El 9 de julio de 1853, mientras la Argentina todavía arrastraba las heridas de décadas de guerras civiles, un joven fraile franciscano de apenas 27 años subió al púlpito de la Iglesia Matriz de Catamarca. Aquel día, las provincias de la Confederación juraban la Constitución sancionada en Santa Fe, aunque Buenos Aires permanecía separada y se negaba a reconocerla. En medio de aquella fractura política, Fray Mamerto Esquiú pronunció uno de los discursos más trascendentes del siglo XIX argentino: el célebre Sermón de la Constitución. Esquiú no habló como representante de un partido ni como defensor incondicional de cada artículo de la Carta Magna. Habló como un hombre que había visto a la patria desgarrarse entre caudillos, revoluciones, fusilamientos, venganzas y ambiciones enfrentadas. Su mensaje era contundente: ninguna nación podía sobrevivir si cada provincia, dirigente o ciudadano obedecía únicamente aquello que coincidía con sus propios intereses. La Constitución debía transformarse en una ley común, superior a las facciones y capaz de reemplazar las armas por instituciones. Comenzó su prédica con las palabras latinas “Laetamur de gloria vestra”, es decir, “nos alegramos de vuestra gloria”. Luego recordó que la independencia conquistada en 1816 no había bastado para construir una república estable. Habían transcurrido treinta y siete años de enfrentamientos internos hasta que la organización nacional comenzaba finalmente a adquirir forma. Su advertencia quedó grabada en la memoria argentina: “Obedeced, señores; sin sumisión no hay ley”. No reclamaba obediencia ciega ante los gobernantes, sino respeto por un orden jurídico capaz de contener las pasiones personales y evitar que el país volviera a hundirse en la anarquía. La fuerza de aquella voz atravesó las montañas catamarqueñas y llegó hasta Paraná, capital provisoria de la Confederación. El Gobierno federal ordenó imprimir y distribuir el sermón por todo el territorio nacional, comparando la elocuencia del desconocido franciscano con la de los grandes oradores religiosos europeos. Desde entonces, Mamerto Esquiú comenzó a ser reconocido como “el Orador de la Constitución”, aunque su vida y su pensamiento fueron mucho más amplios que aquel discurso memorable. Mamerto de la Ascensión Esquiú había nacido el 11 de mayo de 1826 en San José de Piedra Blanca, Catamarca, dentro de una familia humilde. Debido a su frágil salud, su madre lo vistió desde niño con el hábito de San Francisco como cumplimiento de una promesa. En 1841 ingresó formalmente al noviciado franciscano, profesó sus votos religiosos en 1842 y fue ordenado sacerdote el 18 de octubre de 1848. Desde entonces dedicó sus energías a la enseñanza, la predicación y la formación espiritual, convirtiéndose rápidamente en una de las voces más respetadas del norte argentino. Pero Esquiú no permaneció encerrado entre los muros del convento. Fue docente, periodista, legislador provincial, diputado, convencional constituyente y miembro del Consejo de Gobierno de Catamarca. Participó en la elaboración de instituciones provinciales, escribió sobre los grandes conflictos de su tiempo y pronunció diversos sermones patrióticos en momentos decisivos para la República. Para él, la política no debía ser un camino hacia el poder personal, sino una forma de servicio orientada al bien común, la educación, la paz social y la protección de los más necesitados. Desilusionado por el regreso de los enfrentamientos entre Buenos Aires y la Confederación, en 1862 marchó a Bolivia, donde enseñó teología en el seminario de Sucre y profundizó su vida de oración. Más tarde peregrinó por Tierra Santa, Asís y Roma. Había rechazado convertirse en arzobispo de Buenos Aires porque se consideraba indigno de semejante honor; sin embargo, años después aceptó por obediencia su nombramiento como obispo de Córdoba. Fue consagrado el 12 de diciembre de 1880 y tomó posesión de la diócesis al comenzar 1881. Nunca abandonó la austeridad franciscana: continuó utilizando