El 10 de agosto de 1948 ocurrió en la Argentina una coincidencia cultural extraordinaria. Mientras el gobierno de Juan Domingo Perón creaba mediante el Decreto 23.832 la llamada “Llama de la Argentinidad”, concebida dentro de los preparativos del centenario de la muerte del general José de San Martín, en Buenos Aires otra forma de argentinidad llegaba a la pantalla grande: ese mismo día se estrenaba “Pelota de trapo”, una película que convirtió al baldío, la calle, la amistad y el sueño futbolero de los chicos de barrio en una de las imágenes más perdurables de la cultura popular nacional. Dirigida por Leopoldo Torres Ríos, protagonizada en su etapa adulta por Armando Bó y estrenada en el cine Metropolitan de Buenos Aires, la película narraba la historia de Eduardo Díaz, “Comeuñas”, un chico de familia trabajadora que jugaba al fútbol con sus amigos en un potrero y soñaba con llegar algún día a Primera. No tenían camisetas profesionales, instalaciones ni una pelota de cuero: tenían imaginación, amistad y una pelota hecha con trapos. Aquella pobreza material no aparece simplemente como miseria, sino como el escenario donde nace el sueño. Detrás de la historia estaba el periodista deportivo uruguayo Ricardo Lorenzo, “Borocotó”, una figura fundamental de El Gráfico. Investigaciones de la Universidad de Buenos Aires rastrean el origen del universo de Pelota de trapo hasta las historias ilustradas que Borocotó había desarrollado años antes y señalan que el filme terminó consolidando cinematográficamente una idea central de la mitología futbolera argentina: el “pibe del potrero”, improvisador, gambeteador y creador de un estilo criollo nacido lejos de las canchas reglamentarias. La película también ofreció una imagen muy poco idealizada de la infancia popular: chicos que trabajaban, recorrían las calles, jugaban en baldíos, rompían alpargatas, soñaban con una pelota verdadera y mezclaban en una misma jornada obligaciones, aventuras y fútbol. Entre aquellos niños apareció Andrés Poggio, “Toscanito”, que debutó en el filme y se convirtió en una revelación: la Academia cinematográfica lo distinguió por su actuación infantil y los cronistas lo reconocieron como revelación del año. El realismo llegaba incluso al mundo futbolístico: junto a los actores aparecieron figuras y voces conocidas del deporte de entonces, entre ellas los periodistas Fioravanti y Enzo Ardigó, reforzando la sensación de que aquel sueño del potrero podía atravesar la pantalla y desembocar en el fútbol profesional. La recepción fue muy favorable: apenas dos semanas después del estreno, La Capital destacaba que la película llevaba al cine un tema profundamente popular evitando caer en una sentimentalidad fácil. Pero quizá el dato más increíble llegó después. La ficción terminó creando realidad. En la película, los chicos llaman a su equipo Sacachispas; apenas dos meses más tarde, el 17 de octubre de 1948, nació en Villa Soldati el verdadero Sacachispas Fútbol Club. La propia institución reconoce que sus tradicionales colores lila y blanco fueron tomados de los relatos de Borocotó y de Pelota de trapo. El potrero que había nacido en una historia terminó teniendo jugadores, camiseta, cancha y vida propia. Y allí aparece la extraordinaria fotografía simbólica de aquel 10 de agosto de 1948: mientras desde el Estado se apelaba a San Martín, la memoria histórica y una llama destinada a recorrer la Nación, desde una pantalla porteña aparecía otra Argentina igualmente poderosa, la de los chicos descalzos o con las zapatillas gastadas, el baldío convertido en estadio y la pelota fabricada con lo que hubiera a mano. Una Argentina miraba hacia sus héroes fundadores; la otra soñaba con fabricar nuevos héroes en un potrero. San Martín y Comeuñas, la llama y la pelota, la historia nacional y el sueño del pibe: dos imágenes distintas que aquel mismo día hablaban, cada una a su manera, de pertenencia, esperanza y futuro. #PelotaDeTrapo #10DeAgosto #CineArgentino #HistoriaArgentina #ArmandoBo #LeopoldoTorresRios #Borocoto #Toscanito #Sacachispas #FutbolArgentino #Potrero #ElSueñoDelPibe #CulturaPopular #BuenosAires #Argentina #MendozAntigua #ArgentineCinema #ArgentineFootball #FootballHistory #SoccerHistory #PopularCulture #FootballDreams #CinemaHistory #ArgentinaHistory
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lunes, 10 de agosto de 2026
10 DE AGOSTO DE 1948: EL DÍA EN QUE EL POTRERO ENTRÓ AL CINE — “PELOTA DE TRAPO”, LA PELÍCULA QUE CONVIRTIÓ EL SUEÑO DEL PIBE EN UN MITO ARGENTINO
El 10 de agosto de 1948 ocurrió en la Argentina una coincidencia cultural extraordinaria. Mientras el gobierno de Juan Domingo Perón creaba mediante el Decreto 23.832 la llamada “Llama de la Argentinidad”, concebida dentro de los preparativos del centenario de la muerte del general José de San Martín, en Buenos Aires otra forma de argentinidad llegaba a la pantalla grande: ese mismo día se estrenaba “Pelota de trapo”, una película que convirtió al baldío, la calle, la amistad y el sueño futbolero de los chicos de barrio en una de las imágenes más perdurables de la cultura popular nacional. Dirigida por Leopoldo Torres Ríos, protagonizada en su etapa adulta por Armando Bó y estrenada en el cine Metropolitan de Buenos Aires, la película narraba la historia de Eduardo Díaz, “Comeuñas”, un chico de familia trabajadora que jugaba al fútbol con sus amigos en un potrero y soñaba con llegar algún día a Primera. No tenían camisetas profesionales, instalaciones ni una pelota de cuero: tenían imaginación, amistad y una pelota hecha con trapos. Aquella pobreza material no aparece simplemente como miseria, sino como el escenario donde nace el sueño. Detrás de la historia estaba el periodista deportivo uruguayo Ricardo Lorenzo, “Borocotó”, una figura fundamental de El Gráfico. Investigaciones de la Universidad de Buenos Aires rastrean el origen del universo de Pelota de trapo hasta las historias ilustradas que Borocotó había desarrollado años antes y señalan que el filme terminó consolidando cinematográficamente una idea central de la mitología futbolera argentina: el “pibe del potrero”, improvisador, gambeteador y creador de un estilo criollo nacido lejos de las canchas reglamentarias. La película también ofreció una imagen muy poco idealizada de la infancia popular: chicos que trabajaban, recorrían las calles, jugaban en baldíos, rompían alpargatas, soñaban con una pelota verdadera y mezclaban en una misma jornada obligaciones, aventuras y fútbol. Entre aquellos niños apareció Andrés Poggio, “Toscanito”, que debutó en el filme y se convirtió en una revelación: la Academia cinematográfica lo distinguió por su actuación infantil y los cronistas lo reconocieron como revelación del año. El realismo llegaba incluso al mundo futbolístico: junto a los actores aparecieron figuras y voces conocidas del deporte de entonces, entre ellas los periodistas Fioravanti y Enzo Ardigó, reforzando la sensación de que aquel sueño del potrero podía atravesar la pantalla y desembocar en el fútbol profesional. La recepción fue muy favorable: apenas dos semanas después del estreno, La Capital destacaba que la película llevaba al cine un tema profundamente popular evitando caer en una sentimentalidad fácil. Pero quizá el dato más increíble llegó después. La ficción terminó creando realidad. En la película, los chicos llaman a su equipo Sacachispas; apenas dos meses más tarde, el 17 de octubre de 1948, nació en Villa Soldati el verdadero Sacachispas Fútbol Club. La propia institución reconoce que sus tradicionales colores lila y blanco fueron tomados de los relatos de Borocotó y de Pelota de trapo. El potrero que había nacido en una historia terminó teniendo jugadores, camiseta, cancha y vida propia. Y allí aparece la extraordinaria fotografía simbólica de aquel 10 de agosto de 1948: mientras desde el Estado se apelaba a San Martín, la memoria histórica y una llama destinada a recorrer la Nación, desde una pantalla porteña aparecía otra Argentina igualmente poderosa, la de los chicos descalzos o con las zapatillas gastadas, el baldío convertido en estadio y la pelota fabricada con lo que hubiera a mano. Una Argentina miraba hacia sus héroes fundadores; la otra soñaba con fabricar nuevos héroes en un potrero. San Martín y Comeuñas, la llama y la pelota, la historia nacional y el sueño del pibe: dos imágenes distintas que aquel mismo día hablaban, cada una a su manera, de pertenencia, esperanza y futuro. #PelotaDeTrapo #10DeAgosto #CineArgentino #HistoriaArgentina #ArmandoBo #LeopoldoTorresRios #Borocoto #Toscanito #Sacachispas #FutbolArgentino #Potrero #ElSueñoDelPibe #CulturaPopular #BuenosAires #Argentina #MendozAntigua #ArgentineCinema #ArgentineFootball #FootballHistory #SoccerHistory #PopularCulture #FootballDreams #CinemaHistory #ArgentinaHistory
