Domingo Faustino Sarmiento ocupa uno de los lugares más imponentes y, al mismo tiempo, más incómodos de la historia argentina. Fue maestro, periodista, escritor, gobernador de San Juan y presidente de la Nación entre 1868 y 1874; impulsó con enorme energía la educación pública y entendió la alfabetización como una herramienta fundamental para transformar el país. Pero detrás del hombre convertido posteriormente en “Padre del Aula” existió también un dirigente atravesado por las violentas guerras civiles del siglo XIX, capaz de utilizar expresiones durísimas contra gauchos, montoneros y sectores rurales que identificaba con aquello que denominaba “barbarie”. La propia Biblioteca Nacional define a Sarmiento como un protagonista marcado por las contradicciones de la construcción del Estado argentino. Gran parte de esa visión quedó plasmada en Facundo o Civilización y Barbarie, publicado inicialmente como folletín en Chile en 1845, durante su enfrentamiento político e intelectual con Juan Manuel de Rosas. Allí Sarmiento intentó explicar los males de la Argentina mediante una oposición que se volvería célebre: de un lado, la “civilización”, vinculada con las ciudades, la educación, las instituciones, Europa y los modelos de progreso que admiraba; del otro, la “barbarie”, que asociaba con el desierto, el caudillismo, las montoneras y determinadas formas de vida de la campaña. Pero reducir Facundo a un simple “Sarmiento odiaba a todos los gauchos” tampoco sería históricamente exacto. En sus propias páginas aparecen el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el gaucho cantor, y estudios académicos han señalado que Sarmiento llegó a admirar extraordinariamente las capacidades del baqueano y del rastreador, y vio en el cantor una fuente potencial de poesía nacional. Su relación con el mundo gaucho fue, por lo tanto, profundamente contradictoria: podía fascinarse con sus habilidades individuales y su carácter épico mientras consideraba que la sociedad rural que los había producido constituía un obstáculo para el tipo de Estado moderno que deseaba construir. El problema adquiría una dimensión mucho más grave cuando el gaucho dejaba de ser personaje literario y se convertía en actor político y militar. Durante décadas, pobladores rurales fueron incorporados a milicias, Guardias Nacionales, ejércitos provinciales y montoneras. La historiografía contemporánea ha mostrado que esas poblaciones no eran simplemente una masa de hombres aislados y violentos, como muchas veces las representaron las élites urbanas, sino trabajadores, pequeños productores, peones, soldados y milicianos inmersos en redes sociales y políticas complejas. Incluso después de Rosas, documentos militares seguían reclamando para la frontera a “gauchos todos de a caballo”, precisamente por su extraordinaria destreza ecuestre. Por eso, detrás de la confrontación entre Sarmiento y el gaucho había algo mucho mayor que una discusión sobre ponchos, chiripás o costumbres campesinas. Estaba en juego quién tendría el poder en la Argentina que nacía después de décadas de guerras civiles. Caudillos provinciales y dirigentes federales habían movilizado importantes contingentes rurales; Rosas había construido parte de su enorme poder político y militar sobre las relaciones de la campaña bonaerense, mientras que sus adversarios liberales buscaban consolidar otra organización estatal. La identificación automática “gaucho = federal”, sin embargo, sería excesiva: las lealtades rurales cambiaban y los propios liberales también movilizaron gauchos y milicianos. La historia real fue mucho más compleja que los dos bloques perfectos que después construyeron los relatos partidarios. Y es precisamente allí donde aparece uno de los documentos más perturbadores de Sarmiento. El 17 de septiembre de 1861, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza se enfrentaron en Pavón, batalla decisiva de las guerras civiles argentinas. Apenas tres días después, el 20 de septiembre, Sarmiento escribió a Mitre pidiéndole participación en la nueva etapa política y militar que se abría. En aquella carta dejó una frase imposible de suavizar: “No trate de economizar sangre de gauchos”. El documento reproducido por el Archivo Histórico de Educ.ar permite comprobar que no se trata simplemente de una frase inventada por polémicas posteriores. La expresión retrata la violencia del lenguaje político de una época en que la construcción del Estado argentino estuvo acompañada por guerras, rebeliones provinciales, represiones y campañas militares. Y ayuda a entender por qué las campañas contra las