Recuerdo haber entrado siendo muy joven a aquella enorme nave industrial de Industrias Metalúrgicas Pescarmona, sobre el carril Rodríguez Peña. Iba con el Tata, Emilio Guiñazú (padre). Si la memoria no me traiciona, llevábamos algunos cuadros de Severino destinados a una oficina que la empresa tenía en Colombia. Yo venía de otro universo, el de los cuadros, los marcos y las galerías de arte, y aquel lugar me resultó descomunal: acero, máquinas, hombres trabajando y una sensación difícil de explicar, como si allí adentro Mendoza estuviera fabricando una parte de su futuro. No era una impresión exagerada. Los orígenes de IMPSA se remontan a 1907, cuando Enrique Epaminondas Pescarmona abrió en Mendoza sus talleres metalúrgicos para fabricar piezas de fundición, equipos para la industria vitivinícola y compuertas destinadas a los canales de riego. En 1965 nació formalmente la denominación IMPSA y durante las décadas siguientes la empresa se transformó: en los años 70 profundizó su desarrollo tecnológico y en los 80 ya se proyectaba internacionalmente con centrales hidroeléctricas y grandes grúas portuarias. Pero antes de entrar a aquella fábrica había algo que, para un muchacho como yo, parecía apenas una curiosidad artística: una escultura de Pablo Curatella Manes llamada El Equilibrista. Curatella Manes, nacido en La Plata en 1891 y fallecido en Buenos Aires en 1962, fue una de las figuras de la escultura argentina del siglo XX; el título El equilibrista está documentado entre sus obras en bronce, y el Museo Nacional de Bellas Artes conserva también Los acróbatas, realizada entre 1923 y 1924, una pieza construida precisamente alrededor de cuerpos, tensión, movimiento y equilibrio. Alguna vez escuché que don Enrique Pescarmona se sentía especialmente identificado con aquella figura. En ese momento no comprendí demasiado. La escultura estaba allí, poderosa y silenciosa, pero para mí no era más que una obra extraordinaria colocada frente a una fábrica extraordinaria. Los años hicieron el resto. Con el tiempo volví muchas veces mentalmente a aquella escena: el Tata caminando por la inmensidad de la nave, aquellos cuadros que emprenderían viaje hacia Colombia y, a la entrada, ese hombre de bronce intentando sostenerse sin caer. Recién mucho después comprendí la fuerza de aquella imagen. Porque dirigir una empresa de semejante dimensión quizá tenga mucho de eso: avanzar sin disponer jamás de un suelo completamente seguro. Mantener el equilibrio entre invertir y protegerse, entre arriesgar y esperar, entre crecer y conservar, entre abrirse al mundo y sobrevivir a las tormentas económicas de un país imprevisible. Enrique Pescarmona llegó a conducir una compañía capaz de desarrollar tecnología para centrales hidroeléctricas, proyectos eólicos y equipamiento nuclear. En 2016, por ejemplo, desde la planta mendocina se despacharon grandes componentes fabricados para la extensión de vida de la Central Nuclear Embalse, una muestra del nivel tecnológico alcanzado por aquella industria nacida más de un siglo antes junto a los canales y las bodegas de Mendoza. Y entonces la metáfora del equilibrista se vuelve todavía más poderosa. Porque la figura de Curatella Manes no representa a alguien descansando sobre terreno firme. Representa a alguien en tensión, buscando el punto exacto que le permita continuar un instante más sin derrumbarse. Tal vez por eso pueda entenderse que Pescarmona se sintiera reflejado en ella. No solamente por los años de expansión y éxito, sino también por aquello que suele permanecer oculto detrás de cualquier gran empresa: decisiones difíciles, riesgos enormes y la posibilidad permanente de que un movimiento equivocado altere todo. La propia historia posterior de IMPSA terminó dándole a aquel símbolo una profundidad inesperada. Después de sus dificultades financieras, la compañía atravesó una importante reestructuración; en 2021 recibió la capitalización del Estado nacional y de Mendoza, y en febrero de 2025 pasó nuevamente a manos privadas al ser adquirida por el Consorcio IAF. Más de un siglo después de aquellos primeros talleres de 1907, la empresa continuó intentando encontrar su propio punto de equilibrio. Hoy, cuando regreso a ese recuerdo, ya no veo solamente una gigantesca fábrica ni aquellos cuadros preparados para viajar a Colombia. Veo al Tata, Emilio Guiñazú, caminando conmigo por una Mendoza industrial que alguna vez se permitió pensar en dimensiones mundiales. Y vuelvo a ver, delante de aquella nave, al equilibrista. Quizás Curatella Manes haya resumido involuntariamente en una escultura algo que ninguna memoria empresarial podría explicar mejor: construir, crecer y perdurar es un ejercicio de equilibrio permanente. Algunos consiguen llegar más alto, otros caminar más lejos, pero nadie que emprenda algo verdaderamente grande deja de sentir alguna vez el vacío bajo sus pies. Y aquella figura, silenciosa frente a la fábrica de Pescarmona, parecía saberlo desde siempre. Por Lisandro Guiñazú Fader. #MendozaHistory #ArgentineHistory #IMPSA #Pescarmona #IndustrialHistory #ArgentineIndustry #IndustrialHeritage #PabloCuratellaManes #ArgentineArt #Sculpture #Entrepreneurship #EngineeringHistory #MadeInArgentina #MendozaArgentina #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #IMPSA #Pescarmona #EnriquePescarmona #ElEquilibrista #PabloCuratellaManes #IndustriaArgentina #IndustriaMendocina #MemoriaMendocina #PatrimonioIndustrial #HistoriaArgentina #EmpresariosArgentinos #ArteArgentino #GodoyCruz

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