miércoles, 29 de abril de 2026

Del desierto al oasis: la epopeya mendocina que convirtió la aridez en una ciudad-jardín


Mendoza nació en una tierra dura, seca y de lluvias escasas. Su clima árido y continental, con precipitaciones reducidas y una fuerte dependencia de los ríos que bajan desde la Cordillera de los Andes, obligó desde siempre a sus habitantes a pensar el agua como una cuestión de supervivencia. La propia Ciudad de Mendoza recuerda que su provisión hídrica solo fue posible mediante los oasis formados por esos cursos cordilleranos y por una red de acequias que aún riega el arbolado urbano. A fines del verano de 1561, Pedro del Castillo llegó al valle de Huentata o Huentota, tomó posesión del territorio en nombre de la Corona española y el 2 de marzo fundó la ciudad de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja. El primer asentamiento se ubicó en la zona de la actual Media Luna, en el distrito Pedro Molina de Guaymallén, cerca del canal conocido hoy como Cacique Guaymallén. Al año siguiente, Juan Jufré realizó un nuevo traslado o refundación, bautizándola como Ciudad de la Resurrección, aunque el nombre que perduró fue Mendoza. Pero antes de la llegada española, el territorio ya tenía historia. Los huarpes habitaban la región y habían desarrollado formas de aprovechamiento del agua para sostener la vida y la agricultura en un ambiente árido. Los conquistadores se asentaron cerca de esos espacios ya trabajados y adoptaron, ampliaron y reorganizaron sistemas de riego preexistentes. La historia del agua mendocina no empezó con la colonia: nació del conocimiento indígena, luego transformado por la administración española y más tarde por la ingeniería moderna. El canal zanjón cercano al primer asentamiento no siempre era apto para el consumo, porque podía arrastrar barro y aluviones. Por eso se construyeron conducciones de agua desde la zona pedemontana del oeste, vinculada al actual El Challao, hacia la ciudad. Aquel sistema, recordado como el Canal de la Ciudad, es considerado una de las primeras grandes obras hidráulicas de Mendoza y marcó el inicio de una relación inseparable entre urbanismo, agua, acequias y supervivencia. Mendoza fue, además, un punto estratégico: el último gran poblado antes de enfrentar la Cordillera de los Andes rumbo a Chile. Durante el invierno, cuando la nieve cerraba los pasos cordilleranos, viajeros, comerciantes y arrieros debían permanecer en la ciudad hasta que el deshielo permitiera continuar el camino. Así, el oasis mendocino se convirtió en refugio, posta, frontera, mercado y antesala del cruce andino. Pero esta tierra nunca fue dócil. A la escasez de lluvia se sumaron aluviones repentinos, tormentas estivales, granizo, viento Zonda y sismos. Mendoza vive bajo la contradicción permanente del agua: cuando falta, amenaza la vida; cuando llega de golpe desde la montaña, puede convertirse en torrente destructor. Su geografía pedemontana la hizo especialmente vulnerable a crecientes violentas capaces de arrasar cultivos, viviendas, animales y vidas humanas. El viento Zonda, cálido, seco y agobiante, forma parte de esa identidad climática. Sopla con fuerza, derriba árboles, levanta polvo, reseca el ambiente y afecta la vida cotidiana. A ello se suman los movimientos sísmicos, consecuencia de una provincia ubicada en una región andina activa, donde la misma energía geológica que levantó montañas también recuerda, de tanto en tanto, la fragilidad de la ciudad. La tragedia mayor llegó al anochecer del 20 de marzo de 1861. Un violento terremoto destruyó la ciudad colonial de Mendoza. La capital quedó reducida a escombros, con incendios, derrumbes, polvo, humo y escenas de dolor que marcaron para siempre la memoria colectiva. Las fuentes oficiales lo recuerdan como el sismo más devastador de la historia mendocina y uno de los episodios más trágicos del siglo XIX en la región. Después