El 28 de julio de 1794, en la Plaza de la Revolución de París, la cuchilla de la guillotina puso fin a la vida de Maximilien Robespierre, el abogado que había defendido la igualdad, denunciado los privilegios y prometido una república virtuosa, pero que terminó convertido en el rostro más temido del Terror. Tenía 36 años y fue ejecutado junto con otros 21 dirigentes y partidarios de su movimiento, apenas un día después de que la Convención Nacional ordenara su arresto. La Revolución francesa volvía a demostrar que podía destruir con la misma rapidez a sus enemigos, a sus héroes y a sus propios conductores. Maximilien François Marie Isidore de Robespierre había nacido en Arras el 6 de mayo de 1758. La muerte de su madre y la posterior ausencia de su padre dejaron a los hermanos al cuidado de familiares. Estudió Derecho, ejerció como abogado y, cuando Luis XVI convocó los Estados Generales, fue elegido en 1789 representante del Tercer Estado por Artois. Desde sus primeras intervenciones se destacó por su austeridad, su discurso inflexible y una reputación de honestidad política que terminaría otorgándole el célebre sobrenombre de “el Incorruptible”. En aquellos primeros años defendió ideas que, para la época, resultaban profundamente avanzadas: el sufragio masculino universal, la igualdad jurídica, la abolición de la esclavitud y la eliminación de la pena de muerte. También se opuso a iniciar una guerra contra las monarquías europeas, convencido de que la libertad no podía imponerse mediante ejércitos invasores. Sin embargo, la Revolución lo enfrentaría con una contradicción devastadora: aunque había combatido la pena capital, sostuvo que Luis XVI debía morir para que la República pudiera sobrevivir y, más tarde, aceptó la violencia estatal como instrumento de defensa revolucionaria. En 1793 Francia se encontraba cercada por ejércitos extranjeros, rebeliones internas, hambre, conspiraciones y una feroz lucha entre facciones revolucionarias. El Comité de Salvación Pública ya había sido creado cuando Robespierre ingresó en él, el 27 de julio de aquel año. No gobernó completamente solo, pero se convirtió en su integrante más visible y en el gran portavoz de una política que pretendía salvar la República eliminando a quienes fueran considerados traidores, conspiradores o enemigos de la Revolución. El 5 de febrero de 1794 pronunció uno de los discursos más estremecedores de la historia política. Para Robespierre, la virtud republicana debía conducir al pueblo, mientras que el terror debía caer sobre sus enemigos. Su fórmula quedó grabada para siempre: “La virtud sin terror es impotente; el terror sin virtud es funesto”. Definía el terror como una justicia rápida, severa e inflexible, no como una desviación de la Revolución, sino como una consecuencia de ella en tiempos de emergencia. Bajo aquella lógica, los tribunales revolucionarios aceleraron procesos y ejecuciones. Cayeron realistas, sacerdotes, girondinos y contrarrevolucionarios, pero también antiguos compañeros de lucha. Los seguidores radicales de Jacques Hébert fueron enviados a la guillotina; poco después, Georges Danton, Camille Desmoulins y los llamados “indulgentes” corrieron la misma suerte. Cada adversario eliminado aumentaba el poder del Comité, pero también multiplicaba el número de diputados que temían convertirse en las próximas víctimas. El hombre que pretendía purificar la República terminó rodeado de enemigos que veían en su caída la única posibilidad de conservar la cabeza. El 26 de julio Robespierre regresó a la Convención y denunció la existencia de una nueva conspiración, aunque no identificó claramente a todos los acusados. El discurso provocó el efecto contrario al esperado: numerosos diputados interpretaron que sus nombres podían figurar en una futura lista de condenados. Al día siguiente, el 9 de Termidor del año II —27 de julio de 1794—, sus adversarios se unieron, le impidieron dominar el debate y ordenaron detenerlo junto con Louis de Saint-Just, Georges Couthon, su hermano Augustin y otros aliados. La