El 20 de agosto de 1960, en el sector de Nahueltoro, cerca de Chillán, Chile quedó marcado por uno de los episodios más estremecedores de su crónica policial. Jorge del Carmen Valenzuela Torres, campesino itinerante, analfabeto, sumido desde joven en la pobreza y con graves problemas de alcohol, asesinó a su conviviente Rosa Rivas y a cinco de los hijos de ella en el sector conocido como “La Isla”, junto al río Ñuble. Fue un crimen atroz, un séxtuple homicidio que ninguna circunstancia social puede borrar ni justificar y cuyas primeras víctimas, muchas veces desplazadas por el posterior mito del asesino, fueron Rosa y sus pequeños. Valenzuela huyó y, tras ser capturado, la prensa lo convirtió en “El Chacal de Nahueltoro”, uno de los apodos más célebres y temidos de la historia policial chilena. Pero fue dentro de la cárcel donde el caso adquirió una dimensión inesperada. Mientras esperaba su condena, aquel hombre que prácticamente no había recibido educación aprendió a leer y escribir, desarrolló oficios manuales, llegó a fabricar guitarras, abrazó la fe católica y manifestó arrepentimiento por sus crímenes. El sacerdote Eloy Parra acompañó ese proceso y se convirtió en uno de quienes solicitaron que la pena capital fuera conmutada. Así nació una pregunta que comenzó a atravesar a la sociedad chilena: si la función de la prisión era también rehabilitar, ¿qué sentido tenía ejecutar a un condenado después de haber conseguido precisamente su transformación? El pedido de indulto llegó hasta el presidente Jorge Alessandri Rodríguez, pero fue rechazado. El 30 de abril de 1963, Valenzuela fue conducido al patio del Penal de Chillán. La víspera había conseguido despedirse de su madre. A las 7:21 de la mañana, un pelotón de ocho fusileros terminó con su vida. Tenía ante sí al mismo Estado que durante casi tres años lo había alfabetizado, educado y preparado para reinsertarse. El crimen seguía siendo monstruoso; la contradicción, también. El debate trascendió largamente la ejecución y se convirtió en una discusión sobre marginalidad, responsabilidad individual, rehabilitación carcelaria y pena de muerte. Seis años más tarde, Miguel Littin transformó aquella historia en “El Chacal de Nahueltoro”, estrenada en 1969, con Nelson Villagra en el papel principal. La película se convirtió en una pieza fundamental del Nuevo Cine Chileno y llegó al Festival Internacional de Cine de Berlín de 1970, donde obtuvo el Premio OCIC, llevando el drama de Nahueltoro mucho más allá de las fronteras de Chile. Décadas después, otra paradoja siguió creciendo: la tumba de Valenzuela, en el Cementerio de San Carlos, se transformó en una “animita” y lugar de devoción popular, con flores, placas, agradecimientos y peticiones de quienes creen en su intercesión. Incluso la Municipalidad de San Carlos la incluye entre los puntos de interés histórico del cementerio. Pero detrás de la fascinación por “el Chacal” permanece una advertencia imprescindible: no permitir que la transformación del victimario haga desaparecer a Rosa Rivas y a sus cinco hijos de la memoria. Nahueltoro no es solamente la historia de un hombre que cometió un crimen, aprendió a leer y terminó ante un pelotón. Es también la historia de seis vidas arrancadas brutalmente y de una sociedad que, más de seis décadas después, todavía puede hacerse aquella incómoda pregunta: ¿puede un hombre culpable de lo imperdonable cambiar… y qué debe hacer la justicia cuando realmente cambia? #Nahueltoro #ChacaldeNahueltoro #JorgeValenzuela #RosaRivas #HistoriaDeChile #Chile #Ñuble #Chillán #SanCarlos #CrónicaRoja #HistoriaCriminal #PenaDeMuerte #Justicia #Rehabilitación #MemoriaHistórica #MiguelLittin #CineChileno #Historia #TrueCrimeHistory #ChileanHistory #NahueltoroCase #DeathPenalty #CriminalHistory #HistoricalMemory #Justice #Redemption #ChileHistory
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jueves, 20 de agosto de 2020
