El 17 de septiembre de 1861, a orillas del arroyo Pavón, en el sur de Santa Fe, no se disputó solamente una batalla: se decidió quién controlaría la organización política, militar y económica de la Argentina. Desde la caída de Juan Manuel de Rosas en Caseros, en 1852, el país había quedado dividido entre la Confederación Argentina, con capital en Paraná, y el Estado de Buenos Aires, dueño del puerto y de la aduana que concentraba la principal fuente de ingresos públicos. La Constitución de 1853 intentó organizar una república federal, pero Buenos Aires la rechazó y permaneció separada. Tras ser derrotada por Urquiza en Cepeda, debió firmar el Pacto de San José de Flores en 1859: aceptaba reincorporarse y jurar la Constitución, aunque consiguió revisar su texto, proteger su integridad territorial y conservar una posición económica privilegiada durante la transición. La unidad existía sobre el papel; debajo de ella continuaba latiendo una lucha feroz por el poder. En Pavón se enfrentaron aproximadamente 17.000 hombres de la Confederación, comandados por Justo José de Urquiza, y unos 16.000 soldados de Buenos Aires bajo las órdenes de Bartolomé Mitre. La caballería confederal arrolló a las alas porteñas, mientras la infantería de Mitre quebró el centro enemigo. Entonces ocurrió el gran misterio: Urquiza abandonó el campo con importantes fuerzas todavía disponibles y regresó hacia Entre Ríos. Buenos Aires había sufrido severos golpes y Mitre llegó a replegarse, pero la retirada de su adversario terminó convirtiéndolo en vencedor político. Durante generaciones se habló de un pacto secreto, de un acuerdo de caballeros e incluso de compromisos nacidos en reuniones masónicas. Sin embargo, ninguna documentación concluyente permite asegurar que existiera un convenio previo para entregar la batalla. La enfermedad de Urquiza, su desconfianza hacia el presidente Santiago Derqui, el temor a prolongar una guerra devastadora y su decisión de preservar el poder entrerriano son algunas de las explicaciones propuestas. Lo indiscutible es el resultado: Urquiza conservó su dominio provincial, pero dejó sin sostén efectivo a la Confederación y a numerosos federales del interior. Después de Pavón comenzó el derrumbe. Derqui renunció el 5 de noviembre de 1861; el vicepresidente Juan Esteban Pedernera declaró en receso al Poder Ejecutivo nacional el 12 de diciembre, y las fuerzas porteñas avanzaron sobre las provincias. El sangriento combate de Cañada de Gómez terminó de destruir buena parte de la resistencia confederal. Mitre quedó encargado provisoriamente del poder nacional y, el 12 de octubre de 1862, asumió como presidente de una Argentina reunificada bajo la hegemonía política de Buenos Aires. Pero la resistencia no desapareció. Ángel Vicente “el Chacho” Peñaloza intentó alcanzar la paz mediante el acuerdo de La Banderita, firmado en mayo de 1862, aunque las persecuciones, los cambios forzados de gobiernos provinciales y los enfrentamientos reanudaron la guerra. Las campañas contra las montoneras fueron presentadas como operaciones de pacificación, pero también estuvieron atravesadas por fusilamientos, represalias y una violencia social dirigida contra los gauchos que integraban las fuerzas federales. En ese clima quedó escrita la estremecedora exhortación de Domingo Faustino Sarmiento a Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos”. Peñaloza fue asesinado en 1863, pero el fuego federal volvió a levantarse años después. La Guerra de la Triple Alianza, los reclutamientos forzosos y el rechazo al centralismo impulsaron la Revolución de los Colorados y la rebelión de Felipe Varela, cuya derrota en 1867 marcó el ocaso de las grandes montoneras del interior. Para la historiografía liberal, Pavón abrió el camino hacia la consolidación del Estado nacional, la organización de sus instituciones y la formación de un ejército unificado. Para las corrientes federales y revisionistas, representó algo mucho más doloroso: el triunfo de una unidad construida desde el puerto, la subordinación política de las provincias y la derrota de un proyecto que pretendía distribuir de otra manera las rentas, el poder y el destino nacional. Pavón fue una batalla extraña: la caballería que triunfó terminó retirándose y el ejército que estuvo cerca de perder acabó gobernando el país. Allí no murió jurídicamente el federalismo, que continuó escrito en la Constitución, pero quedó profundamente debilitado como fuerza real. Desde aquel día, la Argentina comenzó a tener un solo gobierno, aunque la disputa entre el centro y las provincias jamás desapareció por completo. #BatallaDePavón #Pavón1861 #HistoriaArgentina #Federalismo #ConfederaciónArgentina #JustoJoséDeUrquiza #BartoloméMitre #ChachoPeñaloza #FelipeVarela #GuerrasCivilesArgentinas #HistoriaFederal #MemoriaArgentina #ArgentineHistory #BattleOfPavón #ArgentineCivilWars #Federalism #HistoryOfArgentina #LatinAmericanHistory
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miércoles, 5 de agosto de 2026
