Durante siglos, Mendoza había construido su identidad económica alrededor de la vid, las bodegas y el vino. Sin embargo, en la década de 1930, mientras aquella industria atravesaba una profunda crisis de sobreproducción, caída del consumo y acumulación de excedentes, otra riqueza comenzó a emerger desde las entrañas de la tierra: el petróleo. El golpe de Estado de 1930 abrió una etapa política convulsionada. José María Rosa fue designado interventor federal de Mendoza por el gobierno de facto encabezado por José Félix Uriburu. En medio de la recesión, la desocupación y las dificultades de la vitivinicultura, la dirigencia provincial comprendió que la economía mendocina necesitaba ampliar sus horizontes. La provincia no debía abandonar el vino, sino dejar de depender exclusivamente de él. Mendoza ya poseía antecedentes petroleros extraordinarios. A fines del siglo XIX, la Compañía Mendocina de Petróleo, impulsada por Carlos Fader y otros miembros de la élite local, había sido una de las primeras grandes experiencias privadas de explotación de hidrocarburos del país. Sus trabajos en Cacheuta fueron técnicamente audaces, pero las dificultades económicas y de transporte terminaron paralizando la actividad durante las primeras décadas del siglo XX. El cambio decisivo llegó cuando el Estado provincial estrechó sus vínculos con Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Durante 1931, técnicos de YPF inspeccionaron Cacheuta y distintas zonas del sur mendocino. Poco después, la empresa estatal asumió la explotación de Agua del Corral, un área de más de 19.000 hectáreas perteneciente a la antigua compañía petrolera mendocina. El acuerdo contemplaba la perforación de nuevos pozos, la utilización de instalaciones existentes y la posibilidad de construir depósitos, edificios y oleoductos. El 29 de julio de 1932, el gobierno provincial y YPF firmaron el convenio que transformaría definitivamente el destino energético de Mendoza. Presentado ante la Legislatura el 1 de agosto y convertido en la Ley 966 el 19 de septiembre, el acuerdo encomendó a la petrolera estatal la exploración metódica y sistemática de hidrocarburos líquidos, sólidos y gaseosos en todo el territorio provincial. Mendoza comenzaba a integrarse formalmente al mapa petrolero argentino. Los primeros resultados fueron modestos. En 1935, YPF había perforado 27 pozos, muchos de los cuales producían apenas entre tres y cuatro metros cúbicos diarios. No obstante, ese petróleo servía para alimentar las calderas de los propios campamentos y permitía continuar las exploraciones. Detrás de cada perforación existía una apuesta de enorme riesgo: no había certeza sobre la dimensión de las reservas, pero sí la convicción de que bajo la montaña dormía una riqueza estratégica. La gran transformación comenzó en 1938 con el pozo T-19 de Tupungato y continuó en Barrancas y Lunlunta. En apenas un año, la producción provincial se cuadruplicó. Entre 1939 y 1940 creció alrededor de un 250%, y volvió a aumentar durante 1941. Mendoza, que en 1934 apenas representaba el 0,1% de la producción petrolera nacional, alcanzó siete años después casi el 24%. En 1940 ya se había convertido en el segundo distrito productor del país, únicamente detrás de Comodoro Rivadavia. El petróleo también exigió caminos, depósitos, camiones, técnicos, obreros y refinerías. Primero se construyó una planta de almacenamiento y destilación en Godoy Cruz. Pero el crecimiento fue tan acelerado que aquella instalación quedó pequeña. La Ley provincial 1316 permitió entonces levantar una refinería mucho mayor en Blanco Encalada, Luján de Cuyo. Inaugurada el 20 de diciembre de 1940, podía procesar unos 500 metros cúbicos diarios, cinco veces más que la planta anterior, y abastecer con combustibles a Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja y parte de Córdoba. En menos de una década, aquella provincia castigada por la crisis vitivinícola había construido una nueva industria pesada, creado puestos de trabajo, generado regalías e incorporado conocimientos técnicos que posteriormente impulsarían la formación especializada en ingeniería del petróleo. Mendoza continuó siendo la tierra del sol y del buen vino, pero desde entonces también se convirtió en tierra de pozos, oleoductos, refinerías y hombres cubiertos de petróleo. El llamado “oro negro” había dejado de ser una promesa escondida bajo las piedras. Era ya una realidad capaz de modificar la economía, el paisaje y el destino de toda una provincia. #MendozAntigua #HistoriaDeMendoza #PetróleoEnMendoza #OroNegro #YPF #LujánDeCuyo #Cacheuta #Tupungato #Lunlunta #Barrancas #IndustriaArgentina #HistoriaArgentina #PatrimonioIndustrial #EnergíaArgentina #MendozaHistory #OilHistory #ArgentineHistory #BlackGold #PetroleumIndustry #IndustrialHeritage #EnergyHistory #YPFHistory #MendozaArgentina #HistoricMendoza
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sábado, 1 de agosto de 2026