montoneras federales de la década de 1860 constituyen uno de los capítulos más discutidos de la trayectoria sarmientina. Sarmiento no observaba aquella lucha como un mero enfrentamiento entre partidos: para él formaba parte del choque histórico entre la sociedad que debía desaparecer y la que debía surgir. Existe, sin embargo, una formidable paradoja histórica. El gaucho que buena parte de las élites del siglo XIX consideró atrasado, indisciplinado o destinado a desaparecer terminó convertido en uno de los grandes símbolos culturales de la Argentina. Hacia fines del siglo XIX y especialmente alrededor del Centenario comenzó una profunda resignificación de su figura; en 1913 Leopoldo Lugones consagraría al Martín Fierro como pieza central del imaginario nacional. Estudios académicos muestran justamente ese desplazamiento: aquello que durante décadas había sido estigmatizado terminó transformándose en tradición, literatura, identidad y emblema de argentinidad. Tal vez ahí resida una de las mayores ironías de nuestra historia: la Argentina moderna que Sarmiento soñó necesitó de escuelas, libros, ciencia, ferrocarriles e instituciones; pero la Argentina que finalmente recordó el país tampoco quiso desprenderse del gaucho, el caballo, la payada, el poncho y la cultura criolla. Sarmiento y el gaucho no representan simplemente a un héroe y un villano. Representan una Argentina que durante el siglo XIX intentaba decidir, muchas veces a sangre y fuego, qué debía conservar, qué debía transformar y quiénes tenían derecho a participar de la nación que estaba naciendo. Precisamente por eso, casi dos siglos después, Civilización y Barbarie sigue siendo mucho más que el título de un libro: continúa siendo una de las discusiones más profundas e incómodas de nuestra historia. #Sarmiento #DomingoFaustinoSarmiento #Gaucho #Gauchos #CivilizacionYBarbarie #Facundo #HistoriaArgentina #HistoriaNacional #Federalismo #Rosas #JuanManuelDeRosas #BartolomeMitre #BatallaDePavon #Montoneras #CulturaCriolla #MartinFierro #IdentidadArgentina #MendozAntigua #ArgentineHistory #GauchoHistory #ArgentineCulture #CivilizationAndBarbarism #LatinAmericanHistory #History #ArgentinaHistory
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sábado, 8 de agosto de 2026
SARMIENTO CONTRA EL GAUCHO: CUANDO “CIVILIZAR” TAMBIÉN SIGNIFICÓ DERROTAR A LA ARGENTINA DE LAS MONTONERAS
Domingo Faustino Sarmiento ocupa uno de los lugares más imponentes y, al mismo tiempo, más incómodos de la historia argentina. Fue maestro, periodista, escritor, gobernador de San Juan y presidente de la Nación entre 1868 y 1874; impulsó con enorme energía la educación pública y entendió la alfabetización como una herramienta fundamental para transformar el país. Pero detrás del hombre convertido posteriormente en “Padre del Aula” existió también un dirigente atravesado por las violentas guerras civiles del siglo XIX, capaz de utilizar expresiones durísimas contra gauchos, montoneros y sectores rurales que identificaba con aquello que denominaba “barbarie”. La propia Biblioteca Nacional define a Sarmiento como un protagonista marcado por las contradicciones de la construcción del Estado argentino. Gran parte de esa visión quedó plasmada en Facundo o Civilización y Barbarie, publicado inicialmente como folletín en Chile en 1845, durante su enfrentamiento político e intelectual con Juan Manuel de Rosas. Allí Sarmiento intentó explicar los males de la Argentina mediante una oposición que se volvería célebre: de un lado, la “civilización”, vinculada con las ciudades, la educación, las instituciones, Europa y los modelos de progreso que admiraba; del otro, la “barbarie”, que asociaba con el desierto, el caudillismo, las montoneras y determinadas formas de vida de la campaña. Pero reducir Facundo a un simple “Sarmiento odiaba a todos los gauchos” tampoco sería históricamente exacto. En sus propias páginas aparecen el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el gaucho cantor, y estudios académicos han señalado que Sarmiento llegó a admirar extraordinariamente las capacidades del baqueano y del rastreador, y vio en el cantor una fuente potencial de poesía nacional. Su relación con el mundo gaucho fue, por lo tanto, profundamente contradictoria: podía fascinarse con sus habilidades individuales y su carácter épico mientras consideraba que la sociedad rural que los había producido constituía un obstáculo para el tipo de Estado moderno que deseaba construir. El problema adquiría una dimensión mucho más grave cuando el gaucho dejaba de ser personaje literario y se convertía en actor político y