10 DE AGOSTO DE 1948: PERÓN CREÓ UNA LLAMA QUE DEBÍA RECORRER TODA LA ARGENTINA Y LLEGAR HASTA MALVINAS — SAN MARTÍN, CAÑONES FUNDIDOS Y EL MISTERIO DE LOS FUEGOS PERDIDOS
El 10 de agosto de 1948, cuando todavía faltaban dos años para cumplirse el centenario de la muerte del general José de San Martín, el gobierno de Juan Domingo Perón puso en marcha uno de los rituales patrióticos más singulares y ambiciosos de la Argentina del siglo XX. Mediante el Decreto 23.832 nació la denominada “Llama de la Argentinidad”, concebida como un fuego simbólico que debía partir desde Buenos Aires, propagarse por el territorio nacional y unir bajo la figura del Libertador a ciudades, provincias y territorios nacionales. Al día siguiente, 11 de agosto de 1948, Perón encendió siete hachones o lámparas votivas utilizando el fuego sanmartiniano tomado de la lámpara que ardía en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde descansan los restos de San Martín. Aquella ceremonia se realizó además en vísperas del aniversario de la Reconquista de Buenos Aires del 12 de agosto de 1806, enlazando simbólicamente dos momentos fundamentales del relato patriótico argentino. Las llamas fueron colocadas en vehículos especiales y emprendieron caminos hacia Jujuy, Catamarca, San Juan, Neuquén, Formosa, Misiones y Ushuaia, custodiadas durante sus recorridos por las Fuerzas Armadas. El convoy destinado a Tierra del Fuego llevaba nada menos que dos lámparas adicionales: una vinculada a la Antártida Argentina y otra destinada finalmente a las Islas Malvinas. Los hachones tenían además una característica extraordinaria: habían sido fundidos por el Arsenal de Guerra de la Nación utilizando bronce recuperado de antiguos cañones del Ejército. Es decir, metal que alguna vez había pertenecido a armas militares se transformó en fuego ceremonial dedicado a San Martín, la unidad nacional y la soberanía. El decreto establecía que la lámpara correspondiente a Malvinas permanecería bajo custodia en Ushuaia, mientras que la destinada a la Antártida esperaría allí hasta que las condiciones meteorológicas permitieran trasladarla. La llama antártica finalmente llegó al destacamento argentino de isla Decepción, uno de los principales asentamientos argentinos del período. Pero el proyecto malvinense no fue abandonado formalmente: el 9 de octubre de 1948, el Decreto 31.376 dispuso que la comisión encargada de la iniciativa continuara funcionando hasta poder trasladar la lámpara votiva a las Islas Malvinas. Y la operación era mucho mayor que aquellos siete vehículos. Cada vez que las caravanas atravesaban una capital intermedia, las autoridades locales encendían sus propias lámparas con el mismo fuego. Para el 17 de agosto, aniversario de la muerte de San Martín, el decreto había previsto una “Procesión de la Argentinidad” en todas las capitales provinciales. Mendoza quedó así integrada directamente a aquella gigantesca ceremonia federal. Las investigaciones históricas registran a Mendoza entre las jurisdicciones cuyos gobernadores encendieron su llama para los actos sanmartinianos. Las crónicas contemporáneas permiten dimensionar hasta qué punto aquel ritual salió de los despachos oficiales y ocupó las calles. La Hemeroteca Digital del Gobierno de Santa Fe conserva la edición de El Litoral del 13 de agosto de 1948, donde aparecen expresamente registradas fotografías de la llegada de la Llama de la Argentinidad a la Casa de Gobierno; el diario El Orden del mismo día también dedicó noticias al significado del acontecimiento y a los homenajes realizados. Todo formaba parte de un programa mucho más amplio de exaltación sanmartiniana. Apenas unos meses antes, el 21 de mayo de 1948, el Congreso había creado mediante la Ley 13.202 la Orden del Libertador San Martín. Y en 1949 la Ley 13.661 declararía oficialmente a 1950 “Año del Libertador General San Martín”, preparando una conmemoración nacional de enormes proporciones. Esa misma ley contenía un detalle especialmente significativo para Mendoza: ordenaba incluir entre los homenajes el traslado e inhumación en la ciudad de Mendoza de los restos de Mercedes de San Martín de Balcarce, hija del Libertador, de su esposo Mariano Balcarce y de sus descendientes. El destino posterior de aquellas llamas convirtió la historia en un verdadero misterio. Tras el derrocamiento de Perón en 1955, el ritual perdió continuidad y varias lámparas desaparecieron o fueron retiradas. Una investigación académica presentada en el VI Congreso de Estudios sobre el Peronismo señaló que sobrevivieron rastros de algunas piezas: una vinculada al recorrido de Jujuy y, especialmente, la lámpara destinada a Malvinas, conservada en Ushuaia mientras aguardaba un viaje que nunca llegó a concretarse. El mismo trabajo sostiene que el rastro de la lámpara llevada a la Antártida se perdió después de los acontecimientos ocurridos en isla Decepción en 1953. La historia tiene incluso una prolongación inesperada. Décadas después hubo investigadores, veteranos y familiares de caídos en Malvinas que intentaron recuperar aquel antiguo símbolo y volvieron a asociar la llama con la reivindicación argentina del archipiélago. Así, aquel decreto firmado un 10 de agosto de 1948 dejó una de las imágenes más poderosas y menos recordadas del primer peronismo: un fuego nacido frente a los restos de San Martín, transportado por rutas argentinas, multiplicado en las provincias, encerrado en lámparas hechas con antiguos cañones y proyectado simbólicamente hacia la Antártida y las Islas Malvinas. No era solamente una ceremonia. Era una gigantesca geografía de fuego con la que el Estado intentaba unir historia, patriotismo, soberanía y futuro. Y Mendoza, tierra donde San Martín preparó el Ejército de los Andes, también formó parte de aquel extraordinario mapa encendido. #MendozAntigua #HistoriaArgentina #JuanDomingoPerón #Perón #JoséDeSanMartín #GeneralSanMartín #LlamaDeLaArgentinidad #MalvinasArgentinas #IslasMalvinas #AntártidaArgentina #Mendoza #HistoriaDeMendoza #Efemérides #10DeAgosto #PatrimonioHistórico #SoberaníaArgentina #HistoriaArgentina1948 #MemoriaHistórica #ArgentineHistory #JuanPeron #JoseDeSanMartin #FalklandIslandsHistory #ArgentineAntarctica #ArgentinaHistory #HistoricalArgentina #August10 #HistoricalMemory
10 DE AGOSTO DE 1946: MENDOZA DISCUTÍA QUIÉN ERA EL VERDADERO DUEÑO DEL TRABAJO EN LA VIÑA — EL DÍA EN QUE LOS “SOCIOS” DEL VIÑATERO EMPEZARON A SER RECONOCIDOS COMO TRABAJADORES
El 10 de agosto de 1946, mientras Juan Domingo Perón llevaba apenas dos meses en la Presidencia y Mendoza iniciaba el gobierno de Faustino Picallo, en la provincia comenzaba a tomar forma una batalla laboral que atravesaba el corazón mismo de su economía: ¿qué era jurídicamente un contratista de viña? Durante décadas aquella figura había permanecido en una zona gris. El contratista vivía generalmente con su familia dentro de la finca, cuidaba las vides durante todo el año, podaba, ataba, desbrotaba, regaba y vigilaba cultivos que no le pertenecían, pero su remuneración combinaba un pago periódico con un porcentaje de la producción. Esa particularidad permitió durante mucho tiempo presentarlo como una especie de “socio” del propietario, un mediero o incluso un pequeño empresario, aunque era el dueño de la tierra quien controlaba buena parte de las decisiones productivas y negociaba la uva con las bodegas. Investigaciones académicas que reconstruyeron aquel conflicto citan precisamente al diario Los Andes del 10 de agosto de 1946, página 6, como testimonio del debate que entonces recorría Mendoza. El problema no era menor: el contratista estaba en una posición tan singular que no encajaba cómodamente entre las figuras tradicionales del Código Civil ni