Mientras Manuel Belgrano atravesaba con enorme sacrificio la durísima Campaña al Paraguay, Buenos Aires ardía por dentro. La Revolución de Mayo todavía era joven, pero ya empezaba a mostrar una verdad incómoda: el enemigo no estaba solamente afuera. También estaba en la interna del poder. Entre fines de 1810 y los primeros meses de 1811, el gobierno revolucionario vivió una crisis profunda. La Primera Junta había dado paso a la Junta Grande con la incorporación de diputados del interior, y esa transformación modificó el equilibrio político. Mariano Moreno, figura central del sector más decidido y radicalizado de la revolución, quedó desplazado. Sus partidarios comenzaron a perder fuerza frente al avance del saavedrismo, más moderado y respaldado por importantes sectores militares y por parte de la estructura política porteña. La tensión se volvió todavía más grave con dos muertes que sacudieron al joven gobierno patrio. El sacerdote Manuel Alberti, vocal de la Junta y hombre comprometido con la causa revolucionaria, falleció repentinamente el 31 de enero de 1811. Poco después, el 4 de marzo, Mariano Moreno murió en alta mar mientras viajaba rumbo a Londres en una misión diplomática que, para muchos, también fue una forma de apartarlo de Buenos Aires. Su cuerpo fue arrojado al océano, envuelto en una bandera británica. La Revolución perdía así a uno de sus cerebros más intensos y discutidos. En ese clima oscuro, surgió con fuerza la Sociedad Patriótica, núcleo de los morenistas que buscaban sostener el rumbo más profundo de Mayo. Para sus adversarios, aquello era una amenaza. Para sus seguidores, era la continuidad del espíritu revolucionario. Buenos Aires se convirtió entonces en un tablero cargado de sospechas, discursos encendidos, maniobras políticas y temor a una ruptura abierta. La noche del 5 al 6 de abril de 1811, la Plaza Mayor fue ocupada por paisanos, vecinos de los arrabales, hombres de las quintas y sectores movilizados desde las afueras de la ciudad. Aquella irrupción pasó a la historia como la Asonada del 5 y 6 de abril, también recordada como la Revolución de los Orilleros. No fue una simple protesta: fue una demostración de fuerza que terminó inclinando el poder hacia el saavedrismo y golpeando con dureza al sector morenista. Los reclamos apuntaban directamente contra los hombres ligados a Moreno. Se exigieron renuncias, destierros, cambios en la Junta y sanciones contra figuras que habían sido protagonistas de la Revolución. Entre los perjudicados aparecían nombres enormes: Hipólito Vieytes, Juan José Castelli y Manuel Belgrano. Belgrano, que venía de una campaña agotadora, pobre en recursos, con tropas mal preparadas y una logística insuficiente, fue señalado como responsable del fracaso en Paraguay. Se lo llamó a Buenos Aires para responder por su actuación. El mismo hombre que había marchado con obediencia, sacrificio y sentido patriótico era tratado ahora como sospechoso. La injusticia era brutal. En Tacuarí, Belgrano había resistido en condiciones desfavorables, esperando refuerzos, municiones, dinero y tropas mejor preparadas. Su misión no había sido solamente militar: también buscaba ganar voluntades para la causa revolucionaria. Pero la política porteña necesitaba culpables, y Belgrano quedó en el centro de la tormenta. Cuando recibió la orden, se encontraba en la Banda Oriental, intentando ordenar una situación delicadísima entre las fuerzas enviadas desde Buenos Aires y los hombres vinculados a José Artigas. Su presencia allí era importante. Sin embargo, prevaleció en él una conducta que marcó toda su vida pública: la obediencia a la autoridad legítima, aun cuando esa autoridad fuera injusta con él. Belgrano regresó a Buenos Aires. Fue apartado de sus grados y sometido a un sumario. El coronel Marcos González Balcarce actuó como fiscal militar. Se buscaron testimonios, se convocó a quienes hubieran tenido algo que declarar contra el jefe de la expedición y se llamó a declarar a oficiales que habían participado en la campaña. El proceso intentaba encontrar una mancha, una