viernes, 14 de agosto de 2026

EL SECRETO QUE CRUZÓ LOS ANDES: SAN MARTÍN, LA MASONERÍA Y LA VERDAD OCULTA ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA


Durante más de dos siglos, pocas palabras han despertado tantas sospechas, acusaciones y fantasías como “masón”. Para algunos significa filántropo, librepensador y defensor de la tolerancia; para otros, conspirador, enemigo de la religión o integrante de un poder secreto. Sin embargo, la historia es mucho más compleja: ser masón no convierte automáticamente a nadie en héroe ni en villano. Significa pertenecer a una fraternidad iniciática organizada en logias, con ceremonias reservadas, símbolos tomados de los antiguos constructores y un ideal declarado de perfeccionamiento moral e intelectual. La masonería moderna comenzó a organizarse institucionalmente en Londres en 1717 y se expandió durante el Siglo de las Luces. Sus principios fueron asociados con la libertad de conciencia, la igualdad entre sus integrantes, la fraternidad, la educación, la beneficencia y la discusión filosófica. Pero no existe una única masonería mundial: cada obediencia posee normas propias. Las ramas llamadas regulares exigen generalmente creer en un Ser Supremo, mientras otras corrientes liberales o adogmáticas admiten creyentes, agnósticos y ateos. Por eso tampoco es correcto afirmar que todos los masones son antirreligiosos. La pertenencia a una logia nunca fue una garantía de bondad: entre sus miembros hubo conservadores, liberales, republicanos, monárquicos, militares, científicos, artistas y políticos enfrentados entre sí. La pregunta adecuada no es si ser masón era bueno o malo, sino qué hizo cada persona con las ideas, relaciones y poder que tuvo. En la Argentina existen afiliaciones sólidamente documentadas. José Roque Pérez fundó en 1857 la Gran Logia de la Argentina; Domingo Faustino Sarmiento fue elegido gran maestre en 1882 y Bartolomé Mitre ocupó el mismo cargo en 1894. Junto con otros miembros, participaron en debates sobre educación, organización nacional, laicidad, ciudadanía y construcción institucional. Eso no vuelve intachable toda su actuación política, pero demuestra que la masonería formó parte real de la historia argentina y no solamente de las novelas conspirativas. El terreno se vuelve más incierto cuando retrocedemos hasta la Revolución de Mayo. La Gran Logia argentina sostiene que ocho de los nueve integrantes de la Primera Junta fueron masones, pero la documentación disponible no permite presentar todas esas pertenencias como verdades indiscutibles. Las sociedades secretas revolucionarias, las logias políticas y la masonería regular no eran necesariamente la misma cosa, aunque podían compartir integrantes, juramentos, símbolos y métodos de organización. El caso más apasionante es el de José de San Martín. Está fuera de discusión que fue una figura central de la Logia Lautaro, organización clandestina destinada a coordinar la emancipación sudamericana. Lo que continúa debatiéndose es si aquella asociación era una logia masónica regular, una organización paramasónica o una sociedad política que tomó de la masonería su disciplina y sus formas secretas. Investigaciones académicas recientes la describen como una poderosa red masónica o paramasónica del mundo atlántico; la Gran Logia argentina reivindica a San Martín como masón, mientras que autores vinculados con el Instituto Nacional Sanmartiniano sostienen que no existen pruebas concluyentes de una iniciación masónica regular. La respuesta intelectualmente honesta es admitir el debate. Vincular esa posible pertenencia con un supuesto vasallaje de San Martín a la Corona británica constituye un salto sin respaldo documental. Gran Bretaña tenía evidentes intereses comerciales y estratégicos en la caída del imperio español, y los revolucionarios americanos utilizaron contactos, armas, marinos y redes atlánticas; pero una coincidencia de intereses no demuestra obediencia, financiamiento secreto ni subordinación. San Martín sirvió al proyecto emancipador americano, organizó en Mendoza el Ejército de los Andes, liberó Chile, avanzó sobre Perú y rechazó involucrar a sus soldados en las guerras civiles rioplatenses. La relación entre masonería e Iglesia Católica también fue más profunda que una simple disputa personal. El papa Clemente XII condenó la masonería en 1738 y sucesivos pontífices ratificaron esa posición. Hubo conflictos políticos por el poder de las monarquías, el liberalismo, la secularización, la educación pública y la separación entre Iglesia y Estado, pero también diferencias doctrinales. En 1983 el Vaticano reafirmó que la pertenencia masónica es incompatible con la fe católica y que quienes se inscriben conscientemente se encuentran en situación de pecado grave y no pueden comulgar; esa posición volvió a ser confirmada en 2023. En definitiva, la masonería no fue una orden de santos ni una legión de demonios. Fue una institución diversa, influyente y contradictoria, integrada por seres humanos capaces de grandeza, errores, ambiciones y sacrificios. Para comprender su presencia en la independencia americana debemos abandonar tanto la veneración ingenua como la condena automática. San Martín no necesita ser convertido en títere de Londres ni en personaje de una conspiración universal. Su verdadera dimensión se encuentra en los documentos, en sus decisiones y en una obra política y militar que atravesó los Andes para liberar pueblos, no para someterlos a una nueva corona #Masonería #JoséDeSanMartín #SanMartín #LogiaLautaro #EjércitoDeLosAndes #HistoriaArgentina #HistoriaDeMendoza #IndependenciaAmericana #LibertadIgualdadFraternidad #MendozAntigua #Freemasonry #LautaroLodge #LatinAmericanIndependence #ArgentineHistory #HistoricalTruth #Enlightenment #FreedomEqualityFraternity


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