lunes, 3 de agosto de 2026

EL ÚLTIMO OREJÓN DEL TARRO — EL DURAZNO OLVIDADO QUE TERMINÓ DANDO VOZ A TODOS LOS POSTERGADOS


Hay expresiones que parecen simples ocurrencias, pero en realidad guardan entre sus palabras antiguas costumbres, sabores familiares y formas de vida que el tiempo fue dejando atrás. Una de ellas es “ser el último orejón del tarro”, frase profundamente arraigada en el habla rioplatense y utilizada para describir a quien se siente ignorado, relegado o tenido en cuenta únicamente cuando ya no queda ninguna otra alternativa. El “orejón” de este dicho no alude a una persona con orejas grandes. La Real Academia Española llama así al trozo de fruta —especialmente de durazno o melocotón— secado al aire y al sol. La desecación permitía reducir gran parte de la humedad de la fruta y conservarla durante mucho más tiempo, una práctica especialmente valiosa cuando todavía no existían heladeras ni sistemas modernos de refrigeración. Cuando concluía la temporada de los duraznos, las familias aprovechaban la fruta restante: la pelaban o cortaban, retiraban el carozo y dejaban las piezas expuestas al sol hasta que perdían agua, se arrugaban y adquirían ese sabor intenso y concentrado tan característico. Luego eran guardadas en frascos, latas o grandes tarros para consumirlas durante el invierno, incorporarlas a postres, compotas, guisos o simplemente comerlas como una golosina natural. Aunque la industria perfeccionó el procedimiento, el INTA señala que el método tradicional todavía se basa en preparar la fruta y someterla al sol o al calor hasta reducir su humedad. La tradición oral cuenta que, a medida que los orejones eran consumidos, las manos elegían primero los más grandes, tiernos y apetecibles. En el fondo terminaba quedando una pieza seca, arrugada o poco atractiva que nadie escogía. Allí permanecía, solitaria y olvidada: era el último orejón del tarro. Otra interpretación señala que los antiguos recipientes solían tener una abertura estrecha, por lo que alcanzar la última pieza resultaba incómodo y nadie se esforzaba demasiado por rescatarla. De aquella modesta escena doméstica habría surgido una poderosa metáfora. El orejón abandonó la cocina y pasó a representar al último de la fila, al que no consultan, al que recibe las sobras, al que siempre debe esperar mientras los demás son elegidos primero. Decir “me tienen como el último orejón del tarro” puede expresar enojo, tristeza o, muchas veces, una queja cargada de ironía bien argentina. No se conoce una fecha precisa ni un creador comprobado de la expresión. Su explicación pertenece principalmente a la tradición popular y conviene no presentarla como una certeza documental absoluta. Sin embargo, su significado está plenamente instalado en la Argentina y aparece recogido en recopilaciones dedicadas a las expresiones de uso nacional; incluso la literatura argentina ya la empleaba durante la década de 1960 como imagen de la marginación y el olvido. Así, detrás de una frase aparentemente graciosa sobre un durazno arrugado sobrevive una pequeña historia de aprovechamiento, paciencia y conservación. Una prueba de que el lenguaje popular es también un enorme archivo colectivo: guarda las cocinas de nuestros abuelos, los trabajos de cada cosecha y hasta el dolor de aquellos que alguna vez sintieron que todos eran importantes… menos ellos. #ElUltimoOrejonDelTarro #Orejones #DichosPopulares #FrasesArgentinas #CulturaArgentina #HistoriaDelLenguaje #SabiduriaPopular #TradicionesArgentinas #MemoriaPopular #Duraznos #CostumbresDeAntes #MendozAntigua #ArgentineCulture #PopularSayings #LanguageHistory #FolkWisdom #FoodHistory #CulturalHeritage #ArgentineTraditions


No hay comentarios.:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...