negligencia, una acusación capaz de justificar el castigo. Pero ocurrió lo contrario. Los hombres que habían servido bajo su mando no lo hundieron: lo defendieron. Sus subordinados resaltaron su valor, su constancia, su entrega y su sacrificio. Allí donde algunos esperaban encontrar culpa, apareció reconocimiento. Allí donde la política buscaba un responsable, los testigos encontraron a un patriota. El sumario terminó convirtiéndose en una reivindicación. El 9 de agosto de 1811, Belgrano fue absuelto. La resolución reconoció que se había conducido con “valor, celo y constancia” dignos de la Patria. Fue una victoria moral, pero también una herida. Porque Belgrano no recibió un gran premio por sus sacrificios. Recibió, apenas, la absolución de una causa que nunca debió haberse abierto contra él. La Asonada del 5 y 6 de abril dejó al descubierto una verdad decisiva: la Revolución de Mayo no fue un bloque unido, puro y ordenado. Fue una lucha inmensa, atravesada por ideales, ambiciones, miedos, disputas sociales, tensiones entre Buenos Aires y el interior, y enfrentamientos entre hombres que decían servir a la misma causa. Belgrano salió de aquel juicio con el honor intacto. Y tal vez por eso su figura crece todavía más. Porque no fue solamente el creador de la Bandera. Fue también el hombre que obedeció cuando podía rebelarse, el soldado improvisado que cargó con misiones imposibles, el patriota que soportó la ingratitud de su tiempo y siguió sirviendo a la Patria. En 1811, la Revolución lo puso en el banquillo. La historia lo absolvió para siempre. #Belgrano #ManuelBelgrano #RevoluciónDeMayo #AsonadaDeAbril #RevoluciónDeLosOrilleros #HistoriaArgentina #JuntaGrande #MarianoMoreno #Saavedristas #Morenistas #CampañaAlParaguay #Tacuarí #Paraguarí #Patria #EfeméridesArgentinas #ArgentinaHistory #ArgentineHistory #MayRevolution #LatinAmericanHistory #HistoryLovers #IndependenceHistory
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domingo, 28 de junio de 2026
CUANDO LA REVOLUCIÓN DEVORÓ A SUS PROPIOS HOMBRES: BELGRANO, EL JUICIO Y LA NOCHE FEROZ DEL 6 DE ABRIL
Mientras Manuel Belgrano atravesaba con enorme sacrificio la durísima Campaña al Paraguay, Buenos Aires ardía por dentro. La Revolución de Mayo todavía era joven, pero ya empezaba a mostrar una verdad incómoda: el enemigo no estaba solamente afuera. También estaba en la interna del poder. Entre fines de 1810 y los primeros meses de 1811, el gobierno revolucionario vivió una crisis profunda. La Primera Junta había dado paso a la Junta Grande con la incorporación de diputados del interior, y esa transformación modificó el equilibrio político. Mariano Moreno, figura central del sector más decidido y radicalizado de la revolución, quedó desplazado. Sus partidarios comenzaron a perder fuerza frente al avance del saavedrismo, más moderado y respaldado por importantes sectores militares y por parte de la estructura política porteña. La tensión se volvió todavía más grave con dos muertes que sacudieron al joven gobierno patrio. El sacerdote Manuel Alberti, vocal de la Junta y hombre comprometido con la causa revolucionaria, falleció repentinamente el 31 de enero de 1811. Poco después, el 4 de marzo, Mariano Moreno murió en alta mar mientras viajaba rumbo a Londres en una misión diplomática que, para muchos, también fue una forma de apartarlo de Buenos Aires. Su cuerpo fue arrojado al océano, envuelto en una bandera británica. La Revolución perdía así a uno de sus cerebros más intensos y discutidos. En ese clima oscuro, surgió con fuerza la Sociedad Patriótica, núcleo de los morenistas que buscaban sostener el rumbo más profundo de Mayo. Para sus adversarios, aquello era una amenaza. Para sus seguidores, era la continuidad del espíritu revolucionario. Buenos Aires se convirtió entonces en un tablero cargado de sospechas, discursos encendidos, maniobras políticas y temor a una ruptura abierta. La noche del 5 al 6 de abril de 1811, la Plaza Mayor fue ocupada por paisanos, vecinos de los arrabales, hombres de las quintas y sectores movilizados