El 12 de agosto de 2000, las frías aguas del mar de Barents se convirtieron en escenario de una de las mayores tragedias submarinas de la historia contemporánea. Allí desapareció el K-141 *Kursk*, uno de los gigantes de la Flota del Norte rusa: un submarino nuclear del Proyecto 949A Antey, conocido por la OTAN como clase Oscar II, de aproximadamente 154 metros de eslora y concebido originalmente por la Unión Soviética para atacar grandes grupos navales enemigos. Construido en Severodvinsk desde 1990 y puesto en servicio en diciembre de 1994, representaba todavía, apenas seis años después, una de las máquinas de guerra más impresionantes de Rusia. Aquella mañana participaba con otros buques de la Flota del Norte en uno de los mayores ejercicios navales rusos desde la desaparición de la URSS. A bordo viajaban 118 hombres. Durante la preparación del lanzamiento de un torpedo de ejercicio ocurrió la catástrofe: según la investigación oficial rusa, peróxido de hidrógeno altamente concentrado utilizado como propelente escapó de un torpedo tipo 65-76A y reaccionó violentamente dentro del tubo lanzatorpedos. La primera detonación estremeció la proa; apenas **dos minutos y catorce segundos después**, el incendio hizo detonar varias cabezas de guerra almacenadas en el compartimento delantero. La segunda explosión fue tan poderosa que quedó registrada por estaciones sísmicas del norte de Europa. El Kursk cayó hasta el fondo del Barents y quedó inmóvil a unos **108 metros de profundidad**. Los primeros compartimentos quedaron devastados, pero la tragedia aún no había terminado: **23 tripulantes sobrevivieron a las explosiones iniciales** y consiguieron reunirse en el noveno compartimento, en la popa. Allí, rodeados por la oscuridad, el frío y un aire que se agotaba, esperaron un rescate que nunca llegaría a tiempo. Entre ellos estaba el teniente capitán Dmitri Kolesnikov, quien dejó notas escritas para registrar quiénes seguían vivos y despedirse de sus seres queridos. Esos papeles demostrarían después que una parte de la tripulación había sobrevivido durante varias horas después del hundimiento. El tiempo exacto durante el cual permanecieron con vida sigue siendo discutido y, por ello, tampoco puede asegurarse con certeza si una intervención internacional más rápida habría logrado salvarlos. La reacción rusa quedó desde entonces envuelta en polémica. Los equipos de rescate de la Armada intentaron repetidamente acoplar vehículos submarinos a la escotilla de emergencia, pero fallaron; además, Moscú demoró varios días en aceptar asistencia británica y noruega. Finalmente, el **21 de agosto**, buzos noruegos pudieron abrir el sistema de escape de popa: encontraron el compartimento inundado y confirmaron que ninguno de los 118 hombres seguía con vida. Dentro de aquella tragedia existió, sin embargo, un elemento que impidió una catástrofe ambiental mucho mayor. El Kursk poseía **dos reactores nucleares de agua presurizada**. Ambos quedaron apagados después del accidente y los análisis efectuados posteriormente alrededor del submarino no encontraron niveles de radiactividad superiores al fondo natural. El Organismo Internacional de Energía Atómica registró que no se produjo una liberación radiactiva detectable. Durante más de un año el enorme casco permaneció en el fondo del Barents. En 2001 comenzó una extraordinaria operación internacional encabezada por las compañías Mammoet y SMIT: debido a la enorme destrucción de la proa, esa sección fue cortada y dejada en el fondo antes de intentar levantar el resto del submarino. A las **03:45 del 8 de octubre de 2001** comenzó el gigantesco izado; unas once horas después, cerca de 9.000 toneladas del Kursk estaban aseguradas bajo la barcaza *Giant 4*. El conjunto fue llevado hacia Murmansk y el 22 de octubre llegó al dique naval, completándose una de las operaciones de salvamento marítimo más complejas realizadas hasta entonces. Con el tiempo, la torre del submarino terminó convertida en parte de un memorial en Murmansk dedicado a los submarinistas muertos en tiempos de paz. Así terminó la historia del Kursk: una formidable máquina diseñada para sobrevivir a la guerra, destruida durante un ejercicio por una cadena de fallas ocurrida dentro de su propio casco. Bajo las aguas del Ártico quedaron 118 vidas y una tragedia que puso en evidencia no sólo los riesgos extremos de la guerra submarina, sino también las graves deficiencias de los sistemas de rescate de la Rusia postsoviética. El nombre **Kursk** quedó desde entonces grabado para siempre en la historia naval: no solamente por la magnitud de las explosiones, sino por aquellos 23 hombres que, después del desastre, todavía esperaron en la oscuridad una ayuda que nunca llegó. #Kursk #K141Kursk #TragediaDelKursk #MarDeBarents #SubmarinoNuclear #HistoriaNaval #HistoriaMilitar #ArmadaRusa #Submarinos #Efemerides #NavalHistory #KurskDisaster #BarentsSea #RussianNavy #SubmarineHistory #MaritimeHistory #NavalDisaster #MilitaryHistory #NeverForget
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miércoles, 12 de agosto de 2020
