El 25 de julio de 1956, a unos 72 kilómetros de la isla de Nantucket, Massachusetts, una espesa niebla convirtió el Atlántico en una trampa mortal. El SS Andrea Doria, orgullo de la reconstrucción naval italiana después de la Segunda Guerra Mundial, se aproximaba a Nueva York en el final de su viaje número 101. Botado en Génova en 1951 y puesto en servicio el 14 de enero de 1953, medía cerca de 214 metros, desplazaba más de 29.000 toneladas de registro bruto y había sido concebido como un símbolo flotante del renacimiento de Italia. No era el barco más grande ni el más veloz del mundo, pero pocos podían competir con su elegancia: poseía tres piscinas, salones decorados con pinturas, esculturas y tapices, y era conocido como una auténtica “galería de arte flotante”. En aquel último cruce transportaba a 1.706 personas, entre pasajeros y tripulantes, bajo el mando del experimentado capitán Piero Calamai. En dirección contraria navegaba el transatlántico sueco MS Stockholm, que había partido de Nueva York rumbo a Gotemburgo. Hacia las 22:45, los radares de ambos barcos detectaron la presencia del otro a unas 17 millas náuticas, pero sus oficiales interpretaron de manera opuesta la situación: en el Andrea Doria calcularon que pasarían por estribor, mientras que el tercer oficial del Stockholm, Johan-Ernst Carstens-Johannsen, que se encontraba a cargo del puente durante la guardia, creyó que el cruce se realizaría por babor. Las sucesivas correcciones de rumbo, realizadas sin una comprensión común de la maniobra, terminaron colocando a los dos gigantes frente a frente. Poco después de las 23:00, cuando las siluetas finalmente emergieron de la niebla, ya no quedaba espacio suficiente para escapar. La proa reforzada del Stockholm, diseñada para resistir los hielos del norte, se clavó casi perpendicularmente en el costado de estribor del Andrea Doria, penetrando alrededor de doce metros y destruyendo varios niveles de camarotes. El impacto mató a 46 personas en el buque italiano y a cinco tripulantes suecos. El Stockholm perdió gran parte de su proa, pero consiguió mantenerse a flote. El Andrea Doria, en cambio, comenzó a inclinarse violentamente hacia estribor. Aunque llevaba botes suficientes para todos, la pronunciada escora dejó inutilizables los de babor y obligó a bajar los restantes antes de embarcar a los pasajeros. Durante las siguientes horas, el océano fue escenario de una extraordinaria operación internacional de rescate. El carguero Cape Ann, el transporte estadounidense Pvt. William H. Thomas, el propio Stockholm y otras embarcaciones acudieron al llamado de auxilio. La aparición del transatlántico francés Île de France, completamente iluminado en medio de la oscuridad, devolvió la esperanza: sus trece botes realizaron viajes continuos y salvaron por sí solos a 753 personas. Cuando amaneció, casi todos habían abandonado el barco. El capitán Calamai permaneció hasta los últimos momentos y finalmente fue evacuado junto con sus oficiales. Poco después de las diez de la mañana del 26 de julio, el Andrea Doria se recostó definitivamente sobre su costado y desapareció bajo las aguas del Atlántico. De las 1.706 personas que viajaban en él, alrededor de 1.660 sobrevivieron, un resultado extraordinario teniendo en cuenta la violencia del choque, la noche, la niebla y la imposibilidad de utilizar la mitad de los botes. El saldo total fue de 51 muertos. El proceso judicial terminó cuando las compañías propietarias alcanzaron un acuerdo extrajudicial, por lo que nunca se publicó una resolución definitiva que atribuyera toda la responsabilidad a una sola parte. Los análisis posteriores señalaron una cadena de factores: interpretaciones contradictorias del radar, excesiva confianza en una tecnología todavía limitada, velocidad elevada para las condiciones existentes y decisiones de último segundo que, lejos de separar a los barcos, los condujeron directamente al desastre. El Andrea Doria terminó en el fondo del mar, pero aquella noche también dejó una de las mayores lecciones de la navegación moderna: ninguna máquina puede reemplazar completamente la prudencia, la comunicación y el juicio humano. Entre la niebla y el acero, un símbolo de Italia desapareció para siempre; sin embargo, la solidaridad de marinos de distintas banderas consiguió que una catástrofe potencialmente gigantesca se transformara en una de las operaciones de rescate más memorables del siglo XX. #AndreaDoria #HistoriaMarítima #Naufragio #Transatlánticos #Efemérides #HistoriaUniversal #RescateMarítimo #Nantucket #OcéanoAtlántico #BarcosHistóricos #MaritimeHistory #OceanLiner #Shipwreck #AndreaDoriaDisaster #SeaRescue #HistoricShips #NauticalHistory #AtlanticOcean #OnThisDay #HistoryLovers
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sábado, 25 de julio de 2020
