miércoles, 2 de septiembre de 2026

🔥🎬 DE 6 A 56 PELÍCULAS: CUANDO ARGENTINA CONSTRUYÓ UNA POTENCIA DEL CINE… Y MENDOZA SOÑÓ CON SER HOLLYWOOD 🇦🇷🍇


Hubo un tiempo en que hacer cine en la Argentina significaba levantar estudios, importar cámaras, fabricar equipos de sonido, construir laboratorios y formar centenares de técnicos como si detrás de cada película existiera una verdadera fábrica. Entre la crisis económica de los años 30, el avance de la industrialización por sustitución de importaciones y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el país experimentó una transformación extraordinaria: de apenas 6 largometrajes estrenados en 1933 pasó a 56 en 1942, año que marcó uno de los grandes récords de aquella edad dorada. Para entonces funcionaban cerca de treinta estudios y galerías de filmación y unas 4.000 personas encontraban empleo relativamente estable en la industria cinematográfica. El verdadero despegue había comenzado en 1933, cuando el sonido cambió para siempre las reglas del juego. Argentina Sono Film estrenó “¡Tango!”, dirigida por Luis Moglia Barth y protagonizada por figuras como Tita Merello, Libertad Lamarque, Luis Sandrini y Pepe Arias; casi simultáneamente, Lumiton irrumpió con “Los tres berretines”. Los estudios Lumiton habían nacido en 1931 en Munro y fueron concebidos siguiendo el modelo de los grandes complejos cinematográficos internacionales. Allí confluyeron pioneros de la radio como Enrique Susini y Luis Romero Carranza y especialistas extranjeros que ayudaron a profesionalizar una industria que crecía vertiginosamente. El célebre fotógrafo John Alton llegó a Buenos Aires en abril de 1932 para trabajar con Lumiton; años después volvería a Hollywood y se convertiría en una de las grandes referencias visuales del film noir. Aquel salto tecnológico tuvo otro protagonista fundamental: los Laboratorios Alex. Creados en 1928 por Alejandro “Alex” Connio y Carlos Connio Santini, incorporaron equipamiento cada vez más avanzado para revelado, copiado y montaje, elevando la calidad técnica del cine argentino hasta estándares internacionales. La importancia de aquellos laboratorios fue tal que décadas después continuaban apareciendo como una pieza esencial de la cadena cinematográfica nacional. Pero detrás de las luces también existía una enorme fragilidad: Argentina podía producir actores, directores, decorados, estudios y técnicos, pero seguía dependiendo del exterior para un elemento decisivo: la película virgen. Y allí apareció una de las grandes paradojas de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto favoreció la industrialización sustitutiva de numerosos sectores de la economía argentina, pero terminó golpeando duramente al cine. En 1943, en medio de las tensiones diplomáticas derivadas de la neutralidad argentina, Estados Unidos restringió fuertemente el suministro de celuloide: distintas investigaciones históricas consignan alrededor de 3,6 millones de metros destinados a la Argentina frente a unos 11 millones enviados a México. El resultado fue devastador: después de las 56 películas de 1942, la producción argentina descendió hasta aproximadamente 23 en 1945, mientras México avanzaba hacia el liderazgo cinematográfico latinoamericano. Fue precisamente en medio de esa crisis cuando Mendoza decidió que el cine no tenía por qué ser exclusivamente porteño. El 23 de septiembre de 1944 se constituyó oficialmente Film Andes S.A., impulsada principalmente por empresarios mendocinos ligados a la vitivinicultura y otros sectores económicos e intelectuales. Era una idea extraordinaria para su época: transformar capital nacido entre viñedos y bodegas en una industria cultural capaz de producir largometrajes desde el interior argentino. Sus primeras siete películas debieron realizar sus interiores en estudios de Buenos Aires, mientras parte de los exteriores se filmaban en Mendoza. Entre 1948 y 1949 Film Andes levantó finalmente sus propios estudios sobre el Carril Cervantes