El 25 de julio de 2000, la máquina que parecía haber derrotado al tiempo se convirtió en una llamarada sobre el cielo de París. El vuelo chárter 4590 de Air France debía unir el aeropuerto Charles de Gaulle con Nueva York llevando 100 pasajeros y nueve tripulantes. El avión era el Concorde F-BTSC, integrante de una flota que desde su entrada en servicio comercial, en 1976, jamás había sufrido un accidente mortal. Capaz de volar a unos 2.180 kilómetros por hora y superar dos veces la velocidad del sonido, aquel prodigio franco-británico representaba el lujo, la ingeniería y la promesa de un futuro supersónico. Cinco minutos antes de su partida, un DC-10 de Continental Airlines había despegado por la misma pista y perdido una banda metálica perteneciente al reversor de empuje de uno de sus motores. La pieza había sido confeccionada con un material diferente del indicado por el fabricante y quedó abandonada sobre el asfalto. Cuando el Concorde aceleró a una velocidad que ya hacía imposible abortar el despegue, una rueda del tren principal izquierdo pasó directamente sobre ella. El neumático estalló y lanzó fragmentos de casi cinco kilogramos contra la parte inferior del ala. Sin perforarlo directamente, uno de esos golpes produjo una violenta deformación y una sobrepresión hidrodinámica dentro del tanque número 5, arrancando una sección de aproximadamente 32 centímetros y liberando combustible a gran velocidad. El combustible encontró una fuente de ignición —probablemente un arco eléctrico generado entre cables dañados— y una enorme lengua de fuego comenzó a extenderse bajo el ala izquierda. Los motores 1 y 2 perdieron potencia; el número 2 debió ser apagado tras activarse la alarma de incendio. El tren de aterrizaje tampoco pudo replegarse, aumentando la resistencia del avión y contribuyendo a mantener las llamas bajo el ala. El Concorde apenas logró elevarse unos 60 metros: no podía ganar velocidad ni altura. Alrededor de noventa segundos después de iniciada la carrera de despegue, el motor número 1 también comenzó a fallar. La aeronave entró en pérdida y cayó sobre un hotel de Gonesse. Murieron las 109 personas que viajaban a bordo y otras cuatro en tierra: 113 vidas apagadas en uno de los accidentes más estremecedores de la historia de la aviación. La investigación oficial del BEA estableció como causas principales el impacto del neumático contra la pieza perdida por el DC-10, la ruptura del depósito de combustible, el incendio y la posterior pérdida de potencia. El desastre reveló además que el Concorde había registrado decenas de roturas o desinflados de neumáticos durante sus años de servicio, aunque ninguna había provocado una fuga y un incendio de semejante magnitud. Tras el accidente, toda la flota quedó inmovilizada y recibió importantes modificaciones: revestimientos de Kevlar en sectores vulnerables de los tanques, neumáticos Michelin de nueva generación y mejoras en los sistemas eléctricos cercanos al tren de aterrizaje. Los vuelos se reanudaron en 2001. La historia judicial fue más compleja de lo que suele afirmarse. En 2010 Continental Airlines y uno de sus mecánicos fueron condenados, pero en 2012 un tribunal de apelación anuló las responsabilidades penales al considerar que no podían prever una catástrofe de esa dimensión, aunque mantuvo la responsabilidad civil de la compañía y confirmó que la banda metálica había desencadenado la tragedia. El accidente no retiró inmediatamente al Concorde, pero destruyó buena parte de la confianza pública y aceleró una crisis marcada por los elevados costos operativos, el envejecimiento de la flota y la reducción de pasajeros. El último servicio comercial aterrizó el 24 de octubre de 2003; el vuelo definitivo de un Concorde tuvo lugar el 26 de noviembre de ese año, cuando el G-BOAF llegó a Filton, Inglaterra. Así terminó una era de 27 años: el avión que había prometido acercar el futuro quedó para siempre detenido en los museos, mientras el mundo regresaba a volar por debajo de la velocidad del sonido. #Concorde #Vuelo4590 #AirFrance4590 #HistoriaDeLaAviación #TragediaAérea #Efemérides #Aviación #París #Gonesse #AviónSupersónico #Mach2 #AviationHistory #ConcordeCrash #Flight4590 #SupersonicFlight #AirDisaster #Remembering113 #HistoryOfFlight
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sábado, 25 de julio de 2020
