Era una mañana de noviembre de 1909. Buenos Aires bullía de tensiones sociales acumuladas durante años. Desde el amanecer, los tranvías recorrían la ciudad y los conventillos del centro albergaban a miles de inmigrantes que sobrevivían en condiciones paupérrimas. Entre ese escenario de efervescencia política y miseria obrera, nadie imaginaba que antes del mediodía la capital argentina quedaría conmocionada por uno de los atentados más devastadores de su historia. Ramón Lorenzo Falcón nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1855. Fue el primer cadete del Colegio Militar de la Nación, al que ingresó en 1870 durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la Campaña del Desierto y regresó en 1898 con el grado de coronel. Su trayectoria militar lo moldeó como un hombre de disciplina implacable, conocido por su carácter férreo y su escasa tolerancia a la disidencia. La historia lo recordaría como "el hombre de la mano de hierro". A partir de 1906, el gobierno de Figueroa Alcorta lo designó Jefe de la Policía de Buenos Aires. Durante tres años, Falcón fue el principal responsable de la actividad represiva en la Capital Federal y dirigió las dos represiones más emblemáticas de la época: la huelga de los inquilinos y el 1° de mayo de 1909. En aquel período, la Argentina del Centenario exhibía una contradictoria dualidad: un enorme crecimiento económico convivía con una elevada conflictividad en las calles. Para 1907, había 150.000 personas viviendo hacinadas en alrededor de dos mil conventillos y en condiciones sanitarias deplorables. Ese mismo año, el gobierno aumentó el precio de los alquileres. Los reclamos se extendieron por barrios enteros, desde San Telmo hasta Rosario y Bahía Blanca. La chispa que encendería la mecha del atentado llegó el 1° de mayo de 1909. Unos 70.000 obreros se concentraron en Plaza Lorea convocados por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) para conmemorar a los mártires de Chicago y denunciar las condiciones de vida y trabajo que padecía la clase obrera argentina. La concentración fue violentamente reprimida por la Policía bajo el mando de Falcón. Las fuerzas de seguridad mataron a once obreros e hirieron a alrededor de cien personas, incluidos algunos niños. Aquel episodio sería bautizado como la "Semana Roja" y dejaría una herida abierta en la conciencia del movimiento obrero argentino. Entre los miles de presentes en esa jornada sangrienta se encontraba un joven que llevaría esa memoria grabada a fuego. Simón Radowitzky había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con apenas catorce años participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905, conocidas como la primera revolución rusa. Huyendo de las persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908. Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la actitud del gobierno que le garantizaba impunidad al comisario. Se fue acercando a los grupos que propiciaban "la propaganda por el hecho", partidarios de la acción directa. Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó. Vestido íntegramente de negro, parecía un transeúnte más. Nadie lo notó. El coronel Falcón salía del cementerio tras asistir al funeral de un compañero de la fuerza y conversaba distendidamente con su secretario, Juan Alberto Lartigau, desde la parte trasera del coche de caballos Milord. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas. La detonación fue ensordecedora. El carruaje quedó destrozado. Los dos ocupantes cayeron sobre los adoquines gravemente mutilados. Unas horas más tarde de aquel 14 de noviembre de 1909, Falcón murió en el Hospital Fernández. Lartigau corrió la misma suerte. Al verse acorralado tras la huida, Radowitzky extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso "¡Viva la anarquía!", se disparó un tiro en el pecho. Los nervios le jugaron en contra y solo sufrió heridas leves. Sus perseguidores lo condujeron hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y nunca delató el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo se supo que fueron al menos cuatro. Cuando todo indicaba que sería condenado a muerte, un tío de Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento que acreditaba su condición de menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Fue enviado al inhóspito