Mendoza, 1969. Ramón Villafañe: el que manejó el Hudson negro. A los 66 años, Ramón Villafañe era uno de los testigos más cercanos y valiosos de la época lencinista. Había conocido como pocos a Carlos Washington Lencinas, porque fue su chofer, su acompañante de campaña y, con el paso de los años, también su amigo. Juntos recorrieron innumerables caminos de la provincia durante largas giras políticas, en una relación nacida del trabajo y fortalecida por la confianza. Entrevistado por un cronista del diario (EL DIARIO), Villafañe habló durante dos horas y dejó un testimonio lleno de recuerdos sobre la figura de los Lencinas, el clima político de aquellos años y el modo en que se hacía política en la Mendoza de las décadas del 20 y del 30. Al comparar a José Néstor Lencinas con su hijo Carlos Washington, Villafañe sostuvo que ambos fueron hombres de cualidades excepcionales, dotados de un carisma fuera de lo común que los transformó en grandes caudillos populares. Según su mirada, los dos sentían un amor sincero por el pueblo y por los sectores más humildes. La diferencia principal, decía, era que don José Néstor aparecía como un hombre más serio, más aplomado y más curtido por las luchas y los sufrimientos políticos, mientras que Carlos Washington proyectaba otro tipo de energía, más directa y más cercana en el trato. Villafañe recordaba que fue chofer particular de Carlos W. Lencinas hasta el momento mismo de su muerte. En ese papel, pasó con él miles de kilómetros arriba del famoso Hudson negro, atravesando los caminos polvorientos de Mendoza en todas direcciones. Esos viajes, decía, le dieron una oportunidad inmejorable para conocerlo de cerca, servirlo y compartir con él incontables episodios, muchos de ellos difíciles y arriesgados. En su relato aparece con fuerza la diferencia entre la política de entonces y la actual (1969). Para Villafañe, en aquellos tiempos el dirigente debía estar físicamente junto a la gente, porque no existían los medios de difusión masiva con el alcance de hoy. Ganar votos exigía visitar personalmente a los correligionarios, hablar con ellos, escuchar sus problemas y convencerlos cara a cara. Por eso el Hudson negro los llevaba lo mismo a Malargüe que a Luján o a San Martín, en campañas sacrificadas, largas y desgastantes. Ya en cada destino, contaba, Carlos Washington se acercaba a los vecinos con una forma simple y efectiva de comunicar sus ideas. Llegaba a un rancho o a una reunión de paisanos, improvisaba unas palabras breves, siempre claras y comprensibles para su auditorio, y luego compartía el asado, la charla e incluso alguna danza con las muchachas del lugar. Así, “el gaucho”, como muchos lo llamaban, conquistaba voluntades y, al mismo tiempo, se empapaba del sentir popular. En el auto, recordaba Villafañe, nunca faltaban ropa o remedios para algún amigo necesitado. A veces, incluso, los acompañaban otros automóviles con cantores y bailarines para animar las reuniones. Entre los nombres que menciona aparece Hilario Cuadros, quien colaboró desinteresadamente con aquellas campañas. Pero no todo era cercanía y fiesta popular. Villafañe subrayaba que la tarea política también estaba atravesada por grandes dificultades y por episodios de violencia. Según su testimonio, durante los tiempos de Borsani se apeló a toda clase de recursos para frenar la popularidad de Lencinas, incluso a la agresión física. Recordaba especialmente un episodio de 1920, cuando al regresar de una gira proselitista fueron alertados de que la policía los esperaba más adelante para detenerlos. Para evitarlo, debieron desviarse por huellas casi intransitables y embarradas. El auto se empantanaba una y otra vez y ellos tenían que bajar a empujarlo, hasta lograr finalmente volver a la ciudad cubiertos de barro, enfermos y muertos de frío. Como esa, decía, podría contar cientos de peripecias. Cuando se le preguntó si podía considerarse a Lencinas un hombre de acción, Villafañe respondió que sí, aunque aclaró enseguida que eso no significaba que fuera un hombre violento. Por el contrario, insistía en que Carlos Washington nunca apeló a la violencia y que jamás lo vio armado. El revólver, confesaba, lo llevaba él mismo por precaución, aun siendo un hombre pacífico. En cuanto al gobierno lencinista, Villafañe destacaba por encima de todo su política popular y obrerista. Afirmaba que en Mendoza esa gestión había sido precursora de importantes reformas sociales que después se verían reflejadas en otros gobiernos. Mencionaba la aplicación de la jornada legal de ocho horas, el salario mínimo y la ley de jubilaciones, medidas que para la época resultaban profundamente