Comuna de París intentó organizar una resistencia y los prisioneros terminaron reunidos en el Hôtel de Ville. Durante la madrugada, las fuerzas leales a la Convención irrumpieron en el edificio. Robespierre recibió un disparo que le destrozó la mandíbula; todavía se discute si trató de suicidarse o si fue alcanzado por uno de los atacantes. Ensangrentado, casi incapaz de hablar y con el rostro vendado, fue conducido horas después hacia la misma guillotina que había devorado a tantos enemigos de la Revolución. La tarde del 28 de julio, Robespierre y 21 compañeros fueron ejecutados. Su muerte suele considerarse el cierre del Terror y el comienzo de la Reacción Termidoriana, una etapa durante la cual la Convención redujo el poder de los jacobinos y comenzó a desmontar parte del sistema represivo anterior. Sin embargo, la historia de Robespierre continúa provocando discusiones: para algunos fue un idealista atrapado por una guerra desesperada; para otros, un dirigente que convirtió la virtud en dogma y la sospecha en sentencia de muerte. El “Incorruptible” quiso construir una sociedad gobernada por la igualdad, la moral y la justicia, pero terminó legitimando un sistema en el que el miedo podía decidir quién merecía vivir. Su final dejó una de las imágenes más poderosas de la Revolución francesa: el hombre que había hablado en nombre del pueblo avanzando herido y en silencio hacia la cuchilla. El 28 de julio de 1794, Robespierre no murió solamente a manos de sus enemigos. Fue devorado por la misma Revolución que había ayudado a convertir en un poder implacable. #Robespierre #RevoluciónFrancesa #ElIncorruptible #ReinadoDelTerror #ElTerror #Guillotina #HistoriaUniversal #HistoriaDeFrancia #Jacobinos #NueveDeTermidor #Efemérides #MendozAntigua #FrenchRevolution #MaximilienRobespierre #ReignOfTerror #TheIncorruptible #Guillotine #Jacobin #Thermidor #WorldHistory
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martes, 28 de julio de 2020
28 DE JULIO DE 1794: LA REVOLUCIÓN DEVORÓ AL “INCORRUPTIBLE” — ROBESPIERRE SUBIÓ EN NOMBRE DE LA VIRTUD Y CAYÓ BAJO LA GUILLOTINA DEL TERROR
El 28 de julio de 1794, en la Plaza de la Revolución de París, la cuchilla de la guillotina puso fin a la vida de Maximilien Robespierre, el abogado que había defendido la igualdad, denunciado los privilegios y prometido una república virtuosa, pero que terminó convertido en el rostro más temido del Terror. Tenía 36 años y fue ejecutado junto con otros 21 dirigentes y partidarios de su movimiento, apenas un día después de que la Convención Nacional ordenara su arresto. La Revolución francesa volvía a demostrar que podía destruir con la misma rapidez a sus enemigos, a sus héroes y a sus propios conductores. Maximilien François Marie Isidore de Robespierre había nacido en Arras el 6 de mayo de 1758. La muerte de su madre y la posterior ausencia de su padre dejaron a los hermanos al cuidado de familiares. Estudió Derecho, ejerció como abogado y, cuando Luis XVI convocó los Estados Generales, fue elegido en 1789 representante del Tercer Estado por Artois. Desde sus primeras intervenciones se destacó por su austeridad, su discurso inflexible y una reputación de honestidad política que terminaría otorgándole el célebre sobrenombre de “el Incorruptible”. En aquellos primeros años defendió ideas que, para la época, resultaban profundamente avanzadas: el sufragio masculino universal, la igualdad jurídica, la abolición de la esclavitud y la eliminación de la pena de muerte. También se opuso a iniciar una guerra contra las monarquías europeas, convencido de que la libertad no podía imponerse mediante ejércitos invasores. Sin embargo, la Revolución lo enfrentaría con una contradicción devastadora: aunque había combatido la pena capital, sostuvo que Luis XVI debía morir para que la República pudiera sobrevivir y, más tarde, aceptó la violencia estatal como instrumento de defensa revolucionaria. En 1793 Francia se encontraba cercada por ejércitos extranjeros, rebeliones internas, hambre, conspiraciones y una feroz lucha