A veces los imperios no desaparecen entre llamas ni bajo el estruendo de una batalla: algunos mueren mediante una firma. El 6 de agosto de 1806, el emperador Francisco II renunció a la corona imperial y declaró extinguido el Sacro Imperio Romano Germánico, una compleja estructura política que, tomando como fecha convencional la coronación de Otón I en 962, había sobrevivido durante 844 años y atravesado la Edad Media, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Guerra de los Treinta Años y el nacimiento del mundo contemporáneo. El Imperio no había surgido inmediatamente del Tratado de Verdún ni era una continuación directa y uniforme de la antigua Roma. Fue el resultado de una larga evolución del mundo carolingio y del reino franco oriental, unido a la pretensión de restaurar en Europa occidental una autoridad imperial cristiana. Tampoco recibió desde el comienzo el nombre con el que pasó a la historia: la expresión sacrum imperium, “Imperio sagrado”, comenzó a emplearse en la cancillería de Federico I Barbarroja hacia 1157, mientras que la denominación “Sacro Imperio Romano de la Nación Germánica” se consolidó oficialmente siglos después. No era Alemania, no poseía una capital permanente y tampoco funcionaba como un Estado centralizado moderno. Era una extraordinaria red de reinos, principados, ducados, obispados, abadías, condados y ciudades imperiales, unidos por leyes, tribunales, dietas y vínculos de lealtad. En sus últimas décadas todavía reunía más de 300 territorios relacionados política y culturalmente. Su enorme fragmentación limitaba al emperador, pero también permitía que comunidades muy diferentes conservaran derechos y autonomías. La historiografía moderna destaca que aquella estructura, lejos de ser solamente un caos feudal, servía para equilibrar el poder, proteger libertades territoriales y mediar disputas entre príncipes. Sin embargo, ese delicado mecanismo comenzó a desmoronarse bajo el impacto de las guerras revolucionarias francesas y del avance napoleónico. La reorganización territorial de 1803 eliminó numerosos dominios eclesiásticos y pequeñas jurisdicciones; después, la aplastante victoria de Napoleón en Austerlitz y el Tratado de Presburgo de 1805 dejaron a Austria debilitada. En julio de 1806, dieciséis príncipes del oeste y del sur de Alemania abandonaron el Imperio para formar la Confederación del Rin, una alianza militar protegida por Napoleón que convertiría a aquellos Estados en barrera estratégica y fuente de soldados para Francia. Francisco II comprendió que la antigua corona ya no representaba una autoridad efectiva. Dos años antes se había proclamado emperador hereditario de Austria con el nombre de Francisco I, asegurando así la continuidad imperial de los Habsburgo. El 6 de agosto liberó a los príncipes, Estados y funcionarios de sus obligaciones hacia el viejo orden y dejó desaparecer una institución que había ocupado el centro de la política europea durante siglos. Napoleón no destruyó por sí solo aquel mundo, pero aceleró su derrumbe definitivo. Con la desaparición del Sacro Imperio terminó una manera medieval y supranacional de organizar Europa Central. Del gigantesco mosaico surgieron nuevos reinos, Estados más grandes y fronteras distintas, mientras comenzaba el largo camino que conduciría a la unificación alemana. El águila imperial dejó de gobernar aquel 6 de agosto, pero su sombra continuó proyectándose sobre Europa mucho después de que Francisco II depositara una corona que ya no tenía imperio. #SacroImperioRomanoGermánico #FranciscoII #NapoleónBonaparte #GuerrasNapoleónicas #HistoriaDeEuropa #HistoriaUniversal #Efemérides #ImperioHabsburgo #ConfederaciónDelRin #EdadMedia #HistoriaAlemana #MendozAntigua #HolyRomanEmpire #FrancisII #NapoleonBonaparte #NapoleonicWars #EuropeanHistory #GermanHistory #HabsburgEmpire #HistoryFacts
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jueves, 6 de agosto de 2020
