En diciembre de 1825, pocos meses después de la creación de Bolivia y apenas un año después de la victoria de Ayacucho, Manuela Sáenz llegó a Charcas —actual Sucre—, donde también se encontraba Juana Azurduy. Las dos mujeres habían quebrado todas las normas de su tiempo: comandaron, conspiraron, reunieron información, empuñaron armas y entregaron buena parte de sus vidas a la independencia de Sudamérica. Durante años se afirmó que allí se produjo un encuentro memorable y que ambas intercambiaron dos conmovedoras cartas, fechadas el 8 y el 15 de diciembre de 1825. En ellas, Manuela elogiaba los sacrificios de Juana, mientras Azurduy recordaba con tristeza a los combatientes muertos y reprochaba que antiguos realistas ocuparan lugares de privilegio en las nuevas repúblicas. Aquellas palabras fueron reproducidas en libros, artículos y miles de publicaciones como si se tratara de documentos históricos. Sin embargo, detrás de esas célebres cartas existe una revelación sorprendente: fueron escritas mucho tiempo después por el autor boliviano Carlos Hugo Molina para su obra Manuela, mi amable loca. El propio escritor explicó que aprovechó un período poco documentado de la vida de Sáenz para imaginar un encuentro posible, estudiando la manera de expresarse de sus protagonistas. También reconoció que su recreación terminó incorporándose a la memoria latinoamericana sin referencia de autor, convertida involuntariamente en un “falso histórico”. Eso no significa que el encuentro haya sido imposible. Ambas pudieron coincidir en Charcas, pero hasta ahora no se conoce un documento de archivo que confirme aquella entrevista, aquel abrazo o esa correspondencia. Lo verdaderamente extraordinario es que sus vidas reales fueron mucho más poderosas que cualquier leyenda. Juana Azurduy había comenzado a luchar en 1809 junto con Manuel Ascencio Padilla y las guerrillas populares del Alto Perú, integradas por criollos, mestizos, indígenas y numerosas mujeres. Organizó tropas, dirigió cargas y, en marzo de 1816, capturó una bandera realista durante el combate de El Villar. Manuel Belgrano dejó constancia escrita de su valentía y solicitó que fuera reconocida; el director supremo Juan Martín de Pueyrredón le otorgó el grado de teniente coronel y Belgrano le entregó simbólicamente su sable. Después de la muerte de Padilla continuó combatiendo y se incorporó a las fuerzas de Martín Miguel de Güemes. En 1825 fue homenajeada por Simón Bolívar, ascendida a coronel y beneficiada con una pensión que años más tarde perdió. Murió en 1862 sumida en la pobreza y fue enterrada sin los honores correspondientes. Manuela Sáenz fue igualmente mucho más que la compañera sentimental de Bolívar. Participó en redes políticas y de inteligencia, movilizó recursos, difundió propaganda revolucionaria y acompañó al ejército libertador durante las campañas decisivas. José de San Martín la distinguió en 1822 como Caballeresa de la Orden del Sol del Perú y su trayectoria quedó ligada a Junín y Ayacucho, tras las cuales recibió reconocimiento militar. El 25 de septiembre de 1828 enfrentó a los conspiradores que ingresaron en el Palacio de San Carlos, en Bogotá, y permitió que Bolívar escapara con vida. Desde entonces quedó inmortalizada como la “Libertadora del Libertador”. Juana y Manuela representaron un ideal continental que generaciones posteriores llamarían la Patria Grande: una independencia que no terminaba en las fronteras de los nuevos Estados, sino que aspiraba a liberar y unir a los pueblos de América. Los relatos tradicionales, concentrados durante mucho tiempo en grandes figuras masculinas, redujeron o silenciaron la dimensión política y militar de ambas. Tal vez nunca sepamos si realmente se miraron a los ojos en aquella Charcas de 1825. Pero no necesitan cartas inventadas para ocupar el lugar que les corresponde. Sus combates, decisiones, pérdidas y actos de valentía están suficientemente documentados. La leyenda imaginó su abrazo; la historia verdadera demuestra que ambas ya estaban unidas por una causa mucho más grande: la libertad de América. #JuanaAzurduy #ManuelaSáenz #PatriaGrande #HistoriaLatinoamericana #IndependenciaAmericana #MujeresDeLaHistoria #MujeresRevolucionarias #SimónBolívar #ManuelBelgrano #MartínMiguelDeGüemes #BatallaDeAyacucho #AltoPerú #Bolivia #Argentina #Ecuador #Efemérides #HistoriaReal #MendozAntigua #LatinAmericanHistory #WomenInHistory #WomenWarriors #SouthAmericanIndependence #RevolutionaryWomen #HistoricalTruth #ForgottenHeroes #GreatHomeland
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viernes, 17 de julio de 2026