entre facciones revolucionarias. El Comité de Salvación Pública ya había sido creado cuando Robespierre ingresó en él, el 27 de julio de aquel año. No gobernó completamente solo, pero se convirtió en su integrante más visible y en el gran portavoz de una política que pretendía salvar la República eliminando a quienes fueran considerados traidores, conspiradores o enemigos de la Revolución. El 5 de febrero de 1794 pronunció uno de los discursos más estremecedores de la historia política. Para Robespierre, la virtud republicana debía conducir al pueblo, mientras que el terror debía caer sobre sus enemigos. Su fórmula quedó grabada para siempre: “La virtud sin terror es impotente; el terror sin virtud es funesto”. Definía el terror como una justicia rápida, severa e inflexible, no como una desviación de la Revolución, sino como una consecuencia de ella en tiempos de emergencia. Bajo aquella lógica, los tribunales revolucionarios aceleraron procesos y ejecuciones. Cayeron realistas, sacerdotes, girondinos y contrarrevolucionarios, pero también antiguos compañeros de lucha. Los seguidores radicales de Jacques Hébert fueron enviados a la guillotina; poco después, Georges Danton, Camille Desmoulins y los llamados “indulgentes” corrieron la misma suerte. Cada adversario eliminado aumentaba el poder del Comité, pero también multiplicaba el número de diputados que temían convertirse en las próximas víctimas. El hombre que pretendía purificar la República terminó rodeado de enemigos que veían en su caída la única posibilidad de conservar la cabeza. El 26 de julio Robespierre regresó a la Convención y denunció la existencia de una nueva conspiración, aunque no identificó claramente a todos los acusados. El discurso provocó el efecto contrario al esperado: numerosos diputados interpretaron que sus nombres podían figurar en una futura lista de condenados. Al día siguiente, el 9 de Termidor del año II —27 de julio de 1794—, sus adversarios se unieron, le impidieron dominar el debate y ordenaron detenerlo junto con Louis de Saint-Just, Georges Couthon, su hermano Augustin y otros aliados. La Comuna de París intentó organizar una resistencia y los prisioneros terminaron reunidos en el Hôtel de Ville. Durante la madrugada, las fuerzas leales a la Convención irrumpieron en el edificio. Robespierre recibió un disparo que le destrozó la mandíbula; todavía se discute si trató de suicidarse o si fue alcanzado por uno de los atacantes. Ensangrentado, casi incapaz de hablar y con el rostro vendado, fue conducido horas después hacia la misma guillotina que había devorado a tantos enemigos de la Revolución. La tarde del 28 de julio, Robespierre y 21 compañeros fueron ejecutados. Su muerte suele considerarse el cierre del Terror y el comienzo de la Reacción Termidoriana, una etapa durante la cual la Convención redujo el poder de los jacobinos y comenzó a desmontar parte del sistema represivo anterior. Sin embargo, la historia de Robespierre continúa provocando discusiones: para algunos fue un idealista atrapado por una guerra desesperada; para otros, un dirigente que convirtió la virtud en dogma y la sospecha en sentencia de muerte. El “Incorruptible” quiso construir una sociedad gobernada por la igualdad, la moral y la justicia, pero terminó legitimando un sistema en el que el miedo podía decidir quién merecía vivir. Su final dejó una de las imágenes más poderosas de la Revolución francesa: el hombre que había hablado en nombre del pueblo avanzando herido y en silencio hacia la cuchilla. El 28 de julio de 1794, Robespierre no murió solamente a manos de sus enemigos. Fue devorado por la misma Revolución que había ayudado a convertir en un poder implacable. #Robespierre #RevoluciónFrancesa #ElIncorruptible #ReinadoDelTerror #ElTerror #Guillotina #HistoriaUniversal #HistoriaDeFrancia #Jacobinos #NueveDeTermidor #Efemérides #MendozAntigua #FrenchRevolution #MaximilienRobespierre #ReignOfTerror #TheIncorruptible #Guillotine #Jacobin #Thermidor #WorldHistory
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