jueves, 6 de agosto de 2026

“TOTAL, INGENIERO… LA ARGENTINA NUNCA VA A ENTRAR EN GUERRA”: LA FRASE QUE MALVINAS CONVIRTIÓ EN UNA ADVERTENCIA


Hay frases que parecen insignificantes cuando son pronunciadas, pero que décadas después regresan cargadas con todo el peso de la historia. Una de ellas habría sido escuchada en los laboratorios militares argentinos después del derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, cuando varios proyectos científicos e industriales comenzaron a ser suspendidos, demorados o reorganizados. Según una tradición oral vinculada con los primeros especialistas extranjeros que trabajaron para la defensa argentina, un oficial habría respondido ante las advertencias de uno de los técnicos: “Total, ingeniero, la Argentina nunca va a entrar en guerra. Nosotros solucionamos los problemas diplomáticos con unos bifes de chorizo y unos buenos vinos”. No existe hasta el momento un documento oficial que permita comprobar literalmente aquella conversación. Sin embargo, la frase resume una concepción que durante largos períodos atravesó al país: la peligrosa creencia de que la paz vuelve innecesaria la planificación estratégica, la investigación científica y la capacidad de producir tecnología propia. Entre los técnicos llegados después de la Segunda Guerra Mundial aparece mencionado Olegario Mikhno, arquitecto naval civil de origen ruso. Formó parte de una generación de especialistas europeos convocados para trabajar junto con científicos, ingenieros y militares argentinos en momentos en que el país intentaba reducir su dependencia tecnológica del exterior. Ese proceso comenzó antes de la creación formal de CITEFA. En 1948, Fabricaciones Militares incorporó especialistas en cohetería, propulsión y sistemas de control. En 1950 se logró el PAT-1, considerado el primer proyectil guiado de producción nacional, y en 1954 el gobierno de Perón creó oficialmente el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas. Su misión no era preparar una guerra de conquista, sino generar conocimiento autónomo para que la defensa nacional no dependiera exclusivamente de proveedores extranjeros. La caída del gobierno en septiembre de 1955 alteró aquel proceso. Algunos programas fueron interrumpidos, otros perdieron financiamiento y numerosos equipos de trabajo quedaron sometidos a cambios políticos y administrativos. Sin embargo, el conocimiento acumulado no desapareció completamente. Durante las décadas siguientes, CITEFA desarrolló o participó en sistemas como el misil aire-superficie Martín Pescador, el misil superficie-aire Halcón y el antitanque filoguiado Mathogo. Investigaciones universitarias posteriores confirmaron que instrumentos diseñados y construidos en el instituto fueron empleados en esos tres sistemas de armas. La historia volvió a golpear con brutalidad en 1982. Argentina entró en guerra con el Reino Unido por las Islas Malvinas y debió enfrentar, en condiciones extremas, las consecuencias de años de discontinuidades, dependencia externa e improvisación. Pero aquellos laboratorios que algunos habían considerado innecesarios demostraron entonces su valor. Durante el conflicto, CITEFA diseñó y fabricó en tiempo récord lanzadores de bengalas infrarrojas y señuelos electromagnéticos para proteger aviones argentinos; desarrolló un sistema de balizamiento para el aeropuerto de las islas; produjo un recubrimiento hidrófobo para impedir que el agua de mar dificultara la visión de los pilotos y colaboró en el emplazamiento del sistema de cohetes SAPBA. Dos integrantes del instituto, el mayor Sergio Novoa y el suboficial principal Víctor Jesús Benzo, murieron mientras cumplían aquella misión. Habían trasladado el lanzador y su munición hasta el transporte ARA Isla de los Estados. La noche del 10 de mayo de 1982, el buque fue localizado en el estrecho de San Carlos y atacado por la fragata británica HMS Alacrity. Los impactos provocaron un incendio y la explosión de los tanques de combustible. Malvinas no convirtió en verdadera cada anécdota repetida sobre aquellos ingenieros, pero sí confirmó la enseñanza profunda que encierra esta historia: ninguna nación puede improvisar su defensa cuando la crisis ya comenzó. La diplomacia resulta indispensable y la guerra jamás debe ser deseada. Pero la paz no exige abandonar el conocimiento, sino fortalecerlo. Una nación soberana necesita científicos, técnicos, universidades, fábricas, laboratorios y políticas capaces de sostenerse más allá de los cambios de gobierno. Recordar a Olegario Mikhno y a quienes construyeron los primeros programas tecnológicos argentinos no significa celebrar las armas ni reivindicar los conflictos. Significa comprender que la ciencia aplicada a la defensa también produce materiales, comunicaciones, electrónica, medicina, energía y conocimientos de uso civil. Los países pueden decidir no provocar una guerra. Lo que jamás pueden decidir es que la historia nunca vuelva a ponerlos a prueba. #HistoriaArgentina #CITEFA #CITEDEF #SoberaníaTecnológica #IndustriaNacional #CienciaArgentina #DefensaNacional #MalvinasArgentinas #TecnologíaArgentina #MemoriaHistórica #ArgentineHistory #TechnologicalSovereignty #DefenseTechnology #NationalIndustry #FalklandsWar

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