quedaba suficientemente protegido por la legislación destinada a los obreros rurales. El Estatuto del Peón Rural, aprobado en 1944, había extendido derechos importantes al campo argentino, pero la particular estructura del trabajo vitivinícola mendocino dejaba todavía enormes interrogantes. Ese mismo 1946 la Legislatura mendocina enfrentó el problema con la Ley 1.578, Reglamento de Contratistas de Viñas y Frutales, una norma extraordinariamente avanzada para su tiempo porque comenzó a definir la relación en términos de “patrón” y “trabajador”, desplazando la idea de dos supuestos socios negociando en igualdad de condiciones. La discusión fue intensa, participaron legisladores de distintas corrientes y el propio sindicato de contratistas presionó para que el proyecto no naufragara. Según la reconstrucción académica, hacia mediados de aquel siglo se hablaba de unas 15.000 familias vinculadas a esta forma de trabajo, lo que permite comprender la enorme dimensión social del asunto. La nueva legislación establecía cuestiones muy concretas: el contratista debía disponer de una casa-habitación dentro de la propiedad, recibir una remuneración fija durante el año agrícola más un porcentaje de la producción, podía controlar el peso de la uva vendida a las bodegas y obtenía derecho a indemnización frente a determinados despidos. Incluso se contemplaba que pudiera recibir hasta ocho quintales de uva para elaborar vino destinado al consumo familiar, un detalle que hoy parece pintoresco pero que revela hasta qué punto vivienda, familia, salario y producción estaban mezclados dentro de una misma relación laboral. El 27 de septiembre de 1946 los diputados aceptaron finalmente las modificaciones introducidas durante el trámite parlamentario y nació el primer Estatuto provincial; su texto fue publicado en el Boletín Oficial mendocino el 21 de octubre. Mendoza se colocaba así a la vanguardia de una discusión que tardaría décadas en resolverse definitivamente a escala nacional. En 1973, durante el regreso del peronismo al poder, la Nación sancionó la Ley 20.589, que estableció un Estatuto nacional y definió al contratista como quien trabaja personalmente, individualmente o con su núcleo familiar, en el cuidado y cultivo de viñas y frutales a cambio de la remuneración prevista por la norma. Hubo todavía una marcha atrás en 1980, cuando la legislación de la dictadura volvió a encuadrarlo como autónomo; con la democracia, la Ley 23.154 de 1984 restableció la vigencia de la regulación laboral de 1973. Y aquella pelea nacida entre surcos sigue teniendo consecuencias concretas: desde 2021 existe además un régimen previsional especial para trabajadores de establecimientos viñateros y contratistas comprendidos por estas normas, que permite acceder a la jubilación ordinaria desde los 57 años, acreditando 25 años de servicios con aportes. Por eso aquel debate de agosto de 1946 fue mucho más que una discusión entre abogados, bodegueros y sindicalistas. En una provincia construida económicamente alrededor de la vid, significó preguntarse quién asumía el riesgo, quién daba las órdenes, quién obtenía la ganancia y, sobre todo, quién debía proteger al hombre y a la familia que vivían todo el año entre las hileras. Mendoza no estaba solamente definiendo qué era un contratista de viña: estaba comenzando a decidir si detrás de aquella aparente sociedad comercial había, en realidad, un trabajador. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #10DeAgosto #Vitivinicultura #ContratistasDeViña #Vendimia #Viñedos #HistoriaArgentina #JuanDomingoPerón #PrimerPeronismo #TrabajadoresRurales #Bodegas #Viñateros #PatrimonioMendocino #MemoriaHistórica #WineHistory #MendozaHistory #ArgentineHistory #VineyardWorkers #Viticulture #WineCulture #LaborHistory #Vineyards #Argentina
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10 DE AGOSTO DE 1946: PERÓN PROMULGÓ EL FERIADO QUE ARGENTINA TERMINÓ BORRANDO DEL CALENDARIO — EL 12 DE AGOSTO, LA VICTORIA SOBRE LOS INGLESES QUE DURANTE AÑOS FUE FIESTA NACIONAL
Hay fechas que alguna vez detuvieron al país entero y que hoy casi nadie recuerda. Una de ellas es el 12 de agosto. El 10 de agosto de 1946, cuando Juan Domingo Perón llevaba apenas poco más de dos meses en la Presidencia, el Poder Ejecutivo promulgó la Ley 12.831, cuyo artículo primero declaraba feriado nacional el 12 de agosto “en conmemoración de las gloriosas jornadas de la Reconquista y Defensa”. El texto había sido aprobado por el Congreso el 9 de agosto y quedó registrado como Ley 12.831 al día siguiente. La fecha elegida no era casual. El 12 de agosto de 1806, Buenos Aires había recuperado la ciudad después de la primera invasión inglesa. Unos 1.500 soldados británicos, comandados por William Carr Beresford y desembarcados en las costas del Río de la Plata, habían ocupado la capital virreinal. Durante alrededor de 48 días, la bandera británica flameó sobre el fuerte hasta que una fuerza organizada por Santiago de Liniers, con la colaboración de Martín de Álzaga, Juan Martín de Pueyrredón y una enorme participación de habitantes de distintos sectores sociales, avanzó sobre la ciudad y obligó a los invasores a rendirse. Aquella victoria tuvo consecuencias mucho mayores que la simple expulsión de un ejército extranjero: favoreció la organización de milicias locales, incrementó el protagonismo político y militar de los habitantes del Río de la Plata y fue uno de los antecedentes del proceso que desembocaría pocos años después en la Revolución de Mayo. La segunda invasión británica, en 1807, volvió a encontrar una resistencia feroz: entre el 5 y el 7 de julio, fuerzas y milicias de Buenos Aires derrotaron nuevamente a un ejército invasor mucho más numeroso. Por eso la ley de 1946 no hablaba solamente de la “Reconquista”, sino también de la “Defensa”: el feriado buscaba condensar en un solo día las dos grandes victorias rioplatenses contra las invasiones británicas. Pero aquí aparece un detalle histórico extraordinario que hace todavía más curiosa la historia. Aunque la ley fue promulgada el 10 de agosto de 1946, apenas dos días antes de la fecha que declaraba feriado, su publicación en el Boletín Oficial recién ocurrió el 18 de septiembre de 1946. Es decir: resulta más preciso afirmar que aquel 10 de agosto Perón promulgó la norma que incorporaba el 12 de agosto al calendario nacional, pero no asegurar sin matices que los argentinos disfrutaron inmediatamente de un nuevo feriado dos días después, porque la publicación oficial llegó más de un mes más tarde. Con el tiempo, sin embargo, el Día de la Reconquista quedó incorporado al régimen de conmemoraciones nacionales. Su existencia sería relativamente breve. Tras la caída de Perón en 1955, el gobierno provisional de Eduardo Lonardi dictó el Decreto 554, que reorganizó los feriados nacionales, dejó fuera al 12 de agosto y derogó las disposiciones incompatibles con la nueva nómina. En febrero de 1956, el Decreto-Ley 2.446 volvió a establecer oficialmente cuáles serían los feriados nacionales y días no laborables, y nuevamente el aniversario de la Reconquista quedó excluido. Así desapareció del calendario una jornada que durante algunos años había tenido rango de feriado nacional. Hoy el 12 de agosto pasa prácticamente inadvertido para millones de argentinos, pero detrás de esa fecha permanece una historia formidable: Buenos Aires ocupada por tropas británicas, vecinos convertidos en combatientes, una ciudad reconquistada, dos invasiones derrotadas y, 140 años después, una ley que convirtió aquella victoria en día de descanso nacional. Uno de esos pequeños tesoros olvidados de la legislación argentina que demuestra que hasta el calendario de feriados puede contar la historia política de un país. #12DeAgosto #10DeAgosto #JuanDomingoPerón #Perón #ReconquistaDeBuenosAires #InvasionesInglesas #SantiagoDeLiniers #BuenosAires #HistoriaArgentina #Efemérides #Argentina #Ley12831 #Historia #MemoriaHistórica #BritishInvasions #BuenosAiresHistory #ArgentineHistory #History #OnThisDay
domingo, 9 de agosto de 2026
NO TRAJERON LA CIVILIZACIÓN A UN MUNDO VACÍO: CUANDO CORTÉS LLEGÓ, TENOCHTITLAN YA ERA UNA MEGACIUDAD DE AGUA, INGENIERÍA Y PODER QUE ASOMBRÓ A LOS PROPIOS CONQUISTADORE