disruptivas y que chocaban de frente con la oligarquía conservadora. La historiografía sobre el lencinismo coincide en señalar que los gobiernos de José Néstor y Carlos Washington construyeron una fuerte legitimidad popular a partir de un discurso antioligárquico, del trato directo con trabajadores y sectores humildes y de la sanción de leyes que beneficiaban a esas bases sociales. Ese mismo ciclo político comenzó en 1918, y la figura de Carlos W. quedó ligada también a iniciativas sociales de peso, como la Caja Obrera de Pensión a la Vejez e Invalidez, impulsada en 1923. Sobre el asesinato de Carlos Washington Lencinas, Villafañe no dudaba: le atribuía un carácter político. Sospechaba de hombres vinculados al gobierno de Borsani como responsables de haber planeado y ordenado el crimen. Sobre el ejecutor material prefería no aventurar una acusación tajante, aunque rechazaba cargar toda la responsabilidad sobre los hermanos Cáceres. A su entender, eran forajidos utilizados como provocadores pagos. La investigación histórica confirma que el asesinato de Carlos W. Lencinas, ocurrido el 10 de noviembre de 1929, provocó una conmoción enorme en Mendoza y reforzó su imagen de caudillo popular dentro del imaginario político mendocino. Visto en conjunto, el testimonio de Ramón Villafañe no solo recupera la figura íntima del conductor del Hudson negro. También devuelve una manera de hacer política hoy casi desaparecida: la del dirigente que recorría personalmente la provincia, compartía la mesa con los vecinos, hablaba en lenguaje sencillo, llevaba ayuda concreta en el auto y construía poder en el contacto directo con la gente. En ese espejo, la figura de Carlos Washington Lencinas aparece menos como un político tradicional y más como un caudillo de carne y hueso, forjado entre caminos, campañas, barro, lealtades y pueblo. #CarlosWashingtonLencinas #JoséNéstorLencinas #RamónVillafañe #Lencinismo #HistoriaDeMendoza #MendozaAntigua #PolíticaMendocina #CaudilloPopular #HudsonNegro #MemoriaHistórica #CarlosWLencinas #MendozaHistory #ArgentineHistory #PoliticalHistory #PopularLeader #HistoricalMemory #VintageArgentina #OnThisDay #HistoriaArgentina #MendozAntigua
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lunes, 13 de abril de 2026
1969 - Ramón Villafañe y el Hudson negro: el hombre que acompañó a Carlos W. Lencinas por los caminos polvorientos de Mendoza (Imagen Ilustrativa)
Mendoza, 1969. Ramón Villafañe: el que manejó el Hudson negro. A los 66 años, Ramón Villafañe era uno de los testigos más cercanos y valiosos de la época lencinista. Había conocido como pocos a Carlos Washington Lencinas, porque fue su chofer, su acompañante de campaña y, con el paso de los años, también su amigo. Juntos recorrieron innumerables caminos de la provincia durante largas giras políticas, en una relación nacida del trabajo y fortalecida por la confianza. Entrevistado por un cronista del diario (EL DIARIO), Villafañe habló durante dos horas y dejó un testimonio lleno de recuerdos sobre la figura de los Lencinas, el clima político de aquellos años y el modo en que se hacía política en la Mendoza de las décadas del 20 y del 30. Al comparar a José Néstor Lencinas con su hijo Carlos Washington, Villafañe sostuvo que ambos fueron hombres de cualidades excepcionales, dotados de un carisma fuera de lo común que los transformó en grandes caudillos populares. Según su mirada, los dos sentían un amor sincero por el pueblo y por los sectores más humildes. La diferencia principal, decía, era que don José Néstor aparecía como un hombre más serio, más aplomado y más curtido por las luchas y los sufrimientos políticos, mientras que Carlos Washington proyectaba otro tipo de energía, más directa y más cercana en el trato. Villafañe recordaba que fue chofer particular de Carlos W. Lencinas hasta el momento mismo de su muerte. En ese papel, pasó con él miles de kilómetros arriba del famoso Hudson negro, atravesando los caminos polvorientos de Mendoza en todas direcciones. Esos viajes, decía, le dieron una oportunidad inmejorable para conocerlo de cerca, servirlo y compartir con él incontables episodios, muchos de ellos difíciles y arriesgados. En su relato aparece con fuerza la diferencia entre la política de entonces y la actual (1969). Para Villafañe, en aquellos tiempos el dirigente debía estar físicamente junto a la gente, porque no existían los medios de difusión masiva con el alcance de hoy. Ganar votos exigía visitar personalmente a los correligionarios, hablar con ellos, escuchar sus problemas y convencerlos cara a cara. Por eso el Hudson negro los llevaba lo mismo a Malargüe que a Luján o a San