lunes, 5 de octubre de 2026

ANTES DE INTERNET, LONDRES YA TENÍA UNA RED SOCIAL: LAS “UNIVERSIDADES DE A PENIQUE” QUE CONECTARON CIENCIA, PRENSA, SEGUROS Y LA BOLSA


Mucho antes de que existieran Facebook, X, Instagram, los foros digitales o los grupos de mensajería, Londres ya poseía una formidable red para compartir noticias, discutir política, buscar trabajo, cerrar negocios, intercambiar rumores, leer publicaciones y cruzarse con algunas de las mentes más inquietas de su tiempo. No funcionaba con electricidad ni algoritmos: funcionaba con café. La revolución comenzó a tomar forma a mediados del siglo XVII. En 1652, Pasqua Rosée abrió en Londres uno de los primeros establecimientos dedicados al café, y desde la década de 1660 aquellos locales comenzaron a multiplicarse hasta convertirse en auténticos nodos de información. Conviene desterrar una leyenda muy repetida: Europa no había pasado siglos enteros permanentemente borracha porque toda el agua fuese imposible de beber. El agua se consumía y existían fuentes, pozos y conducciones; también eran habituales la cerveza, el ale y el vino. Lo novedoso del café estaba en otra parte: proporcionaba una bebida estimulante, asociada a la conversación sobria y prolongada, perfecta para una sociedad en la que comerciantes, científicos, escritores y funcionarios necesitaban información cada vez con mayor rapidez. Por apenas un penique, muchos establecimientos ofrecían acceso al café y, sobre todo, a un extraordinario ecosistema de periódicos, gacetas, panfletos, cartas, noticias y conversaciones. De allí surgió la célebre expresión “penny universities”, las “universidades de a penique”: espacios de aprendizaje informal donde una moneda podía abrir la puerta a horas de discusión y conocimientos que difícilmente podían encontrarse reunidos en otro lugar. Pero aquellas cafeterías eran mucho más que salones para beber. Los hombres de negocios establecían horarios habituales para que clientes y socios supieran dónde localizarlos; incluso era posible enviar cartas directamente a una cafetería, confiando en que el destinatario pasaría por allí. Algunos locales se especializaron casi como los actuales canales o comunidades temáticas de Internet. En Will’s Coffee House, cerca de Covent Garden, el poeta John Dryden llegó a convertirse en figura central de una extraordinaria tertulia literaria. Cerca de St Paul’s, editores y libreros intercambiaban noticias del comercio editorial. Otros cafés concentraban abogados, comerciantes, aseguradores, navegantes o corredores de valores. Las mesas, los bancos comunes, los periódicos que circulaban de mano en mano y las noticias que se leían en voz alta transformaron a estos establecimientos en verdaderos centros de transmisión de información. Incluso la supuesta igualdad de las cafeterías quedó reflejada en un famoso impreso de 1674 titulado The Rules and Orders of the Coffee-House, que proclamaba que caballeros y comerciantes podían sentarse juntos sin privilegios de rango. Aquel texto debe entenderse con cautela porque tenía un evidente componente satírico y no constituía un reglamento obligatorio para todas las cafeterías, pero retrata muy bien el ideal del lugar: ninguna persona debía levantarse para entregar su asiento a alguien de mayor condición social y quien iniciara una disputa debía compensarla pagando café. También censuraba el exceso de ruido, las apuestas y hasta los brindis ceremoniosos propios de las tabernas. La realidad era menos perfecta: las cafeterías eran espacios predominantemente masculinos, existían diferencias económicas y algunas podían ser ruidosas, ásperas y conflictivas. Pero su capacidad para hacer circular ideas era tan poderosa que llegó a preocupar a la Corona. El 29 de diciembre de 1675, Carlos II ordenó suprimir las coffee houses, acusándolas de reunir a personas “ociosas y descontentas” y de propagar informaciones falsas y escandalosas contra el gobierno. El intento terminó rápidamente neutralizado ante la resistencia que provocó. En otras palabras: tres siglos y medio antes de las polémicas sobre las redes sociales, un gobierno inglés ya estaba preocupado por lugares donde ciudadanos se reunían, compartían noticias y criticaban al poder. La ciencia tampoco permaneció ajena a aquella gigantesca conversación urbana. Robert Hooke, uno de los grandes experimentadores del siglo XVII y autor de Micrographia, fue un auténtico habitué: su diario registra recorridos por más de sesenta establecimientos durante la década de 1670, además de innumerables encuentros en cafés como Garraway’s y Jonathan’s. Hooke