jueves, 19 de marzo de 2026

Cuando la Tierra dejó de ser eterna: la idea que derrumbó certezas y abrió el camino a la geología moderna


Durante siglos, la historia de la Tierra fue pensada desde dos grandes miradas enfrentadas. Una la imaginaba como una creación perfecta, estable e inmutable, obra directa de Dios desde el origen de los tiempos. La otra, en cambio, veía al mundo como un organismo: nacía, crecía, alcanzaba su plenitud y luego entraba en decadencia. Esa visión más pesimista, heredera de viejas tradiciones clásicas y reforzada por crisis como pestes, guerras y rupturas religiosas, alimentó la idea de que el planeta también envejecía, se desgastaba y avanzaba lentamente hacia su ruina. Entre el final de la Edad Media y el Renacimiento, esa seguridad empezó a resquebrajarse. La aparición de fósiles de animales extinguidos, la erosión visible de montañas y costas, los terremotos, los volcanes, los cambios en el curso de los ríos, la circunnavegación del globo y el hallazgo de pueblos y territorios que no encajaban fácilmente en los esquemas heredados obligaron a revisar casi todo. La naturaleza ya no parecía fija: empezaba a leerse como una historia en movimiento. En ese clima intelectual fue tomando forma una nueva manera de observar el mundo, apoyada en la evidencia, la comparación y la experiencia. En esa transformación fueron decisivos varios autores. Francis Bacon, con el Novum Organum de 1620, defendió un conocimiento basado en la observación y la inducción; René Descartes, en su Discurso del método de 1637, insistió en no aceptar como verdadero nada que no resultara evidente; y Athanasius Kircher, en Mundus Subterraneus de 1664, imaginó un interior terrestre dinámico, atravesado por fuegos, aguas y cavidades. Más tarde, Benito Jerónimo Feijoo, en su Teatro crítico universal publicado entre 1726 y 1739, ayudó a difundir una actitud crítica frente a supersticiones y errores heredados. Incluso la palabra “geología” ya circulaba en el siglo XVII: suele citarse Geologia Norvegica de 1657 como uno de sus primeros usos. El terremoto de Lisboa de 1755 profundizó ese giro. No fue una catástrofe remota, sino el derrumbe de una gran capital europea, seguido por incendio y tsunami, y su impacto sacudió tanto a la filosofía como a las nacientes ciencias de la Tierra. A partir de entonces crecieron las investigaciones sobre terremotos y desastres naturales, aunque durante mucho tiempo convivieron explicaciones físicas, químicas, religiosas y también eléctricas. En el siglo XIX, figuras como Auguste Bravard, muerto en el terremoto de Mendoza de 1861, trabajaban ya dentro de un horizonte más geológico, mientras se perfeccionaban instrumentos y métodos que terminarían dando forma a la sismología moderna. Visto en perspectiva, muchas de aquellas teorías hoy pueden parecer extrañas o incompletas. Pero fueron parte del gran quiebre: el momento en que la humanidad empezó a aceptar que la Tierra cambia, que su pasado puede leerse en rocas, fósiles y relieves, y que comprender esos cambios exige observar, comparar y discutir. Así nacieron no solo la geología, sino también nuevas formas de pensar la arqueología, la paleontología, la historia natural y, más adelante, la sismología. #Geologia #Historia #Ciencia #Tierra #Sismos #Fosiles #Lisboa1755 #Mendoza1861 #Memoria #Naturaleza. #mendozantigua 

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