Hay una frase repetida durante generaciones: que los españoles “trajeron la civilización y el progreso” a América. Pero cuando Hernán Cortés y sus hombres entraron en México-Tenochtitlan en 1519 no encontraron una tierra sin ciudades, organización ni tecnología: se toparon con la capital de una compleja civilización mesoamericana, levantada sobre islas y terrenos ganados a un enorme sistema lacustre. El propio INAH señala que Tenochtitlan llegó a reunir alrededor de 175.000 habitantes, una dimensión extraordinaria para el siglo XVI. La ciudad estaba articulada mediante grandes calzadas, puentes, canales y un intenso tránsito de canoas; Tlatelolco, prácticamente unido a ella, constituía además otro importantísimo núcleo urbano y comercial. Las crónicas españolas transmitieron el desconcierto y la admiración que causó aquel paisaje urbano, y documentación divulgada por el propio INAH destaca el tamaño, la armonía y la organización de la capital mexica. Pero quizás la demostración más espectacular de aquella capacidad tecnológica estaba en el agua. Los mexicas y otros pueblos de la Cuenca habían construido una verdadera infraestructura hidráulica para sobrevivir y prosperar en el lago: acueductos para conducir agua dulce, calzadas que comunicaban las islas con tierra firme, canales de transporte y enormes obras de regulación. El llamado albarradón de Nezahualcóyotl ayudaba a controlar las aguas y a separar sectores de distinta salinidad; fuentes académicas de la UNAM documentan asimismo el doble acueducto asociado al abastecimiento desde Chapultepec. Tanto dependía Tenochtitlan de aquel sistema que, durante el sitio de 1521, una de las medidas militares de Cortés fue precisamente cortar y destruir los acueductos y canales que llevaban agua dulce desde Chapultepec, buscando quebrar la resistencia de la ciudad. A todo esto se sumaban las chinampas, parcelas agrícolas construidas y manejadas mediante una sofisticada adaptación al ambiente lacustre. Lejos de ser una curiosidad del pasado, la UNESCO define este sistema como una combinación excepcional de condiciones ambientales y creatividad humana y destaca su extraordinaria productividad; la FAO lo reconoce actualmente como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial. Incluso la limpieza urbana llamó la atención de los cronistas: una fuente histórica conservada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes describe las calles y calzadas de la gran ciudad como extremadamente limpias y barridas. Todo esto no significa convertir al mundo mexica en una sociedad perfecta: Tenochtitlan encabezaba una potencia expansionista que cobraba tributos y mantenía profundos conflictos con otros pueblos; precisamente esas enemistades explican que numerosos indígenas, entre ellos tlaxcaltecas y otros aliados, combatieran junto a los españoles contra los mexicas. Tampoco significa negar que después de 1492 llegaron a América animales, cultivos, herramientas, conocimientos y tecnologías procedentes de Europa, África y Asia, iniciándose una transformación gigantesca y multidireccional. Lo históricamente insostenible es presentar la conquista como el momento en que un continente supuestamente “bárbaro” recibió por primera vez civilización. Civilizaciones ya había, y muy complejas. Lo que comenzó en el siglo XVI fue una conquista y posteriormente un nuevo orden colonial que mezcló mundos, pero también impuso dominio político, religión, tributos y sistemas de trabajo como la encomienda y el repartimiento. La UNAM describe la encomienda como una de las primeras formas coloniales de explotación del trabajo indígena. A ello se añadió una catástrofe demográfica en la que las epidemias introducidas desde el Viejo Mundo desempeñaron un papel devastador, agravadas por guerras, hambre y sobreexplotación. Por eso, quizá la frase más precisa no sea que Europa “llevó civilización” a América, sino que dos mundos con tecnologías, creencias y estructuras distintas chocaron violentamente y dieron origen a una nueva realidad. Y basta imaginar Tenochtitlan en 1519 —sus templos elevándose sobre el lago, miles de canoas, mercados, calzadas, acueductos, canales, chinampas y decenas de miles de habitantes— para comprender algo fundamental: Cortés no llegó al comienzo de la historia de México. Llegó en medio de una historia que llevaba miles de años escribiéndose.
🌋🏔️ MAPA DEL DEPARTAMENTO DE MALARGÜE: EL GIGANTE DEL SUR MENDOCINO DONDE LA TIERRA CUENTA MILLONES DE AÑOS DE HISTORIA Y EL CIELO HABLA CON EL UNIVERSO 🇦🇷
Hay lugares que se visitan… y hay lugares que parecen contener varios mundos en uno. Malargüe pertenece a esa segunda categoría. En el extremo sur de Mendoza se despliega un territorio monumental de aproximadamente 40.546,5 km²: 40.546 millones de metros cuadrados, con apenas 0,8 habitantes por km², una escala que explica por qué aquí el horizonte parece no terminar nunca. Según el Censo 2022, el departamento posee 32.717 habitantes, frente a 27.660 en 2010: creció alrededor de 18,3% entre ambos censos. Su nombre conserva una memoria mucho más antigua: Malal-Hue, expresión de raíz mapuche interpretada como “lugar de bardas rocosas” o “lugar de corrales naturales”. El departamento fue creado en 1877 y quedó definitivamente restablecido por la Ley 1.937 del 16 de noviembre de 1950, fecha esencial de su identidad. Malargüe se divide en cuatro grandes distritos —Ciudad/Malargüe, Río Grande, Río Barrancas y Agua Escondida— y dentro de su inmensidad sobreviven localidades, parajes, puestos y una cultura rural profundamente vinculada al criancero, al chivo y a la vida del secano; una identidad que cada año encuentra una de sus máximas expresiones en la Fiesta Nacional del Chivo. Pero Malargüe es mucho más: es un extraordinario museo natural a cielo abierto. En La Payunia existen más de 800 volcanes, con una densidad estimada de 10,6 conos volcánicos cada 100 km², uno de los campos volcánicos más densos y diversos del planeta. Allí la tierra se vuelve negra, roja y ocre entre coladas de lava, cráteres y tropillas de guanacos. A unos 65 km de la ciudad, la Caverna de las Brujas penetra en antiguas calizas marinas del Jurásico y conserva más de 3 km de galerías conocidas, estalactitas, estalagmitas y formas minerales que parecen esculturas subterráneas. A unos 60 km se abre la Laguna de Llancanelo, un humedal de importancia internacional reconocido como Sitio Ramsar, refugio de una extraordinaria biodiversidad de aves en medio de un territorio árido. Y hacia la cordillera, la RP 222 enlaza un rosario de maravillas: Laguna Niña Encantada, Los Molles, Pozo de las Ánimas, Las Leñas y Valle Hermoso, con nieve, lagunas, montañas y paisajes capaces de cambiar por completo en unos pocos kilómetros. Como si eso fuera poco, Malargüe también guarda huellas de dinosaurios de entre 70 y 80 millones de años y tiene su Parque Municipal Cretácico. Y cuando uno cree que ya lo vio todo, Malargüe levanta la mirada hacia el cosmos: el Observatorio Pierre Auger extiende detectores sobre unos 3.000 km² para investigar los rayos cósmicos de ultraalta energía y reúne una colaboración internacional de más de 400 científicos de 17 países; su programa fue prolongado hasta 2035. A pocos kilómetros funciona además la gigantesca antena DSA-3 de la Agencia Espacial Europea, con un plato de 35 metros de diámetro y una estructura de unas 610 toneladas que recibe datos y mantiene comunicaciones con misiones que viajan por el espacio profundo. Malargüe es nieve y desierto, cordillera y humedal, lava y agua, cavernas jurásicas y dinosaurios, crianceros y científicos, tradición y tecnología. Es Castillos de Pincheira, Caverna de las Brujas, Llancanelo, La Payunia, Las Leñas, Pozo de las Ánimas, Niña Encantada, Valle Hermoso, Bardas Blancas y Las Loicas. Es un lugar donde una ruta puede llevarte de un paisaje patagónico a la alta cordillera y donde, por las noches, algunos de los instrumentos científicos más sofisticados del planeta observan partículas y señales llegadas desde mucho más allá de la Tierra. Desde Mendoza capital son aproximadamente 328 km por carretera y desde San Rafael alrededor de 190 km; la RN 40 es el gran eje de acceso al departamento. Malargüe no es simplemente un punto en el mapa de Mendoza: es uno de esos territorios argentinos que hay que recorrer para comprender la verdadera dimensión de nuestro país. Donde millones de años de geología, siglos de historia humana y la ciencia del siglo XXI se encuentran bajo el mismo cielo. 🇦🇷🌋🏔️🔭#Malargue #MendozaArgentina #VisitArgentina #ExploreArgentina #DiscoverArgentina #SouthAmericaTravel #AndesMountains #LaPayunia #VolcanicLandscape #Volcanoes #LasLenas #CaveExploration #Wetlands #WildArgentina #Route40 #ArgentinaTravel #NatureTravel #AdventureTravel #Astrotourism #CosmicRays #PierreAugerObservatory #DeepSpace #SpaceScience #Patagonia #HiddenArgentina #Malargüe #Mendoza #Argentina #SurMendocino #LaPayunia #LasLeñas #CavernaDeLasBrujas #LagunaLlancanelo #CastillosDePincheira #PozoDeLasÁnimas #ValleHermoso #NiñaEncantada #Ruta40 #PasoPehuenche #TurismoArgentina #TurismoMendoza #NaturalezaArgentina #PatagoniaMendocina #Volcanes #CordilleraDeLosAndes #ObservatorioPierreAuger #CienciaArgentina #Astroturismo #HuellasDeDinosaurios #FiestaNacionalDelChivo #OrgulloMalargüino