PAVÓN: LA BATALLA QUE BUENOS AIRES NO GANÓ EN EL CAMPO, PERO GANÓ PARA SIEMPRE
El 17 de septiembre de 1861, a orillas del arroyo Pavón, en el sur de Santa Fe, no se disputó solamente una batalla: se decidió quién controlaría la organización política, militar y económica de la Argentina. Desde la caída de Juan Manuel de Rosas en Caseros, en 1852, el país había quedado dividido entre la Confederación Argentina, con capital en Paraná, y el Estado de Buenos Aires, dueño del puerto y de la aduana que concentraba la principal fuente de ingresos públicos. La Constitución de 1853 intentó organizar una república federal, pero Buenos Aires la rechazó y permaneció separada. Tras ser derrotada por Urquiza en Cepeda, debió firmar el Pacto de San José de Flores en 1859: aceptaba reincorporarse y jurar la Constitución, aunque consiguió revisar su texto, proteger su integridad territorial y conservar una posición económica privilegiada durante la transición. La unidad existía sobre el papel; debajo de ella continuaba latiendo una lucha feroz por el poder. En Pavón se enfrentaron aproximadamente 17.000 hombres de la Confederación, comandados por Justo José de Urquiza, y unos 16.000 soldados de Buenos Aires bajo las órdenes de Bartolomé Mitre. La caballería confederal arrolló a las alas porteñas, mientras la infantería de Mitre quebró el centro enemigo. Entonces ocurrió el gran misterio: Urquiza abandonó el campo con importantes fuerzas todavía disponibles y regresó hacia Entre Ríos. Buenos Aires había sufrido severos golpes y Mitre llegó a replegarse, pero la retirada de su adversario terminó convirtiéndolo en vencedor político. Durante generaciones se habló de un pacto secreto, de un acuerdo de caballeros e incluso de compromisos nacidos en reuniones masónicas. Sin embargo, ninguna documentación concluyente permite asegurar que existiera un convenio previo para entregar la batalla. La enfermedad de Urquiza, su desconfianza hacia el presidente Santiago Derqui, el temor a prolongar una guerra devastadora y su decisión de preservar el poder entrerriano son algunas de las explicaciones propuestas. Lo indiscutible es el resultado: Urquiza conservó su dominio provincial, pero dejó sin sostén efectivo a la Confederación y a numerosos federales del interior. Después de Pavón comenzó el derrumbe. Derqui renunció el 5 de noviembre de 1861; el vicepresidente Juan Esteban Pedernera declaró en receso al Poder Ejecutivo nacional el 12 de diciembre, y las fuerzas porteñas avanzaron sobre las provincias. El sangriento combate de Cañada de Gómez terminó de destruir buena parte de la resistencia confederal. Mitre quedó encargado provisoriamente del poder nacional y, el 12 de octubre de 1862, asumió como presidente de una Argentina reunificada bajo la hegemonía política de Buenos Aires. Pero la resistencia no desapareció. Ángel Vicente “el Chacho” Peñaloza intentó alcanzar la paz mediante el acuerdo de La Banderita, firmado en mayo de 1862, aunque las persecuciones, los cambios forzados de gobiernos provinciales y los enfrentamientos reanudaron la guerra. Las campañas contra las montoneras fueron presentadas como operaciones de pacificación, pero también estuvieron atravesadas por fusilamientos, represalias y una violencia social dirigida contra los gauchos que integraban las fuerzas federales. En ese clima quedó escrita la estremecedora exhortación de Domingo Faustino Sarmiento a Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos”. Peñaloza fue asesinado en 1863, pero el fuego federal volvió a levantarse años después. La Guerra de la Triple Alianza, los reclutamientos forzosos y el rechazo al centralismo impulsaron la Revolución de los Colorados y la rebelión de Felipe Varela, cuya derrota en 1867 marcó el ocaso de las grandes montoneras del interior. Para la historiografía liberal, Pavón abrió el camino hacia la consolidación del Estado nacional, la organización de sus instituciones y la formación de un ejército unificado. Para las corrientes federales y revisionistas, representó algo mucho más doloroso: el triunfo de una unidad construida desde el puerto, la subordinación política de las provincias y la derrota de un proyecto que pretendía distribuir de otra manera las rentas, el poder y el destino nacional. Pavón fue una batalla extraña: la caballería que triunfó terminó retirándose y el ejército que estuvo cerca de perder acabó gobernando el país. Allí no murió jurídicamente el federalismo, que continuó escrito en la Constitución, pero quedó profundamente debilitado como fuerza real. Desde aquel día, la Argentina comenzó a tener un solo gobierno, aunque la disputa entre el centro y las provincias jamás desapareció por completo. #BatallaDePavón #Pavón1861 #HistoriaArgentina #Federalismo #ConfederaciónArgentina #JustoJoséDeUrquiza #BartoloméMitre #ChachoPeñaloza #FelipeVarela #GuerrasCivilesArgentinas #HistoriaFederal #MemoriaArgentina #ArgentineHistory #BattleOfPavón #ArgentineCivilWars #Federalism #HistoryOfArgentina #LatinAmericanHistory
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