del desastre, Mendoza tuvo que volver a nacer. En 1863, el agrimensor francés Julio Gerónimo Balloffet diseñó la Nueva Ciudad, ubicada al sudoeste del antiguo casco colonial. Su trazado respondió a una idea moderna y previsora: calles rectas y anchas, avenidas perimetrales y un sistema de plazas que funcionara como espacio de reunión y refugio ante futuros terremotos. El nuevo plano organizó una ciudad de 64 manzanas y cinco plazas: una gran plaza central, la actual Plaza Independencia, de cuatro manzanas, y cuatro plazas menores equidistantes, hoy conocidas como San Martín, España, Italia y Chile. Las avenidas amplias, las veredas generosas y el arbolado no fueron simples decisiones estéticas: respondían a necesidades de seguridad, circulación, sombra, higiene y adaptación al ambiente. Las acequias, revestidas y acompañadas por hileras de árboles, permitieron llevar humedad a una ciudad levantada sobre suelo seco. Los álamos, plátanos y otras especies fueron formando ese “manto verde” bajo el cual empezó a desarrollarse la vida urbana mendocina. Así, la Nueva Ciudad no solo buscó protegerse de los sismos: también intentó domesticar el desierto mediante agua, sombra y planificación. Sin embargo, la lucha por la vida no terminó con la reconstrucción. A los terremotos, aluviones, sequías, granizo y vientos se sumaron epidemias de viruela, difteria, cólera y sarampión, especialmente entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX. La mortalidad llegó a preocupar seriamente a médicos, autoridades y sanitaristas, que comenzaron a pensar la ciudad desde la higiene, el aire, la vegetación y la salud pública. En ese contexto, el médico y sanitarista Emilio Coni impulsó la idea de crear un gran pulmón verde para mejorar las condiciones ambientales de Mendoza. En 1896 nació el Parque del Oeste, actual Parque General San Martín, diseñado por el paisajista francés Carlos Thays. El Gobierno de Mendoza recuerda que el parque fue concebido para desafiar el clima árido y el suelo pedregoso, con unas 394 hectáreas de bosque sostenidas por un complejo sistema de riego mediante acequias y canales. Thays imaginó un parque monumental apoyado en la presencia de la Cordillera: avenidas arboladas, caminos curvos, canales, fuentes, prados, esculturas, barreras vegetales y un lago artificial. No era solo un paseo elegante: era una obra sanitaria, ambiental y paisajística destinada a dar sombra, humedad, belleza y bienestar a una ciudad nacida en medio de la aridez. Así, Mendoza fue construyendo su identidad a partir de la adversidad. Del desierto surgieron acequias; de la ruina sísmica, una ciudad nueva; de la amenaza sanitaria, un gran parque; del suelo seco, un oasis urbano. Daniel Schávelzon ha señalado que el terremoto de 1861 sigue presente en la estructura física, cultural e imaginaria de Mendoza: aunque parezca lejano, todavía moldea su arquitectura, sus espacios públicos y su memoria colectiva. Hoy, cada acequia, cada plaza, cada arboleda y cada rincón del Parque General San Martín recuerdan una obra colectiva hecha con perseverancia. Mendoza no fue simplemente fundada: fue defendida, reconstruida, regada, arbolada y pensada. Su historia es la de un pueblo que aprendió a convivir con el desierto, los sismos, el Zonda y el agua indomable, hasta transformar una tierra extrema en uno de los oasis urbanos más singulares de la Argentina. #Mendoza #DelDesiertoAlOasis #MendozaAntigua #AcequiasMendocinas #HistoriaDeMendoza #CiudadOasis #Huarpes #PedroDelCastillo #JuanJufré #TerremotoDeMendoza #NuevaCiudad #JulioBalloffet #ParqueGeneralSanMartín #CarlosThays #EmilioConi #Cuyo #AguaYMemoria #MendozAntigua #MendozaHistory #OasisCity #UrbanHistory #WaterHeritage #AndesHistory #HistoricMendoza #CulturalHeritage (Por: SUSANA FASCIOLO ) https://www.lamelesca.com.ar/del-desierto-al-oasis/

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