de Godoy Cruz, cerca de Puente Olive, incorporando tecnología moderna y personal técnico especializado. La Municipalidad de Godoy Cruz considera hoy a Film Andes la productora cinematográfica más importante que tuvo el interior del país. Y aquí aparece una conexión fascinante: antes de disponer de aquellos estudios mendocinos, Film Andes utilizó instalaciones porteñas y contrató servicios técnicos especializados; las investigaciones sobre su historia señalan particularmente a Lumiton y a Laboratorios Alex como piezas fundamentales de aquella primera etapa. Es decir, detrás del sueño cinematográfico mendocino existía una verdadera red industrial que unía Buenos Aires con Mendoza: cámaras, laboratorios, actores y técnicos viajaban mientras la provincia comenzaba a construir su propia “Hollywood” al pie de los Andes. Al mismo tiempo, las pantallas argentinas reflejaban dos grandes tendencias. Por un lado proliferaron las sofisticadas comedias de ambientes acomodados, grandes decorados e interiores elegantes, asociadas popularmente al llamado cine de “teléfonos blancos”, con títulos como “Así es la vida” y “Los martes orquídeas”. Pero paralelamente creció un cine más conectado con trabajadores, barrios, paisajes regionales y conflictos sociales: Manuel Romero realizó “Los muchachos de antes no usaban gomina”; Leopoldo Torres Ríos creó la intimista “La vuelta al nido”; y el mendocino Mario Soffici llevó esa búsqueda a una de sus expresiones más poderosas con “Prisioneros de la tierra” en 1939, drama sobre la explotación de los mensúes en los yerbatales de Misiones que hoy permanece entre las obras fundamentales del cine argentino. La crisis obligó además al Estado a intervenir. El Decreto-Ley 21.344, sancionado el 5 de agosto de 1944, estableció la exhibición obligatoria de largometrajes argentinos en los cines del país y dispuso que su explotación se realizara mediante el sistema de porcentaje, justamente uno de los mecanismos destinados a corregir la posición desfavorable de los productores frente a distribuidores y exhibidores. La política fue posteriormente ratificada y ampliada mediante nuevas normas. Durante el primer peronismo continuaron y se ampliaron las políticas de protección y financiamiento de la cinematografía; la producción se recuperó desde 32 estrenos argentinos en 1946 hasta aproximadamente 56 en 1950. Sin embargo, esa expansión tampoco eliminó los viejos problemas de fondo: dependencia de insumos importados, intermediación comercial, falta de circuitos propios de distribución y enormes diferencias entre empresas. Aun así, de aquella época quedaron películas extraordinarias. “Pelota de trapo”, de Leopoldo Torres Ríos, se transformó en un enorme éxito popular en 1948; “Las aguas bajan turbias”, dirigida por Hugo del Carril en 1952, llevó nuevamente a la pantalla la explotación en los yerbatales y fue elegida ese año Mejor Película por la Academia argentina; y Soffici, Romero, Saslavsky, Mugica, Amadori, Del Carril y tantos otros demostraron que el país había creado mucho más que una sucesión de estrellas: había creado una industria y, al mismo tiempo, un lenguaje propio. Film Andes fue quizá la expresión más audaz de ese sueño fuera de Buenos Aires. Sus estudios transformaron por unos años a Godoy Cruz en escenario de cámaras, reflectores, decorados, actores y técnicos. Mendoza, tierra mundialmente reconocida por el vino y la Cordillera, intentó convertirse también en una potencia cinematográfica. Y durante algunos años estuvo sorprendentemente cerca de conseguirlo. 🎥🍇🏔️ #CineArgentino #FilmAndes #Mendoza #GodoyCruz #HistoriaArgentina #HistoriaDelCine #CineClasico #EpocaDeOro #IndustriaArgentina #Lumiton #ArgentinaSonoFilm #MarioSoffici #HugoDelCarril #CulturaArgentina #MendozAntigua #ArgentineCinema #FilmHistory #GoldenAgeCinema #MendozaArgentina #ClassicCinema #CinemaHistory #ArgentineHistory #LatinAmericanCinema #FilmIndustry #VintageCinema

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