1932–1940: DEL IMPERIO DEL VINO AL ORO NEGRO — LA DÉCADA EN QUE MENDOZA PERFORÓ SU FUTURO
Durante siglos, Mendoza había construido su identidad económica alrededor de la vid, las bodegas y el vino. Sin embargo, en la década de 1930, mientras aquella industria atravesaba una profunda crisis de sobreproducción, caída del consumo y acumulación de excedentes, otra riqueza comenzó a emerger desde las entrañas de la tierra: el petróleo. El golpe de Estado de 1930 abrió una etapa política convulsionada. José María Rosa fue designado interventor federal de Mendoza por el gobierno de facto encabezado por José Félix Uriburu. En medio de la recesión, la desocupación y las dificultades de la vitivinicultura, la dirigencia provincial comprendió que la economía mendocina necesitaba ampliar sus horizontes. La provincia no debía abandonar el vino, sino dejar de depender exclusivamente de él. Mendoza ya poseía antecedentes petroleros extraordinarios. A fines del siglo XIX, la Compañía Mendocina de Petróleo, impulsada por Carlos Fader y otros miembros de la élite local, había sido una de las primeras grandes experiencias privadas de explotación de hidrocarburos del país. Sus trabajos en Cacheuta fueron técnicamente audaces, pero las dificultades económicas y de transporte terminaron paralizando la actividad durante las primeras décadas del siglo XX. El cambio decisivo llegó cuando el Estado provincial estrechó sus vínculos con Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Durante 1931, técnicos de YPF inspeccionaron Cacheuta y distintas zonas del sur mendocino. Poco después, la empresa estatal asumió la explotación de Agua del Corral, un área de más de 19.000 hectáreas perteneciente a la antigua compañía petrolera mendocina. El acuerdo contemplaba la perforación de nuevos pozos, la utilización de instalaciones existentes y la posibilidad de construir depósitos, edificios y oleoductos. El 29 de julio de 1932, el gobierno provincial y YPF firmaron el convenio que transformaría definitivamente el destino energético de Mendoza. Presentado ante la Legislatura el 1 de agosto y convertido en la Ley 966 el 19 de septiembre, el acuerdo encomendó a la petrolera estatal la exploración metódica y sistemática de hidrocarburos líquidos, sólidos y gaseosos en todo el territorio provincial. Mendoza comenzaba a integrarse formalmente al mapa petrolero argentino. Los primeros resultados fueron modestos. En 1935, YPF había perforado 27 pozos, muchos de los cuales producían apenas entre tres y cuatro metros cúbicos diarios. No obstante, ese petróleo servía para alimentar las calderas de los propios campamentos y permitía continuar las exploraciones. Detrás de cada perforación existía una apuesta de enorme riesgo: no había certeza sobre la dimensión de las reservas, pero sí la convicción de que bajo la montaña dormía una riqueza estratégica. La gran transformación comenzó en 1938 con el pozo T-19 de Tupungato y continuó en Barrancas y Lunlunta. En apenas un año, la producción provincial se cuadruplicó. Entre 1939 y 1940 creció alrededor de un 250%, y volvió a aumentar durante 1941. Mendoza, que en 1934 apenas representaba el 0,1% de la producción petrolera nacional, alcanzó siete años después casi el 24%. En 1940 ya se había convertido en el segundo distrito productor del país, únicamente detrás de Comodoro Rivadavia. El petróleo también exigió caminos, depósitos, camiones, técnicos, obreros y refinerías. Primero se construyó una planta de almacenamiento y destilación en Godoy Cruz. Pero el crecimiento fue tan acelerado que aquella instalación quedó pequeña. La Ley provincial 1316 permitió entonces levantar una refinería mucho mayor en Blanco Encalada, Luján de Cuyo. Inaugurada el 20 de diciembre de 1940, podía procesar unos 500 metros cúbicos diarios, cinco veces más que la planta anterior, y abastecer con combustibles a Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja y parte de Córdoba. En menos de una década, aquella provincia castigada por la crisis vitivinícola había construido una nueva industria pesada, creado puestos de trabajo, generado regalías e incorporado conocimientos técnicos que posteriormente impulsarían la formación especializada en ingeniería del petróleo. Mendoza continuó siendo la tierra del sol y del buen vino, pero desde entonces también se convirtió en tierra de pozos, oleoductos, refinerías y hombres cubiertos de petróleo. El llamado “oro negro” había dejado de ser una promesa escondida bajo las piedras. Era ya una realidad capaz de modificar la economía, el paisaje y el destino de toda una provincia. #MendozAntigua #HistoriaDeMendoza #PetróleoEnMendoza #OroNegro #YPF #LujánDeCuyo #Cacheuta #Tupungato #Lunlunta #Barrancas #IndustriaArgentina #HistoriaArgentina #PatrimonioIndustrial #EnergíaArgentina #MendozaHistory #OilHistory #ArgentineHistory #BlackGold #PetroleumIndustry #IndustrialHeritage #EnergyHistory #YPFHistory #MendozaArgentina #HistoricMendoza
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