**12 DE AGOSTO DE 2000: EL KURSK CAYÓ AL ABISMO — 118 HOMBRES, DOS EXPLOSIONES Y EL SILENCIO DEL MAR DE BARENTS**
El 12 de agosto de 2000, las frías aguas del mar de Barents se convirtieron en escenario de una de las mayores tragedias submarinas de la historia contemporánea. Allí desapareció el K-141 *Kursk*, uno de los gigantes de la Flota del Norte rusa: un submarino nuclear del Proyecto 949A Antey, conocido por la OTAN como clase Oscar II, de aproximadamente 154 metros de eslora y concebido originalmente por la Unión Soviética para atacar grandes grupos navales enemigos. Construido en Severodvinsk desde 1990 y puesto en servicio en diciembre de 1994, representaba todavía, apenas seis años después, una de las máquinas de guerra más impresionantes de Rusia. Aquella mañana participaba con otros buques de la Flota del Norte en uno de los mayores ejercicios navales rusos desde la desaparición de la URSS. A bordo viajaban 118 hombres. Durante la preparación del lanzamiento de un torpedo de ejercicio ocurrió la catástrofe: según la investigación oficial rusa, peróxido de hidrógeno altamente concentrado utilizado como propelente escapó de un torpedo tipo 65-76A y reaccionó violentamente dentro del tubo lanzatorpedos. La primera detonación estremeció la proa; apenas **dos minutos y catorce segundos después**, el incendio hizo detonar varias cabezas de guerra almacenadas en el compartimento delantero. La segunda explosión fue tan poderosa que quedó registrada por estaciones sísmicas del norte de Europa. El Kursk cayó hasta el fondo del Barents y quedó inmóvil a unos **108 metros de profundidad**. Los primeros compartimentos quedaron devastados, pero la tragedia aún no había terminado: **23 tripulantes sobrevivieron a las explosiones iniciales** y consiguieron reunirse en el noveno compartimento, en la popa. Allí, rodeados por la oscuridad, el frío y un aire que se agotaba, esperaron un rescate que nunca llegaría a tiempo. Entre ellos estaba el teniente capitán Dmitri Kolesnikov, quien dejó notas escritas para registrar quiénes seguían vivos y despedirse de sus seres queridos. Esos papeles demostrarían después que una parte de la tripulación había sobrevivido durante varias horas después del hundimiento. El tiempo exacto durante el cual permanecieron con vida sigue siendo discutido y, por ello, tampoco puede asegurarse con certeza si una intervención internacional más rápida habría logrado salvarlos. La reacción rusa quedó desde entonces envuelta en polémica. Los equipos de rescate de la Armada intentaron repetidamente acoplar vehículos submarinos a la escotilla de emergencia, pero fallaron; además, Moscú demoró varios días en aceptar asistencia británica y noruega. Finalmente, el **21 de agosto**, buzos noruegos pudieron abrir el sistema de escape de popa: encontraron el compartimento inundado y confirmaron que ninguno de los 118 hombres seguía con vida. Dentro de aquella tragedia existió, sin embargo, un elemento que impidió una catástrofe ambiental mucho mayor. El Kursk poseía **dos reactores nucleares de agua presurizada**. Ambos quedaron apagados después del accidente y los análisis efectuados posteriormente alrededor del submarino no encontraron niveles de radiactividad superiores al fondo natural. El Organismo Internacional de Energía Atómica registró que no se produjo una liberación radiactiva detectable. Durante más de un año el enorme casco permaneció en el fondo del Barents. En 2001 comenzó una extraordinaria operación internacional encabezada por las compañías Mammoet y SMIT: debido a la enorme destrucción de la proa, esa sección fue cortada y dejada en el fondo antes de intentar levantar el resto del submarino. A las **03:45 del 8 de octubre de 2001** comenzó el gigantesco izado; unas once horas después, cerca de 9.000 toneladas del Kursk estaban aseguradas bajo la barcaza *Giant 4*. El conjunto fue llevado hacia Murmansk y el 22 de octubre llegó al dique naval, completándose una de las operaciones de salvamento marítimo más complejas realizadas hasta entonces. Con el tiempo, la torre del submarino terminó convertida en parte de un memorial en Murmansk dedicado a los submarinistas muertos en tiempos de paz. Así terminó la historia del Kursk: una formidable máquina diseñada para sobrevivir a la guerra, destruida durante un ejercicio por una cadena de fallas ocurrida dentro de su propio casco. Bajo las aguas del Ártico quedaron 118 vidas y una tragedia que puso en evidencia no sólo los riesgos extremos de la guerra submarina, sino también las graves deficiencias de los sistemas de rescate de la Rusia postsoviética. El nombre **Kursk** quedó desde entonces grabado para siempre en la historia naval: no solamente por la magnitud de las explosiones, sino por aquellos 23 hombres que, después del desastre, todavía esperaron en la oscuridad una ayuda que nunca llegó. #Kursk #K141Kursk #TragediaDelKursk #MarDeBarents #SubmarinoNuclear #HistoriaNaval #HistoriaMilitar #ArmadaRusa #Submarinos #Efemerides #NavalHistory #KurskDisaster #BarentsSea #RussianNavy #SubmarineHistory #MaritimeHistory #NavalDisaster #MilitaryHistory #NeverForget
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