jueves, 8 de agosto de 2013

Reglas, chismes y mentiras a la hora del té.

En el siglo XIX las mujeres respetables de la nueva Argentina, a semejanza de las costumbres y modas europeas, reservaban un día de la semana para una obligada "recepción" o "día de visita". Entre la buena educación y la hipocresía éstos eran una excelente manera de obtener “noticias” de primera mano.
Un grupo de mujeres toma el té en 1900.

Mientras las adolescentes y jóvenes modelo siglo XXI empiezan a arreglarse alrededor de las once la noche para zambullirse en la previa y luego bailar y coquetear como locas, amortiguadas por una siestita al ocaso y estimuladas por celulares con mensajitos calientes, las chicas del siglo XIX y comienzos del XX tenían la vida igual de reglamentada sólo que con otro signo y siguiendo otros mandatos sociales.


Si las protagonistas de La edad de la inocencia o de Sensatez y sentimientoparecen un poco tontas por cumplir con una interminable lista de asfixiantes reglas, preparemos el pañuelo para llorar y no de emoción romántica.

Fueron las mismas mujeres quienes, a mediados del 1800 impusieron una moral doméstica, al tiempo que administraban la casa, la servidumbre y los numerosos hijos, ya que se sirvieron de la reproducción como autojustificación respondiendo a los mandatos de la creencia religiosa católica.


Entre 1830 y 1914 las mujeres respetables de la nueva Argentina, a semejanza de las costumbres y modas europeas, debían cumplir los deberes que imponía una sociedad en la que debían estar permanentemente ocupadas. Entre ellos reservaban un día de la semana para una obligada “recepción” o "día de visita".


El horario en que se llamaba a la puerta del domicilio visitado era entre las tres y las seis de la tarde. La señora de la casa anfitriona debía sentarse en una sillita al lado de la chimenea (si la había y era invierno) o de la ventana más cercana al jardín en verano y levantarse para recibir a las jóvenes solteras, a otras mujeres casadas, a ancianos y a sacerdotes, pero no debía ponerse de pie ante la llegada de un caballero. Era éste quien debía acercarse a la señora y presentarle sus respetos quitándose el sombrero con una leve inclinación de la cabeza.

Se disponía una mesa con masas y confituras y las señoritas de la casa, las atentas hijas o las sobrinas casaderas, servían el té o el chocolate. Lo educado era quedarse entre 15 y 30 minutos.
Al llegar, lo conveniente era inclinarse en silencio para no interrumpir la conversación ya empezada. Para irse había que esperar una pausa en el diálogo y levantarse lentamente. Si la reunión era numerosa, la visitante podía retirarse “a la inglesa”, es decir, sin despedirse.


Se consideraba de buen tono que la anfitriona tuviera algo en las manos, un bordadito, por ejemplo. Recordemos que tanto realizar las visitas como disponerse para la recepción eran considerados un trabajo de las mujeres.

Los tipos de visita eran varios. Estaban las “visitas de digestión”, o sea, después de la comida del mediodía. En las provincias del Río de la Plata y sobre todo en las capitales de provincia, la digestión propiamente dicha se hacía tomando una breve siesta por lo que las visitas comenzaban más tarde. Como cualquier excusa era buena, también se estilaban las visitas de conveniencia en vistas a alguna especulación matrimonial, las de felicitación ante un compromiso o casamiento, las de condolencias ante un fallecimiento, las de despedida o las de regreso antes o después de un viaje.

Si no se encontraba a la persona a la cual se había ido a visitar. Se le dejaba una tarjeta de visita, plegada según la moda del momento. 

Estos usos fueron decayendo hasta que la Primera Guerra Mundial los erradicó por completo, ya que ante una realidad tan cruenta como una guerra las mujeres comenzaron a considerarlos banales e irrelevantes.

Desde entonces, las mujeres empezaron a eligir cuándo, cómo y quién quieren estar y hoy los modos de concertar reuniones con amigas y amigos es mucho más sencillo, espontáneo y honesto.

Aquellas estrictas y peligrosas reglas por las cuales una mujer que no las cumplía no sólo era mal vista, sino que también era juzgada y condenada por sus pares, escondían los débiles límites entre lo que entonces se consideraba buena educación, libertad personal y la siempre bien tolerada hipocresía. 

Esas mentirosas visitas a la hora del té no eran otra cosa que una excelente manera de conocer las vidas de los demás, de obtener “noticias” de primera mano ya sea bajo la forma de un secreto apenas susurrado o de una insinuación chismosa ante la interlocutora precisa y, sobre todo, una astuta forma de mantener el control social sobre la mujer por parte de las mismas mujeres, ese ser misterioso y siempre sorprendente.

Patricia Rodón

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