penal de Ushuaia, en el confín más austral del mundo, donde permanecería encerrado durante décadas. Intentó fugarse en una oportunidad pero fue recapturado en Chile. El frío patagónico y el aislamiento absoluto no lograron doblegar su espíritu. Fue tal el impacto que cuando Radowitzky fue indultado por el presidente Hipólito Yrigoyen, causó un malestar profundo entre los sectores conservadores y militares de la época, quienes se aglutinaron para derrocarlo. Fue un límite que no le dejaron pasar. El gesto de Yrigoyen hacia el ex presidiario fue leído como una afrenta imperdonable por la elite política. El mausoleo de Falcón en el Cementerio de la Recoleta, ese mismo camposanto desde donde partió su último trayecto en vida, sigue siendo escenario de una historia que no termina. En 2018, otro episodio frente a esa tumba volvió a poner el nombre del coronel en las crónicas porteñas. Una escultura alada de mármol custodia sus restos, silenciosa testigo de más de un siglo de debates sobre violencia, represión, justicia obrera y memoria histórica. Más de 115 años después, el atentado del 14 de noviembre de 1909 sigue interpelándonos. No como una anécdota pintoresca del pasado, sino como un espejo brutal de las tensiones que atraviesan cualquier sociedad cuando el poder cierra todos los canales de diálogo y la miseria convive con la impunidad. La bomba que Radowitzky arrojó aquella mañana en la esquina de Callao y Quintana no explotó solo dentro de un carruaje: hizo temblar los cimientos de un Estado que creía tener todo bajo control. #RamónFalcón #SimónRadowitzky #HistoriaArgentina #BuenosAires1909 #MovimientoObrero #Anarquismo #SemanaRoja #PatagoniaRebelde #PenalDeUshuaia #MemoriaHistórica #ArgentinaDelCentenario #JusticiaSocial #ConflictoObrero #HistoriaViva #AtentadoPolítico #ArgentineHistory #BuenosAiresHistory #Anarchism #LaborMovement #HistoricalAtrocity #ArgentinaCentennial #WorkersRights #PoliticalHistory #SouthAmericanHistory #HistoricalMemory #Radowitzky #IronFist #1909 #UrbanHistory #RevolutionaryHistory
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jueves, 18 de junio de 2026
🔥 UNA BOMBA EN EL CORAZÓN DE BUENOS AIRES: EL DÍA QUE EL ANARQUISMO SACUDIÓ AL ESTADO ARGENTINO
Era una mañana de noviembre de 1909. Buenos Aires bullía de tensiones sociales acumuladas durante años. Desde el amanecer, los tranvías recorrían la ciudad y los conventillos del centro albergaban a miles de inmigrantes que sobrevivían en condiciones paupérrimas. Entre ese escenario de efervescencia política y miseria obrera, nadie imaginaba que antes del mediodía la capital argentina quedaría conmocionada por uno de los atentados más devastadores de su historia. Ramón Lorenzo Falcón nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1855. Fue el primer cadete del Colegio Militar de la Nación, al que ingresó en 1870 durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la Campaña del Desierto y regresó en 1898 con el grado de coronel. Su trayectoria militar lo moldeó como un hombre de disciplina implacable, conocido por su carácter férreo y su escasa tolerancia a la disidencia. La historia lo recordaría como "el hombre de la mano de hierro". A partir de 1906, el gobierno de Figueroa Alcorta lo designó Jefe de la Policía de Buenos Aires. Durante tres años, Falcón fue el principal responsable de la actividad represiva en la Capital Federal y dirigió las dos represiones más emblemáticas de la época: la huelga de los inquilinos y el 1° de mayo de 1909. En aquel período, la Argentina del Centenario exhibía una contradictoria dualidad: un enorme crecimiento económico convivía con una elevada conflictividad en las calles. Para 1907, había 150.000 personas viviendo hacinadas en alrededor de dos mil conventillos y en condiciones sanitarias deplorables. Ese mismo año, el gobierno aumentó el precio de los alquileres. Los reclamos se extendieron por barrios enteros, desde San Telmo hasta Rosario y Bahía Blanca. La chispa que encendería la mecha del atentado llegó el 1° de mayo de 1909. Unos 70.000 obreros se concentraron en Plaza Lorea convocados por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) para conmemorar a los mártires de Chicago y denunciar las condiciones de vida y trabajo que padecía la clase obrera argentina. La concentración fue violentamente reprimida