25 DE JULIO DE 1956: DOS GIGANTES CHOCARON EN LA NIEBLA — EL ANDREA DORIA SE HUNDIÓ, PERO 1.660 VIDAS VENCIERON AL ATLÁNTICO
El 25 de julio de 1956, a unos 72 kilómetros de la isla de Nantucket, Massachusetts, una espesa niebla convirtió el Atlántico en una trampa mortal. El SS Andrea Doria, orgullo de la reconstrucción naval italiana después de la Segunda Guerra Mundial, se aproximaba a Nueva York en el final de su viaje número 101. Botado en Génova en 1951 y puesto en servicio el 14 de enero de 1953, medía cerca de 214 metros, desplazaba más de 29.000 toneladas de registro bruto y había sido concebido como un símbolo flotante del renacimiento de Italia. No era el barco más grande ni el más veloz del mundo, pero pocos podían competir con su elegancia: poseía tres piscinas, salones decorados con pinturas, esculturas y tapices, y era conocido como una auténtica “galería de arte flotante”. En aquel último cruce transportaba a 1.706 personas, entre pasajeros y tripulantes, bajo el mando del experimentado capitán Piero Calamai. En dirección contraria navegaba el transatlántico sueco MS Stockholm, que había partido de Nueva York rumbo a Gotemburgo. Hacia las 22:45, los radares de ambos barcos detectaron la presencia del otro a unas 17 millas náuticas, pero sus oficiales interpretaron de manera opuesta la situación: en el Andrea Doria calcularon que pasarían por estribor, mientras que el tercer oficial del Stockholm, Johan-Ernst Carstens-Johannsen, que se encontraba a cargo del puente durante la guardia, creyó que el cruce se realizaría por babor. Las sucesivas correcciones de rumbo, realizadas sin una comprensión común de la maniobra, terminaron colocando a los dos gigantes frente a frente. Poco después de las 23:00, cuando las siluetas finalmente emergieron de la niebla, ya no quedaba espacio suficiente para escapar. La proa reforzada del Stockholm, diseñada para resistir los hielos del norte, se clavó casi perpendicularmente en el costado de estribor del Andrea Doria, penetrando alrededor de doce metros y destruyendo varios niveles de camarotes. El impacto mató a 46 personas en el buque italiano y a cinco tripulantes suecos. El Stockholm perdió gran parte de su proa, pero consiguió mantenerse a flote. El Andrea Doria, en cambio, comenzó a inclinarse violentamente hacia estribor. Aunque llevaba botes suficientes para todos, la pronunciada escora dejó inutilizables los de babor y obligó a bajar los restantes antes de embarcar a los pasajeros. Durante las siguientes horas, el océano fue escenario de una extraordinaria operación internacional de rescate. El carguero Cape Ann, el transporte estadounidense Pvt. William H. Thomas, el propio Stockholm y otras embarcaciones acudieron al llamado de auxilio. La aparición del transatlántico francés Île de France, completamente iluminado en medio de la oscuridad, devolvió la esperanza: sus trece botes realizaron viajes continuos y salvaron por sí solos a 753 personas. Cuando amaneció, casi todos habían abandonado el barco. El capitán Calamai permaneció hasta los últimos momentos y finalmente fue evacuado junto con sus oficiales. Poco después de las diez de la mañana del 26 de julio, el Andrea Doria se recostó definitivamente sobre su costado y desapareció bajo las aguas del Atlántico. De las 1.706 personas que viajaban en él, alrededor de 1.660 sobrevivieron, un resultado extraordinario teniendo en cuenta la violencia del choque, la noche, la niebla y la imposibilidad de utilizar la mitad de los botes. El saldo total fue de 51 muertos. El proceso judicial terminó cuando las compañías propietarias alcanzaron un acuerdo extrajudicial, por lo que nunca se publicó una resolución definitiva que atribuyera toda la responsabilidad a una sola parte. Los análisis posteriores señalaron una cadena de factores: interpretaciones contradictorias del radar, excesiva confianza en una tecnología todavía limitada, velocidad elevada para las condiciones existentes y decisiones de último segundo que, lejos de separar a los barcos, los condujeron directamente al desastre. El Andrea Doria terminó en el fondo del mar, pero aquella noche también dejó una de las mayores lecciones de la navegación moderna: ninguna máquina puede reemplazar completamente la prudencia, la comunicación y el juicio humano. Entre la niebla y el acero, un símbolo de Italia desapareció para siempre; sin embargo, la solidaridad de marinos de distintas banderas consiguió que una catástrofe potencialmente gigantesca se transformara en una de las operaciones de rescate más memorables del siglo XX. #AndreaDoria #HistoriaMarítima #Naufragio #Transatlánticos #Efemérides #HistoriaUniversal #RescateMarítimo #Nantucket #OcéanoAtlántico #BarcosHistóricos #MaritimeHistory #OceanLiner #Shipwreck #AndreaDoriaDisaster #SeaRescue #HistoricShips #NauticalHistory #AtlanticOcean #OnThisDay #HistoryLovers
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