El 29 de julio de 1966, apenas un mes después del golpe militar que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia, la Universidad de Buenos Aires vivió una de las jornadas más violentas y dolorosas de su historia. El régimen encabezado por Juan Carlos Onganía sancionó la Ley N.º 16.912, una norma que subordinaba el gobierno universitario al Ministerio de Educación, vaciaba de poder a los Consejos Superiores y Directivos y prohibía las actividades políticas de los centros estudiantiles. En los hechos, significaba destruir la autonomía y el cogobierno que profesores, graduados y estudiantes habían conquistado durante décadas. Aquella autonomía tenía raíces profundas. La Reforma Universitaria iniciada en Córdoba en 1918 había impulsado principios que transformarían la educación superior latinoamericana: libertad de cátedra, concursos periódicos, extensión universitaria, participación estudiantil y gobierno autónomo de las instituciones. En 1949, la eliminación de los aranceles abrió todavía más las puertas de las universidades públicas: la matrícula nacional pasó de 66.212 estudiantes en 1949 a 135.891 en 1954. La UBA atravesaba entonces su recordada “época de oro”. Desde 1955 había fortalecido la investigación, multiplicado los cargos de dedicación exclusiva, creado nuevos institutos y desarrollado proyectos que vinculaban el conocimiento con las necesidades del país. Nacieron Eudeba, que entre 1958 y 1966 publicó alrededor de doce millones de ejemplares económicos; el programa de extensión de Isla Maciel; la construcción de Ciudad Universitaria; el Instituto de Cálculo y “Clementina”, la célebre computadora que abrió una nueva etapa para la informática académica argentina. La comunidad universitaria había rechazado el golpe desde el primer momento. Durante la madrugada del 28 de junio, el rector Hilario Fernández Long y los integrantes del Consejo Superior llamaron a defender la autonomía, a no reconocer un gobierno universitario impuesto y a mantener vivo el espíritu necesario para recuperar la democracia. Cuando llegó la intervención, Fernández Long se negó a convertirse en un simple administrador del régimen y renunció junto con varios decanos. Profesores, graduados y estudiantes ocuparon distintas facultades para expresar su resistencia. El episodio más brutal ocurrió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, que funcionaba en Perú 222, dentro de la histórica Manzana de las Luces. Cerca de las diez de la noche, la Guardia de Infantería de la Policía Federal irrumpió en el edificio. En su interior se encontraban unas 300 personas, entre ellas el decano Rolando García y miembros del Consejo Directivo. García intentó identificarse como máxima autoridad de la Facultad, pero recibió como respuesta un violento bastonazo mientras trataba de protegerse la cabeza. Docentes y estudiantes fueron obligados a salir entre dos filas de policías que los golpeaban con largos bastones; algunos testimonios también denunciaron amenazas y simulacros de fusilamiento. La represión alcanzó además dependencias de Arquitectura, Medicina, Ingeniería y Filosofía y Letras. Más de 150 personas fueron detenidas. Las fotografías de hombres y mujeres saliendo con las manos detrás de la cabeza recorrieron el mundo y transformaron aquella noche en símbolo del autoritarismo contra la universidad pública. El objetivo no fue únicamente desalojar edificios: se buscó quebrar un modelo científico, crítico y autónomo que incomodaba a los sectores más conservadores. En los días posteriores, cerca de 1.300 docentes abandonaron sus cargos —la cifra exacta continúa siendo discutida— y muchos investigadores altamente capacitados emigraron para continuar sus carreras en universidades y centros científicos del exterior. Exactas y Arquitectura estuvieron entre las facultades más afectadas. La Noche de los Bastones Largos no terminó cuando se cerraron las puertas de Perú 222. Sus consecuencias se extendieron durante años: equipos científicos desintegrados, proyectos interrumpidos, laboratorios debilitados y una profunda fuga de conocimientos que el país había tardado décadas en construir. Aquella madrugada, los bastones no golpearon solamente cuerpos: golpearon libros, computadoras, investigaciones, ideas y el futuro de una nación. Por eso, cada 29 de julio se recuerda la noche en que la violencia creyó que podía silenciar a la inteligencia, pero terminó dejando una advertencia imborrable: cuando se destruye la autonomía universitaria, no pierde solamente una institución; pierde toda la sociedad. #NocheDeLosBastonesLargos #UniversidadPública #UBA #HistoriaArgentina #Dictadura #JuanCarlosOnganía #ArturoIllia #AutonomíaUniversitaria #ReformaUniversitaria #CienciaArgentina #RolandoGarcía #HilarioFernándezLong #Clementina #Eudeba #FugaDeCerebros #MemoriaHistórica #Democracia #UnDíaComoHoy #Efemérides #MendozAntigua #NightOfTheLongBatons #ArgentineHistory #PublicUniversity #AcademicFreedom #ScienceHistory #HistoricalMemory #OnThisDay
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jueves, 29 de julio de 2021