militar. Durante décadas, pobladores rurales fueron incorporados a milicias, Guardias Nacionales, ejércitos provinciales y montoneras. La historiografía contemporánea ha mostrado que esas poblaciones no eran simplemente una masa de hombres aislados y violentos, como muchas veces las representaron las élites urbanas, sino trabajadores, pequeños productores, peones, soldados y milicianos inmersos en redes sociales y políticas complejas. Incluso después de Rosas, documentos militares seguían reclamando para la frontera a “gauchos todos de a caballo”, precisamente por su extraordinaria destreza ecuestre. Por eso, detrás de la confrontación entre Sarmiento y el gaucho había algo mucho mayor que una discusión sobre ponchos, chiripás o costumbres campesinas. Estaba en juego quién tendría el poder en la Argentina que nacía después de décadas de guerras civiles. Caudillos provinciales y dirigentes federales habían movilizado importantes contingentes rurales; Rosas había construido parte de su enorme poder político y militar sobre las relaciones de la campaña bonaerense, mientras que sus adversarios liberales buscaban consolidar otra organización estatal. La identificación automática “gaucho = federal”, sin embargo, sería excesiva: las lealtades rurales cambiaban y los propios liberales también movilizaron gauchos y milicianos. La historia real fue mucho más compleja que los dos bloques perfectos que después construyeron los relatos partidarios. Y es precisamente allí donde aparece uno de los documentos más perturbadores de Sarmiento. El 17 de septiembre de 1861, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza se enfrentaron en Pavón, batalla decisiva de las guerras civiles argentinas. Apenas tres días después, el 20 de septiembre, Sarmiento escribió a Mitre pidiéndole participación en la nueva etapa política y militar que se abría. En aquella carta dejó una frase imposible de suavizar: “No trate de economizar sangre de gauchos”. El documento reproducido por el Archivo Histórico de Educ.ar permite comprobar que no se trata simplemente de una frase inventada por polémicas posteriores. La expresión retrata la violencia del lenguaje político de una época en que la construcción del Estado argentino estuvo acompañada por guerras, rebeliones provinciales, represiones y campañas militares. Y ayuda a entender por qué las campañas contra las montoneras federales de la década de 1860 constituyen uno de los capítulos más discutidos de la trayectoria sarmientina. Sarmiento no observaba aquella lucha como un mero enfrentamiento entre partidos: para él formaba parte del choque histórico entre la sociedad que debía desaparecer y la que debía surgir. Existe, sin embargo, una formidable paradoja histórica. El gaucho que buena parte de las élites del siglo XIX consideró atrasado, indisciplinado o destinado a desaparecer terminó convertido en uno de los grandes símbolos culturales de la Argentina. Hacia fines del siglo XIX y especialmente alrededor del Centenario comenzó una profunda resignificación de su figura; en 1913 Leopoldo Lugones consagraría al Martín Fierro como pieza central del imaginario nacional. Estudios académicos muestran justamente ese desplazamiento: aquello que durante décadas había sido estigmatizado terminó transformándose en tradición, literatura, identidad y emblema de argentinidad. Tal vez ahí resida una de las mayores ironías de nuestra historia: la Argentina moderna que Sarmiento soñó necesitó de escuelas, libros, ciencia, ferrocarriles e instituciones; pero la Argentina que finalmente recordó el país tampoco quiso desprenderse del gaucho, el caballo, la payada, el poncho y la cultura criolla. Sarmiento y el gaucho no representan simplemente a un héroe y un villano. Representan una Argentina que durante el siglo XIX intentaba decidir, muchas veces a sangre y fuego, qué debía conservar, qué debía transformar y quiénes tenían derecho a participar de la nación que estaba naciendo. Precisamente por eso, casi dos siglos después, Civilización y Barbarie sigue siendo mucho más que el título de un libro: continúa siendo una de las discusiones más profundas e incómodas de nuestra historia. #Sarmiento #DomingoFaustinoSarmiento #Gaucho #Gauchos #CivilizacionYBarbarie #Facundo #HistoriaArgentina #HistoriaNacional #Federalismo #Rosas #JuanManuelDeRosas #BartolomeMitre #BatallaDePavon #Montoneras #CulturaCriolla #MartinFierro #IdentidadArgentina #MendozAntigua #ArgentineHistory #GauchoHistory #ArgentineCulture #CivilizationAndBarbarism #LatinAmericanHistory #History #ArgentinaHistory
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