🔥⚖️🩸 20 DE AGOSTO DE 1960: NAHUELTORO, EL CRIMEN QUE OBLIGÓ A CHILE A PREGUNTARSE SI UN HOMBRE REHABILITADO DEBÍA MORIR
El 20 de agosto de 1960, en el sector de Nahueltoro, cerca de Chillán, Chile quedó marcado por uno de los episodios más estremecedores de su crónica policial. Jorge del Carmen Valenzuela Torres, campesino itinerante, analfabeto, sumido desde joven en la pobreza y con graves problemas de alcohol, asesinó a su conviviente Rosa Rivas y a cinco de los hijos de ella en el sector conocido como “La Isla”, junto al río Ñuble. Fue un crimen atroz, un séxtuple homicidio que ninguna circunstancia social puede borrar ni justificar y cuyas primeras víctimas, muchas veces desplazadas por el posterior mito del asesino, fueron Rosa y sus pequeños. Valenzuela huyó y, tras ser capturado, la prensa lo convirtió en “El Chacal de Nahueltoro”, uno de los apodos más célebres y temidos de la historia policial chilena. Pero fue dentro de la cárcel donde el caso adquirió una dimensión inesperada. Mientras esperaba su condena, aquel hombre que prácticamente no había recibido educación aprendió a leer y escribir, desarrolló oficios manuales, llegó a fabricar guitarras, abrazó la fe católica y manifestó arrepentimiento por sus crímenes. El sacerdote Eloy Parra acompañó ese proceso y se convirtió en uno de quienes solicitaron que la pena capital fuera conmutada. Así nació una pregunta que comenzó a atravesar a la sociedad chilena: si la función de la prisión era también rehabilitar, ¿qué sentido tenía ejecutar a un condenado después de haber conseguido precisamente su transformación? El pedido de indulto llegó hasta el presidente Jorge Alessandri Rodríguez, pero fue rechazado. El 30 de abril de 1963, Valenzuela fue conducido al patio del Penal de Chillán. La víspera había conseguido despedirse de su madre. A las 7:21 de la mañana, un pelotón de ocho fusileros terminó con su vida. Tenía ante sí al mismo Estado que durante casi tres años lo había alfabetizado, educado y preparado para reinsertarse. El crimen seguía siendo monstruoso; la contradicción, también. El debate trascendió largamente la ejecución y se convirtió en una discusión sobre marginalidad, responsabilidad individual, rehabilitación carcelaria y pena de muerte. Seis años más tarde, Miguel Littin transformó aquella historia en “El Chacal de Nahueltoro”, estrenada en 1969, con Nelson Villagra en el papel principal. La película se convirtió en una pieza fundamental del Nuevo Cine Chileno y llegó al Festival Internacional de Cine de Berlín de 1970, donde obtuvo el Premio OCIC, llevando el drama de Nahueltoro mucho más allá de las fronteras de Chile. Décadas después, otra paradoja siguió creciendo: la tumba de Valenzuela, en el Cementerio de San Carlos, se transformó en una “animita” y lugar de devoción popular, con flores, placas, agradecimientos y peticiones de quienes creen en su intercesión. Incluso la Municipalidad de San Carlos la incluye entre los puntos de interés histórico del cementerio. Pero detrás de la fascinación por “el Chacal” permanece una advertencia imprescindible: no permitir que la transformación del victimario haga desaparecer a Rosa Rivas y a sus cinco hijos de la memoria. Nahueltoro no es solamente la historia de un hombre que cometió un crimen, aprendió a leer y terminó ante un pelotón. Es también la historia de seis vidas arrancadas brutalmente y de una sociedad que, más de seis décadas después, todavía puede hacerse aquella incómoda pregunta: ¿puede un hombre culpable de lo imperdonable cambiar… y qué debe hacer la justicia cuando realmente cambia? #Nahueltoro #ChacaldeNahueltoro #JorgeValenzuela #RosaRivas #HistoriaDeChile #Chile #Ñuble #Chillán #SanCarlos #CrónicaRoja #HistoriaCriminal #PenaDeMuerte #Justicia #Rehabilitación #MemoriaHistórica #MiguelLittin #CineChileno #Historia #TrueCrimeHistory #ChileanHistory #NahueltoroCase #DeathPenalty #CriminalHistory #HistoricalMemory #Justice #Redemption #ChileHistory
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