29 DE JULIO DE 1966: LA NOCHE EN QUE LA DICTADURA GOLPEÓ A LA CIENCIA — BASTONES, RENUNCIAS Y CEREBROS EXPULSADOS
El 29 de julio de 1966, apenas un mes después del golpe militar que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia, la Universidad de Buenos Aires vivió una de las jornadas más violentas y dolorosas de su historia. El régimen encabezado por Juan Carlos Onganía sancionó la Ley N.º 16.912, una norma que subordinaba el gobierno universitario al Ministerio de Educación, vaciaba de poder a los Consejos Superiores y Directivos y prohibía las actividades políticas de los centros estudiantiles. En los hechos, significaba destruir la autonomía y el cogobierno que profesores, graduados y estudiantes habían conquistado durante décadas. Aquella autonomía tenía raíces profundas. La Reforma Universitaria iniciada en Córdoba en 1918 había impulsado principios que transformarían la educación superior latinoamericana: libertad de cátedra, concursos periódicos, extensión universitaria, participación estudiantil y gobierno autónomo de las instituciones. En 1949, la eliminación de los aranceles abrió todavía más las puertas de las universidades públicas: la matrícula nacional pasó de 66.212 estudiantes en 1949 a 135.891 en 1954. La UBA atravesaba entonces su recordada “época de oro”. Desde 1955 había fortalecido la investigación, multiplicado los cargos de dedicación exclusiva, creado nuevos institutos y desarrollado proyectos que vinculaban el conocimiento con las necesidades del país. Nacieron Eudeba, que entre 1958 y 1966 publicó alrededor de doce millones de ejemplares económicos; el programa de extensión de Isla Maciel; la construcción de Ciudad Universitaria; el Instituto de Cálculo y “Clementina”, la célebre computadora que abrió una nueva etapa para la informática académica argentina. La comunidad universitaria había rechazado el golpe desde el primer momento. Durante la madrugada del 28 de junio, el rector Hilario Fernández Long y los integrantes del Consejo Superior llamaron a defender la autonomía, a no reconocer un gobierno universitario impuesto y a mantener vivo el espíritu necesario para recuperar la democracia. Cuando llegó la intervención, Fernández Long se negó a convertirse en un simple administrador del régimen y renunció junto con varios decanos. Profesores, graduados y estudiantes ocuparon distintas facultades para expresar su resistencia. El episodio más brutal ocurrió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, que funcionaba en Perú 222, dentro de la histórica Manzana de las Luces. Cerca de las diez de la noche, la Guardia de Infantería de la Policía Federal irrumpió en el edificio. En su interior se encontraban unas 300 personas, entre ellas el decano Rolando García y miembros del Consejo Directivo. García intentó identificarse como máxima autoridad de la Facultad, pero recibió como respuesta un violento bastonazo mientras trataba de protegerse la cabeza. Docentes y estudiantes fueron obligados a salir entre dos filas de policías que los golpeaban con largos bastones; algunos testimonios también denunciaron amenazas y simulacros de fusilamiento. La represión alcanzó además dependencias de Arquitectura, Medicina, Ingeniería y Filosofía y Letras. Más de 150 personas fueron detenidas. Las fotografías de hombres y mujeres saliendo con las manos detrás de la cabeza recorrieron el mundo y transformaron aquella noche en símbolo del autoritarismo contra la universidad pública. El objetivo no fue únicamente desalojar edificios: se buscó quebrar un modelo científico, crítico y autónomo que incomodaba a los sectores más conservadores. En los días posteriores, cerca de 1.300 docentes abandonaron sus cargos —la cifra exacta continúa siendo discutida— y muchos investigadores altamente capacitados emigraron para continuar sus carreras en universidades y centros científicos del exterior. Exactas y Arquitectura estuvieron entre las facultades más afectadas. La Noche de los Bastones Largos no terminó cuando se cerraron las puertas de Perú 222. Sus consecuencias se extendieron durante años: equipos científicos desintegrados, proyectos interrumpidos, laboratorios debilitados y una profunda fuga de conocimientos que el país había tardado décadas en construir. Aquella madrugada, los bastones no golpearon solamente cuerpos: golpearon libros, computadoras, investigaciones, ideas y el futuro de una nación. Por eso, cada 29 de julio se recuerda la noche en que la violencia creyó que podía silenciar a la inteligencia, pero terminó dejando una advertencia imborrable: cuando se destruye la autonomía universitaria, no pierde solamente una institución; pierde toda la sociedad. #NocheDeLosBastonesLargos #UniversidadPública #UBA #HistoriaArgentina #Dictadura #JuanCarlosOnganía #ArturoIllia #AutonomíaUniversitaria #ReformaUniversitaria #CienciaArgentina #RolandoGarcía #HilarioFernándezLong #Clementina #Eudeba #FugaDeCerebros #MemoriaHistórica #Democracia #UnDíaComoHoy #Efemérides #MendozAntigua #NightOfTheLongBatons #ArgentineHistory #PublicUniversity #AcademicFreedom #ScienceHistory #HistoricalMemory #OnThisDay
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