Le decían “el inmortal”. No porque hubiera vencido en cada combate ni porque las balas se apartaran de su camino, sino porque una vez lo abandonaron desnudo, ensangrentado y aparentemente sin vida sobre un campo de batalla… y regresó. Gregorio Aráoz de Lamadrid había nacido en San Miguel de Tucumán en 1795 y fue militar de la Independencia, dirigente unitario y gobernador de Tucumán, además de ocupar brevemente los gobiernos de La Rioja y Mendoza. Antes de quedar atrapado en las guerras civiles había combatido bajo las órdenes de Manuel Belgrano, participado en las batallas de Tucumán y Salta y llegado a desempeñarse como ayudante de campo de José de San Martín. Su valentía, muchas veces cercana a la imprudencia, lo convirtió en uno de los jefes más temerarios de su generación. En 1826, mientras las Provincias Unidas combatían contra el Imperio del Brasil, el territorio argentino también se desgarraba por una lucha interna cada vez más feroz. Lamadrid había sido enviado al norte para reunir soldados, pero terminó interviniendo en las disputas provinciales, desplazó al gobernador tucumano Javier López y asumió el poder en noviembre de 1825. Su reconocimiento del presidente Bernardino Rivadavia y su adhesión al proyecto unitario lo enfrentaron con los caudillos federales del interior. No era una discusión menor: numerosas provincias rechazaban un sistema concentrado en una autoridad central y defendían su autonomía frente al proyecto impulsado desde Buenos Aires. Facundo Quiroga, el temido “Tigre de los Llanos”, consideró que Lamadrid se había convertido en la avanzada del unitarismo en el norte y marchó contra él. El encuentro definitivo ocurrió el 27 de octubre de 1826, en los campos de El Tala, al sudeste de Catamarca. Entre cañonazos, humo, cargas de caballería y hombres peleando cuerpo a cuerpo, Lamadrid divisó la célebre bandera negra asociada a las fuerzas de Quiroga y se lanzó hacia ella. Su caballo cayó bajo el fuego enemigo y el jefe tucumano quedó aislado, rodeado por una quincena de combatientes federales. Lo que siguió dio origen a la leyenda. Según dejó escrito el propio Lamadrid en sus Memorias, recibió quince heridas de sable, once de ellas en la cabeza; sufrió cortes en la oreja, la nariz y el brazo izquierdo, un bayonetazo en la zona del omóplato y un disparo efectuado cuando ya estaba tendido en el suelo. También aseguró que fue golpeado con culatas y pisoteado por los caballos antes de que sus enemigos le quitaran las armas y la ropa y lo abandonaran creyéndolo muerto. La descripción proviene de su propio testimonio, pero las cicatrices que conservó durante el resto de su vida contribuyeron a cimentar la historia. Horas más tarde, algunos hombres regresaron para recuperar el cuerpo de su comandante. Lo encontraron casi desnudo, cubierto de sangre, inconsciente y conservando únicamente un escapulario que le había enviado su esposa. Todavía respiraba. Fue retirado del campo, ocultado y trasladado entre montes y ranchos para evitar a las tropas federales. El 2 de noviembre entró desvanecido en San Miguel de Tucumán, donde su inesperada aparición fue recibida con gritos y repiques de campanas. Como la presencia de Quiroga volvía peligrosa su permanencia en la ciudad, terminó refugiado en Trancas, donde comenzó una recuperación que muchos consideraron inexplicable. Desde entonces empezó a circular un nombre que ya nunca lo abandonaría: “Lamadrid el inmortal”, “el muerto que volvió” o “el resucitado del Tala”. Pero ninguna leyenda puede borrar las contradicciones de una guerra civil. Lamadrid no fue un héroe puro ni un personaje fácil de encerrar en una sola bandera. Fue valiente hasta el exceso, feroz con sus adversarios, amado por algunos y temido por otros; un hombre formado en la guerra de la Independencia que terminó combatiendo contra sus propios compatriotas en una Argentina dividida, donde unitarios y federales aseguraban defender a la patria mientras la cubrían de partes militares, persecuciones, fusilamientos y exilios. Sobrevivió a El Tala, continuó peleando durante décadas y murió en Buenos Aires el 5 de enero de 1857. Sus restos descansan actualmente en la Catedral de San Miguel de Tucumán, en un sepulcro declarado histórico nacional. El Tala no convirtió a Lamadrid en invencible. Lo convirtió en algo todavía más poderoso para la memoria popular: el hombre al que la muerte encontró tendido en el campo… pero no consiguió llevarse. #GregorioAraozDeLamadrid #LamadridElInmortal #ElResucitadoDelTala #BatallaDeElTala #FacundoQuiroga #UnitariosYFederales #GuerrasCivilesArgentinas #HistoriaArgentina #ProceresArgentinos #ArgentineHistory #BattleOfElTala #CivilWars #LatinAmericanHistory #HistoricalLegends #HistoryLovers
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sábado, 25 de julio de 2026