6 DE AGOSTO DE 1806: CAYÓ UN IMPERIO DE 844 AÑOS… Y NAPOLEÓN REDIBUJÓ EL CORAZÓN DE EUROPA
A veces los imperios no desaparecen entre llamas ni bajo el estruendo de una batalla: algunos mueren mediante una firma. El 6 de agosto de 1806, el emperador Francisco II renunció a la corona imperial y declaró extinguido el Sacro Imperio Romano Germánico, una compleja estructura política que, tomando como fecha convencional la coronación de Otón I en 962, había sobrevivido durante 844 años y atravesado la Edad Media, el Renacimiento, la Reforma protestante, la Guerra de los Treinta Años y el nacimiento del mundo contemporáneo. El Imperio no había surgido inmediatamente del Tratado de Verdún ni era una continuación directa y uniforme de la antigua Roma. Fue el resultado de una larga evolución del mundo carolingio y del reino franco oriental, unido a la pretensión de restaurar en Europa occidental una autoridad imperial cristiana. Tampoco recibió desde el comienzo el nombre con el que pasó a la historia: la expresión sacrum imperium, “Imperio sagrado”, comenzó a emplearse en la cancillería de Federico I Barbarroja hacia 1157, mientras que la denominación “Sacro Imperio Romano de la Nación Germánica” se consolidó oficialmente siglos después. No era Alemania, no poseía una capital permanente y tampoco funcionaba como un Estado centralizado moderno. Era una extraordinaria red de reinos, principados, ducados, obispados, abadías, condados y ciudades imperiales, unidos por leyes, tribunales, dietas y vínculos de lealtad. En sus últimas décadas todavía reunía más de 300 territorios relacionados política y culturalmente. Su enorme fragmentación limitaba al emperador, pero también permitía que comunidades muy diferentes conservaran derechos y autonomías. La historiografía moderna destaca que aquella estructura, lejos de ser solamente un caos feudal, servía para equilibrar el poder, proteger libertades territoriales y mediar disputas entre príncipes. Sin embargo, ese delicado mecanismo comenzó a desmoronarse bajo el impacto de las guerras revolucionarias francesas y del avance napoleónico. La reorganización territorial de 1803 eliminó numerosos dominios eclesiásticos y pequeñas jurisdicciones; después, la aplastante victoria de Napoleón en Austerlitz y el Tratado de Presburgo de 1805 dejaron a Austria debilitada. En julio de 1806, dieciséis príncipes del oeste y del sur de Alemania abandonaron el Imperio para formar la Confederación del Rin, una alianza militar protegida por Napoleón que convertiría a aquellos Estados en barrera estratégica y fuente de soldados para Francia. Francisco II comprendió que la antigua corona ya no representaba una autoridad efectiva. Dos años antes se había proclamado emperador hereditario de Austria con el nombre de Francisco I, asegurando así la continuidad imperial de los Habsburgo. El 6 de agosto liberó a los príncipes, Estados y funcionarios de sus obligaciones hacia el viejo orden y dejó desaparecer una institución que había ocupado el centro de la política europea durante siglos. Napoleón no destruyó por sí solo aquel mundo, pero aceleró su derrumbe definitivo. Con la desaparición del Sacro Imperio terminó una manera medieval y supranacional de organizar Europa Central. Del gigantesco mosaico surgieron nuevos reinos, Estados más grandes y fronteras distintas, mientras comenzaba el largo camino que conduciría a la unificación alemana. El águila imperial dejó de gobernar aquel 6 de agosto, pero su sombra continuó proyectándose sobre Europa mucho después de que Francisco II depositara una corona que ya no tenía imperio. #SacroImperioRomanoGermánico #FranciscoII #NapoleónBonaparte #GuerrasNapoleónicas #HistoriaDeEuropa #HistoriaUniversal #Efemérides #ImperioHabsburgo #ConfederaciónDelRin #EdadMedia #HistoriaAlemana #MendozAntigua #HolyRomanEmpire #FrancisII #NapoleonBonaparte #NapoleonicWars #EuropeanHistory #GermanHistory #HabsburgEmpire #HistoryFacts
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