viernes, 14 de agosto de 2026

Don Emilio Benturino, el maestro de ceremonias (por: Lisandro Guiñazú Fader)


Hay recuerdos que uno no sabe que está guardando. Simplemente los vive. Cuando pienso en mi infancia, uno de esos recuerdos empieza los jueves, en la casa de remates de don Emilio Benturino. El jueves era el día de visita. El salón ya estaba preparado para el remate del viernes y cientos de objetos esperaban ordenadamente su turno, cada uno identificado con un número. Yo llegaba con mi padre, Emilio Guiñazú, y recorríamos aquel enorme salón lleno de muebles, cuadros, antigüedades y objetos de toda clase. Y allí estaba don Emilio. Entre ambos había una simpatía especial por compartir el nombre. Cuando me veía, siempre me saludaba de la misma manera: —Hola, muchacho. Pero al día siguiente, cuando comenzaba el remate, aquel hombre elegante que el jueves había sido nuestro anfitrión se transformaba en otra cosa. Antes de subir al atril tenía su ritual: se metía un caramelo de menta en la boca y comenzaba la función. Para mí aquello era un circo. Y don Emilio, su maestro de ceremonias. Frente a él desfilaban anticuarios, coleccionistas, comerciantes, revendedores, inmigrantes, matrimonios jóvenes que buscaban sus primeros muebles y toda clase de personajes: Mesa, Guiñazú, Poroli, Guevara, Lembo, Angélica y tantos otros que formaban parte de aquel universo. Los rematadores se sucedían a un ritmo impresionante. Cien lotes por hora. Cuando uno terminaba su hoja, aparecía el grito: —¡La hoja! Y comenzaba el siguiente. El salón parecía una orquesta: las voces de los compradores, el martillo, los secretarios corriendo y los lotes desapareciendo uno detrás de otro. Y don Emilio llevaba la batuta. A veces también había lugar para el humor. Una vez llegó el turno de rematar un sillón y había un hombre profundamente dormido sobre él. Don Emilio lo miró y anunció con toda solemnidad: —Sillón estilo francés, tapizado en pana... se vende sin la Bella Durmiente. El salón explotó en carcajadas. Con los años entendí que aquella casa de remates no era solamente un lugar donde se compraban y vendían cosas. Era un lugar de encuentro. Y para mi padre, también tenía algo de juego: la emoción de levantar la mano, calcular hasta dónde llegar y descubrir un tesoro escondido entre cien objetos. Durante mucho tiempo pensé que mi padre simplemente no tenía vicios. Hasta que comprendí que su casino era don Emilio. Hoy, entre tantos objetos que pasaron por aquel salón, no recuerdo ninguno con tanta claridad como a Don Emilio Benturino detrás de su atril: el caramelo de menta, su traje impecable, aquella prominente panza y su voz dirigiendo la función. Y yo, todavía niño, escuchándolo decir: —Hola, muchacho.

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