sábado, 30 de mayo de 2026

1824-1825: Mendoza ante el Congreso que quiso unir la Nación… y anticipó la gran batalla entre unidad y federalismo (Imagen Ilustrativa)


El cierre de 1824 dejó una escena cargada de solemnidad y esperanza para las Provincias Unidas del Río de la Plata: el 16 de diciembre se instaló en Buenos Aires el Congreso General Constituyente, convocado con un objetivo enorme y urgente: darle una organización nacional a un territorio que venía de años de autonomías provinciales, pactos frágiles y disputas por el poder. Ese Congreso sesionó en la Sala de Representantes de Buenos Aires y buscó avanzar hacia una Constitución capaz de ordenar el país. Mendoza celebró aquel acontecimiento como un paso de gran porvenir. El gobierno provincial, encabezado por Bruno García, envió sus felicitaciones a Buenos Aires y expresó su deseo de sostener la estabilidad de aquel “augusto cuerpo” nacional. Pero junto con el entusiasmo apareció una condición decisiva: la provincia aceptaba continuar bajo sus instituciones vigentes hasta que el Congreso dictara una Constitución, aunque se reservaba el derecho de aprobarla o rechazarla. Esa reserva no era un detalle menor. La Ley Fundamental de 1825 estableció una lógica semejante: las provincias conservarían sus propias instituciones hasta la promulgación de una Constitución nacional, y cada una se reservaba el derecho de aceptar o repudiar el texto constitucional. Allí estaba, al mismo tiempo, la esperanza de unión y la semilla del conflicto. La década abría con señales internacionales importantes. Estados Unidos había reconocido la independencia de las Provincias Unidas en 1822, cuando el escenario americano y europeo comenzaba a inclinarse a favor de las nuevas repúblicas. Poco después, el 2 de febrero de 1825, las Provincias Unidas firmarían con el Reino Unido el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, un acuerdo clave para su inserción diplomática y comercial en el mundo. En Cuyo, mientras Mendoza acompañaba el proyecto nacional con prudencia, San Juan vivía otro momento de fuerte audacia política. Salvador María del Carril, llamado nuevamente al gobierno sanjuanino, defendía ideas modernizadoras, miraba con admiración el reconocimiento internacional y promovía reformas de tono liberal. En 1825 presentó la llamada Carta de Mayo, una declaración de derechos ciudadanos que incluyó una avanzada defensa de la tolerancia religiosa, extendida no solo a extranjeros sino también a ciudadanos de cualquier culto. Pero el sueño de organizar la Nación chocaría pronto con una realidad feroz. La Constitución de 1826, sancionada el 24 de diciembre de ese año, declaró a la Nación Argentina libre e independiente, pero adoptó una forma de gobierno representativa republicana “consolidada en unidad de régimen”, es decir, de fuerte impronta unitaria. Para muchos sectores del interior, aquello significaba una amenaza contra las autonomías provinciales. Así, lo que había nacido como una promesa de unión terminó convertido en una nueva batalla política. Mendoza, Buenos Aires, San Juan y las demás provincias quedaron frente a una pregunta decisiva: ¿cómo construir una Nación sin aplastar la voz de sus pueblos? La respuesta tardaría décadas, costaría sangre, guerras civiles, pactos, caudillos, derrotas y nuevos congresos. El episodio de 1824-1825 muestra una Argentina todavía en formación: llena de ideales, de temores, de proyectos grandiosos y de heridas abiertas. Una Nación que quería organizarse, pero que aún no lograba resolver su dilema más profundo: unir sin someter, gobernar sin borrar a las provincias, construir patria sin apagar las diferencias. #Mendoza #MendozAntigua #HistoriaArgentina #CongresoConstituyente #ProvinciasUnidas #Constitucion1826 #Rivadavia #BrunoGarcia #SalvadorMariaDelCarril #SanJuan #BuenosAires #UnitariosYFederales #HistoriaDeCuyo #ArgentinaHistory #ArgentineHistory #NationalCongress #Federalism #LatinAmericanHistory

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