9 DE AGOSTO DE 1888: CERRARON EL PUENTE POR DONDE HABÍA ENTRADO SAN MARTÍN DESDE MENDOZA — TRES DÍAS DESPUÉS EL MAPOCHO LO QUEBRÓ Y UNA VIEJA LEYENDA CULPABA A CUYO HASTA DE LAS CUCARACHAS
El 9 de agosto de 1888, Santiago de Chile vivió una extraordinaria coincidencia histórica. Mientras durante el gobierno de José Manuel Balmaceda se concretaba una reforma constitucional que eliminaba los requisitos de renta y capital para votar y ampliaba el sufragio masculino a los chilenos mayores de 21 años que supieran leer y escribir y estuvieran inscritos, las autoridades debían tomar una decisión mucho más urgente a orillas del Mapocho: cerrar completamente el legendario Puente de Cal y Canto. El diario El Ferrocarril informaba que quedaba prohibido atravesarlo tanto a vehículos como a peatones porque uno de sus pilares se encontraba en muy mal estado. No se trataba de un puente cualquiera. El Cal y Canto, cuya construcción comenzó en tiempos coloniales y fue inaugurado hacia 1782, era una de las grandes obras de ingeniería del antiguo Santiago: alcanzaba aproximadamente 202 metros de longitud, superaba los 12 metros de altura y tenía unos 8,5 metros de ancho, suficiente para el tránsito de carruajes y peatones. Durante más de un siglo había comunicado el centro de Santiago con La Chimba y Recoleta, resistiendo incluso violentas crecidas del río. En 1883 todavía había sido adoquinado, empedradas sus rampas y renovado mediante un estucado general. Pero en 1888 su destino quedó ligado a una de las grandes transformaciones urbanas de Santiago. Bajo Balmaceda comenzó la canalización del río Mapocho, obra dirigida por el ingeniero Valentín Martínez. Según el Archivo Nacional de Chile, los trabajos realizados en las riberas fueron erosionando las bases de los pilares del viejo puente y contribuyeron a debilitarlos. A comienzos de agosto empezó a llover con creciente intensidad; el 9 de agosto llegó la clausura, el 10 la lluvia ya se había convertido en temporal y finalmente, el 12 de agosto de 1888, a las 14:30, la fuerza del Mapocho derribó parte del sector norte de la estructura. La intervención asociada a la canalización, sumada a la crecida del río, precipitó el derrumbe de aquel símbolo urbano. Y aquí aparece el extraordinario vínculo con Mendoza. Aquel puente había sido testigo del tránsito de protagonistas decisivos de la historia rioplatense y chilena. El Cal y Canto llegó desde Mendoza el Ejército Libertador encabezado por José de San Martín, después de aquella gigantesca operación militar que había llevado hombres, caballos, armas y suministros a través de los Andes. También lo atravesó en distintas ocasiones José Miguel Carrera; según el mismo organismo, la última fue en el trayecto que terminaría conduciéndolo hacia su fatal destino en Mendoza. Por allí pasaron además Bernardo O'Higgins, Manuel Rodríguez y Diego Portales: durante décadas, el puente fue mucho más que una construcción sobre el Mapocho; fue un verdadero corredor de la historia de Chile y de las comunicaciones transandinas. Pero existe un detalle todavía más insólito y perfecto para la memoria popular. El historiador chileno Justo Abel Rosales, autor en 1888 de Historia i tradiciones del Puente de Cal y Canto, recogió una antigua tradición relacionada con el intenso comercio que atravesaba la cordillera. Yerba mate, frutas secas y manufacturas llegaban desde el área rioplatense, pasando por la provincia de Cuyo, hacia Santiago. Y, según aquel relato tradicional, escondidas entre las mercancías habrían llegado también desde Buenos Aires y Cuyo chinches y “baratas”, nombre usado entonces para las cucarachas, mientras que en sentido contrario habrían viajado pulgas que después se propagaron por Argentina. Debe entenderse, sin embargo, como lo que Rosales registró: una tradición histórica y popular del siglo XIX, no una demostración científica sobre el origen o propagación de esos insectos. Así, aquel 9 de agosto de 1888 reunió dos mundos en una misma jornada: mientras Chile reformaba las reglas de participación política, Santiago cerraba una construcción colonial cargada de memoria. Tres días más tarde, el Mapocho terminaría quebrando el puente que había sobrevivido durante más de un siglo y que, entre millones de pasos anónimos, había soportado también las pisadas y cabalgaduras de hombres llegados desde Mendoza para cambiar la historia de América. Del formidable Cal y Canto quedaron ruinas, fotografías y relatos; entre ellos, uno capaz de unir en la misma historia a San Martín, Carrera, Balmaceda, una inundación, la yerba mate, Cuyo… y hasta una improbable invasión transandina de cucarachas. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #HistoriaArgentina #HistoriaDeChile #PuenteDeCalYCanto #JoseDeSanMartin #SanMartin #EjercitoDeLosAndes #EjercitoLibertador #CruceDeLosAndes #JoseMiguelCarrera #SantiagoDeChile #RioMapocho #Balmaceda #Efemerides #9DeAgosto #HistoriaLatinoamericana #PatrimonioHistorico #Cuyo #Argentina #Chile #MendozaHistory #ArgentineHistory #ChileanHistory #SanMartin #ArmyOfTheAndes #LatinAmericanHistory #HistoricBridge #SantiagoChile #HistoricalPhotography
1822: SAN MARTÍN Y BOLÍVAR, AL BORDE DE LA RUPTURA — LA CRISIS ARMADA QUE CASI ENFRENTÓ A LOS EJÉRCITOS LIBERTADORES ANTES DE GUAYAQUIL
Guayaquil había roto con la monarquía española el 9 de octubre de 1820 y, bajo la conducción de José Joaquín de Olmedo, había organizado la Provincia Libre de Guayaquil, con gobierno propio y un Reglamento Provisorio. Por eso, cuando comenzó 1822, no llevaba “dos años” independiente, como suele repetirse, sino alrededor de quince meses. Su futuro político seguía abierto y allí estaba el problema: ¿continuaría como Estado independiente, se uniría al Perú o pasaría a formar parte de la República de Colombia? Mientras aquella cuestión incendiaba la diplomacia, los realistas todavía amenazaban la región. Antonio José de Sucre, enviado por Bolívar, había llegado a Guayaquil en 1821 para continuar la campaña sobre Quito, pero sufrió un duro revés en Huachi. Desde el Perú llegaron auxilios; documentación estudiada por la Academia Nacional de Historia del Ecuador registra incluso el arribo desde el Callao de 1.500 fusiles, y San Martín terminó enviando una importante División Auxiliar, comandada por Andrés de Santa Cruz, en la que combatían fuerzas peruanas junto con veteranos rioplatenses y chilenos, entre ellos los célebres Granaderos a Caballo de Juan Lavalle. Así ocurrió una paradoja extraordinaria: mientras los ejércitos de San Martín y Bolívar necesitaban combatir juntos contra España, sus respectivos proyectos políticos chocaban peligrosamente por Guayaquil. El documento que mejor demuestra hasta dónde llegó la presión de Bolívar está fechado en Cali el 2 de enero de 1822. En una carta a Olmedo, el Libertador expresó que “exijo el inmediato reconocimiento de la República de Colombia” y anunció que no entraría en Guayaquil hasta ver allí la bandera colombiana. No es una interpretación posterior: la carta se conserva en el Archivo del Libertador. Olmedo, por su parte, sostenía que correspondía a la representación de Guayaquil decidir el destino de la provincia y llegó a advertir a San Martín sobre la posibilidad de un “golpe de fuerza”. La tensión política ya era enorme, pero en marzo y