MANUELA SÁENZ Y JUANA AZURDUY: EL ENCUENTRO QUE SE CONVIRTIÓ EN LEYENDA
En diciembre de 1825, pocos meses después de la creación de Bolivia y apenas un año después de la victoria de Ayacucho, Manuela Sáenz llegó a Charcas —actual Sucre—, donde también se encontraba Juana Azurduy. Las dos mujeres habían quebrado todas las normas de su tiempo: comandaron, conspiraron, reunieron información, empuñaron armas y entregaron buena parte de sus vidas a la independencia de Sudamérica. Durante años se afirmó que allí se produjo un encuentro memorable y que ambas intercambiaron dos conmovedoras cartas, fechadas el 8 y el 15 de diciembre de 1825. En ellas, Manuela elogiaba los sacrificios de Juana, mientras Azurduy recordaba con tristeza a los combatientes muertos y reprochaba que antiguos realistas ocuparan lugares de privilegio en las nuevas repúblicas. Aquellas palabras fueron reproducidas en libros, artículos y miles de publicaciones como si se tratara de documentos históricos. Sin embargo, detrás de esas célebres cartas existe una revelación sorprendente: fueron escritas mucho tiempo después por el autor boliviano Carlos Hugo Molina para su obra Manuela, mi amable loca. El propio escritor explicó que aprovechó un período poco documentado de la vida de Sáenz para imaginar un encuentro posible, estudiando la manera de expresarse de sus protagonistas. También reconoció que su recreación terminó incorporándose a la memoria latinoamericana sin referencia de autor, convertida involuntariamente en un “falso histórico”. Eso no significa que el encuentro haya sido imposible. Ambas pudieron coincidir en Charcas, pero hasta ahora no se conoce un documento de archivo que confirme aquella entrevista, aquel abrazo o esa correspondencia. Lo verdaderamente extraordinario es que sus vidas reales fueron mucho más poderosas que cualquier leyenda. Juana Azurduy había comenzado a luchar en 1809 junto con Manuel Ascencio Padilla y las guerrillas populares del Alto Perú, integradas por criollos, mestizos, indígenas y numerosas mujeres. Organizó tropas, dirigió cargas y, en marzo de 1816, capturó una bandera realista durante el combate de El Villar. Manuel Belgrano dejó constancia escrita de su valentía y solicitó que fuera reconocida; el director supremo Juan Martín de Pueyrredón le otorgó el grado de teniente coronel y Belgrano le entregó simbólicamente su sable. Después de la muerte de Padilla continuó combatiendo y se incorporó a las fuerzas de Martín Miguel de Güemes. En 1825 fue homenajeada por Simón Bolívar, ascendida a coronel y beneficiada con una pensión que años más tarde perdió. Murió en 1862 sumida en la pobreza y fue enterrada sin los honores correspondientes. Manuela Sáenz fue igualmente mucho más que la compañera sentimental de Bolívar. Participó en redes políticas y de inteligencia, movilizó recursos, difundió propaganda revolucionaria y acompañó al ejército libertador durante las campañas decisivas. José de San Martín la distinguió en 1822 como Caballeresa de la Orden del Sol del Perú y su trayectoria quedó ligada a Junín y Ayacucho, tras las cuales recibió reconocimiento militar. El 25 de septiembre de 1828 enfrentó a los conspiradores que ingresaron en el Palacio de San Carlos, en Bogotá, y permitió que Bolívar escapara con vida. Desde entonces quedó inmortalizada como la “Libertadora del Libertador”. Juana y Manuela representaron un ideal continental que generaciones posteriores llamarían la Patria Grande: una independencia que no terminaba en las fronteras de los nuevos Estados, sino que aspiraba a liberar y unir a los pueblos de América. Los relatos tradicionales, concentrados durante mucho tiempo en grandes figuras masculinas, redujeron o silenciaron la dimensión política y militar de ambas. Tal vez nunca sepamos si realmente se miraron a los ojos en aquella Charcas de 1825. Pero no necesitan cartas inventadas para ocupar el lugar que les corresponde. Sus combates, decisiones, pérdidas y actos de valentía están suficientemente documentados. La leyenda imaginó su abrazo; la historia verdadera demuestra que ambas ya estaban unidas por una causa mucho más grande: la libertad de América. #JuanaAzurduy #ManuelaSáenz #PatriaGrande #HistoriaLatinoamericana #IndependenciaAmericana #MujeresDeLaHistoria #MujeresRevolucionarias #SimónBolívar #ManuelBelgrano #MartínMiguelDeGüemes #BatallaDeAyacucho #AltoPerú #Bolivia #Argentina #Ecuador #Efemérides #HistoriaReal #MendozAntigua #LatinAmericanHistory #WomenInHistory #WomenWarriors #SouthAmericanIndependence #RevolutionaryWomen #HistoricalTruth #ForgottenHeroes #GreatHomeland
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