su sencillo hábito, al que solamente agregó la cruz pectoral. Su diócesis comprendía entonces Córdoba y La Rioja. Esquiú recorrió pueblos, capillas, hospitales y comunidades alejadas, atendió a los pobres, impulsó la formación de seminaristas y promovió misiones populares. Murió inesperadamente el 10 de enero de 1883 en la Posta de El Suncho, Catamarca, cuando regresaba de una visita pastoral. Tenía apenas 56 años, pero ya había dejado una huella profunda en la Iglesia y en la historia institucional argentina. El reconocimiento religioso llegaría mucho después. El 19 de junio de 2020, el papa Francisco autorizó el decreto que reconocía un milagro atribuido a su intercesión. Finalmente, el 4 de septiembre de 2021, Mamerto Esquiú fue proclamado beato en San José de Piedra Blanca, el mismo pueblo catamarqueño donde había nacido casi dos siglos antes. Su casa natal, una humilde construcción de adobe, se conserva como museo y Monumento Histórico Nacional. A 173 años de aquel sermón, la voz de Esquiú continúa interpelando a la Argentina. Su legado recuerda que una Constitución no vive solamente porque esté escrita, sino cuando gobernantes y ciudadanos aceptan colocar la ley por encima de la violencia, el fanatismo y los intereses particulares. Fray Mamerto Esquiú no empuñó una espada ni comandó un ejército: enfrentó la desunión con la palabra, defendió la paz desde un púlpito y pidió que una nación cansada de combatir comenzara, por fin, a obedecer las mismas leyes. #FrayMamertoEsquiú #MamertoEsquiú #SermónDeLaConstitución #ConstituciónArgentina #ConstituciónDe1853 #HistoriaArgentina #Catamarca #Córdoba #OrganizaciónNacional #BeatoMamertoEsquiú #Franciscanos #MemoriaHistórica #PatrimonioArgentino #Efemérides #MendozAntigua #ArgentineHistory #ArgentineConstitution #HistoryOfArgentina #NationalUnity #FranciscanHistory #HistoricalLegacy
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jueves, 23 de julio de 2026
9 DE JULIO DE 1853: EL FRAILE QUE LEVANTÓ LA CONSTITUCIÓN SOBRE LAS RUINAS DE LA GUERRA — MAMERTO ESQUIÚ Y EL SERMÓN QUE CONMOVIÓ A LA CONFEDERACIÓN
El 9 de julio de 1853, mientras la Argentina todavía arrastraba las heridas de décadas de guerras civiles, un joven fraile franciscano de apenas 27 años subió al púlpito de la Iglesia Matriz de Catamarca. Aquel día, las provincias de la Confederación juraban la Constitución sancionada en Santa Fe, aunque Buenos Aires permanecía separada y se negaba a reconocerla. En medio de aquella fractura política, Fray Mamerto Esquiú pronunció uno de los discursos más trascendentes del siglo XIX argentino: el célebre Sermón de la Constitución. Esquiú no habló como representante de un partido ni como defensor incondicional de cada artículo de la Carta Magna. Habló como un hombre que había visto a la patria desgarrarse entre caudillos, revoluciones, fusilamientos, venganzas y ambiciones enfrentadas. Su mensaje era contundente: ninguna nación podía sobrevivir si cada provincia, dirigente o ciudadano obedecía únicamente aquello que coincidía con sus propios intereses. La Constitución debía transformarse en una ley común, superior a las facciones y capaz de reemplazar las armas por instituciones. Comenzó su prédica con las palabras latinas “Laetamur de gloria vestra”, es decir, “nos alegramos de vuestra gloria”. Luego recordó que la independencia conquistada en 1816 no había bastado para construir una república estable. Habían transcurrido treinta y siete años de enfrentamientos internos hasta que la organización nacional comenzaba finalmente a adquirir forma. Su advertencia quedó grabada en la memoria argentina: “Obedeced, señores; sin sumisión no hay ley”. No reclamaba obediencia ciega ante los gobernantes, sino respeto por un orden jurídico capaz de contener las pasiones personales y evitar que el país volviera a hundirse en la anarquía. La fuerza de aquella voz atravesó las montañas catamarqueñas y llegó hasta Paraná, capital provisoria de la Confederación. El Gobierno federal ordenó imprimir y