abril estuvo a punto de trasladarse al terreno militar. Una orden fechada el 2 de marzo de 1822 dispuso el regreso de la División de Santa Cruz. Cuando la instrucción alcanzó al ejército que cooperaba con Sucre, se produjo una crisis gravísima. Aquí conviene separar los documentos de las versiones posteriores: no existe respaldo suficientemente sólido para afirmar como hecho indiscutible que Sucre “rodeó” físicamente a las tropas peruanas para obligarlas a desobedecer; lo que sí está extraordinariamente documentado es su fuerte resistencia al retiro. El índice oficial de los Documentos para la Historia del Libertador General San Martín, conservado por el Instituto Nacional Sanmartiniano, registra que el 2 de abril Santa Cruz informó la “dura oposición de Sucre” y lamentó la orden recibida; al día siguiente escribió sobre la “difícil situación” y su entrevista con el general venezolano. El 11 de abril, en cambio, ya manifestaba su satisfacción porque había recibido una contraorden que permitía continuar la cooperación. Durante aquellos días no existió una declaración de guerra entre Perú y Colombia, pero sí una verdadera crisis de mando, obediencia, soberanía y presencia militar entre dos fuerzas armadas que, paradójicamente, debían permanecer unidas para vencer al enemigo común. Santa Cruz terminó privilegiando la campaña continental y sus hombres siguieron junto a Sucre. Apenas unas semanas después, el 21 de abril de 1822, Juan Lavalle y los Granaderos protagonizaron el extraordinario Combate de Riobamba, una de las acciones de caballería más celebradas de las guerras de independencia; y el 24 de mayo, el ejército aliado de Sucre obtuvo en Pichincha la victoria que aseguró la liberación de Quito. Pero vencer juntos a los españoles no resolvió la disputa por Guayaquil. Bolívar entró en la ciudad el 11 de julio de 1822 y dos días después asumió el mando político y militar, mientras una considerable fuerza colombiana estaba presente en la provincia. Olmedo, profundamente enfrentado con aquella decisión, terminó alejándose. Cuando San Martín desembarcó el 26 de julio para encontrarse finalmente con Bolívar, el problema que esperaba discutir estaba prácticamente decidido sobre el terreno. Las conversaciones privadas de los días 26 y 27 de julio fueron, por lo tanto, la culminación de una tensión que venía creciendo desde mucho antes. Y existe otra corrección importante respecto del relato tradicional: no es exacto afirmar que las tropas enviadas por el Perú nunca fueron devueltas. Documentación reproducida sobre la campaña registra que Sucre ya había dispuesto el retorno de la División de Santa Cruz y, el 1 de julio de 1822, ordenaba incluso que se proporcionaran fondos para su marcha. El contingente regresó por tierra hacia el Perú, pasando por Cuenca y Loja; la ruta elegida evitó Guayaquil, un detalle que demuestra cuánto persistía la desconfianza política después de haber combatido juntos. Por eso, la historia previa a Guayaquil resulta quizá todavía más fascinante que el famoso encuentro entre los dos Libertadores. San Martín y Bolívar nunca llegaron a declararse la guerra, pero durante unas jornadas de 1822 sus ejércitos quedaron atrapados en una crisis suficientemente seria como para poner en riesgo la cooperación militar. Dos corrientes libertadoras que habían recorrido medio continente se encontraban frente a un dilema formidable: disputar territorio y autoridad entre ellas o postergar sus diferencias para destruir primero al último gran poder realista de Sudamérica. Finalmente prevaleció la segunda opción. Riobamba y Pichincha demostraron lo que podían conseguir unidos; Guayaquil revelaría, pocas semanas después, hasta qué punto sus proyectos políticos eran diferentes. La independencia americana también se construyó así: entre victorias, ideales, intereses territoriales, cartas ásperas, órdenes contradictorias y decisiones tomadas cuando una chispa podía haber cambiado toda la historia del continente. #SanMartin #SimonBolivar #Guayaquil #Guayaquil1822 #JoseJoaquinDeOlmedo #AntonioJoseDeSucre #AndresDeSantaCruz #JuanLavalle #GranaderosACaballo #Riobamba #Pichincha #IndependenciaSudamericana #HistoriaArgentina #HistoriaDelPeru #HistoriaDelEcuador #HistoriaDeAmerica #GuerrasDeIndependencia #SouthAmericanHistory #LatinAmericanHistory #IndependenceWars #MilitaryHistory #History
9 DE AGOSTO DE 2003: EL DIARIO QUE MENDOZA NO TENÍA QUE COMPRAR — “JORNADA” SALIÓ A LA CALLE CON 30.000 EJEMPLARES Y HASTA 80 NOTICIAS POR DÍA
El 9 de agosto de 2003, en una Mendoza que comenzaba a convivir cada vez más con Internet pero donde el papel todavía marcaba buena parte de la agenda cotidiana, nació una experiencia periodística diferente: Jornada, un diario que podía leerse sin pasar por la caja. El impulsor fue el periodista Roberto Suárez, quien ya había participado de El Diario de Bolsillo, anterior experiencia de prensa gratuita que había aparecido en Mendoza en diciembre de 2000 y sobrevivido hasta fines de 2002, llegando en algunos momentos a unos 40.000 ejemplares. Suárez retomó aquella idea, pero intentó corregir uno de los grandes problemas del modelo: los costos. Con el respaldo financiero y administrativo de Aldo Ostropolsky, Jornada tercerizó tanto la impresión —realizada por Artes Gráficas Unión— como la distribución. La estrategia era poner el periódico allí donde estuvieran los mendocinos: se establecieron 360 puntos fijos, entre quioscos, farmacias, supermercados, sanatorios, bares y confiterías, además de lugares de enorme circulación institucional como la Casa de Gobierno, la Legislatura y el Poder Judicial. A eso se sumaban promotoras que entregaban ejemplares diariamente en el centro mendocino y una distribución personalizada a figuras conocidas de la provincia. De lunes a viernes, la empresa declaraba una circulación de 30.000 ejemplares. Pero Jornada no pretendía diferenciarse solamente por ser gratuito. Su propuesta editorial buscaba condensar una enorme cantidad de información en textos breves y directos: entre 60 y 80 noticias por edición, con objetividad, concisión y un cierre lo suficientemente tardío como para competir con la velocidad que ya imponían la radio, la televisión y la entonces creciente información por Internet. Entre sus columnistas figuraron nombres de peso como Víctor Hugo Morales, Rodolfo Braceli y Raúl Silanes. Había algo particularmente simbólico en aquella fórmula: mientras comenzaba a discutirse si Internet terminaría desplazando al diario tradicional, Jornada apostaba todavía al papel masivo, pero incorporando algunas de las características del nuevo mundo informativo: muchas noticias, lectura rápida, circulación inmediata y actualización permanente. Y el salto digital no tardó demasiado: desde 2004 contó también con versión online. Años después, aquel emprendimiento había crecido hacia una estructura multimedia; en 2012 ya se describía al Grupo Jornada como propietario del diario, varios portales y radios. La figura de Roberto Suárez, además, excede ampliamente aquella experiencia. Fuentes del Gobierno de Mendoza y de Los Andes registran una trayectoria de más de medio siglo en radio, televisión y prensa gráfica, además de su paso por la comunicación institucional provincial durante el regreso democrático de 1983. Así, aquel 9 de agosto de 2003 no apareció simplemente otro periódico: Mendoza asistió a un experimento que intentaba cambiar una costumbre básica del lector. Jornada no esperaba que alguien entrara a comprar las noticias; salió a buscarlos a la calle, a los cafés, a las farmacias, a las oficinas y a los edificios públicos. Treinta mil ejemplares gratuitos circulando cada día representaban una apuesta audaz para una prensa que ya comenzaba a sentir que el futuro sería digital. Durante algunos años, sin embargo, Jornada demostró que el viejo papel todavía tenía nuevas historias que contar. #MendozAntigua #Mendoza #HistoriaDeMendoza #DiarioJornada #Jornada #Periodismo #PeriodismoMendocino #PrensaArgentina #HistoriaDelPeriodismo #Efemérides #MendozaAntigua #ArchivoHistórico #MemoriaMendocina #HistoriaArgentina #NewspaperHistory #JournalismHistory #MendozaHistory #ArgentineHistory #FreePress #MediaHistory