por la Policía bajo el mando de Falcón. Las fuerzas de seguridad mataron a once obreros e hirieron a alrededor de cien personas, incluidos algunos niños. Aquel episodio sería bautizado como la "Semana Roja" y dejaría una herida abierta en la conciencia del movimiento obrero argentino. Entre los miles de presentes en esa jornada sangrienta se encontraba un joven que llevaría esa memoria grabada a fuego. Simón Radowitzky había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con apenas catorce años participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905, conocidas como la primera revolución rusa. Huyendo de las persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908. Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la actitud del gobierno que le garantizaba impunidad al comisario. Se fue acercando a los grupos que propiciaban "la propaganda por el hecho", partidarios de la acción directa. Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó. Vestido íntegramente de negro, parecía un transeúnte más. Nadie lo notó. El coronel Falcón salía del cementerio tras asistir al funeral de un compañero de la fuerza y conversaba distendidamente con su secretario, Juan Alberto Lartigau, desde la parte trasera del coche de caballos Milord. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas. La detonación fue ensordecedora. El carruaje quedó destrozado. Los dos ocupantes cayeron sobre los adoquines gravemente mutilados. Unas horas más tarde de aquel 14 de noviembre de 1909, Falcón murió en el Hospital Fernández. Lartigau corrió la misma suerte. Al verse acorralado tras la huida, Radowitzky extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso "¡Viva la anarquía!", se disparó un tiro en el pecho. Los nervios le jugaron en contra y solo sufrió heridas leves. Sus perseguidores lo condujeron hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y nunca delató el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo se supo que fueron al menos cuatro. Cuando todo indicaba que sería condenado a muerte, un tío de Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento que acreditaba su condición de menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Fue enviado al inhóspito penal de Ushuaia, en el confín más austral del mundo, donde permanecería encerrado durante décadas. Intentó fugarse en una oportunidad pero fue recapturado en Chile. El frío patagónico y el aislamiento absoluto no lograron doblegar su espíritu. Fue tal el impacto que cuando Radowitzky fue indultado por el presidente Hipólito Yrigoyen, causó un malestar profundo entre los sectores conservadores y militares de la época, quienes se aglutinaron para derrocarlo. Fue un límite que no le dejaron pasar. El gesto de Yrigoyen hacia el ex presidiario fue leído como una afrenta imperdonable por la elite política. El mausoleo de Falcón en el Cementerio de la Recoleta, ese mismo camposanto desde donde partió su último trayecto en vida, sigue siendo escenario de una historia que no termina. En 2018, otro episodio frente a esa tumba volvió a poner el nombre del coronel en las crónicas porteñas. Una escultura alada de mármol custodia sus restos, silenciosa testigo de más de un siglo de debates sobre violencia, represión, justicia obrera y memoria histórica. Más de 115 años después, el atentado del 14 de noviembre de 1909 sigue interpelándonos. No como una anécdota pintoresca del pasado, sino como un espejo brutal de las tensiones que atraviesan cualquier sociedad cuando el poder cierra todos los canales de diálogo y la miseria convive con la impunidad. La bomba que Radowitzky arrojó aquella mañana en la esquina de Callao y Quintana no explotó solo dentro de un carruaje: hizo temblar los cimientos de un Estado que creía tener todo bajo control. #RamónFalcón #SimónRadowitzky #HistoriaArgentina #BuenosAires1909 #MovimientoObrero #Anarquismo #SemanaRoja #PatagoniaRebelde #PenalDeUshuaia #MemoriaHistórica #ArgentinaDelCentenario #JusticiaSocial #ConflictoObrero #HistoriaViva #AtentadoPolítico #ArgentineHistory #BuenosAiresHistory #Anarchism #LaborMovement #HistoricalAtrocity #ArgentinaCentennial #WorkersRights #PoliticalHistory #SouthAmericanHistory #HistoricalMemory #Radowitzky #IronFist #1909 #UrbanHistory #RevolutionaryHistory
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