza una forma de memoria, identidad y cultura
El 29 de abril de 1955 nació en Mendoza Elba “Pochi” Zimmermann, bailarina, coreógrafa, docente y gestora cultural, una figura ligada profundamente al desarrollo de la danza mendocina y a la vida artística de la provincia. Su camino comenzó con una sólida formación en distintas expresiones del movimiento. Estudió danzas españolas con las profesoras Elvira Lagar y María Martí, y danzas folclóricas argentinas con la reconocida maestra, coreógrafa y docente Jesús Vera Arenas, una de las grandes referentes de la danza en Mendoza. Sitio Andino recuerda a Vera Arenas como fundadora del Ballet Municipal de la Ciudad de Mendoza, cuerpo artístico que hoy lleva su nombre. Zimmermann amplió su formación con numerosos cursos y seminarios de especialización junto a destacados maestros nacionales e internacionales, entre ellos Elio Torres, Gus Solomons Jr. y Daniel Trener de Estados Unidos, Isolde Klietmann, Beatriz Herrera, Marta Zubiela, Inés Sanguinetti, Susana Tambutti, Norma Viola y Marina Gubiay, entre otros. Esa diversidad de influencias le permitió construir una mirada amplia sobre la danza: desde la raíz folclórica y popular hasta los lenguajes escénicos contemporáneos. A lo largo de su trayectoria, desplegó su arte en importantes escenarios del país e integró elencos oficiales e independientes. También participó en numerosas Fiestas de la Vendimia como bailarina, maestra y coreógrafa, aportando su sensibilidad a una celebración central de la identidad mendocina. La Fiesta Nacional de la Vendimia se realiza desde 1936 y nació como una celebración de la cosecha de la uva, el trabajo vitivinícola y las tradiciones populares de Mendoza. Su labor no se limitó al escenario. Presentó su método de enseñanza de danzas argentinas en el IV Congreso Latinoamericano de Educación por el Arte, realizado en Avellaneda, Buenos Aires, y ocupó espacios de gestión cultural de gran importancia. Estuvo al frente del Área Danza de la Dirección de Cultura de Mendoza y fue maestra invitada en el Ballet Folklórico Nacional, organismo creado por la Ley Nacional 23.329 con el objetivo de preservar y difundir los valores artísticos nacionales de la música y la danza argentina. También fue directora del Teatro Independencia de Mendoza, uno de los escenarios más emblemáticos de la provincia. Inaugurado el 18 de noviembre de 1925, el Teatro Independencia se consolidó como un centro cultural clave para la música, el teatro, la danza y la literatura mendocina. Su nombre aparece entre los referentes que contribuyeron a poner en valor la danza en Mendoza, junto a otras maestras y maestros que formaron generaciones de bailarines y sostuvieron la actividad en academias, teatros, elencos y espacios culturales de toda la provincia. Incluso en actos oficiales, como un homenaje legislativo a Gladys Ravalle, fue mencionada entre los referentes culturales presentes, lo que confirma su lugar dentro del mapa artístico mendocino. Que su nacimiento coincida con el Día Internacional de la Danza vuelve aún más simbólica su figura. Esta fecha fue establecida en 1982 por el Comité de Danza del Instituto Internacional del Teatro y se celebra cada 29 de abril en homenaje al natalicio de Jean-Georges Noverre, considerado creador del ballet moderno. Elba “Pochi” Zimmermann representa una vida dedicada al movimiento, la enseñanza y la gestión cultural. Su trayectoria une escenario, formación, Vendimia, tradición argentina y compromiso institucional: una historia mendocina donde la danza no fue solo arte, sino también identidad, memoria y transmisión. #PochiZimmermann #ElbaZimmermann #DanzaMendocina #DíaInternacionalDeLaDanza #MendozaCultura #TeatroIndependencia #FiestaDeLaVendimia #DanzasArgentinas #FolcloreArgentino #GestiónCultural #HistoriaDeMendoza #MendozAntigua #DanceHistory #InternationalDanceDay #ArgentineDance #MendozaCulture #FolkDance #CulturalHeritage #WomenInDance #PerformingArts
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