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DESCHAVAR: LA PALABRA QUE LE QUITÓ LA LLAVE A LOS SECRETOS — DE GÉNOVA AL LUNFARDO QUE TODAVÍA HABLAMOS (IMAGEN ILUSTRATIVA)
Hay palabras que parecen haber nacido en una esquina porteña, pero detrás esconden viajes de miles de kilómetros, barcos, inmigrantes y lenguas que terminaron mezclándose en el Río de la Plata. Una de ellas es “deschavar”, ese verbo tan argentino que usamos cuando alguien revela algo que estaba oculto, descubre un secreto, deja a otro en evidencia o termina delatándose solo. El Diccionario de americanismos de ASALE registra precisamente esas acepciones para Argentina y Uruguay: descubrir lo que permanecía callado, confesar, revelar o poner a alguien —o a uno mismo— en evidencia. Pero su historia es todavía más fascinante. La explicación tradicional conserva una imagen extraordinariamente gráfica: quitar la llave de un lugar cerrado para poder sacar aquello que estaba guardado y finalmente “darlo a la luz”. De allí nace la metáfora perfecta: abrir una cerradura terminó convirtiéndose, en el habla popular, en abrir un secreto. La investigación lingüística aporta una precisión interesante: el especialista en lunfardo Oscar Conde registra deschavar, con el sentido de “confesar”, como procedente del genovés descciavâ, “abrir”. Por eso, aunque también circula la explicación de deschiava como “sin llave”, la forma documentada por estudios filológicos remite fundamentalmente a la acción de abrir o destrabar. Todo Tango conserva incluso el significado más antiguo y material: abrir una puerta, un objeto cerrado o una cerradura; de allí pasó a conseguir que alguien diga lo que sabe, confesar, revelar lo guardado o “hacer hablar”. ¿Cómo pudo una voz genovesa terminar convertida en una palabra cotidiana argentina? Hay que mirar hacia la Buenos Aires de fines del siglo XIX. La Boca recibió una enorme comunidad italiana, especialmente genovesa, cuyos habitantes hablaban el dialecto xeneize y dejaron una huella profunda en la identidad del barrio; de aquel origen proviene también el célebre apelativo “xeneize”. En conventillos, puertos, talleres, mercados y calles convivieron castellano, dialectos italianos y otras lenguas de la inmigración. El Ministerio de Cultura argentino señala justamente que el lunfardo se alimentó de aquellas corrientes inmigratorias de fines del siglo XIX y comienzos del XX y luego se expandió muchísimo más allá de su ambiente inicial gracias al uso cotidiano, el tango y el sainete. Y “deschavar” llegó al tango: Celedonio Flores ya empleaba deschavés en Atenti pebeta, de 1929, mientras que décadas después Bien pulenta, de Carlos Waiss, utilizaba el verbo para expresar cómo, entre tragos, alguien podía terminar revelando aquello que jamás había pensado contar. La palabra sobrevivió porque la metáfora es brillante: un secreto es algo cerrado; deschavarlo es sacarle la llave, abrirlo y dejar expuesto lo que estaba adentro. Con los años, aquella vieja acción física de abrir una cerradura se volvió confesión, delación, descubrimiento y evidencia. Así, cada vez que decimos “se deschavó”, “lo deschavaron” o “no me deschavés”, estamos repitiendo, casi sin saberlo, una pequeña reliquia lingüística llegada desde la Italia septentrional y transformada por el Río de la Plata. Una palabra capaz de resumir toda una historia de inmigración, mezcla cultural y creatividad popular: abrir una puerta para terminar abriendo un secreto. #Deschavar #Lunfardo #HistoriaDelLunfardo #PalabrasArgentinas #HistoriaArgentina #BuenosAires #LaBoca #InmigraciónItaliana #Genoveses #CulturaArgentina #Tango #LenguajePopular #Etimología #MendozAntigua #ArgentineHistory #LunfardoWords #WordOrigins #Etymology #ItalianImmigration #BuenosAiresHistory #Genoese #TangoHistory #CulturalHistory
9 DE AGOSTO DE 1958: CUATRO CAÑONAZOS EN EL BEAGLE — EL DÍA QUE ARGENTINA OCUPÓ SNIPE Y CHILE PUSO SU FLOTA RUMBO AL SUR
El 9 de agosto de 1958, en uno de los episodios más tensos y hoy menos recordados de la historia entre Argentina y Chile, un diminuto islote rocoso del canal Beagle se convirtió en el centro de una crisis capaz de enfrentar militarmente a dos países vecinos. Se llamaba Snipe y tenía apenas alrededor de un kilómetro de largo por 300 metros de ancho. Sin embargo, detrás de aquella pequeña formación situada entre Tierra del Fuego y la isla Navarino había algo mucho mayor: dos interpretaciones enfrentadas sobre la soberanía de los canales e islas australes. La crisis no comenzó aquel 9 de agosto. El 12 de enero de 1958, Chile instaló en Snipe una baliza inicialmente sin iluminación y, el 1 de mayo, el patrullero Lientur la convirtió en una señal luminosa. Argentina interpretó aquel acto como una alteración de la situación existente en una zona cuya soberanía consideraba pendiente de resolución. El 7 de mayo, el aviso ARA Guaraní retiró la estructura chilena y colocó otra argentina; pocos días después, marinos chilenos desmontaron la señal argentina. El 8 de junio, Chile volvió a instalar un faro en el islote. En cuestión de meses, aquella roca había pasado de ser casi desconocida a transformarse en un tablero de ajedrez diplomático y naval. La tensión ya había producido una escena extraordinaria el 14 de mayo. Mientras el Lientur trabajaba junto al islote, tres fragatas argentinas aparecieron por el paso McKinley y se acercaron hasta unos 3.000 metros. Los cañones y ametralladoras apuntaban hacia la zona y la situación se volvió peligrosísima. El comandante chileno ordenó reunir a sus hombres mediante tres pitazos; desde las naves argentinas interpretaron la señal como un saludo y respondieron de la misma manera. Aquel curioso malentendido ayudó a que un encuentro cargado de tensión terminara sin disparos. Pero el verdadero salto de escala ocurrió tres meses después. El 7 de agosto, la Cancillería argentina presentó formalmente su posición sobre las islas y el canal Beagle. Dos días después, en la tarde del 9 de agosto, el destructor ARA San Juan, al mando del capitán de fragata Carlos Coda, llegó a Snipe. La documentación naval chilena confirma que el buque efectuó cuatro disparos de cañón sobre el promontorio, tras lo cual desembarcó personal de Infantería de Marina, destruyó la señal chilena y tomó temporalmente el control del islote. Aquí aparece un detalle histórico especialmente interesante: las fuentes no coinciden sobre cuántos argentinos desembarcaron. Una reconstrucción realizada desde Argentina habla de unos 80 infantes de marina, mientras documentación y estudios publicados por la Armada de Chile mencionan una compañía de 120 hombres. La discrepancia merece conservarse, porque muestra cómo incluso un acontecimiento relativamente reciente puede presentar diferencias según los archivos y testimonios utilizados. En Santiago la reacción fue inmediata. El gobierno del presidente Carlos Ibáñez del Campo presentó una dura protesta diplomática, retiró a su embajador en Buenos Aires y ordenó preparar a la Armada para recuperar Snipe. La escuadra chilena, que realizaba ejercicios frente a Coquimbo, recibió instrucciones de reabastecerse y dirigirse hacia el sur. En Talcahuano se embarcaron efectivos de Infantería de Marina y el 14 de agosto una fuerza recibió una orden concreta: embarcar en las fragatas Baquedano y Covadonga, llegar al islote y desalojar a las tropas argentinas. Los preparativos chilenos revelan hasta qué punto aquello había dejado de ser simplemente una discusión diplomática. La fuerza reunida disponía de morteros, ametralladoras, fusiles automáticos y lanzallamas, aunque afrontaba una seria escasez de munición: para parte del armamento inicialmente disponible se calculaba una autonomía de fuego de apenas unos quince minutos, circunstancia que obligó a cambiar fusiles y ametralladoras por modelos de otro calibre para aprovechar mayores reservas. Incluso faltaban mochilas, ropa impermeable y sacos de dormir adecuados para una operación en los canales australes. Al otro lado de la cordillera tampoco se trataba ya de un simple gesto simbólico. Según una reconstrucción argentina basada en testimonios navales, junto con el envío del San Juan se dispuso el traslado desde Punta Indio hacia Río Gallegos de dos divisiones de cazabombarderos F4U-5 Corsair de la Aviación Naval, que permanecieron en alerta por si la crisis derivaba en