utilizaba aquellas mesas para conversar, obtener información, discutir experimentos y encontrarse con colegas. Hay, sin embargo, una precisión histórica importante respecto de una historia repetida innumerables veces: la famosa conversación de enero de 1684 entre Hooke, Christopher Wren y Edmond Halley acerca de las órbitas planetarias y la ley del inverso del cuadrado está documentada, pero la fuente primaria conservada no permite afirmar con seguridad que ocurriera dentro de una cafetería concreta. Halley contó después que llegó a Londres, se encontró con Wren y Hooke y discutieron el problema. Hooke aseguró que podía demostrar matemáticamente cómo la fuerza que disminuía con el cuadrado de la distancia explicaba el movimiento planetario; Wren, escéptico, ofreció como premio un libro valorado en cuarenta chelines a quien presentara una demostración convincente en dos meses. La prueba no apareció. En agosto de 1684, Halley viajó a Cambridge y formuló a Isaac Newton la pregunta decisiva: ¿qué curva describiría un planeta sometido a una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de su distancia al Sol? Newton respondió: una elipse. Aquella visita impulsó una cadena de trabajos que primero produjo De Motu y finalmente desembocó en Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, publicado en 1687 con una participación decisiva de Halley. Por eso sería exagerado afirmar que “la gravedad fue inventada en una cafetería”, pero sería igualmente injusto ignorar que la ciencia de aquella época se desarrolló dentro de una cultura de sociabilidad, discusión e intercambio de información en la que las coffee houses desempeñaron un papel extraordinario. Y si la ciencia encontró allí terreno fértil, las finanzas directamente echaron raíces. En la década de 1680, Edward Lloyd abrió una cafetería frecuentada por capitanes, comerciantes, armadores y personas interesadas en asegurar barcos y cargamentos. La primera referencia documental conocida al Lloyd’s Coffee House aparece en 1688. Lloyd comprendió que la información marítima tenía un enorme valor y comenzó a reunir noticias sobre buques, cargamentos, puertos y acontecimientos extranjeros. De aquellas mesas donde se compartían riesgos y noticias terminaría desarrollándose Lloyd’s of London, uno de los mercados aseguradores más célebres del mundo. Algo semejante sucedió con la negociación de acciones. Jonathan’s Coffee House, en Change Alley, se convirtió en punto de encuentro de corredores y especuladores, y en 1698 John Castaing comenzó a publicar allí, dos veces por semana, precios de acciones, monedas y mercancías. El propio Bank of England considera ese hecho una de las primeras evidencias de un mercado organizado de valores en Londres, mientras que la London Stock Exchange sitúa en 1698 sus raíces históricas. El proceso continuaría durante el siglo XVIII: en 1773 los corredores abrieron un establecimiento propio conocido primero como New Jonathan’s y después sencillamente como The Stock Exchange. Aquellas cafeterías, por supuesto, no “inventaron” por sí solas la ciencia moderna, el capitalismo ni la información pública, pero aceleraron algo fundamental: pusieron personas, noticias, conocimientos y dinero dentro de una misma red física. Cada mesa podía convertirse en una redacción improvisada, una oficina comercial, una bolsa de trabajo, un pequeño parlamento, un laboratorio intelectual o una sala de operaciones financieras. Por eso la comparación con Internet resulta tan irresistible. Cambiaron las pantallas, los cables y los algoritmos, pero la necesidad humana permanece sorprendentemente intacta: entrar en un lugar, averiguar qué está pasando, encontrar a quienes saben algo, discutir con desconocidos, compartir rumores, hacer negocios y, ocasionalmente, transformar el mundo. En el Londres del siglo XVII bastaban una mesa, unas hojas impresas, varias voces y una taza de café.  #Historia #HistoriaUniversal #Londres #SigloXVII #Cafe #CoffeeHouse #UniversidadesDeAPenique #PennyUniversities #RevolucionCientifica #IsaacNewton #EdmondHalley #RobertHooke #ChristopherWren #LloydsOfLondon #BolsaDeLondres #HistoriaDeInternet #HistoriaDeLaCiencia #HistoriaEconomica #History #LondonHistory #CoffeeHistory #CoffeehouseCulture #ScientificRevolution #HistoryOfScience #FinancialHistory #SocialNetworks. FUENTES: British Library, Courtauld Institute of Art, The London Archives, Cambridge University Press, Newton Project–Oxford, Royal Society, Lloyd’s, Bank of England, London Stock Exchange y British Museum.

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