25 DE JULIO DE 2000: EL CONCORDE ARDIÓ SOBRE PARÍS — 113 MUERTOS Y EL DÍA QUE EL FUTURO PERDIÓ SUS ALAS
El 25 de julio de 2000, la máquina que parecía haber derrotado al tiempo se convirtió en una llamarada sobre el cielo de París. El vuelo chárter 4590 de Air France debía unir el aeropuerto Charles de Gaulle con Nueva York llevando 100 pasajeros y nueve tripulantes. El avión era el Concorde F-BTSC, integrante de una flota que desde su entrada en servicio comercial, en 1976, jamás había sufrido un accidente mortal. Capaz de volar a unos 2.180 kilómetros por hora y superar dos veces la velocidad del sonido, aquel prodigio franco-británico representaba el lujo, la ingeniería y la promesa de un futuro supersónico. Cinco minutos antes de su partida, un DC-10 de Continental Airlines había despegado por la misma pista y perdido una banda metálica perteneciente al reversor de empuje de uno de sus motores. La pieza había sido confeccionada con un material diferente del indicado por el fabricante y quedó abandonada sobre el asfalto. Cuando el Concorde aceleró a una velocidad que ya hacía imposible abortar el despegue, una rueda del tren principal izquierdo pasó directamente sobre ella. El neumático estalló y lanzó fragmentos de casi cinco kilogramos contra la parte inferior del ala. Sin perforarlo directamente, uno de esos golpes produjo una violenta deformación y una sobrepresión hidrodinámica dentro del tanque número 5, arrancando una sección de aproximadamente 32 centímetros y liberando combustible a gran velocidad. El combustible encontró una fuente de ignición —probablemente un arco eléctrico generado entre cables dañados— y una enorme lengua de fuego comenzó a extenderse bajo el ala izquierda. Los motores 1 y 2 perdieron potencia; el número 2 debió ser apagado tras activarse la alarma de incendio. El tren de aterrizaje tampoco pudo replegarse, aumentando la resistencia del avión y contribuyendo a mantener las llamas bajo el ala. El Concorde apenas logró elevarse unos 60 metros: no podía ganar velocidad ni altura. Alrededor de noventa segundos después de iniciada la carrera de despegue, el motor número 1 también comenzó a fallar. La aeronave entró en pérdida y cayó sobre un hotel de Gonesse. Murieron las 109 personas que viajaban a bordo y otras cuatro en tierra: 113 vidas apagadas en uno de los accidentes más estremecedores de la historia de la aviación. La investigación oficial del BEA estableció como causas principales el impacto del neumático contra la pieza perdida por el DC-10, la ruptura del depósito de combustible, el incendio y la posterior pérdida de potencia. El desastre reveló además que el Concorde había registrado decenas de roturas o desinflados de neumáticos durante sus años de servicio, aunque ninguna había provocado una fuga y un incendio de semejante magnitud. Tras el accidente, toda la flota quedó inmovilizada y recibió importantes modificaciones: revestimientos de Kevlar en sectores vulnerables de los tanques, neumáticos Michelin de nueva generación y mejoras en los sistemas eléctricos cercanos al tren de aterrizaje. Los vuelos se reanudaron en 2001. La historia judicial fue más compleja de lo que suele afirmarse. En 2010 Continental Airlines y uno de sus mecánicos fueron condenados, pero en 2012 un tribunal de apelación anuló las responsabilidades penales al considerar que no podían prever una catástrofe de esa dimensión, aunque mantuvo la responsabilidad civil de la compañía y confirmó que la banda metálica había desencadenado la tragedia. El accidente no retiró inmediatamente al Concorde, pero destruyó buena parte de la confianza pública y aceleró una crisis marcada por los elevados costos operativos, el envejecimiento de la flota y la reducción de pasajeros. El último servicio comercial aterrizó el 24 de octubre de 2003; el vuelo definitivo de un Concorde tuvo lugar el 26 de noviembre de ese año, cuando el G-BOAF llegó a Filton, Inglaterra. Así terminó una era de 27 años: el avión que había prometido acercar el futuro quedó para siempre detenido en los museos, mientras el mundo regresaba a volar por debajo de la velocidad del sonido. #Concorde #Vuelo4590 #AirFrance4590 #HistoriaDeLaAviación #TragediaAérea #Efemérides #Aviación #París #Gonesse #AviónSupersónico #Mach2 #AviationHistory #ConcordeCrash #Flight4590 #SupersonicFlight #AirDisaster #Remembering113 #HistoryOfFlight
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