27 DE OCTUBRE DE 1826: LO DESTROZARON EN EL TALA Y LO DIERON POR MUERTO — PERO LAMADRID VOLVIÓ PARA CONVERTIRSE EN «EL INMORTAL»
Le decían “el inmortal”. No porque hubiera vencido en cada combate ni porque las balas se apartaran de su camino, sino porque una vez lo abandonaron desnudo, ensangrentado y aparentemente sin vida sobre un campo de batalla… y regresó. Gregorio Aráoz de Lamadrid había nacido en San Miguel de Tucumán en 1795 y fue militar de la Independencia, dirigente unitario y gobernador de Tucumán, además de ocupar brevemente los gobiernos de La Rioja y Mendoza. Antes de quedar atrapado en las guerras civiles había combatido bajo las órdenes de Manuel Belgrano, participado en las batallas de Tucumán y Salta y llegado a desempeñarse como ayudante de campo de José de San Martín. Su valentía, muchas veces cercana a la imprudencia, lo convirtió en uno de los jefes más temerarios de su generación. En 1826, mientras las Provincias Unidas combatían contra el Imperio del Brasil, el territorio argentino también se desgarraba por una lucha interna cada vez más feroz. Lamadrid había sido enviado al norte para reunir soldados, pero terminó interviniendo en las disputas provinciales, desplazó al gobernador tucumano Javier López y asumió el poder en noviembre de 1825. Su reconocimiento del presidente Bernardino Rivadavia y su adhesión al proyecto unitario lo enfrentaron con los caudillos federales del interior. No era una discusión menor: numerosas provincias rechazaban un sistema concentrado en una autoridad central y defendían su autonomía frente al proyecto impulsado desde Buenos Aires. Facundo Quiroga, el temido “Tigre de los Llanos”, consideró que Lamadrid se había convertido en la avanzada del unitarismo en el norte y marchó contra él. El encuentro definitivo ocurrió el 27 de octubre de 1826, en los campos de El Tala, al sudeste de Catamarca. Entre cañonazos, humo, cargas de caballería y hombres peleando cuerpo a cuerpo, Lamadrid divisó la célebre bandera negra asociada a las fuerzas de Quiroga y se lanzó hacia ella. Su caballo cayó bajo el fuego enemigo y el jefe tucumano quedó aislado, rodeado por una quincena de combatientes federales. Lo que siguió dio origen a la leyenda. Según dejó escrito el propio Lamadrid en sus Memorias, recibió quince heridas de sable, once de ellas en la cabeza; sufrió cortes en la oreja, la nariz y el brazo izquierdo, un bayonetazo en la zona del omóplato y un disparo efectuado cuando ya estaba tendido en el suelo. También aseguró que fue golpeado con culatas y pisoteado por los caballos antes de que sus enemigos le quitaran las armas y la ropa y lo abandonaran creyéndolo muerto. La descripción proviene de su propio testimonio, pero las cicatrices que conservó durante el resto de su vida contribuyeron a cimentar la historia. Horas más tarde, algunos hombres regresaron para recuperar el cuerpo de su comandante. Lo encontraron casi desnudo, cubierto de sangre, inconsciente y conservando únicamente un escapulario que le había enviado su esposa. Todavía respiraba. Fue retirado del campo, ocultado y trasladado entre montes y ranchos para evitar a las tropas federales. El 2 de noviembre entró desvanecido en San Miguel de Tucumán, donde su inesperada aparición fue recibida con gritos y repiques de campanas. Como la presencia de Quiroga volvía peligrosa su permanencia en la ciudad, terminó refugiado en Trancas, donde comenzó una recuperación que muchos consideraron inexplicable. Desde entonces empezó a circular un nombre que ya nunca lo abandonaría: “Lamadrid el inmortal”, “el muerto que volvió” o “el resucitado del Tala”. Pero ninguna leyenda puede borrar las contradicciones de una guerra civil. Lamadrid no fue un héroe puro ni un personaje fácil de encerrar en una sola bandera. Fue valiente hasta el exceso, feroz con sus adversarios, amado por algunos y temido por otros; un hombre formado en la guerra de la Independencia que terminó combatiendo contra sus propios compatriotas en una Argentina dividida, donde unitarios y federales aseguraban defender a la patria mientras la cubrían de partes militares, persecuciones, fusilamientos y exilios. Sobrevivió a El Tala, continuó peleando durante décadas y murió en Buenos Aires el 5 de enero de 1857. Sus restos descansan actualmente en la Catedral de San Miguel de Tucumán, en un sepulcro declarado histórico nacional. El Tala no convirtió a Lamadrid en invencible. Lo convirtió en algo todavía más poderoso para la memoria popular: el hombre al que la muerte encontró tendido en el campo… pero no consiguió llevarse. #GregorioAraozDeLamadrid #LamadridElInmortal #ElResucitadoDelTala #BatallaDeElTala #FacundoQuiroga #UnitariosYFederales #GuerrasCivilesArgentinas #HistoriaArgentina #ProceresArgentinos #ArgentineHistory #BattleOfElTala #CivilWars #LatinAmericanHistory #HistoricalLegends #HistoryLovers
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