desde las afueras de la ciudad. Aquella irrupción pasó a la historia como la Asonada del 5 y 6 de abril, también recordada como la Revolución de los Orilleros. No fue una simple protesta: fue una demostración de fuerza que terminó inclinando el poder hacia el saavedrismo y golpeando con dureza al sector morenista. Los reclamos apuntaban directamente contra los hombres ligados a Moreno. Se exigieron renuncias, destierros, cambios en la Junta y sanciones contra figuras que habían sido protagonistas de la Revolución. Entre los perjudicados aparecían nombres enormes: Hipólito Vieytes, Juan José Castelli y Manuel Belgrano. Belgrano, que venía de una campaña agotadora, pobre en recursos, con tropas mal preparadas y una logística insuficiente, fue señalado como responsable del fracaso en Paraguay. Se lo llamó a Buenos Aires para responder por su actuación. El mismo hombre que había marchado con obediencia, sacrificio y sentido patriótico era tratado ahora como sospechoso. La injusticia era brutal. En Tacuarí, Belgrano había resistido en condiciones desfavorables, esperando refuerzos, municiones, dinero y tropas mejor preparadas. Su misión no había sido solamente militar: también buscaba ganar voluntades para la causa revolucionaria. Pero la política porteña necesitaba culpables, y Belgrano quedó en el centro de la tormenta. Cuando recibió la orden, se encontraba en la Banda Oriental, intentando ordenar una situación delicadísima entre las fuerzas enviadas desde Buenos Aires y los hombres vinculados a José Artigas. Su presencia allí era importante. Sin embargo, prevaleció en él una conducta que marcó toda su vida pública: la obediencia a la autoridad legítima, aun cuando esa autoridad fuera injusta con él. Belgrano regresó a Buenos Aires. Fue apartado de sus grados y sometido a un sumario. El coronel Marcos González Balcarce actuó como fiscal militar. Se buscaron testimonios, se convocó a quienes hubieran tenido algo que declarar contra el jefe de la expedición y se llamó a declarar a oficiales que habían participado en la campaña. El proceso intentaba encontrar una mancha, una negligencia, una acusación capaz de justificar el castigo. Pero ocurrió lo contrario. Los hombres que habían servido bajo su mando no lo hundieron: lo defendieron. Sus subordinados resaltaron su valor, su constancia, su entrega y su sacrificio. Allí donde algunos esperaban encontrar culpa, apareció reconocimiento. Allí donde la política buscaba un responsable, los testigos encontraron a un patriota. El sumario terminó convirtiéndose en una reivindicación. El 9 de agosto de 1811, Belgrano fue absuelto. La resolución reconoció que se había conducido con “valor, celo y constancia” dignos de la Patria. Fue una victoria moral, pero también una herida. Porque Belgrano no recibió un gran premio por sus sacrificios. Recibió, apenas, la absolución de una causa que nunca debió haberse abierto contra él. La Asonada del 5 y 6 de abril dejó al descubierto una verdad decisiva: la Revolución de Mayo no fue un bloque unido, puro y ordenado. Fue una lucha inmensa, atravesada por ideales, ambiciones, miedos, disputas sociales, tensiones entre Buenos Aires y el interior, y enfrentamientos entre hombres que decían servir a la misma causa. Belgrano salió de aquel juicio con el honor intacto. Y tal vez por eso su figura crece todavía más. Porque no fue solamente el creador de la Bandera. Fue también el hombre que obedeció cuando podía rebelarse, el soldado improvisado que cargó con misiones imposibles, el patriota que soportó la ingratitud de su tiempo y siguió sirviendo a la Patria. En 1811, la Revolución lo puso en el banquillo. La historia lo absolvió para siempre. #Belgrano #ManuelBelgrano #RevoluciónDeMayo #AsonadaDeAbril #RevoluciónDeLosOrilleros #HistoriaArgentina #JuntaGrande #MarianoMoreno #Saavedristas #Morenistas #CampañaAlParaguay #Tacuarí #Paraguarí #Patria #EfeméridesArgentinas #ArgentinaHistory #ArgentineHistory #MayRevolution #LatinAmericanHistory #HistoryLovers #IndependenceHistory
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