viernes, 1 de agosto de 2025

2 DE AGOSTO DE 1952: ARGENTINA SE NEGABA A DEJARLA PARTIR — EVITA Y EL DUELO QUE SE CONVIRTIÓ EN ETERNIDAD


El 2 de agosto de 1952, exactamente una semana después de la muerte de Eva Perón, la Argentina continuaba sumergida en un duelo que parecía no tener final. Evita había fallecido el 26 de julio, a las 20:25, con apenas 33 años, después de una enfermedad que había consumido rápidamente sus fuerzas, pero no la extraordinaria influencia política y emocional que ejercía sobre millones de argentinos. La noticia paralizó al país y dio comienzo a uno de los funerales más multitudinarios y prolongados de su historia: las ceremonias públicas se extendieron durante dieciséis días. Aquel 2 de agosto, su cuerpo permanecía expuesto en la capilla ardiente instalada en el Ministerio de Trabajo y Previsión, el mismo edificio desde el cual había recibido durante años a obreros, mujeres, ancianos y familias que acudían a pedirle ayuda. Bajo el frío y la lluvia, interminables columnas humanas avanzaban lentamente por las calles de Buenos Aires. Había personas llegadas desde barrios lejanos y desde distintos puntos del país, algunas después de esperar durante horas, únicamente para detenerse unos segundos frente al féretro y pronunciar un último adiós. Los teatros y cines interrumpieron sus funciones, numerosos espectáculos fueron suspendidos y la vida cotidiana quedó alterada por una tristeza colectiva que invadió plazas, estaciones, fábricas y hogares. La figura de Evita ya había sido declarada por el Congreso “Jefa Espiritual de la Nación” el 7 de mayo de aquel año, cuando cumplió 33 años. Después de su muerte, los homenajes se multiplicaron y su nombre comenzó a incorporarse a ciudades, escuelas, calles e instituciones. El 9 de agosto de 1952, la provincia de Buenos Aires promulgó la Ley 5.685, que sustituyó oficialmente el nombre de La Plata y de su partido por el de Eva Perón, una denominación que permanecería vigente hasta el derrocamiento del gobierno peronista en 1955. El 9 de agosto, sus restos fueron trasladados al Congreso Nacional, donde recibió honores equivalentes a los de un jefe de Estado, pese a no haber ocupado formalmente un cargo electivo. Al día siguiente, una multitud acompañó la cureña que condujo el féretro hasta la sede de la Confederación General del Trabajo. Las calles se cubrieron de flores, pañuelos y rostros quebrados por el llanto. El funeral dejó de ser solamente la despedida de una dirigente: se convirtió en una gigantesca manifestación popular y en el nacimiento de una memoria destinada a atravesar generaciones. Años más tarde, escritores, historiadores y artistas intentarían comprender aquella conmoción. Jorge Luis Borges abordó críticamente la construcción simbólica del duelo en su cuento “El simulacro”, publicado en El hacedor en 1960; Rodolfo Walsh regresaría sobre el destino del cuerpo en “Esa mujer”, de 1965. Interpretada como santa popular por unos, cuestionada apasionadamente por otros, Evita jamás volvió a ser una figura indiferente. Aquel 2 de agosto de 1952, la Argentina todavía hacía fila para despedirla. Sin embargo, sin saberlo, aquellas multitudes ya no estaban asistiendo solamente a un funeral: estaban construyendo el mito político, social y sentimental de una mujer cuya muerte no logró borrar su presencia. Evita había dejado de pertenecer únicamente a su tiempo. Comenzaba a ingresar en la memoria eterna de la Argentina. #EvaPerón #EvitaEterna #2DeAgosto1952 #HistoriaArgentina #DueloNacional #MemoriaPopular #JefaEspiritualDeLaNación #ArgentinaEnSilencio #PeronismoHistórico #ArchivoHistórico #MujeresQueHicieronHistoria #MendozAntigua #EvitaForever #ArgentineHistory #HistoricalMemory #WomenInHistory #NationalMourning #LatinAmericanHistory



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