algo mayor. En otras palabras, mientras los diplomáticos intercambiaban notas, buques, infantes de marina y aviones comenzaban a colocarse en posición. Por fortuna, los cañones no volvieron a hablar. El 17 de agosto de 1958, apenas ocho días después de los disparos del San Juan, Buenos Aires y Santiago acordaron desactivar la crisis. La situación debía retrotraerse a la existente antes del 12 de enero: las fuerzas se retirarían y Snipe quedaría nuevamente sin las señales instaladas unilateralmente durante aquellos meses, mientras ambos gobiernos reiteraban que la controversia debía resolverse por medios pacíficos. Aun así, documentación naval chilena señala que el estado de alerta no desapareció completamente hasta mediados de septiembre. Lo extraordinario es la desproporción entre el tamaño del escenario y la magnitud de lo que estuvo en juego: un islote de aproximadamente 1.000 por 300 metros consiguió movilizar buques de guerra, infantes de marina, aviones, cancillerías, embajadores y gobiernos enteros. Veinte años más tarde, el Beagle volvería a colocar a Argentina y Chile al borde de un conflicto mucho más grave. Finalmente, el Tratado de Paz y Amistad firmado el 29 de noviembre de 1984 estableció el marco definitivo para superar el diferendo austral y consagró el compromiso de solucionar las controversias bilateralmente por medios pacíficos; Snipe quedó bajo soberanía chilena. Snipe demuestra que la historia no siempre necesita un gran territorio para producir una enorme crisis. En agosto de 1958 bastaron una roca perdida en el Beagle, un faro, cuatro cañonazos y dos banderas para que Argentina y Chile comenzaran a mover sus fuerzas. La guerra no llegó, pero durante aquellos días estuvo mucho más cerca de lo que hoy suele recordarse. #IsloteSnipe #CanalBeagle #Argentina #Chile #ArturoFrondizi #CarlosIbáñezDelCampo #ARASanJuan #ArmadaArgentina #ArmadaDeChile #HistoriaArgentina #HistoriaDeChile #HistoriaNaval #TierraDelFuego #Patagonia #Beagle #RelacionesArgentinaChile #MendozAntigua #SnipeIncident #BeagleChannel #ArgentineHistory #ChileanHistory #NavalHistory #ArgentinaChile #SouthAmericanHistory
16 DE MARZO DE 1812: SAN MARTÍN TODAVÍA NO ERA EL LIBERTADOR — PERO EMPEZÓ A FORJAR LA CABALLERÍA QUE HARÍA TEMBLAR A LOS REALISTAS
En marzo de 1812, José de San Martín todavía no había cruzado los Andes, no había combatido en San Lorenzo y nadie podía imaginar hasta dónde llegaría su nombre. Acababa de regresar al Río de la Plata después de pasar casi tres décadas fuera de su tierra natal y de construir en Europa una extensa carrera militar. Había nacido el 25 de febrero de 1778 y se había incorporado al Regimiento de Murcia en 1789: cuando volvió tenía apenas 34 años, pero acumulaba más de veinte años de experiencia en armas. La cronología sanmartiniana tradicional fija su llegada a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812, a bordo de la fragata inglesa George Canning, junto con otros militares americanos dispuestos a ofrecer sus servicios a la revolución. Existe, sin embargo, una curiosidad historiográfica: una investigación posterior citada por el propio Instituto Nacional Sanmartiniano sostiene que la nave habría arribado realmente el 6 de marzo, mientras La Gaceta difundió la llegada fechándola el día 9. Apenas una semana después comenzó una de las obras militares más extraordinarias de su carrera. El 16 de marzo de 1812, el Primer Triunvirato reconoció sus conocimientos y servicios, lo nombró teniente coronel de Caballería y le encargó organizar un Escuadrón de Granaderos a Caballo. El 21 de marzo el gobierno aprobó el plan y el pie de fuerza presentado por San Martín. En rigor histórico, aquel primer escuadrón fue el embrión del célebre regimiento: el segundo escuadrón nació el 11 de septiembre, el tercero el 5 de diciembre y dos días más tarde San Martín fue nombrado coronel del ya constituido Regimiento de Granaderos a Caballo. El problema no era encontrar argentinos capaces de montar. Buenos Aires y su campaña tenían extraordinarios jinetes. Lo verdaderamente revolucionario era conseguir que decenas de hombres y caballos dejaran de actuar como individuos y funcionaran como una sola máquina de combate. San Martín introdujo una concepción profesional de la caballería: selección de hombres, disciplina, instrucción permanente, uniformidad de movimientos, cuidado del armamento, formación ecuestre y un reglamento extremadamente exigente que con el tiempo sería recordado como el Código de Honor de los Granaderos. Carlos de Alvear y José Matías Zapiola integraron inicialmente la plana mayor, mientras San Martín se ocupaba personalmente del reclutamiento, los oficiales, el uniforme, las armas y la instrucción. Y existe un detalle poco conocido: los Granaderos no comenzaron en Retiro. Su primer alojamiento fue el Cuartel de la Ranchería, en la esquina sudoeste de las actuales Perú y Alsina, pleno centro porteño. Era un sitio cargado de historia: allí había funcionado el antiguo teatro de la Ranchería y el edificio incluso había alojado tropas británicas durante la invasión de 1806. San Martín comprendió pronto que aquel lugar resultaba insuficiente para formar una fuerza montada y consiguió que el 4 de mayo de 1812 le cedieran el antiguo cuartel de los Dragones de la Patria, en Retiro. Hubo que repararlo: los trabajos fueron presupuestados en 200 pesos y 4 reales. Hasta quedó registrado el pequeño gasto cotidiano que suele desaparecer de las grandes epopeyas: la mudanza necesitó tres carretillas, cuyo flete costó seis reales cada una. Detrás de la futura leyenda había también presupuestos, reparaciones, caballerizas, uniformes y logística. Una vez instalados comenzó el verdadero laboratorio militar de San Martín. Marcha, trote, galope, cambios de formación, manejo del sable, cargas repetidas una y otra vez y maniobras ejecutadas simultáneamente. Los clarines no estaban allí para adornar los desfiles. San Martín incorporó un sistema de señales destinado a transmitir órdenes sin romper la formación: la unidad llegó a disponer de una plana mayor con trece trompetas, y en Retiro se entrenaba combinando señales de sable con toques que indicaban marcha, trote, galope y carga. El propio San Martín insistía en que sin clarines resultaba imposible uniformar los movimientos y actuar coordinadamente. Incluso los registros de diciembre de 1812 conservan gastos por boquillas, reparación y compra de clarines y por el maestro encargado de enseñar a utilizarlos. Eso era precisamente lo que San Martín perseguía: que el jinete no combatiera solo, sino que cincuenta o cien hombres fueran capaces de moverse, acelerar, detenerse y lanzarse sobre el enemigo como si fueran un único cuerpo. Durante meses no hubo gloria ni monumentos. Hubo polvo, caballos, sables, órdenes repetidas cientos de veces y una disciplina que transformaba excelentes jinetes en soldados profesionales. Cuando en septiembre apareció el segundo escuadrón y en diciembre el tercero, aquella idea nacida unos meses antes ya se había convertido en un regimiento. Faltaba solamente algo que ningún ejercicio podía reproducir: el enemigo real enfrente. La respuesta llegó el 3 de febrero de 1813, en San Lorenzo. Allí aproximadamente 120 granaderos dirigidos por San Martín enfrentaron a unos 250 realistas en un combate que duró alrededor de quince minutos. Fue el bautismo de fuego de aquella unidad entrenada durante casi once meses y la primera victoria de San Martín en territorio americano. San Lorenzo suele recordarse por la carga, por Cabral y por el caballo que aprisionó a San Martín; pero la verdadera historia había empezado mucho antes, en los cuarteles de Buenos Aires, cuando un militar recién llegado de Europa decidió que el valor individual no bastaba. Antes de liberar medio continente, San Martín tuvo que enseñar a sus hombres a avanzar juntos. Y antes de la leyenda, hubo entrenamiento. #JoséDeSanMartín #SanMartín #GranaderosACaballo #Granaderos #HistoriaArgentina #HistoriaMilitar #IndependenciaArgentina #SanLorenzo #EjércitoDeLosAndes #Libertador #Patria #Historia #MendozAntigua #JoseDeSanMartin #MountedGrenadiers #ArgentineHistory #MilitaryHistory #SouthAmericanHistory #Independence #Liberator #History
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