Parece el argumento de una novela macabra, pero fue uno de los capítulos más extraordinarios de la lucha entre la Iglesia y el Estado chileno durante el siglo XIX. El 2 de agosto de 1883, bajo la presidencia de Domingo Santa María, quedó sancionada la llamada Ley de Cementerios Civiles, una pieza fundamental del proceso de secularización que buscaba garantizar la sepultura en cementerios administrados por el Estado o las municipalidades sin que las creencias religiosas se transformaran en un impedimento. La medida formó parte del profundo avance de las ideas liberales sobre ámbitos que durante décadas habían permanecido vinculados a la autoridad eclesiástica. La reacción fue inmediata. El 6 de agosto, el vicario capitular de Santiago suspendió el culto en las capillas de los cementerios sometidos a administración pública, consideró afectados religiosamente aquellos camposantos y prohibió realizar allí determinadas ceremonias católicas y otorgar pases parroquiales. Para numerosos fieles, enterrar a sus familiares en terrenos que ya no consideraban consagrados significaba vulnerar convicciones profundamente arraigadas. Comenzaron entonces a registrarse traslados de cadáveres hacia parroquias y cementerios que todavía permanecían en manos particulares, un episodio que posteriormente sería recordado con una expresión tan impresionante como literal: “la fuga de los muertos”. Ante aquella resistencia, el gobierno reaccionó. El 11 de agosto de 1883 derogó los artículos 7°, 8° y 9° del decreto de cementerios de 1871, disposiciones que habían permitido la creación de cementerios particulares fuera de las zonas urbanas bajo determinadas condiciones sanitarias y municipales. En los hechos, la decisión restringió drásticamente esa alternativa e impidió que los cementerios particulares funcionaran como vía de escape frente a la secularización impulsada por el Estado. La controversia fue enorme: no se discutía únicamente dónde debía descansar un cadáver, sino quién tenía la última palabra sobre la muerte: la Iglesia, las familias o el Estado. Incluso dentro del liberalismo existieron fuertes diferencias; el senador José Francisco Vergara defendió que las distintas confesiones pudieran disponer de cementerios propios sometidos a normas sanitarias, postura que finalmente no prosperó en la Cámara de Diputados. Y existe un detalle formidable que demuestra hasta qué punto aquel decreto incendió el debate público: ese mismo año, el jurista y académico José Clemente Fabres publicó en Santiago Los cementerios católicos, o sea, Análisis crítico-legal del decreto supremo de 11 de agosto de 1883, una obra de 143 páginas, además de sus páginas preliminares, dedicada específicamente a combatir jurídicamente la medida. El ejemplar se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de Chile. Aquel agosto de 1883 convirtió los cementerios en un verdadero campo de batalla político, jurídico y religioso. Lo que hoy puede parecer simplemente una regulación funeraria fue entonces parte de una transformación mucho mayor: la progresiva separación entre las instituciones civiles y la Iglesia que continuaría con la Ley de Matrimonio Civil y la creación del Registro Civil en 1884. Incluso después de morir, los chilenos de 1883 quedaron atrapados en una de las disputas más intensas de su época. #Chile #HistoriaDeChile #DomingoSantaMaria #11DeAgosto #Efemerides #CementeriosLaicos #LeyesLaicas #FugaDeLosMuertos #CementerioGeneral #HistoriaChilena #SigloXIX #IglesiaYEstado #MemoriaHistorica #HistoriaLatinoamericana #MendozAntigua #ChileanHistory #HistoryOfChile #Secularization #ChurchAndState #LatinAmericanHistory #HistoricalFacts #OnThisDay #19thCentury #CemeteryHistory
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martes, 11 de agosto de 2026
11 DE AGOSTO DE 1883: “LA FUGA DE LOS MUERTOS” — EL DÍA EN QUE CHILE PROHIBIÓ ESCAPAR DE LOS CEMENTERIOS LAICOS
Parece el argumento de una novela macabra, pero fue uno de los capítulos más extraordinarios de la lucha entre la Iglesia y el Estado chileno durante el siglo XIX. El 2 de agosto de 1883, bajo la presidencia de Domingo Santa María, quedó sancionada la llamada Ley de Cementerios Civiles, una pieza fundamental del proceso de secularización que buscaba garantizar la sepultura en cementerios administrados por el Estado o las municipalidades sin que las creencias religiosas se transformaran en un impedimento. La medida formó parte del profundo avance de las ideas liberales sobre ámbitos que durante décadas habían permanecido vinculados a la autoridad eclesiástica. La reacción fue inmediata. El 6 de agosto, el vicario capitular de Santiago suspendió el culto en las capillas de los cementerios sometidos a administración pública, consideró afectados religiosamente aquellos camposantos y prohibió realizar allí determinadas ceremonias católicas y otorgar pases parroquiales. Para numerosos fieles, enterrar a sus familiares en terrenos que ya no consideraban consagrados significaba vulnerar convicciones profundamente arraigadas. Comenzaron entonces a registrarse traslados de cadáveres hacia parroquias y cementerios que todavía permanecían en manos particulares, un episodio que posteriormente sería recordado con una expresión tan impresionante como literal: “la fuga de los muertos”. Ante aquella resistencia, el gobierno reaccionó. El 11 de agosto de 1883 derogó los artículos 7°, 8° y 9° del decreto de cementerios de 1871, disposiciones que habían permitido la creación de cementerios particulares fuera de las zonas urbanas bajo determinadas condiciones sanitarias y municipales. En los hechos, la decisión restringió drásticamente esa alternativa e impidió que los cementerios particulares funcionaran como vía de escape frente a la secularización impulsada por el Estado. La controversia fue enorme: no se discutía únicamente dónde debía descansar un cadáver, sino quién tenía la última palabra sobre la muerte: la Iglesia, las familias o el Estado. Incluso dentro del liberalismo existieron fuertes diferencias; el senador José Francisco Vergara defendió que las distintas confesiones pudieran disponer de cementerios propios sometidos a normas sanitarias, postura que finalmente no prosperó en la Cámara de Diputados. Y existe un detalle formidable que demuestra hasta qué punto aquel decreto incendió el debate público: ese mismo año, el jurista y académico José Clemente Fabres publicó en Santiago Los cementerios católicos, o sea, Análisis crítico-legal del decreto supremo de 11 de agosto de 1883, una obra de 143 páginas, además de sus páginas preliminares, dedicada específicamente a combatir jurídicamente la medida. El ejemplar se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de Chile. Aquel agosto de 1883 convirtió los cementerios en un verdadero campo de batalla político, jurídico y religioso. Lo que hoy puede parecer simplemente una regulación funeraria fue entonces parte de una transformación mucho mayor: la progresiva separación entre las instituciones civiles y la Iglesia que continuaría con la Ley de Matrimonio Civil y la creación del Registro Civil en 1884. Incluso después de morir, los chilenos de 1883 quedaron atrapados en una de las disputas más intensas de su época. #Chile #HistoriaDeChile #DomingoSantaMaria #11DeAgosto #Efemerides #CementeriosLaicos #LeyesLaicas #FugaDeLosMuertos #CementerioGeneral #HistoriaChilena #SigloXIX #IglesiaYEstado #MemoriaHistorica #HistoriaLatinoamericana #MendozAntigua #ChileanHistory #HistoryOfChile #Secularization #ChurchAndState #LatinAmericanHistory #HistoricalFacts #OnThisDay #19thCentury #CemeteryHistory
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