Martín, en campañas sacrificadas, largas y desgastantes. Ya en cada destino, contaba, Carlos Washington se acercaba a los vecinos con una forma simple y efectiva de comunicar sus ideas. Llegaba a un rancho o a una reunión de paisanos, improvisaba unas palabras breves, siempre claras y comprensibles para su auditorio, y luego compartía el asado, la charla e incluso alguna danza con las muchachas del lugar. Así, “el gaucho”, como muchos lo llamaban, conquistaba voluntades y, al mismo tiempo, se empapaba del sentir popular. En el auto, recordaba Villafañe, nunca faltaban ropa o remedios para algún amigo necesitado. A veces, incluso, los acompañaban otros automóviles con cantores y bailarines para animar las reuniones. Entre los nombres que menciona aparece Hilario Cuadros, quien colaboró desinteresadamente con aquellas campañas. Pero no todo era cercanía y fiesta popular. Villafañe subrayaba que la tarea política también estaba atravesada por grandes dificultades y por episodios de violencia. Según su testimonio, durante los tiempos de Borsani se apeló a toda clase de recursos para frenar la popularidad de Lencinas, incluso a la agresión física. Recordaba especialmente un episodio de 1920, cuando al regresar de una gira proselitista fueron alertados de que la policía los esperaba más adelante para detenerlos. Para evitarlo, debieron desviarse por huellas casi intransitables y embarradas. El auto se empantanaba una y otra vez y ellos tenían que bajar a empujarlo, hasta lograr finalmente volver a la ciudad cubiertos de barro, enfermos y muertos de frío. Como esa, decía, podría contar cientos de peripecias. Cuando se le preguntó si podía considerarse a Lencinas un hombre de acción, Villafañe respondió que sí, aunque aclaró enseguida que eso no significaba que fuera un hombre violento. Por el contrario, insistía en que Carlos Washington nunca apeló a la violencia y que jamás lo vio armado. El revólver, confesaba, lo llevaba él mismo por precaución, aun siendo un hombre pacífico. En cuanto al gobierno lencinista, Villafañe destacaba por encima de todo su política popular y obrerista. Afirmaba que en Mendoza esa gestión había sido precursora de importantes reformas sociales que después se verían reflejadas en otros gobiernos. Mencionaba la aplicación de la jornada legal de ocho horas, el salario mínimo y la ley de jubilaciones, medidas que para la época resultaban profundamente disruptivas y que chocaban de frente con la oligarquía conservadora. La historiografía sobre el lencinismo coincide en señalar que los gobiernos de José Néstor y Carlos Washington construyeron una fuerte legitimidad popular a partir de un discurso antioligárquico, del trato directo con trabajadores y sectores humildes y de la sanción de leyes que beneficiaban a esas bases sociales. Ese mismo ciclo político comenzó en 1918, y la figura de Carlos W. quedó ligada también a iniciativas sociales de peso, como la Caja Obrera de Pensión a la Vejez e Invalidez, impulsada en 1923. Sobre el asesinato de Carlos Washington Lencinas, Villafañe no dudaba: le atribuía un carácter político. Sospechaba de hombres vinculados al gobierno de Borsani como responsables de haber planeado y ordenado el crimen. Sobre el ejecutor material prefería no aventurar una acusación tajante, aunque rechazaba cargar toda la responsabilidad sobre los hermanos Cáceres. A su entender, eran forajidos utilizados como provocadores pagos. La investigación histórica confirma que el asesinato de Carlos W. Lencinas, ocurrido el 10 de noviembre de 1929, provocó una conmoción enorme en Mendoza y reforzó su imagen de caudillo popular dentro del imaginario político mendocino. Visto en conjunto, el testimonio de Ramón Villafañe no solo recupera la figura íntima del conductor del Hudson negro. También devuelve una manera de hacer política hoy casi desaparecida: la del dirigente que recorría personalmente la provincia, compartía la mesa con los vecinos, hablaba en lenguaje sencillo, llevaba ayuda concreta en el auto y construía poder en el contacto directo con la gente. En ese espejo, la figura de Carlos Washington Lencinas aparece menos como un político tradicional y más como un caudillo de carne y hueso, forjado entre caminos, campañas, barro, lealtades y pueblo. #CarlosWashingtonLencinas #JoséNéstorLencinas #RamónVillafañe #Lencinismo #HistoriaDeMendoza #MendozaAntigua #PolíticaMendocina #CaudilloPopular #HudsonNegro #MemoriaHistórica #CarlosWLencinas #MendozaHistory #ArgentineHistory #PoliticalHistory #PopularLeader #HistoricalMemory #VintageArgentina #OnThisDay #HistoriaArgentina #MendozAntigua
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