distribuir el sermón por todo el territorio nacional, comparando la elocuencia del desconocido franciscano con la de los grandes oradores religiosos europeos. Desde entonces, Mamerto Esquiú comenzó a ser reconocido como “el Orador de la Constitución”, aunque su vida y su pensamiento fueron mucho más amplios que aquel discurso memorable. Mamerto de la Ascensión Esquiú había nacido el 11 de mayo de 1826 en San José de Piedra Blanca, Catamarca, dentro de una familia humilde. Debido a su frágil salud, su madre lo vistió desde niño con el hábito de San Francisco como cumplimiento de una promesa. En 1841 ingresó formalmente al noviciado franciscano, profesó sus votos religiosos en 1842 y fue ordenado sacerdote el 18 de octubre de 1848. Desde entonces dedicó sus energías a la enseñanza, la predicación y la formación espiritual, convirtiéndose rápidamente en una de las voces más respetadas del norte argentino. Pero Esquiú no permaneció encerrado entre los muros del convento. Fue docente, periodista, legislador provincial, diputado, convencional constituyente y miembro del Consejo de Gobierno de Catamarca. Participó en la elaboración de instituciones provinciales, escribió sobre los grandes conflictos de su tiempo y pronunció diversos sermones patrióticos en momentos decisivos para la República. Para él, la política no debía ser un camino hacia el poder personal, sino una forma de servicio orientada al bien común, la educación, la paz social y la protección de los más necesitados. Desilusionado por el regreso de los enfrentamientos entre Buenos Aires y la Confederación, en 1862 marchó a Bolivia, donde enseñó teología en el seminario de Sucre y profundizó su vida de oración. Más tarde peregrinó por Tierra Santa, Asís y Roma. Había rechazado convertirse en arzobispo de Buenos Aires porque se consideraba indigno de semejante honor; sin embargo, años después aceptó por obediencia su nombramiento como obispo de Córdoba. Fue consagrado el 12 de diciembre de 1880 y tomó posesión de la diócesis al comenzar 1881. Nunca abandonó la austeridad franciscana: continuó utilizando su sencillo hábito, al que solamente agregó la cruz pectoral. Su diócesis comprendía entonces Córdoba y La Rioja. Esquiú recorrió pueblos, capillas, hospitales y comunidades alejadas, atendió a los pobres, impulsó la formación de seminaristas y promovió misiones populares. Murió inesperadamente el 10 de enero de 1883 en la Posta de El Suncho, Catamarca, cuando regresaba de una visita pastoral. Tenía apenas 56 años, pero ya había dejado una huella profunda en la Iglesia y en la historia institucional argentina. El reconocimiento religioso llegaría mucho después. El 19 de junio de 2020, el papa Francisco autorizó el decreto que reconocía un milagro atribuido a su intercesión. Finalmente, el 4 de septiembre de 2021, Mamerto Esquiú fue proclamado beato en San José de Piedra Blanca, el mismo pueblo catamarqueño donde había nacido casi dos siglos antes. Su casa natal, una humilde construcción de adobe, se conserva como museo y Monumento Histórico Nacional. A 173 años de aquel sermón, la voz de Esquiú continúa interpelando a la Argentina. Su legado recuerda que una Constitución no vive solamente porque esté escrita, sino cuando gobernantes y ciudadanos aceptan colocar la ley por encima de la violencia, el fanatismo y los intereses particulares. Fray Mamerto Esquiú no empuñó una espada ni comandó un ejército: enfrentó la desunión con la palabra, defendió la paz desde un púlpito y pidió que una nación cansada de combatir comenzara, por fin, a obedecer las mismas leyes. #FrayMamertoEsquiú #MamertoEsquiú #SermónDeLaConstitución #ConstituciónArgentina #ConstituciónDe1853 #HistoriaArgentina #Catamarca #Córdoba #OrganizaciónNacional #BeatoMamertoEsquiú #Franciscanos #MemoriaHistórica #PatrimonioArgentino #Efemérides #MendozAntigua #ArgentineHistory #ArgentineConstitution #HistoryOfArgentina #NationalUnity #FranciscanHistory #HistoricalLegacy
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