Antes de la popularización de los aljibes y la llegada de las redes de cañerías, la provisión de agua potable en las grandes ciudades argentinas (desde la época virreinal hasta bien entrado el Siglo XIX) dependía de un personaje esencial: el aguatero. Estos hombres operaban un vehículo único y rústico, pieza clave del paisaje urbano. El carro aguatero era una demostración de carpintería artesanal. Estaba hecho íntegramente con maderas duras (a menudo provenientes del Paraguay) y no utilizaba ningún elemento de hierro. Su característica más notable eran sus ruedas, que alcanzaban una altura impresionante de ocho a nueve pies (más de dos metros). Este tamaño permitía a los carros internarse profundamente en el río, buscando la corriente central para cargar sus grandes toneles (pipones) con el agua más limpia disponible. El reparto se anunciaba con el sonido característico de una campana o cencerro colgada al frente del armazón. La venta se realizaba por volumen, utilizando canecas (baldes de madera de unos 15 litros). El precio habitual era de medio real por 60 litros (o, en la etapa de transición monetaria, cuatro canecas por tres centavos). Para despachar el líquido, en lugar de una canilla o grifo (bitoque), se utilizaba una larga manga de cuero o suela que se introducía en la caneca. Se colocaba un trozo de cuero en el suelo para evitar que el recipiente se embarrara. Aunque esencial, este método de recolección y distribución de agua, que dependía de fuentes a menudo contaminadas, fue un factor de riesgo para la salud pública. La precariedad del servicio contribuyó a las grandes epidemias de cólera y fiebre amarilla que azotaron a la población a mediados del Siglo XIX. La jornada laboral era ardua, y solo se limitaba a la mañana y al atardecer durante el verano. La crónica histórica lamenta el sufrimiento de los bueyes, que tiraban de la pesada carga y eran a menudo maltratados por sus rudos conductores con una picana o macana. Con la instalación paulatina de la red de agua corriente a fines del siglo XIX, el oficio del aguatero fue desapareciendo, dejando atrás solo la nostálgica memoria de su campana. #CarroAguatero #HistoriaArgentina #OficiosAntiguos #MundoColonial #VidaDeAntes #mendozantigua
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domingo, 11 de enero de 2026
📢 ¡Agua Fresca! El Oficio Extinto que Definió a la Ciudad Colonial (Carros Aguateros)
Antes de la popularización de los aljibes y la llegada de las redes de cañerías, la provisión de agua potable en las grandes ciudades argentinas (desde la época virreinal hasta bien entrado el Siglo XIX) dependía de un personaje esencial: el aguatero. Estos hombres operaban un vehículo único y rústico, pieza clave del paisaje urbano. El carro aguatero era una demostración de carpintería artesanal. Estaba hecho íntegramente con maderas duras (a menudo provenientes del Paraguay) y no utilizaba ningún elemento de hierro. Su característica más notable eran sus ruedas, que alcanzaban una altura impresionante de ocho a nueve pies (más de dos metros). Este tamaño permitía a los carros internarse profundamente en el río, buscando la corriente central para cargar sus grandes toneles (pipones) con el agua más limpia disponible. El reparto se anunciaba con el sonido característico de una campana o cencerro colgada al frente del armazón. La venta se realizaba por volumen, utilizando canecas (baldes de madera de unos 15 litros). El precio habitual era de medio real por 60 litros (o, en la etapa de transición monetaria, cuatro canecas por tres centavos). Para despachar el líquido, en lugar de una canilla o grifo (bitoque), se utilizaba una larga manga de cuero o suela que se introducía en la caneca. Se colocaba un trozo de cuero en el suelo para evitar que el recipiente se embarrara. Aunque esencial, este método de recolección y distribución de agua, que dependía de fuentes a menudo contaminadas, fue un factor de riesgo para la salud pública. La precariedad del servicio contribuyó a las grandes epidemias de cólera y fiebre amarilla que azotaron a la población a mediados del Siglo XIX. La jornada laboral era ardua, y solo se limitaba a la mañana y al atardecer durante el verano. La crónica histórica lamenta el sufrimiento de los bueyes, que tiraban de la pesada carga y eran a menudo maltratados por sus rudos conductores con una picana o macana. Con la instalación paulatina de la red de agua corriente a fines del siglo XIX, el oficio del aguatero fue desapareciendo, dejando atrás solo la nostálgica memoria de su campana. #CarroAguatero #HistoriaArgentina #OficiosAntiguos #MundoColonial #VidaDeAntes #mendozantigua
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